nro. 18
Las buenas razones del socialismo a partir de la moderna cosmología

Leonardo Boff

(TRADUCCIÓN)

Me he tomado la libertad de traer a este debate sobre el socialismo una reflexión nacida de mis estudios y preocupaciones de los últimos años. He realizado un esfuerzo considerable por tratar de llevar adelante el discurso de la Teología de la Liberación abriéndolo a otros campos de lucha popular y de pensamiento.

1. El grito de los pobres y el grito de la Tierra

Hoy en día no basta con prestar oído al «grito de los pobres». De la atención a ese grito nació, en los años 60, la Teología de la Liberación en los países de la América Latina y en otros contextos de lucha e injusticia en el mundo. No sólo gritan los pobres. La Tierra también grita. Las aguas gritan. Los ecosistemas gritan. Porque son también víctimas de la misma lógica del sistema del capital que explota a las clases, los países, las naciones y acaba por devastar sistemáticamente a la Naturaleza toda.

Estoy profundamente convencido de que la Teología de la Liberación sólo puede ser integral si incorpora en su discurso y su práctica el rescate de la Tierra que, en última instancia, es el rescate de la vida. Porque la Tierra no es un planeta inerte. No es un baúl de recursos incalculables, aunque finitos, condición a la que la redujo la modernidad científico-técnica. La Tierra es un organismo vivo, es la Pacha Mama de nuestros indígenas, la Gaia de los cosmólogos contemporáneos. Desde una perspectiva evolucionista, nosotros, los seres humanos, nacidos del humus, somos la Tierra misma que llegó a sentir, a pensar, a amar, a venerar y hoy en día a alarmarse. La Tierra y los seres humanos somos una única realidad compleja, como bien pudieron apreciar los cosmonautas desde la Luna o desde sus naves espaciales. A partir de esa visión he podido profundizar en algunas perspectivas que me gustaría presentarles suscintamente aquí, como una más entre otras fuentes de argumentación a favor del proyecto socialista. El socialismo, tomado en su intuición básica, representa la salvación de la vida, del planeta y del proyecto planetario de la especie humana.

2. La ley fundamental del proceso cosmogónico: la cooperación

Tal vez mi discurso sea inusitado y poco convencional, pero estimo que puede ser una de las diversas maneras actuales de refundar y exponer buenas razones en pro de una opción socialista. La primera de ellas es la visión que se desprende de la cosmología moderna, o mejor, de las así llamadas Ciencias de la Tierra. Según esa visión, todos participamos de un único proceso cosmogénico, iniciado hace 15 mil millones de años que aún está en curso. La ley suprema que preside la evolución es la siguiente: todo tiene que ver con todo en todos los puntos y en todos los momentos; todo está interretrorelacionado y nada existe fuera de esa panrelacionalidad. Por tanto, nada existe yuxtapuesto o desarticulado, sino que todas las cosas están interconectadas de tal forma que forman un sistema inconmensurable. Así, la vida forma parte del proceso de la evolución de la materia (que nunca es inerte, sino un centro de gran energía e interactividad), y la vida humana forma parte de la evolución de la vida. Las sociedades son momentos de este proceso global y deben entenderse como expresión de la lógica de las relaciones universales. Tenemos pues que ver con una visión realmente holística y sistémica.

Esta visión está bien formulada en la Física cuántica de Niels Bohr y Werner Heisenberg, los primeros que formularon el nuevo paradigma para la comprensión de la realidad panrelacional. Para ellos la centralidad se encuentra precisamente en la constatación de que la ley suprema del Universo, que permitió que todos los seres llegaran hasta aquí, es la cooperación, la solidaridad cósmica y la sinergia. Todos somos interdependientes. Cada quien vive gracias al otro, con el otro, para el otro, y todos forman la inmensa red de la solidaridad cósmica. Esa realidad es tan fuerte que el Universo no conoce ningún ser excluido, no conoce los deshechos, todo se recicla, todo se transforma y todo se incorpora. Incluso la visión de Darwin sobre el origen de las especies gracias a la selección natural y la victoria del más fuerte, se inscribe dentro de la ley universal de la solidaridad. El que es más fuerte es el que tiene más capacidad de relación y por tanto, de contar con la cooperación de los otros. No basta simplemente con ser fuerte, como los dinosaurios. Después de una catástrofe ecológica sin precedentes que destruyó más de la mitad del capital biótico del Planeta, los dinosaurios no lograron relacionarse con la nueva situación y fueron condenados a desaparecer.

No resulta difícil percibir que el capitalismo se opone a la ley básica del Universo, porque no es cooperativo, sino competitivo. El capitalismo representa la «barbarie», la destrucción de la convivialidad, de las interdependencias y de las inclusiones. Es individualista, excluyente. Reafirma y magnifica al individuo, al yo, en detrimento de los lazos del nosotros y de la sociabilidad humana. Por el contrario, el socialismo se inscribe en la lógica global de las cosas, es su expresión histórico-social. Transforma en un proyecto político, en una visión consciente del mundo y en una ética de solidaridad, cooperación e inclusión, lo que la naturaleza prescribe en su dinamismo interno.

3. El ser humano como ser hablante y social

Mi segundo argumento se deriva de la antropogénesis, es decir, del proceso en el cual surgió el ser humano como un ser diferente de sus semejantes, los simios superiores como los chimpancés, los gorilas y los orangutanes. Lo cierto es que la carga genética de los se-res humanos y de los chimpancés es casi idéntica: la diferencia es sólo del 2%. Pero en ese 2% reside toda la diferencia. ¿En qué consiste? En el hecho singular de la sociabilidad, de que los seres humanos son seres de cooperación y de convivialidad. Los chimpancés también tienen vida social. Pero a diferencia de los seres humanos, ella se orienta según la lógica de la dominación, de la jerarquización y del sometimiento del otro. Por eso sus relaciones son extremadamente dominadoras.

Con el surgimiento del ser humano a partir de un primate común a los simios superiores y a los humanos, esa lógica se quebró. No sabemos la fecha con exactitud, pero de seguro fue alrededor de tres millones de años atrás. Investigaciones recientes, llevadas a cabo en 1977, lo confirman, a partir de los huesos de una mujer, Lucy, encontrados en la región de Afar, en Etiopía, en el África oriental. La lógica cambia de manera absoluta. En lugar de la competitividad feroz y de la voluntad de subyugación, entra a funcionar la cooperación. Así, en el nivel humano, ese menos del 2% de los ácidos nucleicos y de las bases fosfatadas que fundan lo humano en cuanto humano, se encuentran en relaciones de cooperación. Nuestros ancestros humanoides salían a cazar, traían los alimentos y los repartían entre ellos socialmente. No como los primates superiores, que comen cada uno por su cuenta. Traían y distribuían solidariamente entre ellos. De esos lazos de solidaridad, y en tanto mamíferos superiores, se desarrollaron las relaciones entre madres e hijos. El calor de la proximidad hizo surgir la ternura y la relación de protección mutua. Esa diferencia se aprecia en la mano. La mano de un chimpancé es distinta a la de un ser humano. La mano del ser humano se extiende, se adapta al cuerpo y es capaz de acariciar, mientras que la de los simios superiores no se extiende y está adaptada para pegar y para agarrar. Fue esa base de solidaridad y de cooperación la que sirvió de ambiente para el surgimiento del lenguaje. Y el lenguaje, singular en el ser humano, es fundamentalmente un fenómeno social. En esa relación social, uno no precisa justificar su presencia ante el otro, porque sabe que es acogido, nunca es tratado simplemente como enemigo, sino antes como compañero, como semejante, hermano, socio en la aventura de la existencia. Esa interpretación de la antropogénesis es recurrente en grandes personalidades de las ciencias de la vida, como los conocidos científicos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, o como Frijhof Capra, Christian de Duve y otros. De ahí se desprende que el socialismo surge del propio proceso de antropogénesis. Expresa una lógica de millones de años de convivialidad y de lazos de cooperación, a pesar de todos los retrocesos y dificultades que la historia registra. Pero lo que hizo que la historia avanzara y llegara a nuestros días es la capacidad del ser humano de hacer y rehacer los lazos de convivencia, de no colocar nunca la guerra y la exclusión del otro como proyecto civilizatorio sino como desvío de él a ser evitado, limitado, superado o integrado en una síntesis superior humanizadora.

El capitalismo representa la sobrevivencia de la política del chimpancé, nos dice Humberto Maturana (en su libro más reciente Formación humana y capacitación), es decir, de aquella carga genética que tenemos en común con los chimpancés y que nos hace en parte chimpancés, parte que aún no inauguró el reino de lo humano con su fuerza socializadora y cooperativa. Esa política chimpancé, actualizada por el capitalismo, se caracteriza, según el biólogo chileno, por la apropiación, la competencia, la desconfianza, el control, el sometimiento, la dominación y, en última instancia, por la lógica de la guerra. No ha ingresado a la dimensión humana de lo humano, que es la dimensión de la colaboración, de la convivialidad, de la protección, mejor expresada en el proyecto socialista desde los albores de su formulación por parte de los utopistas cristianos. De ahí que una buena razón para querer ser socialistas es que queremos ser humanos, seres de lenguaje comunicativo, seres de relación y de solidaridad irrestricta. En ese sentido aún nos encontramos en la antesala de nuestra verdadera humanidad. Penando y sobreviviendo en el seno del modo de producción capitalista integrado mundialmente e invadidos por la cultura del capital, no logramos aún inaugurar el nuevo milenio con una nueva relación de inclusión de toda la humanidad. Dos terceras partes de los seres humanos viven en niveles de crueldad y de ausencia de piedad, víctimas de la voracidad acumuladora de la lógica del capital. Sólo el socialismo, como expresión de cooperación igualitaria y de convivencia pacífica con los diferentes podrá crear el espacio para que florezcamos como humanos verdaderamente humanos.

4. Si no nos socializamos no sobreviviremos

El tercer argumento a favor de una opción socio-política socialista proviene de la reflexión ecológica, que hoy ha alcanzado dimensiones globales. Todos los informes serios sobre el estado de la Tierra nos alarman: si continúa la lógica depredadora y consumista del sistema del capital vamos al encuentro de lo peor, vamos al encuentro de la falta de sustentabilidad de nuestro proyecto civilizatorio y de un estrés fantástico de la biosfera, con la probable desaparición de incontables especies y sus representantes. No es imposible que la propia especie homo sapiens demens se vea poderosamente amenazada.

Lo que se constata de forma irrefutable es que los recursos del sistema-Tierra son limitados, y en algunos casos extremadamente escasos. No hablo del petróleo, la sangre de la máquina productiva mundial, sino de algo más básico para todo el sistema de la vida y de la comunidad de la vida: ¡el agua potable! De toda el agua del planeta (cuyos dos tercios están compuestos de agua), sólo el 3% es agua dulce. De ese 3%, menos del 1% resulta accesible al uso humano, porque el resto está almacenado en glaciares o a grandes profundidades. Debido al consumo irresponsable de agua dulce en el proceso productivo, en la agroindustria, y a la masiva utilización de tóxicos y pesticidas, el agua no tiene tiempo de reponer sus nutrientes y se torna salobre. En sucesivas reuniones mundiales de estudio y de búsqueda de soluciones globales, la ONU ha alertado sobre el riesgo que ya enfrentamos. Según el más reciente relatorio (el último de La Haya de marzo-abril del 2000), en los próximos años se producirán guerras devastadoras en diversas regiones del mundo para garantizar el acceso a fuentes de agua potable. El agua es el bien más escaso de la naturaleza: más que el petróleo, el uranio u otros materiales. Quien controle el agua controlará la vida, porque el agua está íntimamente ligada a la vida en todas sus formas. Al igual que el agua, otros recursos energéticos son fundamentales para garantizar un futuro de vida para todos los humanos y los demás seres de la comunidad de la vida. Todos los bienes necesarios para la vida pertenecen al patrimonio de la biosfera y al patrimonio común de la humanidad. Si no socializamos esos recursos escasos, no garantizaremos un futuro común para la vida, para la humanidad y para la Tierra. Ya no se trata de socialismo en términos ideológicos y, en su mejor expresión, en términos políticos y alternativos. Se trata de socialismo como forma de sobrevivencia. O socializamos o enfrentaremos un impasse vital. Tenemos que planificar el uso racional de esos recursos escasos en beneficio de todos los seres vivos. La planificación es obra del socialismo y no del capitalismo. El capitalismo incorporó la planificación para racionalizar su producción y garantizar mejor sus lucros, pero no para repartir los bienes escasos. Entonces, tenemos que planificar para socializar los recursos escasos de la Tierra, y debemos comenzar por los más fundamentales, los que garantizan el sustrato físico-químico de nuestra sobrevivencia, como el agua, la alimentación básica, la vivienda, el trabajo, el ocio y la educación (que nos permite la comunicación humana mínima). Esta vez no habrá un Arca de Noé que salve a algunos y deje perecer a los demás. O nos salvamos todos o pereceremos todos.

El capitalismo no brinda ninguna señal de que quiera construir un Arca de Noé para todos. Por el contrario, se encuentra dentro de un Titanic que se hunde debido a la destructividad del capitalismo y de sus agentes, insensibles, ciegos y suicidas, que siguen haciendo negocios. Son capaces de llevar a la Tierra a un estrés jamás visto en la historia conocida de la Tierra, quizás semejante a las grandes catástrofes de eras ancestrales que pusieron en riesgo inmenso el sistema de la vida. Pero en esas eras los seres humanos aún no habían nacido como producto del proceso evolutivo.

5. El socialismo utópico se funde con el socialismo histórico

En los albores de la formulación del proyecto socialista se produjo un debate clásico, protagonizado por Carlos Marx, entre el socialismo utópico, proyecto de los padres fundadores del socialismo, y el socialismo científico, inaugurado por Marx y por Engels. Marx sometió a una dura crítica al socialismo utópico a causa de su ineficacia, no obstante su gran poder movilizador. Él, por el contrario, luchó por un socialismo al cual calificó de científico, como base para un proyecto político coherente y transformador de la sociedad capitalista.

Ahora conocemos los impasses de esta pretensión, sobre todo en su expresión del llamado socialismo real del este de Europa. Pero hoy, con la distancia que da el tiempo, al ponderar las bondades de uno y de otro socialismo, sentimos la necesidad y la utilidad de rescatar ambas tradiciones. Es importante presentar el socialismo utópico como la gran utopía de la humanidad, quizás la más generosa formulada hasta nuestros días. Ella es fundamental para inspirar prácticas de solidaridad, cooperación y sinergia en todos los campos, especialmente en aquellos donde lo que se juega es la vida y el planeta Tierra, la única casa común que tenemos.

Es urgente fundar el pacto social global que junte a todas las tribus de la Tierra, un pacto que incluya a la Naturaleza y a la Tierra como sujetos de derechos que se deben respetar y cultivar. Los que formularon el pacto social que subtiende las sociedades actuales -Rousseau, Locke y el propio Kant- nunca incluyeron en sus reflexiones a la naturaleza y a la Tierra. Daban por descontado que su existencia estaba garantizada. Hoy la situación es otra. Ni la naturaleza ni la Tierra tienen garantizado su futuro. Dependen de las prácticas humanas de destrucción o de preservación. No debemos olvidar que, insanamente, inventamos el principio de la autodestrucción que, a su vez, provoca la instauración del principio de la corresponsabilidad. En el nuevo pacto social, expresión de esa corresponsabilidad, es urgente que incluyamos a la naturaleza y a la Tierra con sus subjetividades. Ellas son el nuevo ciudadano. Plantas, animales, ríos, paisajes, montañas, pasan a formar parte de nuestra sociedad ecologizada. Como dijera Michel Serres, notable pensador francés, acerca de la nueva situación de la humanidad: la Declaración de Derechos Humanos tenían razón al proclamar que toda persona humana tiene derechos. Pero tenía un defecto: el de pensar que sólo los seres humanos tienen derechos. Los demás seres de la naturaleza y de la creación también tienen derecho a existir, a ser respetados y a convivir en la comunidad terrenal y cósmica. Todos necesitamos los unos de los otros y somos Inter.-retrodependientes. Más aún: debemos comportarnos como garantes y guardianes de los derechos ecológicos de toda la creación. El socialismo utópico sueña con un planeta Tierra que integre a todos los seres en la inmensa comunidad terrenal y biótica. Pero es necesario pasar de la utopía a la historia. Y, por tanto, rescatar la tradición del socialismo histórico, que formula mediaciones concretas para su puesta en práctica en la política, en la economía, en la educación, en los sistemas de poder, en las comunidades, en las familias y en todas las relaciones con la naturaleza. Entonces el socialismo realizara el sueño de sus fundadores, en especial de Rosa Luxemburgo y de Antonio Gramsci, de ser la concreción de la democracia integral, la democracia humana y sociocósmica.

Ese socialismo es connatural al ser humano como ser de amor, de cooperación, de sinergia, de solidaridad, porque es en ese tipo de relaciones que se inscribe la singularidad del ser humano en cuanto humano, en comunión con los demás seres y diferente a ellos. Hoy, frente a los desafíos que encara la humanidad, desafíos de vida o muerte, es importante que esas dos formas de pensar y vivir el socialismo se abracen y se den las manos. La tarea es inmensa, verdaderamente mesiánica: salvar la vida, salvaguardar la Tierra y garantizar el futuro del proyecto humano.

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