nro. 13
El proyecto social del manifiesto

Alberto J. Pla

Nuestra mayor preocupación en la actualidad es la vigencia de la concepción central del Manifiesto Comunista. Se trata de un problema esencial en cualquier discusión sobre la crisis del sistema capitalista y las alternativas del socialismo. El mundo cambia constantemente. El capitalismo se recicla y no repetir simplemente algunas fórmulas conocidas se convierte en una necesidad, con características de urgencia. Pero la historia de las sociedades, la historia de las ideas, y la historia asumida como proceso de cambio, están en el centro de nuestras preocupaciones. Lo otro, la exégesis de los textos clásicos, para interpretarlos y volver a reinterpretarlos, sólo tiene sentido si quien lo hace se lo otorga. Para ello hay que asumir responsabilidades. En este caso intelectuales. Pero la responsabilidad intelectual no está aislada, es parte de un todo, de una totalidad que nos exige y nos vuelve a exigir análisis y conclusiones, para poder avanzar. Y esto vale tanto para el pensamiento como para la acción. La relación dialéctica es permanente, es la base epistemológica, sea asumida o no, sea conciente o se la utilice para hablar en prosa, aunque no se sepa qué es la prosa, como aquel gentilhombre de Moliére.

Si se analiza al Manifiesto Comunista con la intención de diseccionarlo, de poner a prueba cada frase o cada palabra, posiblemente nos llevaría a un callejón sin salida. Fue escrito en una época, con referencia a las intencionalidades políticas de la misma, y una exégesis podría ser un ejercicio productivo, pero limitado.

El propio Marx utiliza la palabra comunismo cargándola de significados diferentes, pero hay que resaltar que nunca en un sentido mecanicista, apetecido por diversas concepciones etapistas. En ese mismo sentido (y me permito ya proyectarme al pensamiento de Marx más allá del Manifiesto Comunista), es posible concluir que Marx utiliza las palabras «socialismo» y «comunismo» de diferentes maneras, pero nunca como la construcción de una supuesta «utopía» de una sociedad perfecta (lo que sería antidialéctico y antimarxista por decir lo menos). Así podemos encontrar en Marx referencias al socialismo o al comunismo como una Crítica al Capital (la relación Capital/Trabajo); como una tendencia a una sociedad sin clases para recuperar la praxis liberadora; como un nuevo tipo de sociedad donde tenga primacía la solidaridad social y quede abolido el «trabajo», característico de las sociedades clasistas, dando lugar a lo que a veces denominaba como trabajo cooperativo, en sustitución a aquel «trabajo» en la sociedad de clases. Por nuestra parte creemos que la liberación del trabajo, siempre característico de las sociedades históricas clasistas, es lo que posibilitaría la liberación de la praxis al eliminar la alienación. Se trata entonces de eliminar el trabajo, propio de las sociedades clasistas, por la vía de la superación dialéctica de las contradicciones del capital. Y esto es lo revolucionario, conceptualmente considerado.

En el Manifiesto esto ya está planteado, pero también estaba planteado en textos anteriores, y volverá a estarlo en posteriores. Lo que quiero resaltar es, precisamente, que el propio Marx, dialéctico y materialista, es consecuente, aunque ello implique la capacidad de saber captar al hombre y su tiempo de manera simultánea y en conjunto. Si hacemos exégesis de textos encontraremos contradicciones, y si lo que buscamos es la perfección no la encontraremos nunca, pues la perfección es una idea que, en el mejor de los casos, ayuda a bloquear la construcción de un pensamiento activo y creador. El Manifiesto es parte de esa construcción, que tiene una historia, la de 150 años por lo menos, para dejar de lado los antecedentes, solamente por consideraciones formales de tiempo y espacio, en esta comunicación al Congreso de París en 1998.

La vigencia del pensamiento de Marx, que se une a la vigencia de otros que posteriormente y hasta la actualidad han sido consecuentes con las bases teóricas y metodológicas que le fueron propias, es lo más rico que podemos rescatar en esta conmemoración. Se nos habla del fracaso del comunismo, o del fracaso del socialismo, desde diversas trincheras, que nunca fueron las auténticas representantes de la continuidad de Marx y sus experiencias. Precisemos. Hay fracasos históricos por cierto. No hay más que ver en qué devino la Revolución Rusa de 1917, en qué se están convirtiendo muchos estados así llamados comunistas, de qué manera el mercado (capitalista de por sí y por definición en el mundo contemporáneo) aparece triunfante ante el stalinismo y la socialdemocracia. Pero la constitución de una nueva sociedad no era, y no puede ser ni un acto de voluntad ni un devenir mecanicista. En este sentido, los fracasos que en la historia de dos siglos existieron y existen en el campo del socialismo (o comunismo si se prefiere), son parte de la construcción de una alternativa a otro sistema que tiene varios siglos de existencia, como es el capitalismo, y que nos muestra más fracasos y frustraciones, a pesar de ser hegemónicos. Caso contrario, el que exista la miseria que existe en el mundo, la desocupación, el hambre, la depredación del ambiente, etc., etc., debería considerarse que no es un fracaso del capitalismo. Porque éste puede ser un argumento a utilizar, y que de hecho se utiliza.

Y el problema entonces es volver a la conclusión del Manifiesto Comunista, de que este sistema del Capital, sólo nos conduce, de a poco, a la barbarie. La trasnacionalización del capital, los avances tecnológicos que hacen que se requieran menos trabajadores para producir más bienes de consumo, agudiza las contradicciones del sistema. Y la respuesta social no sólo no aparece sino que los neoliberalismos en boga, acentuando su concepción monetarista y financiera, nos muestran con orgullo cómo sobran en el mundo millones de millones de dólares, que no pueden tener ningún uso, excepto el de reciclarse a sí mismos. ¿Hasta cuándo? ¿Cuáles son los límites de semejante desperdicio que llevan a la desesperación a miles de millones de personas en el mundo?.

La lógica del capitalismo se convierte en una contradicción dialéctica insoluble en los marcos del sistema. Y esto lo enseñó ya Marx en el siglo XIX. Por ello una conciencia verdaderamente socialista y anticapitalista, es posible ya no solamente como conclusión intelectual, sino como necesidad social. Las opciones para superar la crisis actual del capitalismo, están más allá de los límites del Capital, pues tiene su sustancia en la negación dialéctica de éste, y para que ello se traduzca en los hechos es imprescindible no sólo claridad en las ideas, sino actividad concreta y constructiva. Pero quisiera aquí hacer una diferenciación entre conocer y saber. Por lo menos para dejar en claro la forma en que los utilizo. El conocimiento permite acumular más datos, más información, más objetos, lo que ayuda a desarrollar la racionalidad y a comprender mejor (y también de manera distinta) lo que ya se conocía de antes. Porque todo conocimiento verdadero (aún en su relatividad), contiene dosis de incertidumbre, y ella es el primer paso para desarrollar más conocimiento, porque la duda reflexiva es constructiva, al revés de la duda absoluta que es paralizante. Todo esto es una relación dialéctica: conocer para saber. Pero nunca el aumento cuantitativo del conocer, sustituirá por sí, al saber reflexivo. Se alimenta el pensamiento abstracto elevándose desde el pensamiento concreto, y la mayor cantidad tiende a convertirse en nueva calidad. Y con todo esto soy conciente que no estoy diciendo nada nuevo. Pero lo estoy diciendo hoy, en un hoy donde la crisis del capitalismo nos exige reconocer nuestras raíces. Si no, no tendría sentido acordarse de Marx y el Manifiesto. Lo mismo pasó, por lo menos en América Latina y en Argentina el año pasado, 1997, con las multitudinarias reuniones que duraron casi un año para conocer mejor al Che Guevara, para volver a pensarlo, y desde allí volver a pensar al socialismo y su vigencia en América Latina. Hacía ya años que no se producía un fenómeno como el que vivimos en Argentina, alrededor de la figura del Che. Que era recuperar el sentido revolucionario del socialismo, para decirlo sintéticamente. Miles y miles de personas, especialmente jóvenes, aparecieron desde no se sabe muy bien donde, para estar presentes y ponerse a redescubrir nuestra historia. Ha sido una experiencia conmovedora. Los más viejos que mantuvieron la consecuencia, los sobrevivientes de regímenes genocidas y asesinos, sintieron que la vida volvía a tener sentido.

Este año, año del 150ª Aniversario del Manifiesto fundante, debe servir para que los nuevos puntos de partida maduren y produzcan los nuevos mitos, como diría Mariátegui, que son los que marcan el progreso en la historia. Y entonces queremos ubicarnos en la contemporaneidad del mundo capitalista actual, en medio de la crisis del ajuste neoliberal. En realidad, en el capitalismo básicamente asentado en las características de su Modo de Producción. Hay que partir de que el sistema se sustenta en función de que las mercancías son hechas para ser vendidas, no con el objetivo de ser usadas o que sean útiles. Su uso es accesorio, aunque necesario para poder seguir reproduciendo el capital. Lo básico es que esa mercancía no tiene por qué ser útil (pueden ser armas, venenos o cualquier instrumento destructivo). Por ello la manera en que se las utilice es accesorio, carece de importancia, teniendo en cuenta la finalidad última de que sirvan, por intermedio del mercado, para acumular y reproducir el capital.

Al realizarse de esta manera, lo que se hace es valorizar al capital; la acumulación de dinero es sólo eso, acumulación de un intermediario que debe reinvertirse como capital, para que no se transforme simplemente en un desperdicio de esfuerzo de producción. La destrucción deliberada de productos para abaratar precios, es sólo uno de los medios de que se vale el Capital para defender su cuota de beneficio. Pero ese dinero, si se queda sólo como dinero, no valoriza al Capital. En tal caso, el sistema entra, por lo menos, en una fase recesiva. Si la productividad es la medida del valor, que se determina por la intensidad y la duración del tiempo de trabajo socialmente necesario, por lógica consecuencia la tasa de ganancia se deriva directamente de este proceso. Como el núcleo central de la teoría del valor-trabajo se basa directamente en la consideración del trabajo humano y en el tiempo de trabajo necesario, la productividad es un ingrediente fundamental.

El aumento de la productividad (avances tecnológicos-científicos) disminuye la necesidad de fuerza de trabajo, y la conclusión es que el crecimiento económico (medido en el aumento de los productos producidos) no resuelve el desempleo (la desocupación es estructural al sistema). Por el contrario, de lo que se trata es de buscar alternativas posibles, y ellas están fuera del sistema y no radican en ningún retoque de las contradicciones del mismo. El Manifiesto Comunista sistematiza hace un siglo y medio estas conclusiones políticas, que luego van a ser minuciosamente estudiadas en El Capital y otros textos de Marx.

Las políticas de ajuste neoliberal han entrado en crisis sustancial en los últimos tiempos. Sobran los capitales en el mundo y las empresas trasnacionales (modalidad de funcionamiento del imperialismo), dominan en una relación cuantitativa como nunca antes en la historia del capitalismo. La periferia deja de tener la forma clásica de la dependencia, pero ello se debe a que las trasnacionales, ahora, llevan al mundo periférico alta tecnología y no simplemente desechos tecnológicos metropolitanos. Y este proceso agudiza la crisis en todos los niveles. Hasta los "estados nacionales" clásicos dejan de tener la pertinencia anterior, especialmente en el mundo dependiente, como lo es América Latina.

Pero si la trasnacionalización del capital se hace a través (o por mediación) de una crisis controlada por esos mismos capitales, no por eso se debe concluir en un automatismo en donde las contradicciones del sistema capitalista harán lo que socialmente debe hacerse y no se hace. La crisis del mundo socialista (comunista o marxista si se prefiere) debe ser superada dentro de los marcos de la actualización y la vigencia de los valores colectivos, en contraposición al individualismo capitalista y mercadista.

Existe una crisis de civilización capitalista, pero la misma es digerible por el sistema, a menos que se reestructuren respuestas alternativas (socialistas), tanto a nivel del avance intelectual, como a nivel de las respuestas sociales. Lo que sí quiero enfatizar es que no se puede pretender buscar respuestas dentro del sistema, para sus propias contradicciones e incapacidades. Ello es equivocado, y también, a veces, diversionismo.

El socialismo de hoy, nutrido tanto de los aportes clásicos, como de las nuevas experiencias de un siglo y medio de luchas sociales, debería aprender de su propia historia, y rescatar los valores fundamentales del socialismo, uno de cuyos jalones fue y sigue siendo el Manifiesto Comunista de hace 150 años. La «emancipación humana» no es una abstracción o una generalidad aséptica del lenguaje. Ella significa el objetivo último de la lucha por el socialismo, traducido en la eliminación de la explotación del trabajo y la liberación social de la praxis. Marx y sus seguidores coherentes, tenían siempre en perspectiva esta emancipación. Y entonces pasaremos de una cierta «prehistoria» a una nueva historia donde el ser humano desalienado podrá ser su propio protagonista. Y entonces ya no tendrá sentido hablar de «lucha de clases», y el proyecto social del Manifiesto habrá llegado a su culminación.

Alberto J. Pla es historiador, autor de numerosos trabajos de análisis e investigación. Actualmente es profesor titular de la Cátedra Libre Ernesto Che Guevara, de la Universidad Nacional de Rosario, Argentina

Enviar noticia