nro. 13
150 años después

Michael Löwy

Los documentos que se publican en este número de América Libre son ponencias que fueron presentadas en el Encuentro Internacional que tuvo lugar en París en mayo del 1998, en ocasión del 150ª centenario de la publicación del Manifiesto Comunista (1848). Este Encuentro, que tuvo lugar en la nueva Biblioteca Nacional de Francia y en la Sorbona, resultó un gran éxito, mas allá de lo que esperaban sus organizadores, miembros de la asociación Espaces Marx de París, una fundación autónoma que reúne intelectuales marxistas vinculados al Partido Comunista, a la IVº Internacional, al Partido Socialista, e independientes.

Los dos ejes principales del evento, -«¿Qué alternativa al capitalismo? ¿Que emancipación humana ?»- sirvieron de punto de partida para un gran número de talleres y reuniones plenarias de discusión. La historia del Manifiesto, lecturas del Manifiesto, Octubre del 1917, la mundialización capitalista, el desarrollo sostenible, la explotación ayer y hoy, la lucha contra el desempleo, el comunismo y el individuo, la emancipación de las mujeres y el proyecto comunista, el internacionalismo, la democracia, fueron algunos de los temas debatidos.

Asistieron al encuentro alrededor de 1500 personas, de las cuales había más de 500 participantes extranjeros, venidos de 60 países: investigadores, universitarios, redactores de revistas, dirigentes sindicales y políticos. La delegación latinoamericana -brasileña en su mayoría- contribuyó mucho con su espíritu militante y su entusiasmo a darle contenido político y combatividad al evento.

Entre los participantes estaban el historiador inglés Eric Hobsbawm, el politólogo norteamericano James Petras, el secretario general de la CUT brasileña Vicentinho, el responsable de relaciones internacionales del PT brasileño Marco Aurelio García, el dirigente sindical de India Chittabbrata Majumdar, el dirigente sindical de Sri Lanka Bala Tampoe, el filósofo francés Georges Labica, la economista francesa Catherine Samary, el teólogo de la liberación argentino Enrique Dussel, la escritora libanesa Fahima Charifeddine, el filósofo francés Lucien Séve, la periodista italiana Rossana Rossanda, el dirigente salvadoreño Schafick Handal, el historiador argentino Alberto Pla, el sociólogo brasileño Emir Sader, el sociólogo mexicano Pablo González Casanova, el investigador argentino Julio Gambina y muchos otros. Las 349 contribuciones escritas presentadas fueron reunidas en 10 volúmenes de fotocopias y puestas en venta.

El evento tuvo un carácter pluralista, con la participación de intelectuales y militantes de las más diversas opiniones en el campo de la izquierda, aunque todos compartían el interés por la obra de Marx y el deseo de buscar alternativas al capitalismo y a sus «aguas glaciales del calculo egoísta». Los comentarios de la prensa - L’Humanité, Le Monde, Liberation, de las radios y de la televisión -contribuyeron, independientemente de su contenido (¡muy desigual!) a amplificar el efecto político del Encuentro.

El éxito de esta iniciativa se explica por el sentimiento creciente, en muchos países, de la necesidad de una convergencia internacional de las tentativas de resistencia cultural y política contra la ofensiva capitalista neo-liberal, de un intercambio de ideas y experiencias en escala mundial. Por esta razón, se decidió en la conclusión del Encuentro, crear una Red Espacios Marx Internacional, abierta a la adhesión individual de los interesados, con el objetivo de estimular la circulación de ideas en el campo marxista y democrático, y la realización de iniciativas comunes. (Dirección electrónica provisoria -manifeste@internatif.org)

El impacto que tuvo el evento se explica también por la nueva coyuntura que empieza, poco a poco, a dibujarse en la escena política e intelectual no sólo francesa o europea sino mundial: las primeras grietas en la hegemonía ideológica total que ejerció el neoliberalismo en las últimas décadas, y en particular desde el año 1989, con el derrumbe del pseudo «socialismo real». Vuelve a manifestarse, de manera aún desigual en distintas partes del mundo, el interés por el pensamiento crítico, por la obra de Marx, por las ideas -y los actos- revolucionarios. El entusiasmo y las discusiones que suscitó en todo el mundo el 30ª aniversario del asesinato del Che fueron uno de los signos más evidentes de este cambio de situación. El Encuentro de París en mayo del 1998 fue un eslabón más en este proceso, aún lleno de contradicciones y dificultades, de «refundación» del marxismo como corriente internacional.

En fin, contribuyó para el impacto que tuvo esta iniciativa el mismo texto que sirvió de referencia: el Manifiesto es sin duda de todos los escritos de Marx y Engels; el más accesible, el más popular, el más sintético, el más amplio en su temática, y el más radical en sus conclusiones -además de ser una obra de gran calidad dramática y literaria-.

¿Qué queda del Manifiesto 150 años después ? Algunos de los problemas del documento ya eran visibles en el siglo XIX, otros lo son a finales del nuestro. Estos problemas no resultan, como afirman la mayoría de los críticos del marxismo, de un exceso de compromiso revolucionario, sino de una posición insuficientemente crítica hacia la civilización industrial/burguesa moderna, que se manifiesta, por ejemplo, en un fuerte eurocentrismo, una subestimación de los conflictos nacionales generados por el mercado mundial, y una insensibilidad hacia las consecuencias ecológicas del desarrollo de las fuerzas productivas. Sin hablar del desdén por los campesinos y de la falta de interés por las demandas específicas de las mujeres.

Es también necesario criticar el optimismo fatalista de la ideología del progreso, que inspira algunos de los pasajes del documento, como aquél en el cual se proclama que el derrocamiento de la burguesía y la victoria del proletariado son «igualmente ineluctables». Hay que oponer a eso la profunda intuición de Rosa Luxemburgo: «¡socialismo o barbarie!» No hay ningún futuro garantizado. En cada disyuntiva el resultado histórico depende de la acción del sujeto emancipador. Muchas de estas limitaciones fueron corregidas por los mismos Marx y Engels, otras por los marxistas del siglo XX, pero algunas siguen siendo aún desafíos para el pensamiento marxista.

Sin embargo, la orientación general del «Manifiesto», su núcleo central, su espíritu -existe algo como el «espíritu» de un escrito- no perdió para nada su fuerza y su vitalidad. Esto se debe ante todo a su calidad a la vez crítica y emancipadora, es decir, la unidad indisoluble entre el análisis del capitalismo y el llamado a suprimirlo, entre el estudio de la lucha de clases y el compromiso con los explotados, entre el examen lúcido de las contradicciones de la sociedad burguesa y la utopía revolucionaria de una sociedad libre e igualitaria, entre la explicación realista de los mecanismos de la expansión capitalista y la exigencia ética de «revolucionar todas las condiciones en las cuales el ser humano es un ser disminuido, esclavizado, marginado, despreciado» (K. Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, 1844).

Desde muchos puntos de vista, el Manifiesto es no sólo actual, sino más actual hoy que hace 150 años. Veamos por ejemplo su diagnóstico de la mundialización capitalista. El capitalismo, insistían los dos jóvenes autores, está llevando a cabo, a través del mercado mundial, un proceso de unificación económica y cultural del planeta, bajo su dominación. Ahora bien, eso era, en 1848, más bien una anticipación de tendencias futuras que una descripción de la realidad contemporánea. Se trata de un análisis que es mucho más verdadero hoy, en la época de la globalización que hace 150 años, en el momento en que fue redactado el Manifiesto.

¿Cuál es la alternativa a la globalización capitalista? De todas las palabras del Manifiesto la última es sin duda la más importante, la que tocó la imaginación y el corazón de varias generaciones de luchadores obreros y socialistas : ¡Proletarios de todos los países, uníos! Se trata de un llamado, de una convocatoria, de un imperativo categórico, a la vez ético y estratégico, que sirvió de brújula en medio de las guerras, de los enfrentamientos confusos y de las tinieblas ideológicas. Este llamado también era visionario: en 1848, el proletariado no era sino una minoría social en Europa, sin hablar del resto del mundo. Hoy, la masa de los trabajadores asalariados explotados por el capital -obreros, empleados, agentes de los servicios, precarios trabajadores agrícolas- es la mayoría de la población económicamente activa del planeta.

Más que en cualquier otra época, y mucho más que en 1848, los problemas urgentes de nuestra época son internacionales. Los desafíos que representan la mundialización capitalista, el neoliberalismo, el juego incontrolado de los mercados financieros, la monstruosa deuda externa y el empobrecimiento del Tercer Mundo, la degradación del medio ambiente, la amenaza de crisis ecológica grave -para mencionar sólo algunos ejemplos- exigen soluciones mundiales.

Ahora bien, hay que reconocer que, delante de la unificación mundial del gran capital -que tiene su expresión en el mismo mercado internacional, así como en instituciones que imponen a todos los pueblos las leyes del capital y de la ganancia (FMI, Banca Mundial, Organización Mundial de Comercio)- la de sus adversarios es bien débil. Si en el siglo XIX, los sectores más concientes del movimiento obrero organizados en las Internacionales, estaban en avance sobre la burguesía, hoy se encuentran dramáticamente retrasados en relación a ella. Jamás la necesidad de la asociación, de la coordinación, de la acción común internacional- sea desde el punto de vista sindical, alrededor de reivindicaciones comunes, sea desde el punto de vista del combate por el socialismo- fue tan urgente, y jamás ha sido tan insuficiente, frágil y precaria.

Esto no quiere decir que el movimiento por un cambio social radical no pueda empezar en una nación, o que los movimientos de liberación nacional no sean legítimos. Pero las luchas contemporáneas son, en un grado sin precedente, interdependientes e interrelacionadas, desde una punta hasta la otra del planeta. La única respuesta racional al chantaje capitalista de la «competitividad» es la solidaridad internacional organizada y efectiva de los trabajadores.

¿De qué internacionalismo se trata? El falso «internacionalismo» de los bloques y Estados «guías» -URSS, China, Albania- está muerto y enterrado. Ha llegado el tiempo de un nuevo inicio, que preserve al mismo tiempo lo mejor de las tradiciones internacionalistas del pasado.

Se puede observar, aquí y allá, los gérmenes de un nuevo internacionalismo, independiente de todo Estado. Sindicalistas combativos, socialistas de izquierda, comunistas desestalinizados, trotskystas no dogmáticos y anarquistas sin sectarismo buscan nuevas vías para la renovación del internacionalismo. Al mismo tiempo, nuevas sensibilidades internacionalistas aparecen en los movimientos sociales con vocación mundial, como el feminismo y la ecología, la teología de la liberación, los movimientos de defensa de los derechos humanos.

América Latina juega un papel importante en el proceso de reorganización internacional de la resistencia anticapitalista. Es en este continente en el que se constituyó en los años ‘90, una coordinación democrática y pluralista de las principales fuerzas de la izquierda regional, desde el PT brasileño y el PC cubano, hasta el PRD mexicano y el Frente Amplio de Uruguay: el Foro de Sâo Paulo. El Foro tiene por objetivo el combate al neoliberalismo y la búsqueda de vías alternativas, en función de los intereses y las necesidades de las grandes mayorías populares. Aunque sea limitada a un solo continente, esta iniciativa es ya un ejemplo para la izquierda de Europa, África o Asia, que sigue aún dispersa y dividida.

Otra iniciativa latinoamericana sin precedentes, que reunió, en un espíritu unitario y fraternal, a algunos de los representantes más activos de las diferentes sensibilidades internacionalistas políticas y sociales, venidos tanto del Norte como del Sur del planeta, la Conferencia Intergaláctica por la Humanidad y contra el Neoliberalismo, convocada en las montañas de Chiapas, México, en julio del 1996 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional -un movimiento revolucionario que supo combinar, de manera original y exitosa, lo local, las luchas indígenas en Chiapas, lo nacional, el combate por la democracia en México, y lo internacional, la lucha mundial contra el neoliberalismo. Se trata de un primer paso, aún modesto, pero que va en la buena dirección: la reconstrucción de la solidaridad internacional.

Es de la convergencia entre la renovación de la tradición socialista, anticapitalista y antimperialista del internacionalismo proletario -iniciada por Marx en el Manifiesto Comunista- y las aspiraciones universalistas, éticas, humanistas, libertarias y democráticas de los nuevos movimientos sociales, que podrá surgir el internacionalismo del siglo XXI.

Michael Löwy integra «Espaces Marx», organización convocante del Encuentro Internacional «El Manifiesto Comunista» 150 años después

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