nro. 19
Escraches en expansión
(O el reencuentro con los enemigos)

Daniel Campione

Los «escraches» comenzaron en la segunda mitad de los 90', de la mano de la entonces flamante agrupación H.I.J.O.S.. Un viejo término del lunfardo porteño, sobreviviente en el habla cotidiana de la actualidad, pasó a designar una creación colectiva, una nueva modalidad de disputar el espacio público a los representantes del orden establecido. La fundación de esta asociación marcaba de por sí una novedad importante: la generación nueva, la que había vivido en los años de dictadura su primera infancia, representada en el grupo particular que había sido victimizado por la pérdida de uno o ambos padres a manos de los represores (y en algunos casos habían experimentado la supresión de su identidad, el no saber, por mucho tiempo, que eran quienes en realidad eran), ingresaba a la lucha contra la impunidad de los hombres de la dictadura. Ya no eran madres o parientes adultos, como hasta ese entonces, sino los vástagos de los desaparecidos, de los hundidos en la «noche niebla» de la dictadura militar de 1976. Apenas constituidos, los H.I.J.O.S. demostrarían el espíritu nuevo, inaugurando la nueva forma de lucha y protesta: el «escrache» a los represores.

En la Argentina de esos años, sobre el modelo inaugurado por las Madres, se habían constituido varias «plazas» con vocación de permanencia. La de los «jubilados», los miércoles frente al Congreso, la del pedido de justicia por los muertos del atentado a la AMIA, los lunes delante de los Tribunales. Se sumaban así, a los permanentes jueves de Plaza de Mayo, otras plazas y otras barbaries a repudiar. Pero todas las «plazas» tenían al menos un rasgo en común: se dirigían a los lugares simbólicos del poder (significativamente cada una eligió un poder constitucional distinto), y desde allí, aparecían interpelando al Estado, enrostrándole la injusticia, esperando, o desesperando, la reparación de las iniquidades que seguían vigentes.

El «escrache» a los represores, apareció señalando una ruta distinta, un itinerario novedoso. En primer lugar, no se elegía un lugar único y repetido, sino sitios siempre distintos, siempre renovados por obra y gracia de lo numeroso y disperso de los enemigos a encarar. Y esos sitios serían, en principio, el domicilio particular de cada represor. Y por eso lo de «escrache», en el sentido de «desenmascaramiento», de puesta en evidencia, de mostrar la cara oculta del personaje a quienes lo rodeaban ignorándola. Y de allí, esos desplazamientos hasta la casa de los represores, el ruido, las pintadas, la difusión de las fotos con sus rostros, los planos pegados en las paredes indicando el domicilio exacto... En segundo lugar, el escrache no hacía pasar su demanda, ni en lo mínimo, por el estado. ¿Por qué? Porque no pedía nada, sino que tomaba valor en sí mismo. El «escrache» se dirige, sin duda, contra la impunidad, el efecto de indultos, obediencia debida y punto final. Pero al «escrachar» ya se está castigando: se pone en evidencia, se marca el sello de la infamia, se le grita ¡asesino! al que lo es, en su propio rostro, el de su familia, y el de sus vecinos, que solían ignorar que convivían con un terrorista de estado. No se espera la acción del gobierno, ni la de los legisladores, ni siquiera la de la justicia; no se encierra el deseo en los límites del petitorio, de la demanda escrita, del expediente, sino que se lo verbaliza, se lo grita, se lo convierte en pintada callejera, en huevo podrido, en bomba de alquitrán. Va a buscar al culpable en su escondite, en su guarida, sin aguardar ninguna intervención por fuera del propio movimiento. Y suele poner a las instituciones del estado en un papel que, en cierto modo, también obra de «escrache» hacia su orientación profundo: proteger al «escrachado» de la supuesta furia de los «escrachadores». Quienes no los pusieron en la cárcel terminan protegiendo la «tranquilidad de su hogar», por medio de las fuerzas policiales, preparadas para reprimir a los que manifiestan, en una marca de las continuidades subyacentes entre dictadura y democracia.

Por su mismo éxito inicial, los escraches se multiplicaron, y fueron expandiendo sus destinatarios, y con ello su sentido. De los personales, contra tal o cual represor, se amplió a una variedad «despersonalizada», que ponía en evidencia lugares de la represión, sobre todo los que fueron «campos», como Olimpo, Club Atlético, la Esma, Automotores Orletti, o tantos otros. En los casos «personalizados» ya no fueron sólo represores directos, sino también cómplices por acción u omisión, civiles como Martínez de Hoz, eclesiásticos como el cardenal Aramburu. Y últimamente, el «escrache» salió del ámbito de H.I.J.O.S. y sus iniciativas, incluso de la temática y el movimiento de los Derechos Humanos, para convertirse en un modo más de actuar contra la conjunción de poder económico, político y cultural, contra el cual se alza el hartazgo de un cuarto de siglo de empobrecimiento e injusticia, adoptado por trabajadores, militantes de diversos signos, simples «vecinos». Y así se escracha a María Julia, y a Menem en su etapa Don Torcuato, y a empresas, y a los bancos, y a medios de comunicación como Radio 10 o Clarín, y a casas de las provincias donde se cometen actos de corrupción, injusticia o represión, y al domicilio de cualquier político detestado, y a la mismísima Quinta de Olivos. Se ha recorrido así una peculiar parábola, y se ha vuelto al frente de los organismos del estado (como las «plazas»), pero desde un nuevo lugar: Ya no se le pide que tomen ninguna acción, que impulsen ninguna medida. Al contrario, ahora suele reclamárseles que no hagan nada ¡que se vayan!. Miles y miles de personas se lanzan a «desenmascarar», pero en ese «desenmascarar» que va al lugar del otro y le pone pasajero sitio, lo acorrala, le inscribe los signos de su infamia, y en el límite lo invade (como ocurre últimamente con los bancos), en una palmaria muestra de la pérdida del miedo, del resquebrajamiento del temor a «castigos» tan imprecisos como terribles ante cualquier actitud de contestación y protesta, miedos que sembró el terrorismo de Estado y el régimen constitucional subsiguiente usufructuó con frecuencia.

De vuelta, los «escraches» son un salto cualitativo, tan a la ofensiva, no piden sino que imponen, no sólo «aguantan» sino que atacan. No es casualidad que hayan aparecido en la época que lo hicieron, contemporáneos a los piquetes, cuando terminaban los combates de retaguardia contra privatizaciones y afines tropelías del gobierno Menem, y comenzaba la lucha contra un nuevo estado de cosas, y la recuperación gradual de la acción colectiva como medio no ya de preservarnos de pérdidas inminentes, sino como forma de transformar la realidad. Los «escraches» múltiples y «polivalentes» de hoy ponen nervioso al poder, ya que saltan los cercos más variados (sin excluir el territorial, han ocurrido hasta en Europa, frente a embajadas y consulados), y se enlazan con el novísimo espíritu de salida a la calle, de compromiso, de protesta ruidosa y activa, como los «cacerolazos». Cambio generacional, renovación del espíritu de lucha, los «escraches» también incorporan, y hacen avanzar en el movimiento social, una noción fundamental, que el poder trata conscientemente de obturar: La sociedad, por más liberal y «democrática» que sea, está cruzada por antagonismos, y esos antagonismos dan origen a la existencia de sujetos sociales que se oponen radicalmente entre sí, cuya contradicción no admite conciliación duradera. De Alfonsín en sus tiempos de candidato presidencial en adelante, la «dirigencia» procuró expandir la idea contraria, de que en democracia sólo hay ocasionales adversarios, desacuerdos eliminables, diferencias de intereses susceptibles de negociación que los haga compatibles. Los pobres, explotados, marginados y asqueados por la injusticia y la desigualdad de Argentina, han decidido que no tienen sólo adversarios, sino también «enemigos», individuos y colectivos con los que no cabe negociar ni generar «consensos», sino que se requiere combatirlos sin descanso para poder aspirar a un futuro diferente. Al intensificar los escraches y ampliar el círculo de sus destinatarios, amplios sectores de la sociedad argentina «recordaron» que poseen enemigos, y retomaron la decisión de combatirlos.

Enviar noticia