nro. 13
Una lectura latinoamericana

Emir Sader

1. ¿Qué lectura se puede hacer hoy del Manifiesto Comunista desde América Latina? Antes de eso: ¿tiene sentido una lectura latinoamericana del Manifiesto Comunista?

El Manifiesto Comunista fue construido como una interpretación programática de la lucha de clases en el capitalismo, a partir de su forma hasta entonces más desarrollada, aquella protagonizada por los movimientos obreros inglés y francés esencialmente. La periferia del capitalismo existía para el capital, pero no encontraba otra forma de expresión orgánica de la lucha de clases, en la forma en que el Manifiesto Comunista las pensaba. Aún de forma distinta a El Capital, el Manifiesto Comunista se remitía a las leyes generales del desarrollo de la lucha de clases, junto a las definiciones programáticas de los comunistas. El proceso histórico era pensado desde un principio, en sus formas más altas de desarrollo, como formas en dirección a las cuales tenderían sus expresiones menos desarrolladas. El hecho de que el proceso histórico haya asumido una vía que no corresponde a esa proyección, recoloca el tema de la lucha de clases en su historicidad concreta. Cuando Lenin decía que era más fácil comenzar la revolución en la Rusia atrasada, aunque era mucho más difícil construir el socialismo, él apuntaba a una revolución en Europa desarrollada, como una posibilidad de rescate de la Revolución Rusa.

A partir del momento en que la revolución alemana fracasa, en esa perspectiva la Revolución Rusa estaría condenada a un dilema -su encierro en un solo país, con todas las consecuencias que traerían para sobrevivir, jugando todas sus cartas a retomar la revolución europea-. En los dos casos, el movimiento comunista internacional no formuló una estrategia para el proceso de lucha de clases realmente existente. En una primera versión, la sobrevivencia de la URSS asumió un privilegio estratégico, en detrimento de la extensión del proceso revolucionario, orientación más problemática todavía, cuando el stalinismo desvirtuó las conquistas revolucionarias de 1917. En segundo lugar, mantenía una expectativa de que el proceso revolucionmario mundial solamente podría avanzar a partir de una Europa desarrollada, cuando la configuración histórica de la lucha de clases asumía un itinerario distinto.

Si es cierto que desde La ideología alemana, Marx ya había advertido que el comunismo en condiciones de atraso económico representaría tan sólo la socialización de la miseria y una regresión histórica, el capitalismo realmente existente condenó a la periferia capitalista no a repetir de forma atrasada el itinerario de los países desarrollados, sino al estancamiento y al atraso. Dos formas diferenciadas de inserción en el mercado internacional, con dos formas correspondientes de estructuras sociales internas fueron los resultados del proceso de desarrollo desigual del capitalismo. Sociedades «con mayoría de pobres» y sociedad con «minoría de pobres», como algunos la definen descriptivamente. Sociedades auto-centradas y sociedades dependientes. Sociedades integradoras y sociedades excluyentes. Todas las definiciones captan aspectos reales, sin embargo, parciales e insuficientes para comprender su dinámica esencial. El capitalismo reservó destinos muy diferenciados para la mayoría de la población de uno u otro tipo de sociedad. Pero aún así, cuando hubo pleno empleo en países capitalistas desarrollados, en cuanto hubo un excedente estructural de mano de obra, relegaba a los trabajadores de los países periféricos a una correlación de fuerzas muy desfavorable para luchar por mejores condiciones de vida.

2. ¿En esas condiciones, qué papel fue reservado en el Manifiesto Comunista para un continente como América Latina? Independientemente de los análisis históricos, que pueden situar más concretamente influencias y raíces historiográficas, desde el punto de vista político -esto es, de la lucha de clases, plano en el que pretende situarse el Manifiesto- su papel puede ser resumido en dos niveles: Sirvió como una gran carta de presentación del marxismo para generaciones y generaciones de jóvenes, intelectuales, militantes y cualquiera que se interesara por el destino del capitalismo y del socialismo en el mundo y de la historia en general. La idea de que «la historia de los hombres es la historia de la lucha de clases» y de que ésta es el «motor de la historia», idea central del Manifiesto, tuvo una influencia generalizada en el continente, teniendo al Manifiesto Comunista como su medio esencial de difusión. Se puede decir que esas ideas-esencias sólo se encontraban formuladas expresamente en el Manifiesto. Se leía El XVIII Brumario, El Estado y la Revolución, de Lenin, el trecho inicial de La ideología alemana, pero es a través del Manifiesto que las formulaciones clásicas del marxismo llegaban, a menos que quisiéramos someternos a los manuales, tanto de autores marxistas occidentales -Lefebvre, ante todo- o los famosos libracos de la Academia de Ciencias de la URSS. En ese plano, el Manifiesto cumplió plenamente al presentar al debate público una de las interpretaciones fundamentales del mundo contemporáneo. En otro plano, el Manifiesto se hacía acompañar, para esas mismas generaciones, de los ejemplos de aplicaciones concretas de aquella metodología, a través de historiadores marxistas, con una gama diferenciada de interpetaciones. En el caso brasileño se contraponían, de forma significativa, las obras de Caio Prado Jr. y las de Nelson Werneck Sodré. Ésta, basada en una lectura más mecánica del Manifiesto Comunista en la periferia capitalista, buscaba encontrar la misma secuencia de modos de producción que la formulada por Marx a partir de la historia del capitalismo metropolitano. Ya antes, Caio Prado Jr. incorporaba el método de Marx y lo aplicaba de manera creadora en la trayectoria histórica de Brasil. De alguna forma cargaba sobre las nuevas generaciones, el peso de las tradiciones, más todavía si venía legitimado por las interpretaciones difundidas por los países socialistas existentes hasta aquel momento, la URSS en primer lugar, secundado por China. Ese aspecto se reforzaba si tenemos en cuenta el título original del Manifiesto: Manifiesto del Partido Comunista, lo que remitía a un partido y, en aquellas circunstancias históricas, a una analogía inmediata con los partidos comunistas vinculados a la URSS y a su interpretación de la historia.

El Manifiesto contribuyó así a la propaganda de las ideas de Marx. Por su propio peso -teórico, por la densidad de sus formulaciones y político, por el movimiento comunista internacional que aparecía detrás de él- tuvo que ser al mismo tiempo enmarcado como formulación expresa de las leyes de la historia de nuestro continente, para poder ser incorporado creativamente.

3. Uno de los temas centrales del debate de la izquierda latinoamericana recorría las alternativas de interpretación sobre la forma de reproducción de las clases sociales en el Manifiesto y sus diferenciaciones en relación al centro y la periferia capitalista. Como una trasposición mecánica del esquema del Manifiesto, un obrerismo comandó los análisis de clase de la izquierda en América Latina. No sólo la tan mencionada «subestimación del campesinado» y, con él de la cuestión agraria, como la ausencia prácticamente total de los «pobres de la ciudad» o subproletarios, que se fueron tornando en la mayoría de la población urbana a lo largo de las décadas de la segunda mitad del siglo. Si es verdad que prácticamente en ningún país del mundo la clase obrera fue mayoritaria, de cualquier forma se constituyó como el núcleo homogéneo y consistente de los países del capitalismo desarrollado, propiciando la hegemonía de la categoría trabajo y, principalmente una visión reduccionista del trabajo, en términos de obreros urbanos. Como reflejo de esa visión, el movimiento sindical urbano fue la expresión más utilizada de la fuerza social de los partidos de izquierda y, siguiendo ese ejemplo, de la hegemonía de los partidos comunistas. Esto acontecía no sólo en los países de mayor desarrollo relativo, sino también en El Salvador y Nicaragua, en Cuba y Perú.

La primacía de ese esquema ató las manos a los análisis que podrían captar de forma más puntual las particularidades del movimiento de reproducción de las clases subalternas en América latina, además de bloquear una evaluación más real de la efectiva correlación de fuerzas existentes en cada país y en el continente como un todo. Uno de los resultados fue que aquí también, al igual que en Europa con la Revolución Rusa, la vieja ceguera sorprendió también a la izquierda. La revolución no vino de Argentina, ni de México, ni de Brasil, ni de Perú, sino de las «atrasadas» Cuba, Nicaragua y su fantasma persistió prolongadamente en El Salvador y en Guatemala, igualmente exportadores primarios. Por aquí también la revolución no explotaba como resultado de la persistente socialización del trabajo, del proceso de industrialización y urbanización, sino de las contradicciones no resueltas a lo largo del proceso de constitución de los capitalismos agrarios nacionales y de la forma en que se construyó el poder del imperialismo norteamericano, esto es, una forma de reinserción de las economías nacionales en la nueva división internacional del trabajo en el traspaso de la hegemonía inglesa para los EE.UU.

De ahí que la revolución cubana también fuese una «revolución contra ‘El Capital», como Gramsci se había referido a la revolución soviética y, de alguna forma, una revolución contra el Manifiesto Comunista, en el sentido de la interpretación más generalizada que tuvo en el continente. Ni fue la clase obrera estrictamente el sujeto social, ni un partido comunista su dirigente político. Fue un proceso de liberación nacional, donde las cuestiones nacionales y democráticas imprimieron una dinámica que llevó al proceso revolucionario rápidamente a una ruptura anticapitalista, mediada por los enfrentamientos con el imperialismo norteamericano, en el marco de la «guerra fría». Se repetía, de otra forma, la experiencia soviética. A diferencia de ella, Cuba pudo apoyarse entonces en el llamado «campo socialista», sustituyendo la acumulación socialista primitiva, que tanta sangre, sudor y lágrimas le había costado a Rusia. Fue solamente con el fin de la URSS que Cuba se vio frente al dilema del «socialismo sólo en una isla», que llevó a la política económica actual.

El anticapitalismo emergió así no del endurecimiento de las contradicciones de clase, sino de las tareas nacionales y democráticas no realizadas. La historia concreta recolocaba las dinámicas que los esquemas teóricos no podían ni dejaban captar. Lo que no impidió dejar al Manifiesto Comunista como un texto solemne, de propaganda de ideas, de formulación de un determinado ritmo y dirección del proceso histórico, que serviría como un norte general. Por lo tanto, ese norte apuntaba siempre hacia una referencia original -el socialismo era ante todo un fenómeno de desarrollo y agotamiento de las potencialidades del capitalismo en sus eslabones más desarrollados. La generalización de la categoría de trabajadores apuntada en el Manifiesto evidenciaba una tendencia real. Por eso, la forma concreta en que los procesos históricos se reprodujeron un siglo y medio después, requieren de una redefinición de la categoría trabajo y la de trabajadores, como así también repensar la dinámica de la lucha de clases a escala mundial. Donde existió, en la forma en que existió, el socialismo se reveló como un instrumento de recuperación del atraso del desarrollo económico, compatible, hasta cierto punto, con una redistribución de la renta, especialmente mediante los derechos sociales univerzalizados. Este aspecto es lo que recorre sus diferentes formas de existencias -de la URSS a China, de Cuba a Vietnam, desde la ex Alemania Oriental a la Nicaragua sandinista.

4. Sin embargo, el sentido general del desarrollo histórico de América Latina difícilmente puede ser entendido fuera de la lógica propuesta por el Manifiesto Comunista. La descripción de Marx con respecto a la forma en que el capitalismo retotaliza todas las dimensiones de la vida de las sociedades a las que llega, es un factor clave en la comprensión de la forma en que se articuló la historia de las sociedades latinoamericanas dentro del proceso internacional de acumulación capitalista. Se trata de la mención de Marx del descubrimiento de América como «un nuevo campo de acción» para el voraz capitalismo naciente. La periodicidad de nuestra historia sólo puede ser entendida en esa óptica: como expresiones de las necesidades de acumulación de las economías capitalistas centrales, que determinan los ciclos de explotación de las materias primas que les interesan y que son rentables como emprendimiento capitalista de explotación colonial. La propia naturaleza de esa explotación colonial sólo puede ser aprehendida si la pensamos como un emprendimiento capitalista a escala mundial, como forma de integración subordinada a este sistema. De ahí que el imperialismo estaba presente desde el comienzo, como modalidad de articulación de la relación del centro con la periferia del sistema.

La revolucionarización incesante de los instrumentos de producción tiene que ser enfocada en esa perspectiva: el capitalismo no está necesariamente comprometido con el desarrollo de las fuerzas productivas en esta parte del mundo. Su significado solamente emerge encuadrado en el proceso de acumulación en escala mundial. De la misma forma que la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción. En este marco -el del sistema capitalista como realidad histórica mundial, con un desarrollo desigual- es que pueden ser comprendidos los fenómenos históricos latinoamericanos, en particular las transformaciones históricas fundamentales, incluidos sus procesos revolucionarios. Si la revolución ganó una trascendencia que otros procesos, como la revolución mexicana y la boliviana, por ejemplo, no tuvieron; se debió a la capacidad de lectura de los dirigentes cubanos, de la inserción y del significado de su movimiento a la luz de los enfrentamientos globales entre capitalismo y socialismo. Si hubiesen quedado en una comprensión mecánica del Manifiesto Comunista, se habrían propuesto llevar la industrialización a Cuba en alianza subordinada con una fracción burguesa supuestamente interesada en ese proceso. Es en ese sentido que, al negar una visión inmediata del Manifiesto Comunista, al ser una «revolución contra el Manifiesto», la Revolución Cubana terminó por afirmar las leyes generales del proceso histórico, comprensibles en una interpretación que piensa la ortodoxia marxista como una cuestión de método -conforme a la concepción de Lukács- y no de tesis. En esa óptica -y apenas en ella- es que tiene sentido el tema de la actualidad del Manifiesto Comunista, en el plano de la realidad histórica concreta, donde los principios motores emergen como condición de comprensión de lo real.

Emir Sader es sociólogo brasileño, miembro del Partido de los Trabajadores.

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