nro. 13
Yo escribo tu nombre

Entrevista a Fray Antonio Puigjané

Claudia Korol

En enero de 1989, un grupo de militantes del Movimiento Todos por la Patria de Argentina, pretendió detener lo que consideraban un golpe militar en curso, ingresando al Regimiento Militar de La Tablada. En medio de la violenta persecución que se desató contra el Movimiento que él integraba, el sacerdote Fray Antonio Puigjané se presentó voluntariamente ante la justicia, quedando detenido y siendo condenado a 20 años de prisión, de los cuales ya lleva cumplidos más de nueve. En este momento, luego de cumplir 70 años el 15 de junio, fue trasladado en arresto domiciliario, que cumple en el convento de Santa María de los Ángeles.

Quisiera que comentaras qué significó para vos la prisión en la cárcel de Caseros...

Para mí la cárcel fue una experiencia fuerte, que me resultó muy instructiva. Me enseñó muchas cosas y, lo tengo que confesar, no me dolió tanto en lo personal, sino en la persona de mis compañeros. Eso puede parecer una estupidez, pero realmente fue así. Creo que ayuda mucho la fe, que es un don. Entonces, más que el hecho concreto de estar en un lugar, son las motivaciones que uno siente. También da esa sensación la fe en la revolución. Creo que para mis compañeros, la prisión fue suavizada, llegó a tener un sentido y llegó a ser fecunda, como decía Fidel, gracias a sus ideales revolucionarios, que tienen una buena parte de lo que es la fe cristiana, en el sentido de una humanidad entera que va a estar siempre en lucha contra todo lo que es injusticia, contra todo lo que es opresión. Éste era el sentido del Movimiento Todos por la Patria. Lo único que queríamos hacer era ayudar a construir una sociedad justa, fraterna y feliz. A mí me parece que haber estado en la cárcel, por ese motivo, casi es un motivo de sano orgullo, de alegría. Nunca me sentí avergonzado de que me pusieran esposas. Las llevaba con mucha serenidad. Por supuesto, teniendo conciencia clara de que los que deberían estar en la cárcel eran otros. Pero en conjunto ha sido una experiencia que no me hizo sufrir demasiado. Si yo dijera que me ha hecho sufrir mucho, que para mí fue muy dura la cárcel, mentiría. Yo la pasé bien en la «Porciúncula», como había bautisado a mi celda, que era un lugar de intimidad, de recogimiento, de oración y de encuentro con mis hermanos más íntimos. Para San Francisco había sido la ¨Porciúncula¨, la capillita chiquita cerca de Asís. Y cuando yo la bautisé, hace ya unos cuantos días, hoy es el día 3456 de prisión, me pareció que podía empezar a ser eso. Cuando nos metieron en la celdita de Caseros, donde en principio nos tenían muy encerrados, sentía que podía ser eso y creo que lo fue. Experimenté mucho lo que es una soledad fecunda, una soledad unida a toda la humanidad; aunque no había lazos más que epistolares. Con el tiempo se fue creando una red de comunicaciones impresionante; en los primeros años gracias a la Orden Franciscana, a la gente amiga de otros países sobre todo. En la Argentina hubo sí, gente muy solidaria, que se acercó mucho, pero fueron más bien pocos. Y fueron muchos los que no aparecieron nunca, pero los comprendo, porque he llegado a creer que es injusto medir a todos por la misma vara: quiénes estuvieron, quiénes no estuvieron. A mí me parece que cada uno hace lo que puede. Muchos se acercaron con mucha generosidad y solidaridad y otros no aparecieron nunca. Pero los sigo queriendo lo mismo, porque a lo mejor en un momento, esos mismos que no aparecieron nunca pueden ser los más solidarios en la causa que sigue siendo la misma de un país fraterno, un país de hermanos.

La cárcel de Caseros tiene una historia negra. El pabellón en el que estuviste y en el que están ahora una parte de los compañeros que siguen presos allá fue construido por Videla.

Sí, yo creo que la cárcel de Caseros es verdaderamente una monstruosidad. Cualquiera que la vea de afuera se da cuenta de lo que puede ser. Estábamos apilados, como cosas, en una estructura totalmente cerrada, sin un solo metro al aire libre, todo tapado, todo cerrado y con esos largos pasillos que no tenían prácticamente otra iluminación que la luz eléctrica. A mí me parece que es una cárcel ideada para maltratar a la gente, para destruirla, para hacerla claudicar, para que pierda lo bueno que pueda tener. Creo que el hecho de estar juntos, con un grupo de dieciseis compañeros como era en el principio, (después salieron cuatro que no habían estado en el cuartel), nos ayudó a enfrentar eso, a sobrellevarlo bien y a tener una relación muy linda con los presos comunes, con los presos sociales; con los "hermanos ladrones", como yo los llamaba, y que ellos aceptaban bien. San Francisco los llamaba así. Creo que ellos nos ayudaron a darle a la cárcel un tono un poco más normal. Porque al principio la cárcel nuestra, la de los presos políticos de La Tablada, era muy rígida; estábamos como gente que quiere seguir trabajando, seguir informándose, seguir estudiando, seguir analizando las cosas del país, lo que me parece muy bien. Pero si se hubiera prolongado ese ritmo todos estos años, la vida así encerrada en nosotros mismos, no nos hubiera hecho bien. Nos faltaba ese condimento que es la vida común de nuestro pueblo. Con esos muchachos, a los que evidentemente los pusieron con nosotros con el deseo de que nos enfrentáramos y así poder sancionarnos, se creó una relación tan linda que a los tres meses los tuvieron que sacar. Porque era una mezcla medio explosiva entre gente que soñaba una revolución a fondo, que defiende principios y busca cambios, un hombre nuevo; y estos delincuentes pesados que comenzaron a interesarse en la cosa. Realmente en esas condiciones, la convivencia con los presos comunes fue hermosa.

¿Cuál fue tu motivación para presentarte espontáneamente en el Juzgado?

A mí el hecho de La Tablada me impactó mucho. No lo soñaba. Pero me impresionaron las barbaridades que se estaban diciendo de los compañeros. Pensé que el único lugar en el que yo me iba a poder expresar no era en la prensa, porque estaban dando una manija tan feroz , estaban diciendo tantos disparates, que iba a ser contraproducente cualquier cosa que quisiera decir; iba a ser mal interpretada y dada vuelta. Me pareció que el único lugar donde yo iba a poder decir todo lo que entendiera que era necesario, era en el juicio. Creo que sospeché que me iban a meter en cana. Cuando me presenté en los Tribunales me dejaron detenido, porque había orden de captura, cosa que yo no sabía. Pero aunque lo hubiera sabido, me hubiera presentado lo mismo. Porque me parecía que era mejor dar la cara, reconocer que era parte del Movimiento, que estaba en su dirección y que aunque no sabía nada de la acción, quería ser solidario con mis compañeros, porque sabía de su calidad moral y de los valores que ellos tienen. Sabía lo que ellos querían y que después se ha confirmado por lo que dijeron: que no iban a atacar la democracia sino a defenderla de los militares que desvergonzadamente avanzaban con golpes sucesivos. El de La Tablada hubiera sido el cuarto golpe en pocos meses, desde el de Semana Santa.

En esos hechos cayeron varios compañeros, y varios fueron detenidos con vida y luego desaparecidos. ¿Qué recuerdos tenés de ellos?

A todos los recuerdo con un cariño inmenso, como gente generosa, que vivía pensando en los demás, en un país más justo. El primero que me habló de trabajar con ellos fue Carlos Samojedny y me acompañó muchísimo, constantemente viajamos juntos. Es un muchacho que se jugó entero siempre, en su trayectoria anterior también. Estuvo muchos años preso, más de diez. Me pareció siempre un hombre que sólo pensaba en los otros, vivía en pobreza, jamás buscaba algo para él, siempre estaba soñando con un país mejor. Y así, del mismo estilo, eran todos los demás. Como Quito Burgos, un modelo de humildad, de trabajo, de coraje, de constancia, de sencillez, pensando en el país que todos soñamos. Jorge Baños, que ponía toda su fuerza, su ilusión, en que a través del trabajo político se fuera avanzando y se pudiera cambiar lo que significaba la traición a la democracia que ya se empezaba a ver, por la presión de los militares y la flojera de tantos políticos. Pancho Provenzano, una maravilla de muchacho, generoso, alegre, lleno de ilusiones, y todas en relación no a una cosa personal, a sacar una tajada, sino por el país soñado. La compañera de él, Claudia Lareu, tan querida por todos. Roberto Sánchez, al que lo llamaban en Nicaragua el ¨Che gordo¨. En Nicaragua todos hablaban de él con mucho cariño. También había estado preso en la etapa anterior. En fin, todos eran así, generosos, solidarios.

Yo nunca he querido juzgar el hecho de La Tablada, porque me parece una falta de respeto muy grande para compañeros que se jugaron la vida, que muchos de ellos la perdieron. Hay compañeros que perdieron su libertad, algunos están condenados a prisión perpetua, están lejos de su familia, están sufriendo la cárcel. Me parece que no corresponde ponerse a juzgar esos hechos livianamente, cómodamente sentados en un sofá. Yo no he querido hablar sobre el hecho en sí, ni siquiera con los compañeros en la cárcel; porque mientras los compañeros estén en la cárcel hay que respetar lo que hicieron y lo que pensaron. Después se podrá conversar, analizar, pensar si hubo fallas o no; pero después que logremos su libertad. Ellos se jugaron la vida, yo no; y creo que eso hay que respetarlo.

¿Cuáles son las enseñanzas principales que te dejó la cárcel?

Muchas cosas, pero la principal enseñanza es que si uno realmente se decide a vivir con fidelidad un ideal, tiene que estar decidido y listo para aguantarse cualquier cosa. Puede ser el triunfo, puede ser que las cosas vayan adelante, como puede ser la derrota, como fue para nosotros la cárcel. Y tener que aguantarse en este caso la cárcel, yo diría, con la misma alegría, con la misma fuerza con que uno estaría por las calles si la cosa hubiera salido bien. Los años de cárcel me dieron esa convicción, y también la experiencia de que con un poco de espíritu, de fuerza que uno ponga, de buena voluntad, y con la presencia de compañeros que te den una mano, que te apoyen, se puede sobrellevar cualquier situación, por injusta que sea.

¿Cómo resultó la convivencia en todos estos años entre compañeros que tienen distintas creencias religiosas?

Creo que fue vivido con mucha alegría y con mucha libertad. Yo creo que todos hemos respetado la postura de cada uno respecto a su condición interior, respecto a una posible fe religiosa o no, concordes en que lo que verdaderamente nos unía a todos los hombres era estar comprometidos con un ideal de justicia. Que el Amor verdadero no está en decir que nos queremos, sino en buscar justicia para todos. Y en eso se unen el ideal cristiano, no del cristianismo hecho Iglesia-institución, que en eso todos coincidíamos en que hay tremendas fallas. Muchos de esos compañeros que en su momento fueron cristianos prácticos se retiraron, al ver que como institución hemos fallado tremendamente. Eso se palpó sobre todo durante la dictadura, aunque se corrobora también en la historia. La institución, a lo largo de los siglos, ha tenido grandes claudicaciones de lo que es el ideal cristiano.

Ahí en la cárcel aprendimos a convivir. Yo jamás he notado la más mínima falta de respeto de ningún compañero hacia mi postura de creyente, de sacerdote, de una persona que ha adherido a una fe determinada que es la fe cristiana. Me parece que es una condición elemental para estar unidos todos en una única lucha, en la que no puede haber distinciones. Yo creo en lo que decía Angelelli (1) al final de su vida. Yo no me había dado cuenta que había cambiado. Creía que él seguía diciendo: ¨con un oído en el Evangelio y otro en el pueblo¨, que era una forma de vivir la fe y de hacer el país nuevo. Pero escuchando después una grabación, y tal vez madurando yo mismo, me di cuenta que al final, el Pelado fue cambiando y decía: ¨con un oído en el pueblo, y el otro en el Evangelio¨. Como que el primer paso es escuchar al pueblo, a Jesús, a los desposeídos, a los empobrecidos, y después iluminarlo, -el que tenga ese regalo de la fe-, con el Evangelio, que simplemente va a hermosear la realidad, no la va a crear. El Evangelio te puede permitir encontrar la luz que te hace ver en la realidad, en profundidad, lo que es cada ser humano, lo que somos todos los seres humanos. Sin esa fe, quedaría (lo que ya es hermosísimo), una visión humana, científica, si querés, humana. El Evangelio te da esa visión de algo que trasciende, que llega un poquito más hondo, que le da una proyección hacia el futuro. Pero desde el punto de vista humano, si primero ha habido ese respeto por el pueblo, ahí se da la verdadera interpretación de aquella frase de Angelelli. Y en la cárcel lo vivimos.

En estos días se cumple un nuevo aniversario del asesinato de Angelelli, otro de los crímenes de la dictadura...

Yo tuve la dicha de vivir unos cuantos años cerca de él, hasta que lo mataron. El 4 de agosto se cumplen 22 años de su asesinato. Conocerlo fue el regalo que nos hizo, sin saberlo, Monseñor Plaza, de triste memoria, que nos echó de Mar del Plata de mala manera, que nos prohibió estar ahí, en la villa en que vivíamos tres capuchinos, de Martillo Chico. En vista de que eso no se arreglaba, Angelelli nos invitó, y fuimos a hacer un retiro a Suryllaco, en La Rioja. Allí estuvimos unos meses de retiro, a ver si se arreglaba la expulsión, y como Pironio no hacía nada, nos quedamos allá y Monseñor Angelelli nos mandó a Anillaco(2). A donde llegamos en diciembre de 1972. Fue una experiencia hermosísima, en los mismos dominios de los Menem, directamente de Amado Menem, el hermano mayor. Estuvimos ahí exactamente seis meses nada más, conocí muy bien a toda la gente, nos conocieron bien. A los seis meses Amado Menem organizó nuestra expulsión violenta, con Obispo y todo. Trajo gente pagada de Aimogasta en camiones. La gente de Anillaco, estoy seguro que no quería hacer eso de ninguna manera. Porque los he visto, los conocía. Es un pueblito chiquito, en seis meses se conoce a toda la gente, y nos queríamos mutuamente, nos queríamos mucho. A media mañana, nos cercaron, con parlantes y con la policía que supuestamente nos defendía pero que nos tenía también acorralados en la Casa Parroquial. A eso de las diez de la mañana secuestraron y se llevaron casi en vilo al padre Virgilio, un viejito como de ochenta años, que hacía cincuenta años que estaba ahí. Recuerdo haber dicho: ¨acuérdense quién se lleva al padre Virgilio, porque lo van a matar¨. Así fue. Al poco tiempo se murió. Lo secuestraron. A nosotros nos tuvieron cercados hasta las tres de la tarde más o menos, con consignas, con marchas militares, y hablando de matarnos.

En un momento, Angelelli nos convenció a todos que había que irse porque iba a correr sangre y después el pueblo iba a pagar las consecuencias. Eso me costó una clase del Pelado, porque yo quería quedarme y le dije: ¨Pelado, está bien que se vayan, me parece bien." Éramos entre todos más de veinte, entre curas y monjas. Era la fiesta patronal de San Antonio, en el '73. Le dije: ¨Yo conozco a toda la gente aquí. Sé que me quieren, los quiero mucho. No me va a pasar nada. Y si me pasa paciencia.¨ El Pelado me dijo: «Antonio, una cosa es morir por mártir, y otra por boludo. Así que vámonos de aquí.» Y nos tuvimos que ir todos a Aimogasta, un pueblito que está a 60 km., casi en el límite con Catamarca.

Hay un detalle que creo que alguna vez lo habré contado, pero que nunca se ha escrito. Nosotros salíamos en una camioneta en la que íbamos los dos capuchinos y unas monjitas. Atrás venía Angelelli, porque ya habían salido varios autos. Nosotros nos quedamos para lo último. Un poquito antes de eso, cuando nos paramos para subir al auto, a mí se me hizo una representación muy viva del Viernes Santo, cuando lo condenaron a Jesús. Miré a la gente y vi una cara de tristeza infinita. Corrían las lágrimas, en un silencio total de la gente del pueblo. Amado Menem, aparecía por aquí y allá, con un juez, un médico, un jefe de correo, que iban de un lado para el otro, y nos gritaban: «cubanos, barbudos, guerrilleros, comunistas». La gente lloraba nada más. Me dio una gran impresión, porque lo único que podía hacer ese pueblo era llorar. Está totalmente en manos de Amado Menem, que les pagaba la cuarta parte del salario estipulado de peón, que Perón mismo había puesto en aquel momento. Como el auto del Pelado no arrancaba, nosotros nos paramos en la esquina de la plaza, esperando a ver qué pasaba que no venía el Obispo, y en eso, un chiquito que salió del grupo, corriendo, se nos puso al lado, nos miraba, y empezó a llorar él también. Nosotros teníamos un nudo en la garganta, no podíamos decir nada. Fue como el signo de lo que era ese pueblo.

De ahí nos fuimos a La Rioja, donde nos recibió Carlos Menem, abrazándonos y llorando, y diciendo que ya mismo íbamos a volver, de que iba a dar la orden de que volviéramos inmediatamente, porque era una injusticia tremenda. El Pelado fue asesinado sin que pudiera volver a Anillaco nunca.

Yo seguí en La Rioja. Al principio estuve un año entero en la Catedral, porque aunque el Pelado sabía bien de qué madera era Menem, tenía esperanzas de que en algo cumpliera. Me hizo esperar un año para ver si podía volver a Anillaco. A los dos capuchinos que nos echaron, nos encargó la predicación de la Novena de San Nicolás, en julio, lo que es considerado un honor para un sacerdote. Él dijo después que no era el pueblo de La Rioja el que nos había echado, sino que fueron los que maltrataron al pueblo de La Rioja. Después de eso nos mandó a la zona de Chilecito. Tuve que salir un tiempo de allí, porque la policía le pidió a Rubiolo que me sacara, cuando descubrí que a mi padre lo había secuestrado la policía. Él había desaparecido en los días en que viajé a La Rioja, el 8 de septiembre del 72. Cuando lo mataron a Angelelli, recién ahí descubrí que había sido la policía, por unos documentos que le llevaron a Monseñor Rubiolo.

En ese momento le dieron una carta y le dijeron: ¨en esta carta nos consta que el padre Antonio está conectado con la subversión, así que no respondemos por su vida. Si usted lo quiere sacar, sáquelo de aquí.¨ El Obispo llamó a mis superiores y les pidió que me sacaran de La Rioja. Lo hicieron por un tiempo. Yo, como tenía interés de seguir en La Rioja, en mayo del '77 pude volver, y estuve con el padre Ceferino en la parroquia de Chepes.

¿Qué visión tenía Angelelli en esa última etapa?

Sufría una persecución desembozada de toda la oligarquía de La Rioja. Tenía una claridad total. Le dijeron claramente que lo iban a matar. Y de hecho, para ver si se iba, si renunciaba a su cargo de Obispo, levantaron a dos sacerdotes. Justamente el 18 de julio es el aniversario del asesinato de Carlos y Gabriel.(3)

Es maravilloso como él se identificó con ese pueblo. A los pocos días el Pelado se dio su condena a muerte en esa Novena de misas que se hacen en La Rioja, denunciando a quiénes los habían matado. Diciendo que eran los militares que estaban en la base militar de al lado, de la Fuerza Aérea. Él selló su condena ahí. Durante el Novenario, mataron a Wenceslao Pedernera, que era laico, tenía tres hijitas y su esposa Coca. Lo asesinaron en la puerta de la casa. A las tres de la mañana, golpearon, abrió y le dieron cinco balazos.

¿Cómo se desarrolló tu opción por los pobres? ¿Qué papel tuvo en esa definición la formación del Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo?

El Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo fue el que me orientó en esta línea de cómo debía ser un sacerdote. Una de las condiciones para pertenecer al Movimiento, era vivir en lugares marginales; o sea, no hablar de los pobres, sino tratar de vivir en el lugar. Carlos Mujica fue un gran muchacho, que jugó un gran papel en ese Movimiento, y fue también un gran amigo que me ayudó mucho en esa etapa. Por eso yo en Mar del Plata pedí autorización para salir del convento, e irme a vivir cerca de la Villa de Martillo Chico.

Lo que inspiró al Movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo, fue el llamado Documento de los Obispos del Tercer Mundo, que fueron 18 obispos, de los cuales en ese momento no hubo ningún argentino. De América Latina estaba Helder Cámara. Hicieron un documento muy fuerte denunciando los horrores que el capitalismo viene produciendo en el mundo. Medellín, en el año '68, nos dio un aval a lo que estábamos haciendo. Nos sentimos alentados por una Conferencia de todos los Obispos de América Latina. Sentimos que íbamos por el buen camino. El grueso de los obispos de América Latina, en el documento, coincidían con lo que pensábamos. Después Puebla, vino a profundizar y a ratificar lo de Medellín.

Por algo los EE.UU. consideraban que el riesgo para el imperialismo más que el comunismo, era la teología de la liberación, los cristianos. Porque es la teología de la liberación que llega a tomar fuerza abajo, en el pueblo, en el cristiano que se compromete en la lucha por la justicia.

Ese Movimiento recibió también el fuerte impacto de la Revolución Cubana, de Fidel, del Che.

La Revolución Cubana fue un gran impacto. Y yo siempre sentí por el Che un cariño inmenso. Fue el prototipo del hombre entregado al servicio de los demás, a jugarse la vida por los demás. Siempre le tuve un cariño enorme, aún en los años en que estaba en un ambiente de más encierro, en el convento. En cuanto comencé a ser sacerdote, y comencé a tener más relación con la realidad, empecé a admirarlo muchísimo. Me identifico mucho con ese poema de Julio Cortázar: Yo tuve un hermano que iba por los montes mientras yo dormía. No nos vimos nunca, pero no importaba. Mi hermano despierto mientras yo dormía.¨

Realmente yo dormía en esos años en los que él empezó a andar por América Latina, para conocer la realidad y empaparse de ella. Me acuerdo que leí con verdadera pasión y me hizo mucho bien, el libro de Ernesto Cardenal, En Cuba, en el que da una visión de la Revolución Cubana y lo que hizo allá el Che.

Con gran dolor y alegría recuerdo mi paso por Nicaragua, que fue mi primer salida por América Latina. Me entusiasmó esa revolución que nacía. Palpar y ver lo que se estaba haciendo. De ahí un paso fue ir a Cuba. Realmente me parecía que ahí empezaba, como Fidel también lo había soñado, la revolución en toda América Latina.

En Cuba conocí a Fidel en una de las grandes reuniones por la deuda en la que invitó a muchos religiosos. Después conversé con él. Fue una alegría enorme. Me pareció un amigo grande, con el que uno puede hablar con toda confianza. Me sentí muy identificado siempre con Fidel y hoy lo admiro como a uno de los hombres más sabios de este siglo.

¿Qué quisieras charlar, si fuera posible llegar a uno de esos barrios humildes de Latinoamérica, con la gente?

Yo intentaría hacer ver la necesidad de sumarse a un reclamo por la justicia, que también redunda en beneficio de todos los pobres, los que están verdaderamente sufriendo tratando de hacerles ver que los presos políticos sobre todo, quisieron hacer algo por el país. Aunque en el momento no se entendiera mucho lo que quisieron hacer, la única intención fue hacer eso. Entonces tenemos que ser solidarios y luchar por su libertad, aunque no estuviéramos de acuerdo con lo que hicieron. Por mi parte, lo dije al principio, debemos ser muy respetuosos con la gente que se jugó la vida. Es demasiado largo el tiempo que llevan encerrados. Eso me duele mucho, y esto debería ser más evidente ahora, porque aunque los medios lo han tapado, la misma OEA, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, lo ha dicho claramente en su informe de diciembre del año pasado. Lo que más me preocupa, es ver qué podríamos hacer juntos para que esto se solucione, para que todos estemos en libertad.

Si a mí me hubieran dejado hacer la reclusión domiciliaria en Quilmes, yo hubiera vuelto ahí al ranchito, tranquilo, y hubiera hablado de lo mismo que charlábamos en otros tiempos, tal vez en otros términos. Pero hablaría del cambio profundo que tenemos que hacer, y que vamos a lograr el día en que nos pongamos a luchar juntos, todos de pie, buscando una justicia que alcance a todos.

18 de julio de 1998


NOTAS

1. El Obispo de La Rioja, Enrique Angelelli, conocido como el "Pelado" fue asesinado durante la dictadura, el 4 de agosto de 1976.

 2. Anillaco es un pueblo en el interior de la provincia de La Rioja, de donde es oriundo el actual presidente argentino, Carlos Menem; y en el cual la familia Menem controla lo fundamental de su producción y de su poder político, represivo y judicial.

3. Fray Carlos de Dios Murias y el Padre Gabriel Longueville, fueron asesinados por la dictadura.

Entrevista realizada por Claudia Korol.

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