nro. 18
El derecho absoluto sobre nuestros cuerpos

Lohana Berkins

Yo sé que muchos se preguntan qué hace una travesti en este lugar. Porque muchas personas tienen una idea absolutamente equivocada o están llenas de mitos de lo que es una travesti. Yo quiero decir que también soy feminista. El primer problema que tenemos las travestis es que ni la sociedad ni el estado reconocen el travestismo como nuestra identidad. Una de las opiniones adversas mayores que tenemos es la de las jerarquías eclesiásticas. La Iglesia nos ha demonizado absolutamente. Por ejemplo, piensan que si ustedes escuchan a una travesti, van a terminar siendo travestis. Nos adhieren una cosa de contagio. Puedo decirles que se pueden quedar tranquilos, que nadie se va a transformar por escucharme.

Otra cosa, es el tema de por qué nosotros y nosotras podemos hablar de muchas cosas, y a lo que más les escapamos y le tememos es al cuerpo. Yo amo perfectamente a mi cuerpo. Como dijera Lucienne Stoine en 1845: “No quiero el derecho a la propiedad o al voto, si no puedo mantener mi cuerpo como un derecho absoluto”. Entonces ahí empieza nuestro problema.

La realidad latinoamericana es que el travestismo se da entre los 8 y los 10 años de edad. Lo primero que sucede es una expulsión familiar, y por ende una expulsión social después. Esta sociedad no está preparada todavía para darle un tipo de contención.

En la República Argentina hay tres organizaciones de travestis, y nosotras trabajamos sobre una población directa de 3000 compañeras travestis. La edad de mortandad de las travestis en Argentina y en casi toda Latinoamérica no supera los 30 años. Las causes de muerte son: muertas por la policía, sin que ningún estado investigue nada. Otra causa es el uso indiscriminado de las cirugías. El sistema capitalista ha creado un solo modelo de mujer: linda, dulce, muy bella, que es la que consume el patriarcado. Entonces nosotras, cuando empezamos a vivir nuestra realidad, como la única alternativa de supervivencia que nos queda es la prostitución, si yo me voy a parar, lo más que puedo conseguir es una limosna, porque tengo 92 kilos. Entonces, es tan fuerte la idea de la imagen, que las compañeras terminan siendo víctimas de este tema. Porque lo que nos dice la sociedad es: “está bien, este chico no quiere ser varón, que sea mujer. Pero no cualquier mujer. Sino una mujer espléndida”, como la travesti más famosa de Brasil, Roberta Clos. “Como Roberta Clos o nada”. Esos son los modelos que van imponiendo. En este tema se producen situaciones de muchísima violencia. El hecho de que nosotras estemos condenadas a la prostitución, atenta también contra nuestra propia autoestima.

Yo sufrí siete años de encarcelamiento por el mero hecho de haber desafiado a esta sociedad, y decir “esto es lo que yo soy”. En la Argentina, hace más de 9 años nosotras empezamos a organizarnos. El cambio más profundo se produjo a través de conocer el feminismo, las lesbianas feministas. Entonces empezamos a luchar, y tenemos un programa que se llama “Construyendo la ciudadanía travesti”. Obviamente, la palabra “ciudadanía” no tiene nada de liberalismo, sino en un sentido mucho más amplio y revolucionario.

Apuntamos a cuatro cosas: la educación, la salud, la vivienda y el trabajo. En la Argentina se siguen sosteniendo fuertísimas leyes que castigan el travestismo. Para que ustedes entiendan lo que digo, yo estoy absolutamente orgullosa de ser travesti, y si volviera a nacer, elegiría exactamente lo mismo. Pero esta sociedad maneja la cosa binaria de hombres y mujeres. Cuando vos nacés, la partera te mira entre las piernas y dice: “tiene un pene”, o “tiene una vagina”. A eso a la genitalidad, le adhiere un sexo, y al sexo un género. Y como decía la compañera, no es lo mismo ser varón que mujer, mucho menos en una sociedad tan patriarcal y tan machista como la sociedad latinoamericana. Entonces, si vos no te comportás de acuerdo con tu genitalidad, tenés que comportarte como la otra opción, que es ser mujer. Lo que nosotras estamos planteando es que no somos ni hombre ni mujer. Soy una travesti, una persona que tiene una genitalidad y que puede vivir perfectamente construida bajo otra identidad o bajo otro género, que es el femenino. Por ahora no hay tantos modelos. Por ahí, de acá a 2000 años de luchas más, podrán decir: “mujeres, varones, travestis... y una lista interminable”, cuando se refieran a los géneros.

Nosotras empezamos a atacar la hipocresía burguesa. Porque en el mundo, los hombres castísimos, si nos ven prostituyéndonos nos dicen “pecadoras”, y si pedimos por nuestros derechos, nos dicen “comunistas”. Entonces empezamos a atacar a la burguesía, a la hipocresía burguesa. Porque si hay 10.000 compañeras paradas todas las noches, es porque hay 10.000 hombres que las consumen. De noche, todo bien; pero de día dicen: “mátenlas, que las encierren, son el demonio”. Eso es una hipocresía. La sociedad pide castigo para quien se prostituye, pero no para quien consume.

Empezamos a luchar. En Buenos Aires, el Estado gasta 300 millones de dólares para sostener a la policía, que es la misma policía represiva del proceso, y no quiere gastar ni diez dólares en educación, en capacitarnos, en vernos como sujetos de derecho.

Dentro de todas estas cuestiones, también podemos ser socialistas, y puedo ser feminista. No es que lo único que yo soy es travesti. Cuando hablaba del tema del “mito”, la gente piensa que somos libertinas, que estamos todo el día en la cama, como una diosa Venus, fumando porros, tiradas, y que el mundo no nos importa nada. Es otro estereotipo. En nuestra comunidad hay de todo, hay compañeras que pueden ser de ese estilo, compañeras rubias, compañeras que tenemos 92 kilos, compañeras comunistas, tenemos una diversidad. Y tenemos esa diversidad porque somos personas. Yo voy a decir que las travestis somos algo raro cuando caguemos por la oreja, o meemos por la nariz. Mientras lo haga por los lugares que lo hacen ustedes, no veo el asombro.

Ahí es cuando la sociedad se comienza a poner medio loca. Porque no es que les moleste que nosotras existamos. Yo voy por el mundo, parezco una señora gordita, y todo bien. El problema empieza cuando nosotras empezamos a pedir derechos. Cuando nosotras decimos: “no sigan matando compañeras, dennos trabajo, educación, vivienda, salud”. Ahí es cuando la sociedad se pone frenética.

A nosotras se nos hace bastante difícil. Algún día me gustaría que en un gran evento, haya compañeras lesbianas, gays, travestis, participando sin discriminaciones dentro de los movimientos de lucha. Porque sucede que unas luchas parecer ser mucho más valiosas que otras. Si es por víctimas, nosotras tenemos víctimas. Si es por cárcel, conocemos las cárceles. Si es por represión, tenemos represión. Entonces, yo no veo por qué no se puede pensar de una forma totalizadora, y pedir por todos los derechos.

¿Por qué, si yo voy a una marcha en contra del FMI, contra el imperialismo yanqui, por qué no pueden venir a nuestras luchas también? Entonces, tenemos que hablar de estas cuestiones como una cosa cotidiana, porque nosotras somos cotidianas también. Nosotras vivimos en comunidades, vivimos en casas, tenemos familias, amigos, amigas, pensamos. Entonces, la reflexión que queremos hacer, es que estamos convencidas de cambiar a esta sociedad. Yo lucho para cambiar la sociedad. Estoy absolutamente en contra del imperialismo, amo la libertad. Pero no una libertad condicionada. Amo la libertad absoluta, que cada quien viva como quiera. Amo absolutamente ser travesti. ¿Por qué pareciera que es de otro mundo?

Entonces, el reclamo que estamos haciendo, es la construcción de una sociedad sin ningún tipo de opresión, aunque parezca largo decir “las” y “los”. Se habla de “los revolucionarios” ¿y las revolucionarias dónde están? Estaban ahí.

Hay que romper la cosa esquemática de género. Que el hombre tenga que ser el supermacho que grite y que golpee, y la mujer que cocine y que vaya con su guagüita de acá para allá. Hay mujeres revolucionarias que han empuñado un fusil. Y hay hombres que pueden cocinar, y no van a ser menos revolucionarios.

Otro tema es el del afecto y del cuerpo. ¿Por qué podemos hablar, y si en este momento yo digo “agarremos las armas” todo el mundo se prende, pero si dijera “desnudémosnos, toquémosnos”, empieza el pánico absoluto? ¿Por qué tengo que sentir vergüenza de mi cuerpo, si lo más valioso que tenemos es el cuerpo? Es el cuerpo para la vida, el cuerpo para la lucha, el cuerpo para todo. Es el bien más absoluto que tenemos.

Insisto en este tema de las luchas. Creo que hay que repensar absolutamente, e incluir. También lucho por las personas sin tierra, me conmueve absolutamente la pobreza, lucho en contra de los ricos, lucho en contra de todo tipo de opresión. Lo único que yo les dejo como reflexión, es que ustedes se sumen a nuestra lucha. Nada más.

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