nro. 18
Presente y futuro del socialismo

Narciso Isa Conde

Para mí es un motivo de orgullo estar hoy aquí con ustedes, y conformar esta mesa con exponentes de la lucha de los trabajadores del pueblo brasileño y del proyecto transformador del Brasil. Pero especialmente, estar con ustedes que representan a movimientos sociales en lucha, y representantes del pueblo a través de los procesos de lucha en el escenario electoral. Y evidentemente este espacio que yo siempre he dicho que es el espacio más refrescante, más hermoso, en los esfuerzos de reflexión y de elaboración en nuestro continente, este espacio tiene una calidad en este sexto seminario, muy especial.

Un gran poeta nacional decía que «hay un país en el mundo, en el mismo trayecto del sol». Es un país que comparte una isla, con un pueblo muy luchador y muy sufrido, el pueblo haitiano, una isla muy hermosa rodeada de aguas verdiazules, y con una historia como todas las historias de los pueblos latinoamericanos y caribeños, y subrayo caribeños, porque creo que en nuestro lenguaje -y eso refleja también determinada mentalidad- hay un proceso de exclusión. En este seminario, los grandes excluidos han sido el Caribe -en las menciones-, y naturalmente y desgraciadamente, como siempre, las mujeres. Porque evidentemente, no se acaba de entender que la presión de género toca un tema de demasiada magnitud e importancia para que el proyecto socialista sea realmente socialista.

Mi país es muy conocido por dos figuras malvadas: Trujillo y Balaguer. Pero también es conocido por expresiones de valentía y heroísmo, que se simbolizan y sintetizan en las dos últimas décadas en el coronel Francisco Alberto Caamaño. Y fue conocido por ser escenario de la segunda revolución casi vencedora, que fue aplastada por la intervención militar norteamericana de 42.000 soldados. Pero también es conocido por expresiones muy hermosas, muy poéticas, que las ha encarnado en los últimos tiempos Juan Luis Guerra. De manera que tenemos motivos de vergüenza, pero también tenemos muchos motivos de orgullo. Y ciertamente que uno de los motivos de orgullo es precisamente esa revolución de 1965. Desde esa tierra hermosa, luchadora, traigo algunas reflexiones. Son reflexiones acompañadas de un optimismo de voluntad. Creo que hay razones para el optimismo.

Ciertos muertos enterrados por el capitalismo neoliberal, por el nuevo capitalismo, finalmente gozan de buena salud. Quisieron matar las revoluciones, quisieron matar el proyecto socialista. Realmente ha estado muy enfermo, y algunos que han pensado que se moría. Pero resucitó como Lázaro. Fuera verdad, esto de la muerte del proyecto socialista y de la revolución, si el capitalismo le hubiera quitado la razón de ser, que es la razón de ser de la vida digna de los seres humanos, de la igualdad, de la justicia, de la liberación, de la emancipación y de la eliminación de todas las formas de opresión y explotación -y subrayo «todas»-. También hubieran tenido razón si realmente el capitalismo hubiera triunfado definitivamente como ellos decían.

Hay señales muy claras de una gran crisis, de la que se ha llamado la gran crisis de fin de siglo. Una profunda crisis sistémica, estructural. Y la respuesta que ha dado el capitalismo, -como el proceso de reestructuración, bajo la égida de la concepción neoliberal- ha sido una respuesta que no los ha sacado de la crisis y que incluso apunta, por todo lo que está planteado, al nivel del capital financiero y su volatilidad, una especie de gran crisis global, sino que ha metido a la humanidad en una gran crisis de civilización. Porque nunca antes en la historia había existido un ordenamiento dominante tan destructor de seres humanos y de naturaleza. Lógicamente, la humanidad no se va a suicidar. Ese ordenamiento está creando una especie de inviabilidad de la existencia humana. Y de ahí, entonces, las rebeldías. Un período de dominio conservador, desde la estructuración a favor del gran capital, y sin embargo, al mismo tiempo, un período de grandes resistencias. A veces resistencia sin norte, sin brújula, pero resistencia que indicaba claramente que las rebeldías generadoras de los grandes proyectos, al fin de cuentas, cuando interviene la conciencia y la organización, esas rebeldías seguían existiendo.

¿Quién ha fracasado al fin de cuentas? No sólo fracasa lo que colapsa o lo que deja de existir en un momento determinado. Hay otra manera de medir el fracaso mucho más seria. Y es la capacidad que tiene un sistema determinado para darle o no felicidad a los pueblos. Y si examinamos el cuadro mundial, y aquí se ha descrito de manera muy brillante, la verdad es que lo que se siente, se ve y se sufre es que el capitalismo sigue chorreando, de una manera brutal, sangre y lodo de la cabeza a los pies. Y naturalmente que es una necesidad salir de él. Ahí estaban las respuestas que se dieron en el por qué de la revolución y del socialismo. Yo subrayo de la revolución, también, porque han querido borrar esa palabra, y ella necesariamente tiene que acompañar, al proyecto transformador de orientación socialista.

Definitivamente ¿a qué tenemos que apostar en medio de una gran crisis? Las grandes crisis tienen, muy esquemáticamente, generalmente, tres salidas, tres desenlaces. O un caos muy prolongado, o una recomposición del orden dominante -ya hay algunos intentos por ahí, que los llaman tercera vía y otras cosas parecidas-, o la revolución. ¿Y a qué debemos apostar nosotros? A la revolución.

Naturalmente, las grandes crisis no generan de por sí revoluciones. La revolución es un acto consciente, de organización, de actores determinados. Eso hay que forjarlo. Hay que apostar a ese proceso desde dos grandes negaciones. La negación de las experiencias fallidas, lo cual requiere un ajuste de cuentas profundo, y profundamente autocrítico, de lo que se llamó socialismo real. Que a mi modo de ver, sin ser ése el tema, yo diría que aquello fracasó más por la falta de socialismo en el camino hacia él, por sus enormes deformaciones y la negación de valores socialistas esenciales, que por ser socialista. Pero, sin embargo, la idea que ha predominado es la de que fracasó el socialismo. La otra gran negación, porque esta es una negación superadora, tiene que ser la negación del capitalismo actual. De ese nuevo capitalismo, mezclado con el viejo también, porque estamos viviendo como en una época de tránsito, formas de acumulación, de patrones tecnológicos, tecnocientíficos, del capitalismo.

Esos dos fenómenos, la respuesta que da el capitalismo a su crisis, el secuestro de las grandes tecnologías y de los avances científicos, la impronta del patrón microelectrónico, informático, biomédico, y toda la reestructuración de carácter material, de carácter ideológico, del capitalismo, ha dejado a la izquierda un tanto como turbada. Las dos cosas son como factores de obstrucción del factor de conciencia y organización de la transformación. Entonces, por eso decía que se precisa de una gran reflexión. Pero, también, hay hechos que dan luz. Y ciertamente que lo peor ha pasado. Ciertamente que ya no solamente tenemos resistencia y rebeldía. Hay rupturas. Y América Latina, y el Caribe en especial, que alguna vez algunos denominamos continente de la esperanza -y ciertamente lo es-, es escenario, a mi modo de ver, de la cuarta ola revolucionaria.

La primera fue la que inició Cuba. La segunda la que se desarrolla en el sur, con Chile, Argentina, Uruguay. La tercera la de Centroamérica. Y la cuarta tiene como vórtice fundamental a Colombia y Venezuela, y se expande hacia el sur, pero también con algunos elementos más al norte -Chiapas es un poco un elemento indicador-, lo que pasa en Puerto Rico, el salto que ha dado la lucha de Puerto Rico con el tema de Vieques, el fortalecimiento de la conciencia nacional, después de 100 años de dominación colonial, un hecho cualitativo muy importante, la huelga general contra la privatización, son señales. Pero es en el norte del sur, expandiéndose hacia el sur, donde se nota una revitalización del proyecto revolucionario.

Venezuela rompió el sistema político dominante, y tiene ante sí el enorme desafío de la transformación de las relaciones de poder y de propiedad en el ordenamiento económico y social, y que prácticamente está anunciada. La crisis del fujimorato, la emergencia de fuerzas alternativas, la enorme crisis y las grandes respuestas de movimientos sociales en Bolivia. Y en muchos de estos sitios aparece un elemento nuevo. Aquí hemos tenido una presencia muy fuerte, evidentemente, del espíritu del Che y del espíritu de Marighella. Y yo siento que ronda por ahí Caamaño. Y Torrijos, y Velazco, como que resucitan de momento, y se expresan en Chávez, en Lucio Gutiérrez, en Guillermo Lora -yo creo que algunos ni lo han escuchado nombrar, porque está muy oculto-, un oficial coronel del ejército colombiano que acaba de producir una proclama revolucionaria en la graduación de miles de cadetes, y que le cortaron la comunicación radial y televisiva, y que no lo han podido capturar todavía, lo que indica que algo sucede en la oficialidad media. Entonces, entre los sujetos políticos sociales nuevos, un factor muy acelerado y muy enriquecido por la propia reestructuración capitalista y por el alto poder concentrador del capitalismo neoliberal, y por la hegemonía del capital financiero, reaparecen los movimientos militares progresistas. Ojo, atención a esto. Con calidades mayores que en el pasado, por el nivel de formación de los cuadros que están en la escena.

Entonces, el desafío es muy grande. Si está tocando a la puerta, de alguna manera, la revolución, el retraso está en nosotros. Esto requiere un nivel de creatividad y de reflexión profundo, que no puede ser ni quedarnos en las nostalgias y en las reafirmaciones dogmáticas del pasado, ni decir que es renovación socialdemocratizarse o convertirse en izquierda reformista. Porque ciertamente hay cosas que hay que cambiar. Y el tema del poder no es el tema del estado. El tema del poder es el tema de la hegemonía en la sociedad, que se construye, se crea, se desarrolla, pero que también necesita de una ruptura. Porque hay un orden dominante violento, que pretende el monopolio de lo militar. Y voy a tocar un tema que parece tabú, porque hay una parte de la izquierda que se molesta con el olor a pólvora. Y la izquierda no puede dejar el monopolio de lo militar a la derecha y a las fuerzas sistémicas.

Ellos sí lo tienen, en los ejércitos liderados por ellos, y en los paramilitares, y en todo esto. Lo tienen ahí. Nosotros tenemos que estar claros de que la acumulación, que tiene que ser social, que tiene que hacerse expresando absolutamente todas las rebeldías, no sólo la clasista. Cuántos reduccionismos en el proyecto en el pasado. El tema de la mujer, el de las etnias, el de los niños, el del ambiente, el de la relación de los seres humanos con ellos, el tema de lo militar. Se necesita una acumulación militar. Y no estoy diciendo con esto que volvamos a la discusión de que es revolucionario el que tiene las armas en un momento determinado, ni de que la acumulación militar es uniforme. La de Chávez, aunque él lo diga, no es verdad que sea una revolución pacífica simplemente. El levantamiento militar que él hizo, que le dio el liderazgo, fue un levantamiento militar. Y fue el preámbulo de estas grandes transformaciones. Y tiene una parte enorme de ese ejército. Si hay un factor que permite la transformación del sistema político, es que una parte del poder permanente que no pasa por elecciones está con él, y está con los bolivarianos, y eso está ahí. Claro, hay otra parte que no ha sido tocada, que es el de la gran propiedad y el de las corporaciones transnacionales en un mundo sumamente adverso. Me parece que es inteligente y cautelosa la manera de ir abordando por partes los problemas. Primero, la revolución política. Después, las transformaciones sociales.

Pero, ¿cuántos años le costó a las FARC y al ELN acumular la fuerza militar que tienen? Que además, ha sido un hecho de un valor incalculable. Cuando se decía «no, esos son los reductos». Los reductos se multiplicaron como los peces y los panes de Cristo. Y se ha conformado una fuerza que es un contrapoder, y que está impactando a toda la sociedad. Entonces, el desafío es muy grande, y nos tiene que llevar a la reflexión y a la superación de algunos presupuestos.

Primero, no es verdad que sea lo mismo el tránsito al socialismo que el socialismo como tránsito. Los países como los nuestros necesitan de una acumulación originaria, no sólo material y económica, sino cultural, educativa, espiritual, que requieren del proceso de tránsito, de orientación. Y que al mismo tiempo tiene una gran diversidad. Ese es un primer problema.

El otro problema es que el capitalismo no es sólo un modo de producción, como creímos. Es un sistema de dominación integral. El proyecto de nueva sociedad tiene que ser un proyecto integral y tiene que comprender todas las rebeldías y todas las vertientes liberadoras, de las que hablaba anteriormente. El proyecto socialista debe evitar algunas confusiones: a la propiedad estatal le dicen la propiedad social. No. Nacionalización, estatización, no equivalen a socialismo. No. Depende del control social, de la forma de gestión. Y esa puede ser una de las formas de propiedad social, que pueden ser muy variadas, y los pueblos pueden crear muchísimo alrededor de esto, un elemento importante para el nuevo proyecto. Pero hay otros.

El tema de la democracia es intrínseco al proyecto socialista. El poder de la propiedad pública: sin democracia deviene en poder autoritario, despótico y en burocracia. Y ahí están las causas. Fueron causas estructurales las que dieron lugar a aquel derrumbe. Entonces hay que vacunarse contra esta situación. El tema del sistema político. A veces nos inclinamos, sencillamente, por quedarnos en los parámetros de los sistemas políticos «democráticos liberales» -con muchas comillas-. Me parece que hay que ser mucho más creativos. Aunque hay que rescatar todos los valores democráticos que la humanidad ha conquistado en la historia, incluyendo las democracias burguesas. Pero hay que trascenderlos, y hay que crear algo nuevo y distinto. Y el Parlamento del proyecto socialista no puede ser igual al de ellos. Tiene que ser un sistema de participación y de asamblea, tiene que ser una relación entre la democracia directa y la representación, porque es inevitable la representación si queremos organizar. Pero representación sola, deviene en usurpación. Y todo está interrelacionado. Entonces, evidentemente tenemos que pensar el tema con toda esa integralidad. Y el proyecto democrático nuestro es democracia social, democracia económica, democracia cultural, democracia de género. Y tiene que respetar identidades y rescatar las identidades. Tiene que ser un proyecto pensado desde nuestras realidades. Y es por eso que brota Mariátegui, brota el Che. Y por eso su trascendencia. ¿Mataron el socialismo, murió el socialismo, y el Che se multiplica? ¿Qué está pasando? Todo esto necesita de nueva democracia, de nuevo socialismo, y de nuevo mito, de nueva fe. Está estropeada la fe en el movimiento revolucionario, por el impacto de aquel derrumbe sobre la conciencia. Hay que recrear, hay que rearmar, hay que renovar la utopía. Hay que rescatar todos los valores positivos de aquellas luchas, porque no todo fue negativo. Y entonces, hay que darle sabor a pueblo y a lo nuestro, y hacer revoluciones con samba, con merengue, con salsa. Y hacer revoluciones con poesía. Y por qué no hacer revoluciones con caipirinha, con mojito y con damajuanas. Gracias.

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