nro. 18
La necesaria vuelta al tema de la transición

César Benjamin

Sintetizar este tema en veinte minutos excede en mucho mi capacidad. Intentaré compactar al máximo mi intervención, sabiendo que al hacerlo dejo afuera innumerables abordajes posibles que son igualmente importantes, además del abordaje y del problema específico sobre el que voy a hablar. Mi opción parte del hecho de que hablo para un público de militantes de la izquierda. De ahí que sea con el pensamiento de la izquierda -o por lo menos con una tradición importante de ese pensamiento- que decidí dialogar. Dejo a un lado, por eso, la crítica de otras corrientes menos representadas aquí.

Nuestra generación de militantes vive una paradoja bastante angustiosa. De un lado, el socialismo nunca fue tan necesario. No necesito extenderme sobre ese tema. Seguramente, todos los que están aquí perciben las señales de barbarie que se multiplican, sea en la esfera material, con la presencia de la exclusión social galopante en Brasil y en el mundo; sea en las esferas cultural y espiritual, con la pérdida creciente de sentido de la existencia humana. En resumen, podemos decir que, en el mundo contemporáneo, el proceso de acumulación del capital necesita cada vez menos a las personas. Eso significa que la creación de riqueza abstracta, que es el objetivo del capitalismo, se despegó radicalmente de las necesidades humanas. Por eso, para defender a la humanidad, tenemos que superar esta forma de organización social volcada hacia la multiplicación de la riqueza abstracta. Nunca fue tan necesario el socialismo. Del otro lado, paradójicamente, ha resultado difícil pensar, visualizar y describir el proceso de transición hacia otra forma de organización social. Esta angustiosa combinación de urgencia y falta de claridad no es nueva. Tiene aspectos comunes con situaciones vividas en momentos anteriores por generaciones de revolucionarios que nos antecedieron. Comencemos por ahí.

Como se sabe, si se le compara con los pensadores que lo antecedieron Marx cambió profundamente el modo de abordar la cuestión del socialismo. No se preocupó por describir una sociedad ideal. Dirigió su esfuerzo intelectual a comprender la génesis y la dinámica de la sociedad que tenía ante sí, y demostró que ella era portadora de contradicciones que señalaban la necesidad de que fuera superada, y la posibilidad real de su superación. Le dio con esto al movimiento socialista una teoría mucho más poderosa y un nuevo arsenal de conceptos. Colocó al socialismo en la historia. Tal vez esa haya sido su mayor contribución. Pero su obra dejó pocas indicaciones -e indicaciones muy genéricas- sobre el proceso de transición y sobre el modo de organizar la sociedad futura. En un primer momento, eso no pareció especialmente angustioso, pues los socialistas consideraron que, a su debido tiempo, la propia historia brindaría las condiciones para llenar esa laguna. La idea de que la humanidad no se plantea preguntas que no pueda resolver, hacía nacer la expectativa de que, cuando se planteara en los hechos como un problema práctico, la cuestión de la edificación del orden socialista, las condiciones de su solución también estarían presentes, de alguna forma. Por eso, la cuestión de la edificación del orden socialista no angustió enormemente a la primera generación de revolucionarios marxistas. El problema se hizo agudo -y dramático- en Rusia en la década de 1920. Con la toma del poder en 1917 y el fin de la guerra civil en 1921, el desafío de impulsar la transición al socialismo dejó de ser una abstracción y cosa del futuro. Por el contrario, se convirtió en el problema central de la acción política. Se produjo entonces un gran debate en torno al tema que movilizó a los teóricos bolcheviques y a otros revolucionarios de la época. La forma en que este problema se pensó y se resolvió en aquellas circunstancias acabó por marcar profundamente la historia del socialismo en el siglo XX.

¿Cuáles fueron las bases teóricas de la solución que entonces se encontró? De manera muy simplificada, podemos decir que, para modelar el proceso de transición, los bolcheviques buscaron dos elementos presentes en la obra de Marx. El primero tiene que ver con la sustitución del trabajo complejo por el trabajo simple en la producción moderna, especialmente la de tipo industrial. Al describir la evolución del capitalismo, Marx mostró cómo el capital expropiaba el saber de los trabajadores y transfería este saber a las máquinas. Con el advenimiento de la gran industria, cada vez más era la máquina la que conducía el proceso productivo, bajo el control de un trabajador cada vez menos calificado. Marx todavía tenía ante sí un mundo en vías de destruir el trabajo artesanal, el cual exigía una gran calificación del trabajador. En el artesanado y en la manufactura, el saber estaba depositado en el trabajador, en su mente, en su cuerpo, en su experiencia de vida y en su largo aprendizaje previo. Con la creación de la gran industria, para recordar una imagen que el propio Marx utilizó, los niños pasaban a supervisar las máquinas, las cuales realizaban por sí mismas el proceso de trabajo. La vanguardia de las fuerzas productivas era la gran industria, y ella operaba con una fuerza de trabajo cada vez más homogénea. Quedaba atrás el mundo de las corporaciones de oficios, de los gremios, de los maestros y de los aprendices. La sociedad moderna, hija del capitalismo, se caracterizaba por la existencia de grandes masas humanas no calificadas, cada vez más concentradas y homogéneas.

El segundo elemento de la obra de Marx que los teóricos bolcheviques enfatizaron y destacaron al debatir la transición, es el proceso de concentración y centralización del capital. Aun en el capitalismo, las grandes empresas monopolistas y oligopólicas tenderían a controlar todos los mercados, de modo que las economías modernas pasarían a girar en torno a un número relativamente pequeño de grandes unidades productivas. También se trataba de un cambio enorme, cuando se lo miraba en perspectiva histórica. Combinados y llevados hasta sus últimas consecuencias, esos procesos -la descalificación del trabajo y la concentración del capital- producirían una simplificación de la estructura social y del sistema económico, con la destrucción en masa de las clases intermedias y de las pequeñas y medianas empresas, que eran rezagos del pasado. En la visión de los bolcheviques de la década de 1920, eso creaba una especie de antesala histórica para la adopción de una planificación omniabarcadora. Una economía simplificada debido al predominio de pocas empresas grandes, de un lado; y una humanidad también «simplificada», debido al amplio predominio de masas trabajadoras homogéneas y concentradas, del otro. De ahí la centralidad del concepto de planificación en la construcción de la nueva sociedad. El papel histórico del capitalismo sería el de crear las fuerzas productivas que profundizarían irreversiblemente el carácter social del trabajo, crearían grandes organizaciones productivas, aumentarían la productividad, etc. Y el límite del capitalismo sería su elemento anárquico, generador de irracionalidades y crisis. El socialismo heredaría aquellas condiciones, típicas de una economía industrial moderna. Concentrando la propiedad en el Estado y adoptando el principio de la planificación, se superaría la anarquía, y se constituiría en una forma superior -esto es, más racional y más eficiente- de organización social La economía funcionaría como si se tratara de una única empresa de tamaño gigantesco. Lenin citaba el ejemplo de la empresa alemana de correos con su minuciosa división de tareas, su racionalidad administrativa, para ilustrar con una imagen cómo funcionaría la economía socialista, en contraposición a la anarquía del capitalismo. Bujarin llegó a prever que la consolidación, la extensión y el perfeccionamiento de la planificación permitirían que la economía soviética funcionara prácticamente sin dinero en un plazo de unos treinta años, pues un sistema controlado de trueques haría innecesario el dinero, que era un instrumento típico de una economía mercantil En el debate económico de entonces prevalece con un gran énfasis la idea de que el socialismo es planificación. En esto residiría su diferencia fundamental del capitalismo anárquico. Desde el punto de vista de la política y de la organización del poder, los bolcheviques construyeron una visión de la transición que era coherente con esa imagen de sociedad. La idea central también se inspira en los clásicos. Las sociedades divididas en clases necesitan instituciones políticas muy complejas, porque en ellas resulta preciso administrar el poder que se ejerce sobre los hombres, contra los hombres. La dominación de algunos sobre las mayorías exige grandes aparatos burocráticos, policial-militares e ideológicos. En esas sociedades, en última instancia, la política sería la administración de esos aparatos y de esas relaciones de poder. De ahí la necesidad de un Estado. En la construcción del socialismo, superada la fase inicial revolucionaria, y ya en el camino de la abolición de las clases, la administración de los hombres -o sea, la política en el sentido tradicional- resultaría cada vez menos necesaria, pues el aparato social regulador se volcaría cada vez más hacia la administración (racional) de las relaciones de los hombres con las cosas. De ahí la idea de que la transición de caracterizaría también por una rápida simplificación de la policía, complementaría al proceso de simplificación de la economía.

En la teoría bolchevique, inspirada directamente en Lenin, la separación entre el partido y la clase trabajadora, típica de la fase prerrevolucionaria, se superaría en el momento de la Revolución por la fusión de los dos polos. La revolución sería la fusión del partido revolucionario con la clase, lo que llevaría a la creación de la clase revolucionaria. Esta fusión se desdoblaría en la construcción de un Estado-comuna, cuya simplicidad y transparencia ayudarían a vincular cada vez más -y definitivamente- la vida de los ciudadanos y la administración de la vida social. Desaparecería, por tanto, la separación entre el Estado y la sociedad. De ahí el poco interés de los bolcheviques por formular con más profundidad el tema de las instituciones. No era preciso construir una teoría sofisticada sobre el funcionamiento del Estado, dado que el Estado estaría en proceso de extinción.

En ese contexto, la solución a la problemática de la transición al socialismo fue un binomio fundamental: planificación económica, de un lado, y superposición de partido, clase y Estado, del otro. Se creó así, puede decirse, un modelo, una matriz de pensamiento, que marcó profundamente la historia del socialismo en el siglo XX. Aplicado primero en un país atrasado y después en otros igualmente atrasados, ese modelo logró éxitos en el período subsiguiente. La administración centralizada y la planificación aceleraron brutalmente la acumulación primitiva del capital industrial al contribuir a concentrar los recursos escasos, antes dispersos, y colocar estos recursos al servicio de objetivos bien definidos. Ello hizo posibles grandes inversiones en infraestructura y la rápida multiplicación de la producción en masa y en serie de insumos y bienes.

En las fases iniciales de la industrialización, las alternativas son pocas, y las decisiones son relativamente simples, incluso por el hecho de que las necesidades a satisfacer son elementales y estándar: aumentar la oferta de grandes insumos básicos (como acero, combustibles, electricidad), realizar obras de infraestructura, construir viviendas y transportes colectivos, producir elementos básicos del vestuario, generalizar el acceso a la educación, etc. En ese contexto, son dos los problemas centrales de la administración económica: reunir los escasos recursos disponibles para llegar al nivel de escala e implantar un plan coherente de inversiones en los sectores claves. Combinando la centralización económica (planificación) con la centralización política (autoritarismo), el modelo soviético creó las condiciones para ello y recuperó con gran rapidez el atraso económico en las sociedades en las cuales se implantó. No es poca cosa. Alimentar, vestir, dar un techo, a grandes masas humanas que nunca habían tenido acceso a esas condiciones básicas no fue tarea fácil, y en aquel momento histórico, en aquellas sociedades, no la había cumplido el capitalismo. Pero eso no resolvió el problema de la transición al socialismo. En verdad, generó una gran confusión: la capacidad de recuperar atrasos acumulados en el pasado se confundió con la construcción de la sociedad del futuro. A lo que estamos asistiendo a fines del siglo XX no es al fin de la posibilidad del socialismo, sino al agotamiento de un modelo de transición pensado en la década de 1920 en una sociedad atrasada.

Éso nos remite a la necesidad de reabrir la cuestión, observando, a la luz del mundo actual, los fundamentos teóricos de las decisiones tomadas en aquella época. Sólo así puede ser radical la crítica, sin resultar prejuiciada, negativista y sectaria. Revisemos rápidamente esos fundamentos. La sociedad moderna se caracterizaba por la simplificación y la homogeneización del mundo del trabajo, a partir de la generalización del trabajo simple. Sin embargo, en el mundo contemporáneo asistimos a la recreación en gran escala del trabajo complejo. Aquellas masas humanas homogeneizadas y no calificadas, que existían y se reproducían en gran escala, ya no están siendo ubicadas por el capital en el mundo de la producción. Se les expulsa de él. Eso nos plantea problemas de todos tipos, y bastante dramáticos. Por ejemplo, esas masas homogeneizadas y no calificadas ocupan cada vez menos lugar en el corazón del sistema capitalista, y por eso pierden fuerza política. En la tradición clásica marxista, el proletariado ocupa una posición especial por dos motivos fundamentales. El primero: con él, el capitalismo estaba formando una «clase universal», cuya dominación no obedecía ya a lógicas particulares -locales o nacionales, de carácter religioso o étnico, basadas en tradiciones, etc.-, sino a una lógica general que luego incorporaría a toda la humanidad; y la pobreza de esa clase ya no era el resultado de «leyes naturales», ni de una baja productividad del trabajo: era una pobreza producida artificialmente en una sociedad cuya vocación era aumentar rápidamente la productividad del trabajo. Como dijo Marx en la Introducción a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, esa clase sujeta a «cadenas radicales», ese grupo social que era la disolución de todos los grupos anteriores, no reivindicaría un derecho particular, porque no estaba sujeta a una opresión particular. Sólo podría emanciparse emancipando a toda la sociedad. Además, el proletariado era una clase profundamente integrada al sistema capitalista, en el sentido de que resultaba esencial para el proceso productivo, y al mismo tiempo, estaba excluida de ese sistema, -porque no tenía ningún control sobre el modo de producción que ella misma impulsaba con su trabajo. Esa doble especificidad transformó al proletariado en un grupo humano muy especial para el marxismo. Una clase social completamente excluida goza de poca fuerza política, y una clase social completamente integrada carece de potencial transformador. La clase social revolucionaria tiene que tener ese doble perfil -integrada y excluida- para ser fuerte y estar interesada en los cambios.

Ahora bien, cuando observamos la conformación del mundo contemporáneo y pensamos la transición al socialismo comparando nuestra época con la situación imperante a inicios del siglo XX, vemos con facilidad que se reabre un problema político: el problema del agente fundamental (o grupo de agentes fundamentales) de esa transición, porque la posición del proletariado industrial ya no es la misma. Pero también existen problemas de naturaleza teórica. La economía del futuro no puede pensarse como la recreación y la radicalización del modelo fabril del siglo XIX. En cuanto a la centralización y la concentración de capitales -el otro pilar teórico de la política bolchevique de la década de 1920-, se trata de un proceso que permanece en curso (y de modo bastante acelerado y visible), pero también en relación con él es preciso hacer algunas consideraciones. El trabajo complejo resulta permanentemente destruido por la expansión capitalista, pero también es recreado por esa misma expansión; las clases medias y la empresa pequeña y media también son destruidas y permanentemente recreadas. Ello da por resultado una economía y una estructura de clases, a ella asociada, que no tienden a la simplificación, por lo menos en la forma en que la imaginaron los bolcheviques. Desaparecen sectores enteros de actividades, pero surgen nuevos sectores. En torno a cada megaempresa gravitan centenares de otras empresas más pequeñas. Nuevos sectores desarrollan actividades no estandarizables, para las cuales no hay economías de escala, especialmente en el sector de los servicios, cuya importancia crece. Resulta interesante subrayar aquí que la estructura teórica de El Capital -y de la obra general de Marx- contempla perfectamente esa dinámica. Al contrario de lo que dicen muchos -porque lo cierto es que nunca fueron a las fuentes-, el Marx de madurez, el Marx que hizo la crítica de la economía política (por oposición al Marx del Manifiesto), no imaginó que el desarrollo capitalista debía conducir a una sociedad simplificada, con un enorme proletariado homogéneo y empobrecido. Fue un crítico ferviente de la «ley de bronce de los salarios», defendida por Lasalle, que sustentaba la «teoría del empobrecimiento» del proletariado; siempre se opuso a Bakunin, que asociaba pobreza y revolución; y formuló con gran coherencia teórica la posibilidad de caminos alternativos para el desarrollo capitalista, basados en la expansión de la plusvalía relativa (que introdujo la posibilidad de un conflicto de clases de suma positiva, para emplear una expresión de la moderna teoría de los juegos).

Esa discusión nos llevaría demasiado lejos. Me refiero a ella de pasada para decir que nunca fue tan necesario volver a Marx. Uno de los elementos de nuestra crisis teórica se debe al hecho de que Marx sigue siendo muy citado, pero es cada vez menos leído, tanto por quienes lo atacan como por quienes lo defienden. Y ello tiene que ver incluso con el hecho de que es un autor que desarrolló razonamientos complejos, largos y rigurosísimos, que, para ser mínimamente entendidos, exigen paciencia, disciplina y disposición, en un mundo cada vez más dominado por la imagen, la fugacidad, la rapidez y la superficialidad. Las personas ya no tienen ni voluntad ni tiempo para leer a un filósofo alemán de la estatura de Marx. Sin embargo, afirmo que los elementos centrales de la descripción del capitalismo contemporáneo están allí, en su obra; y los elementos centrales de la formulación de una alternativa están también allí, en germen. También en lo que respecta a la forma política de la transición resulta necesario que miremos críticamente la matriz bolchevique de la década de 1920. Porque el proceso histórico real mostró que la fusión entre el partido y las masas, típica del período revolucionario, no evolucionó en la Unión Soviética hacia niveles crecientes de transparencia de la política, ni al interior de las instituciones ni, mucho menos, en relación con la vida del ciudadano común. En el período posrevolucionario lo que se produjo más bien fue una «desfusión» que no había sido prevista y que transformó el marxismo-leninismo, tal como se usara en las décadas siguientes, en una teoría legitimadora del autoritarismo. Esa «desfusión» no fue accidental. Se producirá siempre que la sociedad no cuente con un aparato institucional sofisticado y complejo, que valorice la política, lo que implica valorizar la participación y la representación, el equilibro de poderes, etc. La idea de un Estado de derecho, de una sociedad regida por la ley, en la cual el ciudadano se sienta fuerte y defendido en relación con el Estado, es una conquista civilizatoria a la cual no podemos renunciar (y que, dicho sea de paso, no se opone a la idea de la necesidad de las revoluciones en ciertos momentos de la historia).

Concluyo. Al contrario de lo que se dice, el problema de la transición al socialismo se reabre dramáticamente ante nosotros. El Marx economista hizo énfasis en la crítica a la explotación del trabajo, que hoy muchos discuten, pero es preciso no olvidar que el Marx filósofo -que es el más importante- enfatizó la pérdida de control de la humanidad sobre su propia capacidad creadora, a través de un peligrosísimo proceso de alienación de su libertad esencial. Nunca estuvimos tan inmersos en ese proceso, en un mundo en el cual todo es mercancía, en el que se produce locamente para consumir más locamente, y se consume locamente para producir más locamente. Se produce por dinero, se especula por dinero, se mata por dinero, se corrompe por dinero, se organiza toda la vida social por dinero, sólo se piensa en el dinero, se adora al dinero, ese verdadero dios de nuestra época, un dios indiferente a los hombres, enemigo del arte, de la cultura, de la solidaridad, de la ética, del amor. Un dios que se tornó inmensamente destructivo. Es muy peligroso: la acumulación de riqueza abstracta es, por definición, un proceso sin límites. Y sin embargo, el problema de la transición no puede solucionarse retomando formulaciones realizadas en una sociedad atrasada hace ochenta años, con independencia de los méritos de esas formulaciones y del esfuerzo realizado por sus autores. Porque en la esfera de la economía, el socialismo soviético fue pensado como una continuidad de la matriz productiva capitalista que existía hasta esos momentos, matriz que el propio capitalismo alteró. Repensar el socialismo en el siglo XXI es repensar un modo de producción que rompa profundamente con la lógica asociada a esas matrices.

La meta del socialismo no debe ser la de hacer mejor que el capitalismo las cosas que el capitalismo hace. No cabe al socialismo ser más eficiente que el capitalismo, porque no hay eficiencia en abstracto. Cabe al socialismo, ante todo, reorganizar la sociedad, preservando y valorizando todas las conquistas civilizatorias que lo precedieron, y recolocando al ser humano en el centro. Tiene que haber una diferencia de calidad entre los dos tipos de organización social, Una sociedad regida por la lógica de la acumulación de riqueza abstracta, que no tiene nada que ver con las necesidades humanas, y otra sociedad, posiblemente menos eficiente en la producción de mercancías, pero que restablezca otro tipo de relación entre los hombres. El socialismo no es un capitalismo liberado de sus crisis, lo cual, además, es imposible. Tiene que pensarse como otra sociedad, con otros valores, otros fines y otra dinámica. En el terreno de la política, es necesaria una formulación sofisticada sobre la cuestión del poder y del Estado. Los problemas de la actividad pública, de la estructuración y regulación de los mecanismos de poder, de la representación, del equilibrio, de un Estado que no ahogue a la sociedad, del combate contra la lógica de la burocracia, son problemas que nos imponen, como desafío teórico, construir una teoría positiva del Estado y la política en el socialismo. Opino que a nuestra generación se le plantean dos grandes desafíos teóricos: imaginar cuál es la calidad nueva de un nuevo modo de producción, rompiendo con la idea de que ese modo de producción es un capitalismo más eficiente y sin crisis; y construir una teoría de la democracia socialista. Si enfrentamos esos desafíos teóricos, podremos contribuir a la superación de la profunda crisis que experimenta la humanidad en este inicio de siglo.

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