nro. 13
Articulando la resistencia

Osvaldo León

Una de las principales características de la lucha social en la América Latina de nuestros días es que las organizaciones del campo se han convertido en los puntales de la resistencia contra el neoliberalismo, con un accionar que se presenta acompañado de importantes replanteamientos organizativos y propositivos. A nivel continental la expresión más significativa de este proceso es la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo (CLOC).

Podría decirse que 1994 fue un año emblemático por la fuerza con que se manifestaron la lucha por la tierra y el protagonismo indígena y campesino en la arena de los conflictos socio-políticos. Recordemos brevemente que, en la madrugada del primero de enero de ese año, estos factores aparecieron como telón de fondo de la insurgencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas, México. Poco después, en Paraguay estalló la bomba de tiempo que constituye el problema agrario, con las ocupaciones de tierra y la gran marcha nacional protagonizadas por las organizaciones campesinas. Para entonces, Bolivia también era escenario de la resistencia de los cocaleros a la política oficial de erradicación forzosa de la hoja de coca; mientras en Brasil la lucha de los «sin tierra» alcanzaba, una vez más, resonancia nacional con las movilizaciones realizadas en el marco del «Grito de la Tierra Brasil». En tanto que en Ecuador un «levantamiento» indígena-campesino se encargó de forzar al gobierno a negociar los términos de una nueva ley agraria, que inicialmente los excluía. Para no alargarnos, valga acotar que en febrero de ese año se constituyó formalmente la CLOC.

No faltará quien piense que esa coyuntura fue resultado de un «complot internacional» manejado de no sé dónde. Lo que sí se puede establecer es una coincidencia en el tiempo de movimientos que, utilizando diferentes vías y tácticas de acción -pero todas ellas a contracorriente de la lógica dominante del «realismo o pragmatismo» según la cual no hay más opción viable que la «concertación social»-, se habían negado a renunciar a la lucha para reivindicar sus derechos y resistir ante un modelo excluyente. En efecto, ha sido en el campo donde los efectos negativos de las políticas neoliberales se han mostrado particularmente perversos, pues éstas han colocado a los campesinos, así como a los pequeños y medianos productores agrícolas, ante la amenaza directa de su extinción. En términos generales, tales políticas se caracterizan por la subordinación a las orientaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC), el impulso a la agricultura de exportación, la apertura indiscriminada de los mercados, el control tecnológico y de los recursos genéticos, el «dumping» y, por supuesto, la supresión de la Reforma Agraria (revirtiéndola en donde tuvo lugar o simplemente dejándola fuera de agenda en los países que aún no han enfrentado la cuestión de la tenencia de la tierra). Bajo estas reglas del juego lo que cuenta son los grandes empresas agrícolas; lo demás sobra. Y como el modelo es implacable, a ese sobrante busca extrangularlo. De ahí la crisis de la pequeña y mediana economía agraria, expresada en el desplazamiento de los productores agrícolas del control de la tierra, del agua, de las semillas y de los recursos naturales; la limitación o imposibilidad de acceder al crédito, la comercialización directa, la tecnología, la infraestructura y los servicios de salud, educación, recreación, etc.

Parafraseando a Frantz Fanon, el visionario pensador africano de las luchas de liberación, podemos decir que «los condenados del modelo» han resultado irreductibles, al punto que es a partir de su resistencia que en diversos países de Latinoamérica la correlación de fuerzas ha comenzado a balancearse hacia el polo popular. El ejemplo más claro se da en Brasil, donde el Movimiento Sin Tierra se ha tornado en el movimiento social más importante y beligerante de ese país; pero igual podemos hablar de México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Paraguay y otros más. Es en este contexto que surge la CLOC, no como una instancia de dirección, sino como un esfuerzo unitario que busca establecer vasos comunicantes entre las organizaciones del campo y sus luchas, para intercambiar experiencias y puntos de vista; encarar problemas y desafíos comunes de manera conjunta, tanto en lo referido a las dinámicas organizativas como a la presencia pública en los distintos ámbitos; en fin, impulsar la solidaridad a partir de las acciones concretas.

 

PARTIR DE LAS LUCHAS CONCRETAS

La CLOC se constituye formalmente en el congreso realizado en Lima (Perú) del 21 al 25 de febrero de 1994, con la participación de unas de 84 organizaciones procedentes de 18 países de América Latina y el Caribe. En la base de esta iniciativa se encuentran organizaciones no afiliadas internacionalmente que habían coincidido en la necesidad de articular un espacio propio y autónomo. Un hito dentro de esta dinámica fue la realización de la «Campaña Continental 500 Años de Resistencia Indígena, Negra y Popular» (1989-1992), convocada por organizaciones campesino-indígenas de la Región Andina y el MST del Brasil, en la medida que se constituyó en un espacio de encuentro y por ende de intercambio entre organizaciones afines y de otros sectores sociales.

En la convocatoria al primer CLOC expresamente se señala que éste es asumido como el «inicio de una nueva fase en el proceso de unidad y lucha de los hombres y mujeres del campo del continente», reconociendo que una de las aspiraciones de las organizaciones del campo «ha sido la articulación de un espacio propio y autónomo, que contribuya a reforzar las luchas e impulsar la unidad y solidaridad de los trabajadores del campo». Esta referencia es importante para ubicar los actores de este proceso. En efecto, a lo largo de la década de los ‘70, la lucha por la tierra en Latinoamérica trajo consigo la emergencia de nuevas expresiones organizativas (aunque en algunos casos lo más apropiado sería hablar de revitalización) que pasaron a constituirse en las más representativas del sector. Esta fuerza, sin embargo, terminaba por diluirse en el plano internacional al carecer de un espacio de confluencia, pues por diversas razones estas organizaciones habían optado por mantenerse al margen de las federaciones internacionales, que reproducían en el sector agrario la división del movimiento sindical mundial.

A todo esto responde el hecho que el primer CLOC fue concebido como un evento unitario, combativo, representativo y masivo; definiciones que justamente marcan el perfil de este proceso de articulación. Vale matizar el alcance de tales criterios. En primer término hay un reconocimiento de que en sus luchas concretas los movimientos campesinos e indígenas han adoptado una multiplicidad de formas organizativas que no necesariamente encajaban con el diseño de la organización sindical urbana extrapolada al campo, la cual era vista como un referente para las federaciones internacionales. Es más, lo que a éstas les importaba por sobre manera era ampliar su radio de influencia sobre la base de adhesiones, no de compromisos con las luchas.

Esas expresiones organizativas que al calor de sus luchas se habían convertido en referentes nacionales, sin embargo, se encontraron con la triste realidad de que en la escena continental e internacional carecían de un espacio afín. En un primer momento esta situación no era vista como gravitante, pero con el impulso de la globalización y de los procesos de integración, fue pasando al registro de los desafíos. En esta búsqueda de un espacio de confluencia es que la unidad propuesta por la CLOC plantea ir más allá de los acuerdos formales o compromisos políticos para encontrarse en las luchas concretas. Lo que implica contar con actores con presencia nacional en tanto organizaciones de masas (no meros aparatos de presión).

 

LA UNIDAD EN LA DIVERSIDAD

Un factor catalizador en este proceso de coordinación fue la realización de la «Campaña por los 500 Años», no sólo por los encuentros -en los diversos sentidos que tiene esta palabra- que posibilitó, sino también por la orientación que tuvo bajo el concepto de «unidad en la diversidad». Es así que, sobre la base de esta experiencia, la CLOC adopta un esquema organizativo descentralizado donde las coordinaciones nacionales se articulan regionalmente (Norteamérica, Centroamérica, Caribe, Región Andina y Cono Sur), teniendo como instancia de enlace a una secretaría operativa. A la vez que establece dos premisas claves de entendimiento para la coordinación: el reconocimiento y respeto de la autonomía de sus integrantes y la búsqueda de consensos como norma para la toma de decisiones.

Para un proyecto que plantea avanzar sobre la base de consensos resultaba todo un desafío establecer canales internos de interlocución. Más aún cuando hasta hace poco prácticamente no existía relación directa entre las contrapartes. Las cuales, por lo demás, no sólo que estaban referidas a realidades específicas y por tanto diversas, sino que además cada quien era portadora de sus particulares tradiciones de lucha, formas organizativas, metodologías y estilos de trabajo, plataformas reivindicativas, enfoques, etc.

En ese sentido se trata de un proceso que ha venido madurando a través de una serie de eventos, encuentros, intercambios de experiencias y puntos de vista, visitas, etc., que han permitido que se tejan nuevos lazos de solidaridad, no sólo en cuanto a un mayor respaldo y acompañamiento activo a sus respectivas luchas, sino también como partícipes de una lucha común. Bajo esta óptica se han formulado también iniciativas para responder a necesidades organizativas afines, entre las que destaca la puesta en marcha de una escuela de capacitación, que es entendida no como un espacio físico determinado sino como un programa a implementarse de manera descentralizada y rotativa, apoyándose en los puntos fuertes de sus integrantes. De manera paralela a su dinámica interna, la CLOC ha participado también en la articulación de la Vía Campesina, un espacio de coordinación mundial que cobró cuerpo en la Conferencia Internacional realizada en México en abril de 1996, y que igualmente busca desarrollar alternativas ante el neoliberalismo.

 

LAS PROPUESTAS DE LA CLOC

En el recorrido de la CLOC, con un trecho de la mano de Vía Campesina, el eje de sus definiciones políticas ha sido la lucha contra el neoliberalismo. Si el congreso constitutivo (1994) se lo presentó como «una ocasión para plantear alternativas a las políticas neoliberales imperantes en nuestros países y afirmar el derecho de los habitantes del campo a vivir en el medio rural en condiciones dignas»; para el segundo congreso (noviembre 1997) se adoptó el lema: «¡Unidad contra el neoliberalismo, por la tierra, el trabajo y la producción! ¡Construyamos nuestra integración!»

Una lectura de los documentos emitidos nos ha llevado a considerar, sintéticamente, los siguientes lineamientos políticos:

. Lucha permanente contra el neoliberalismo, pues se trata de un modelo que sólo garantiza ganancias para el capital financiero y a las empresas trasnacionales, marginando y excluyendo cada vez más a la mayoría de la población.

. La lucha por la reforma agraria está vigente. Ésta no se reduce a un reparto de tierra sino que forma parte de un proyecto nacional por las implicaciones económicas, políticas y sociales que tiene. De ahí que debe ser encarada como «un problema de todos», no sólo de los campesinos, siendo que la tierra es un bien social que no debe ser considerada como una simple mercancía.

. La diversidad étnica y cultural constituye una de las más valiosas riquezas de nuestros países que precisa ser preservada. En tal sentido tienen plena vigencia las banderas de los pueblos indígenas y negros por la autonomía, territorios, y para que se hagan efectivos los derechos al desarrollo sustentable, a la autodeterminación, a la identidad, la salud y educación propias, y al reconocimiento de los estados como plurinacionales, multiétnicos y democráticos, sin discriminación ni racismo.

. El desarrollo sustentable, como alternativa al modelo neoliberal depredador, es viable económica, socio-cultural y políticamente. Uno de sus componentes es preservar la soberanía alimentaria, siendo que la alimentación es un derecho humano básico, respecto a la cual los productores campesinos juegan un rol clave como abastecedores de alimentos para toda la población. Pero para que ello ocurra se impone asegurar el control de los elementos necesarios para la producción, esto es: tierra, agua, servicios, caminos, créditos, tecnologías, comercialización (transporte y almacenamiento), bancos de semillas.

. Aquí se imponen a la vez políticas para proteger al medio ambiente, evitando el saqueo de los recursos naturales, la contaminación de las aguas, el aire y la tierra, la destrucción de los bosques, el exterminio de especies vegetales y animales, el uso irracional de la tierra en proyectos mineros, petroleros y eléctricos.

. De la misma manera se torna un imperativo defender la sabiduría y el conocimiento técnico de las comunidades indígenas, negras y campesinas acumulados a lo largo de varios siglos. Resulta inaceptable que el material genético sea patentado por compañías privadas o personas particulares, pues constituye herencia cultural que pertenece a toda la humanidad.

. Contribuir a la lucha por la ciudadanía. El neoliberalismo impone un orden excluyente que pone en entredicho a la democracia como expresión de participación ciudadana. De ahí que a las organizaciones del campo les corresponde integrar a sus luchas el derecho a participar en la toma de decisiones, tanto en el poder central como en los poderes locales, y en las instancias regionales y mundiales en donde se definen las políticas agrarias y del medio ambiente; así como la exigencia a que los gobernantes rindan cuentas de sus actos.

. En este ámbito resulta importante tener en cuenta el acceso a la información y a la comunicación, ya que es una condición básica para hacer efectiva la participación en la vida democrática.

. Solidaridad internacional de los pueblos, para encarar la globalización capitalista y los procesos de integración concebidos en función de los intereses de las grandes corporaciones. Las decisiones mundiales que afectan la vida del planeta y de cientos de millones de hombres son adoptadas por organismos como la OMC, el FMI, el BM, que imponen unilateralmente sus políticas sin tomar en cuenta los intereses y la opinión de nuestros pueblos. Por lo mismo, el carácter de estos organismos debe ser redefinido y reorientado y para que ello ocurra corresponde a las organizaciones del campo incidir en estos centros de decisión y poder mundiales.

. Perfeccionar los métodos de organización y de dirección. En las organizaciones subsisten formas autoritarias, personalistas y burocráticas de ejercer el liderazgo. Para superar esas desviaciones es necesario la democratización de la vida interna, dirección colectiva, vinculación permanente con las masas, organización de la base, disciplina, crítica y autocrítica. Las organizaciones precisan renovarse contemplando, entre otras cosas, la presencia de la mujer y la juventud, la importancia de la formación de nuevos cuadros, la transparencia y circulación de la información, la recuperación de los valores éticos y la cultura popular, etc. No hay una sola forma de organización ni de lucha, por lo que hay que ser respetuosos de los métodos y formas diversas. La autonomía es un principio básico.

 

ENFOQUE DE GÉNERO

Del 2 al 7 de noviembre de 1997, en Brasilia, la CLOC celebró su segundo Congreso con la participación de 338 delegados/as de 49 organizaciones de 23 países de la región. La nota destacada del evento fue la activa participación de las mujeres, quienes iniciaron la jornada con la realización de la primera Asamblea de Mujeres del Campo (2-3 noviembre), organizada conjuntamente con la Vía Campesina. En esta asamblea las mujeres definieron dos metas fundamentales: el compromiso de asumir el enfoque de género en el conjunto de la organización campesina y el establecimiento de pautas para garantizar la participación femenina en un 50% en todos los niveles, y especialmente en los espacios de decisión y dirección.

De hecho para la convocatoria al Segundo Congreso ya se había establecido que las delegaciones sean paritarias entre hombres y mujeres. Criterio que expresa la sensibilidad desarrollada al interior de la CLOC respecto a la situación de las mujeres y las relaciones de género, que, entre otras, se ha traducido en la apertura de espacios de organización específicos para las mujeres. Tras un ejercicio de recuperación histórica del proceso organizativo y propositivo impulsado por las mujeres del campo en los 10 últimos años y el análisis del neoliberalismo, con enfoque de género, clase y etnia; las participantes formularon una agenda de futuro que contempla los siguientes ejes prioritarios: participación política, reforma agraria y soberanía alimentaria, derechos humanos, identidad y autodeterminación. Además acordaron articular un mecanismo de coordinación continental, con dos representantes por cada subregión, instando al fortalecimiento de las articulaciones nacionales y subregionales. Las resoluciones y propuestas de la Asamblea de mujeres fueron adoptadas íntegramente por el Segundo CLOC, que además oficializó la celebración de tales asambleas previo a sus respectivos congresos. A reglón seguido del congreso se realizó en Brasilia el «Curso para dirigentes y formadores de organizaciones que integran la CLOC» (9-12 noviembre). En su intervención, Egidio Bruneto, dirigente nacional del MST, destacó: «con la cuestión de género entramos a una nueva fase, su incorporación ha sido un gran logro, pero sabemos que no se trata sólo de una cuestión de porcentaje: necesitamos avanzar hacia nuevos métodos de organización».

 

HACIA LA MARCHA LATINOAMERICANA

DEL 2000

El camino recorrido por la CLOC muestra que ha logrado contrarrestar una realidad marcada por la dispersión organizativa y el desconcierto. Factor sustantivo ha sido la premisa de la unidad en la diversidad, que parte del reconocimiento de la autonomía de cada organización para establecer identidades y confluencias políticas. En su último congreso, además de afinar sus definiciones de políticas y estrategias alternativas al neoliberalismo, adoptaron medidas para consolidar el proceso organizativo, acordó trabajar en la construcción de alianzas con otras organizaciones y sectores populares, tanto a nivel nacional como internacional. En tal sentido adoptó un plan de luchas que incluye la realización del «Grito Latinoamericano de los Excluidos» en 1999 y una «Marcha Latinoamericana contra la Dominación, la deuda externa y el neoliberalismo» en el curso del año 2000.

Osvaldo León es director de ALAI (Agencia Latinoamericana de Infomación) en Ecuador.

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