nro. 13
Justas y adecuadas

Francette Lazard

«A decir verdad no perderíamos gran cosa si pasáramos por ser ‘la expresión adecuada’ de esos perros tontos con los que se nos ha confundido estos últimos años» (Marx y Engels, Correspondencia) ... Tres años después de haber publicado el Manifiesto del Partido Comunista, sus dos jóvenes autores se rebelan contra el espíritu de secta que prevalece entonces en las organizaciones revolucionarias. «Cómo gente como nosotros pueden tener su lugar en un partido», se impacientan, preocupados por «conservar por encima de todo» su capacidad de trabajo y la libertad de su compromiso. Muchos años más tarde la humorada de Marx disociándose del calificativo de «marxista» será un eco de aquella vehemencia polémica. ¡Saludable incitación a desacralizar las formas y las fórmulas de ayer para comprender mejor hoy el sentido! Un siglo más tarde todavía los desastres relacionados con la osificación doctrinaria del aporte de Marx han podido hacer pensar a las fuerzas dominantes del mundo capitalista que ellas habían terminado de hoy en más con el espectro del comunismo ... Y ahora, en el umbral del siglo 21, el aniversario del Manifiesto es un acontecimiento. Ellos y ellas, quienes en su diversidad buscan descifrar las nuevos caminos de una alternativa al capitalismo, hallan en esta fuerte referencia histórica un convite a la confrontación de experiencias sociales y de debate de ideas.

¿Por qué, en efecto, es «comunista» este Manifiesto? Federico Engels se plantea el problema en 1882, en uno de sus últimos prefacios al texto de 1848. Su respuesta es simple e impactante. En 1848, escribió: «los charlatanes sociales de toda laya, merced a un montón de panaceas y con todo tipo de remiendos, querían suprimir las miserias sociales sin culpar de nada al Capital y a la Ganancia ... y esta parte de los obreros que, convencidos de la insuficiencia de las simples convulsiones políticas, reclamaba una transformación fundamental de la sociedad, se decía entonces: no podíamos dudar un sólo instante acerca de qué denominación elegir.»

Como muchos, he releído con motivo de este aniversario, el texto del Manifiesto. Más allá de la fuerza del estilo y del placer de la lectura, creo que es a la vez su inmersión total en la sociedad de su tiempo y su excepcional capacidad anticipatoria de un capitalismo en el que descubría la historicidad, lo que torna su lectura tan actual. ¡No para buscar en un texto que tiene 150 años la «expresión justa y adecuada» que respondería a los desafíos de hoy! Sería un contrasentido total, en esta bisagra del Tercer Milenio, cuando, tanto a escala universal como a la de cada individuo, se asiste a rupturas imprevisibles que trastocan empeños, referencias, proyecciones de un porvenir posible. La resonancia nacional e internacional del 150ª aniversario del Manifiesto del Partido Comunista surge en una amplia percepción del esfuerzo necesario para responder a las urgencias sociales y a los desafíos políticos contemporáneos. La evocación retrospectiva de su impacto inicial, excluye la invocación e insta a la exploración investigativa, con todo lo que ello supone de exigencia intelectual, de innovación teórica, de combatividad y de creatividad política. Es, de ello estoy convencida, el compromiso de los tiempos actuales. Es lo que imprime un sello particular al 150ª aniversario.

Un sobrevuelo breve sobre la huella histórica del texto incita, en efecto, a un acercamiento decididamente crítico e imaginativo acerca de lo por venir. Cincuenta años después, en el umbral de este siglo XX preñado de convulsiones y fracasos, los partidos socialdemócratas en pleno despliegue, expresan la potencia en auge de las luchas, de la dignidad y de la esperanza obrera. Es la época de los grandes debates teóricos y políticos, con Jaurès y Guesde, Lenin, Kautsky, Rosa Luxemburgo y tantos otros. Los problemas de las relaciones entre reforma y revolución son el centro de las confrontaciones. La confianza en el progreso, en la ciencia, va de suyo, hasta el cientifisismo. La idea de que el mundo obrero puede expresar el porvenir mayoritario del pueblo parece ampliamente compartida. Jaurès trabaja buscando conjugar democracia y socialismo. Rosa Luxemburgo trata de evitar los dos escollos «del estado de secta y del movimiento reformista burgués» para «unificar a la gran masa popular con un objetivo que sobrepase todo el orden existente, la batalla de todos los días con la gran reforma del mundo». Lenin, que presta una atención permanente a las evoluciones lo mismo que a las adaptaciones necesarias y a la toma de las iniciativas posibles, limita mientras vive el riesgo de esclerosis doctrinaria de un marxismo al que erige, sin embargo, en sistema de principios fundantes de una «teoría de partido». La cruel experiencia de la guerra de 1914/1918, la quiebra de la socialdemocracia de la época y la Revolución de Octubre, van a dar una resonancia universal a las concepciones bolcheviques del socialismo como ciencia de la revolución y del Partido Comunista como guía de ésta. Los «principios del leninismo», catequizados por Stalin, van rápidamente a servir de caución teórica a la desnaturalización de la ambición emancipadora del comunismo en dogma represivo de Estado. El centésimo aniversario del Manifiesto -en 1948- marca el paroxismo del stalinismo y de la perversión totalitaria. Es cuando, en nombre del «mundo libre», la socialdemocracia alemana, en Bad-Godelsberg, define su renuncia al combate por una alternativa al capitalismo, dejando de referirse a Marx.

Esta historia, tan cercana y tan lejana ya, está viva en una memoria colectiva marcada por fuertes referencias simbólicas. ¿Cómo se podría volver al impulso inicial del Manifiesto sin un esfuerzo que todavía en gran parte debemos emprender, para comprender lo que en nombre del comunismo ha pasado en este siglo? Es la condición para la dilucidación crítica de este aborto de la historia, lo mismo que del aporte comunista a los combates emancipatorios de la época. Es esencial comprender mejor cómo se han elaborado las representaciones, las motivaciones y las culturas constitutivas, incluidas sus contradicciones, sus tanteos o rutinas; las corrientes de la izquierda y los movimientos progresistas de hoy.

El encuentro que se está realizando con motivo de este 150ª aniversario constituye a este respecto un acontecimiento que concreta un imperativo: la invención de nuevas relaciones entre el trabajo de conocimiento, la teorización y la puesta en acción de los poderes de intervención de los individuos y de las fuerzas capaces de hacer prevalecer los nuevos posibles de la emancipación humana. Marx pudo tener en su tiempo la crítica acerada contra los doctrinamientos que pretendían normalizar y moralizar la sociedad por decreto. Descubrió la posibilidad histórica de ir más allá de las sociedades de clase, de un comunismo en el cual «el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos». Sus teorizaciones vivas más avanzadas fueron enseguida dejadas de lado, desnaturalizadas o tomadas a contrapelo. El «marxismo-leninismo» ha tejido, para varias generaciones, una concepción de las relaciones entre «la» teoría, «la» perspectiva y «el» partido revolucionario que resulta imperativo dejar atrás. Pensar que la sociedad se puede cambiar con la «abolición» de un capitalismo científicamente preconcebido y realizarlo mediante la toma del poder del Estado es un engaño que alimenta el renunciamiento. Nadie puede pretender ser poseedor del monopolio de una visión de liberación humana. Ésta no se podría construir sin la franca y libre confrontación de hipótesis acerca del porvenir y acerca de las aspiraciones producto de las urgencias de civilización de hoy. En vinculación con los desarrollos acelerados de una revolución de la información que llama a una revolución del conjunto de todas las relaciones sociales, hay que liberar las capacidades de iniciativa de la mayoría: para nuevos repartos de los haberes, de los saberes y de los poderes.

Ésta es la ambición comunista. Supone un nuevo tipo de organización revolucionaria que trabaje para articular y dar coherencia política a los aportes en experiencias sociales y en ideas, de todos cuantos deseen participar con mayor eficiencia en la obra de construir las transformaciones necesarias. Ciento cincuenta años después de la publicación del Manifiesto, la función comunista es trabajar bien para la invención política de modos inéditos de cooperación en todos los terrenos de la humanidad que hay que conquistar. Con todos aquellos que trabajen a su manera, en todas partes y a todos los niveles, respetando su propia motivación. Ello, a fin de contribuir al indispensable trabajo de elaboración, de iniciativa y de dar coherencia a proposiciones cuyo contenido concrete un proyecto comunista enraizado en las exigencias de la época. Se trata de favorecer la plena soberanía de un movimiento de intervención social y política, capaz de hacer prevalecer solo, contra la resistencia de los dominantes, las respuestas «justas y adecuadas» en una nueva edad de la aventura humana.

Francette Lazard es dirigente del Partido Comunista Francés. Fue coordinadora del comité de preparación del Encuentro Internacional para el 150ª aniversario del Manifiesto

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