nro. 18
Che Guevara: los muertos conducen a los vivos

Frei Betto

«Si la simiente no cae a tierra y muere, jamás fructificará», dicen los Evangelios. De esa dialéctica entre la muerte y la vida se alimenta nuestra lucha. La hortaliza que comemos en el almuerzo fue un vegetal que murió para darnos vida; el arroz, un cereal que murió para darnos vida; la carne -de pollo, de res o de pescado-, un animal que murió para darnos vida. Jesús, asesinado mediante la complicidad entre los poderes romano y judío, nos introduce en esa dinámica y nos entrega su cuerpo como Pan de la Vida y su sangre como vino que conmemora la supremacía del amor. Hoy somos hijos y herederos de compañeros y compañeras que dieron sus vidas para que un día todos tengan vida. Sus nombres son conocidos y venerados: Che Guevara, Camilo Torres, Carlos Marighella, Frei Tito, Margarida Alves, Santo Dias, y muchos otros que dieron sus vidas en la América Latina y en el Caribe para que el pueblo tenga vida.

No lloremos a nuestros muertos. Antes, hagamos que resuciten en la persistencia de nuestros sueños, en la valentía de nuestra lucha, en la alegría de nuestras conquistas. No lloremos por los que murieron de pie. Como escribió Frei Tito en su Biblia: «es preferible morir que perder la vida». Esos compañeros y compañeras les imprimieron a sus vidas un sello indeleble y significativo: el sello de revolucionarios. Murieron, pero no perdieron la vida. Prueba de ello es que hoy son, para tantos, ejemplos y paradigmas. No lloremos, porque los muertos, como recordaba Marighella, guían a los vivos. Lloremos, sí, por los que desertaron de la lucha, se dejaron seducir por los encantos del sistema capitalista, se acomodaron para no perder el plato de lentejas de una migaja de poder, de riqueza o de buena reputación entre las élites.

Lloremos por nuestras flaquezas, nuestras cobardías, nuestra incapacidad para oír el clamor de los pobres y el grito de los oprimidos. Lloremos por nuestra vergüenza de luchar a favor del socialismo y de convertirnos en servidores de los pobres. Y que ese llanto lave y purifique nuestro corazón para que, junto a los militantes de la esperanza, hagamos de la revolución la razón de ser de nuestras vidas, para que, en el futuro, nadie se pierda por creer que todos los seres humanos, sin excepción, nacieron para vivir de poesía, para disfrutar la belleza y la ternura.

Resucitadas en nuestras luchas, rescatemos las vidas de los compañeros y compañeras que se fueron, de modo que seamos dignos del ejemplo que nos dejaron. Como decía José Martí, «a veces es preciso cerrar los ojos para ver mejor». Los que partieron cerraron los ojos para que nosotros, que seguimos embriagados de utopía, podamos ahora ver mejor, de modo que el Che Guevara sea generación, sea multitud, sea pan y oración, hasta que la palabra justicia no tenga que aparecer en los diccionarios, de la misma forma que ningún ser vivo necesita aprender a respirar.

Vivan nuestros muertos en las opciones más consecuentes de nuestras vidas. Porque morir es inevitable. Pero vivir es un desafío cuyo sentido se deriva de la razón que les imprimimos a nuestros días. Vale la pena vivir por el socialismo, porque vale la pena vivir para que, en el futuro, ningún ser humano muera antes de tiempo y para que, mientras viva, pueda saborear los más preciados bienes del espíritu, del arte y del amor.

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