nro. 19
La agonía del estado argentino

Jorge Beinstein

El gobierno se empantana en una crisis interminable. Han quedado muy atrás sus demagogias verbales de enero cuando prometía liderar una nueva era signada por la «alianza productiva» en reemplazo de la «alianza financiera» dominante hasta ese momento. Pero la licuación de las deudas de las grandes empresas, cargada sobre las espaldas del Estado y de los pequeños ahorristas, desnudó la falsedad del discurso. Más aun, el presunto representante de la burguesía «industrial» local (y ministro de la producción) Mendiguren fue el gestor principal de la rapiña, asociado con banqueros y grandes empresarios nacionales y extranjeros. Aquel presidente que aparentaba comprensión ante los cacerolazos y los piquetes, que sinceraba la debacle («el país está fundido») y prometía resistir a las presiones externas y de los lobbies internos terminó mostrando quien es: un hombre de la corporación política, en consecuencia un conservador del sistema, simple prolongación de Menem y De La Rua.

Embrollo político, FMI, crisis

También el paso del tiempo dejó al descubierto su comedia de enredos donde mezclaba promesas de amor a la soberanía nacional y a los humildes (desentierro confuso del viejo folklore peronista) con la aceptación de los dictados del Fondo Monetario Internacional. Si comparamos las medidas económicas significativas del gobierno y las exigencias del FMI comprobaremos que la única diferencia objetiva entre ambas está en el ritmo de aplicación de una única estrategia de ajuste. Su objetivo es comprimir el consumo interno, reduciendo así las importaciones para obtener un superávit del comercio exterior, es decir dólares destinados a pagar la deuda externa y enviar beneficios empresarios al exterior. No debemos pensar en la orquestación de una farsa sino en la división normal del trabajo entre la conducción estratégica de nuestra economía (los directivos del Fondo y el gobierno norteamericano) y sus ejecutores locales. Los primeros imponen el programa, los segundos, sometidos a múltiples presiones internas tratan de ejecutarlo, tantean, buscan asociar, doblegar o distraer a amigos y enemigos preservando sus propias cabezas. Los de afuera exigen mano firme y eficacia y los de adentro alegan realismo y prudencia. Pero el tiempo objetivo de la crisis no da tregua y termina por desquiciar ese juego complicado. Además no se trata de una catástrofe aislada sino de la componente argentina de la crisis mundial, con centro en los Estados Unidos y agravada en los últimos meses, su corazón es una trama financiera hipertrofiada que parasita sobre el capitalismo global anulando sus últimos focos de racionalidad.

En medio de ese tembladeral Duhalde busca sobrevivir, no es sencillo. La devaluación inicial provocó un aumento de precios que causó la huida hacia el dólar, refugio de valor ante el deterioro de la moneda local, haciéndolo subir aun más, lo que a su vez generó mayor inflación. El gobierno aparentaba suponer que la recesión aplacaría la suba de precios, pero no fue así porque el conjunto del sistema productivo argentino tiene una dependencia muy alta respecto de las importaciones afectadas por la devaluación (que también hace subir los precios internos de los productos exportados). La inflación y la suba del precio del dólar abaratan los patrimonios locales (facilita su desnacionalización) y comprime el consumo, pero su velocidad y magnitud amenazan provocar puebladas de todo tipo poniendo en riesgo la sobrevivencia del gobierno. Además el desastre económico derrumba la recaudación fiscal haciendo peligrar el funcionamiento del Estado. Duhalde busca bloquear la estampida inflacionaria frenando la expansión del circulante (su valor real) y presionando a las provincias para que dejen de emitir moneda basura, además mantiene el corralito para impedir que los pesos devueltos a los ahorristas alimenten la compra de dólares. Pero de ese modo profundiza la recesión con lo cual el fantasma de la sublevación popular echado por la puerta reingresa por la ventana. En medio de este círculo vicioso no faltan los manotazos de sus «amigos» nacionales que no pierden la mala costumbre de depredar desestabilizando al régimen, mientras los neoliberales mas extremos vuelven al ataque y fabulan sobre la nueva convertibilidad o la dolarización.

Estrategia de control directo

Como si eso fuera poco, Estados Unidos está embarcado en una estrategia de militarización de la política internacional tratando así de compensar su decadencia económica. En América Latina ello se expresa en la tentativa de colonización comercial (imposición del ALCA) y en la desestructuración de sistemas productivos, estados nacionales y otras trabas a su dominio directo, único viable a largo plazo ante la degradación de las elites locales (burguesías, burocracias, fuerzas armadas, estructuras políticas y sindicales tradicionales, etcétera). El Plan Colombia y la liquidación de la tregua en ese país, la implantación de nuevas bases y misiones militares a lo largo de la región, el fortalecimiento de organizaciones parapoliciales manejadas desde Estados Unidos y el intento de destrucción del Mercosur, son iniciativas que apuntan hacia el objetivo de encuadramiento imperial de América Latina. Argentina es víctima de ese proceso. La desarticulación estatal y social prolongada facilitaría el control colonial del territorio, siempre y cuando ese descalabro no se convierta en rebelión popular, es decir en amenaza de independencia. Por otra parte el derrumbe argentino asestaría un golpe mortal al Mercosur debilitando a Brasil, posibilitando su sometimiento completo. El ultraderechismo económico del FMI y del gobierno de Estados Unidos con respecto de la Argentina coincide con esa nueva concepción político-militar, y con la tendencia profunda del capitalismo argentino hacia la perpetuación de su economía de penuria preservada con mano dura.

El cuarto desembarco

Es la cuarta vez que el peronismo llega al gobierno, la experiencia de los años 90 casi lo dejó sin ninguna de sus banderas históricas transformándolo en un títere neoliberal, pero ahora cayó su último patrimonio político: el voto popular. Ocupó la presidencia gracias a un pacto parlamentario de legisladores repudiados por la mayoría de la población. ¿Podrá sobrevivir?. Tal vez lo logre si la movilización popular se desinfla, lo que permitiría el accionar impune de bandas represivas informales (su avanzada son las patotas duhaldistas) bajo el paraguas de estructuras de inteligencia y de sistemas policiales y militares formales (que podrían intervenir de manera directa en cualquier momento). Todo ello acompañado por un colchón asistencialista de corrupción de los pobres que facilitaría la organización en su seno de estructuras de información y control (Duhalde, Chiche y sus punteros son expertos en eso). Ese escenario de podredumbre social es la apuesta de máxima de la corporación política (y del sistema en su conjunto). Si ello ocurre estaríamos en presencia de un fenómeno fascista casi «clásico», adornado con todas las lacras del subdesarrollo terminal y los avances tecnológicos de comienzos del siglo XXI. Sería la tragedia final del peronismo, abrazado en contubernio con los radicales, concluyendo su historia como integrante activo de una dictadura mafiosa. El movimiento que impuso el voto femenino y los derechos obreros se convertiría medio siglo después (filtro menemista mediante) en comparsa represiva del Imperio.

El poder ilegítimo

La percepción popular de la ilegitimidad del poder dominó la vida política argentina entre 1955 y 1973 y fue una componente decisiva de la radicalización revolucionaria. Civiles y militares se turnaban en el gobierno mientras la mayoría peronista era proscripta. En consecuencia las rebeliones contra el régimen estaban plenamente justificadas. La oposición ilegalizada no podía imponerse pero conseguía impedir que los otros gobernaran. Constituía como solía afirmar John William Cooke el hecho maldito del país burgués, llegó a la cumbre de su desafío hacia comienzos de los años 70 cuando amagó desatar una revolución aunque fue incapaz de realizarla, por eso se produjo la contrarrevolución en 1976 y comenzó la decadencia nacional. Llegó primero la represión a gran escala y después de 1983 una «democracia» donde el pueblo fue perdiendo protagonismo, devino objeto de manipulaciones mediáticas que diluyeron enemigos y banderas de confrontación, introdujeron la teoría de los dos demonios, instalaron matices posibilistas, en suma instauraron el reinado de la confusión cultural (la degradación moral formó parte de ella). La revolución se convirtió en un tema ausente (desprestigiado), la memoria pasó a la clandestinidad. Pero el neoliberalismo no era la expresión del rejuvenecimiento del capitalismo sino de su declinación. Durante los años 90 se consolidó un sistema de saqueo como núcleo principal de la economía, manejado por grupos transnacionales y locales, cuya dinámica llevó a la recesión desde 1998 y luego al desastre. El empobrecimiento de la mayoría de la población se aceleró desde mediados de 2001 coincidiendo con la declinación de la mitología conservadora (ello como parte de la crisis general del sistema). Entonces el Poder se mostró como realmente era: una combinación de mafias empresarias, políticas, policiales, sindicales y comunicacionales, marcada por el sello colonial. Su legitimidad democrática se esfumó, como lo confirmaron el voto bronca de octubre y las insurrecciones populares de diciembre de 2001. Probablemente en el futuro ser orquestados fraudes y contubernios electorales más o menos escandalosos, proscripciones abiertas o encubiertas, represiones selectivas prolijas o desprolijas, pero nada conseguirá restaurar la imagen republicana de los años 80 y 90, los políticos del sistema no pueden caminar tranquilos por las calles, tampoco los banqueros y los gerentes de las grandes empresas.

Simplificaciones saludables

No vuelve la vieja época (1955-1973) pero ha comenzado el retorno del pueblo hostil al sistema, un demonio que el capitalismo argentino creía haber erradicado para siempre. El Poder burgués es hoy ilegítimo y lo será por mucho tiempo, entre otras cosas porque nuestro capitalismo (abrumado por las deudas y el pillaje) solo puede ofrecer miseria a las grandes mayorías. Comienza a reinstalarse el esquema concreto de la confrontación entre pueblo y antipueblo. La confusión neoliberal se disipa y la realidad se simplifica nuevamente ante la mirada hostil de los de abajo quienes exigen «que se vayan todos y no quede ni uno solo». Reaparece el enemigo y en consecuencia el pueblo va estructurando su (contra) cultura, su autonomía. La revolución empieza a volver y con ella la reflexión acerca de las estrategias revolucionarias para la destrucción del sistema (la otra cara, complementaria, de la regeneración democrática, postcapitalista, de la sociedad argentina). El Poder trata de revertir su revés ideológico y reintroducir la confusión, sobredimensionar matices, reinstalar posibilismos, realismos moderados, en suma bloquear el proceso de reconstrucción de la identidad de las masas sumergidas. Argumenta a través de sus comunicadores derechistas y progresistas que las simplificaciones acusadoras de los de abajo son irracionales. Diluir al enemigo y también al espacio popular, y multiplicar las convergencias ilusorias entre ambos o bien establecer una ruptura profunda, irreversible durante mucho tiempo: disputa ideológica decisiva cuya resolución inclinará la balanza hacia uno u otro lado.

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