nro. 13
Once hipótesis con motivo del fútbol y la política

David Viñas

1. Una de las afirmaciones más repetidas por los voceros del discurso neoconservador - el peruano Vargas Llosa es ejemplar en este sentido-, consiste en decir que el nacionalismo (sin historizarlo, connotándolo por su tiempo y lugar) ha caducado. Pero a nivel simbólico parecería que esa afirmación es inexacta. Porque con el campeonato mundial de fútbol advertí a mi alrededor que el fervor que las divisas nacionales provoca nada tiene de «caduco». Más bien, lo contrario.

2. Correspondería, a continuación, preguntarse por el contenido de semejante entusiasmo. Pregunta que, además, aclararía el de los diversos nacionalismos. Pero, aquí, es popular; qué duda cabe. No hay más que caminar por las calles de la ciudad correlativamente: ¿No se trata, quizá, de una proyección colectiva? ¿De una compensación imaginaria - y legítima- de sus actores por no ser reconocidos comunitariamente? ¿De una compensación -también- por carencias personales que cotidianamente no tienen respuestas?

3. Se suele explicar (incluso desde una izquierda muy tradicional), diciendo que «el fútbol es religión». Y que, como tal, es un opio del pueblo. Pero, ¿por qué necesita la gente una droga? ¿Para tratar de sobrevivir? Sobrevivir a esas carencias cotidianas que las personas padecen. Yo me drogo. A veces. Y también lo hago para sobrevivir. Y usted, lector, ¿jamás se drogó? Digo: ¿con un trago, con un porro, con lo que tenga a mano o pueda conseguir?

4. Ese fervor nacional tan generalizado y dramático: evidentemente moviliza a una comunidad que suele vivir cotidianamente de manera apática. ¿De acuerdo? Y que con motivo del fútbol, de ese fervor, puedo llegar admitir que es un despilfarro. De energías, hablo. Pero, ¿qué se le puede ofrecer a esa gente para que coloque su fervor en algún lugar más productivo? ¿La política es el lugar de esa eventual y deseable producción? ¿Qué se le ofrece desde ese privilegiado lugar?

5. Aquí, me parece, se plantean las responsabilidades de los políticos. En la Argentina, para hablar de lo que conozco un poco, ¿que político ofrecen algo que produzca fervor? ¿El menemato, quizá? ¿La Alianza por ventura? ¿Y la izquierda compañeros? ¿Qué ofertas fervorosas propone?

6. Lo que nos llevaría, entre otras cosas a reflexionar muy seriamente sobre el discurso de la izquierda. Pero, para no abundar: ¿provoca fervor la izquierda argentina? Me temo que no.

7. Desde ya que habría, además, que analizar las razones. Que involucran, ineludiblemente, por lo menos, dos cosas: que hace rato que la izquierda argentina no se puede reclamar de representar «la vanguardia del proletariado» argentino. Uno y dos: que la autocrítica (como la revolución) no es un momento, sino un proceso.

8. En cuento al proletariado, desde Ubaldini y Daer -para hablar del más próximo y visible-, nos corresponde hacer una descripción y una evaluación minuciosa. ¿Del pueblo? ¿De «la gente»? Y va de suyo: faena a hacer sobre esos vocabularios diversos.

9. Sobre todo que -y retomando el fervor nacional suscitado por el fútbol-, no podemos perder de vista que ese componente, a solas, puede servir a cualquier populismo de derecha que lo advierta y lo localice a su favor. Obvio: desde Hitler y Mussolini, el fervor deportivo puede ser el gran catalizador de las masas. Conviene preguntarse: si un personaje como Rico, Bussi o Seineldín le «da manija» a ese ingrediente popular, ¿en qué se termina? ¿O «borroneamos» lo que realmente pasó en la Argentina de 1978?.

10. Por sentido contrario (y complementario): advierto que los «grandes diarios» liberales, a cada rato echan mano de la palabra vándalos para definir a los grupos juveniles y populares que «se desmadraron» con motivo de su fervor. Ruego que se lea con atención el recorte de La Nación del 3 de julio de 1998. Que se lo lea y se lo mire de cerca, por favor. Por que la foto del policía con su garrote, encima de la persona tirada en el suelo que sostiene la bandera argentina es más que explícita e inquietante.

11. Pero: los vándalos: son los «otros». ¿O no? ¿Los que no terminan de compaginarse con las propias categorías de racionalidad? Los que quedan afuera y en el imperio romano (de donde viene la cosa), eran las tribus que vivían en las fronteras. A veces, paradójicamente, las cuidaban, cuando la gendarmería romana entró en crisis. Y otras veces, las cruzaron. ¿Por? Buscando comida, tierras y mejoras. Lo que no tenían. Lo que era propiedad exclusiva de los propietarios privilegiados. Tratando en fin de reparar lo que carecían. Pregunto: los vándalos argentinos, ¿no atentan «contra la propiedad» a partir de sus carencias? ¿Son los hombres sin propiedades? Esas carencias, ¿no se evidencian puntualmente, en su mezcla con el fervor? No tienen nada y querían algo, ¿poseer algo y, a la vez, ser reconocidos? ¿Ser reconocidos, precisamente, por el fervor que les provoca su posesiva infracción? ¿O acaso, compañeros, en lo esencial, no hubo una infracción posesiva cuando se asaltó el Palacio de Invierno y se saquearon las bodegas? Cierto. Se sabe: todo eso se hizo bajo el impulso del Aurora retumbante y del Lenin tan puntual.

David Viñas es escritor argentino, autor de numerosos ensayos y novelas sobre literatura y política.

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