nro. 13
Marxismo y cristianismo

Giulio Girardi

INTRODUCCIÓN: CONTRADICCIONES Y CONVERGENCIAS

En la muchedumbre de previsiones que por parte de periodistas, políticos, intelectuales, etc. se formularon sobre la visita del Papa a Cuba, dos puntos de vista merecían, a mi juicio, particular atención: el que anunciaba un nuevo episodio de la guerra fría, parecido al de Polonia o de Nicaragua; y el que esperaba ver en la visita del Papa a Cuba la expresión de un viraje pastoral y político, marcado por el fin de la guerra fría, por el nuevo orden mundial unipolar y por un nuevo clima de diálogo y colaboración entre la iglesia católica y la revolución. Estas dos opuestas previsiones anunciaban dos tipos de relaciones entre el marxismo y el cristianismo en el umbral del tercer milenio.

Los hechos fueron al mismo tiempo, el desmentido y la verificación de ambas previsiones y de las hipótesis interpretativas que las sustentaban. Porque en un análisis adecuado del acontecimiento, fue necesario distinguir netamente dos niveles: por un lado, el encuentro entre el Papa y el pueblo cubano con su carga emotiva; por el otro, los contenidos intelectuales, políticos y teológicos, de los discursos papales. Un encuentro alegre, cordial, afectuoso, que se había convertido en una gran fiesta popular; y un conjunto de planteamientos fuertemente polémicos. Fidel Castro se refirió implícitamente a estos dos aspectos de la visita papal, cuando, concluyendo su mensaje de despedida, dijo: «Por el honor de su visita, por todas sus expresiones de afecto a los cubanos, por todas sus palabras, aún aquellas con las cuales pueda estar en desacuerdo, en nombre de todo el pueblo de Cuba, Santidad, le doy las gracias». La interpretación de los hechos que quiero proponer intenta justamente articular los dos aspectos de la visita.

Esta distinción de niveles permite además percibir las diferencias y las semejanzas con la visita del Papa a Nicaragua y Centroamérica. La principal diferencia es que en Nicaragua esa distinción no se verificó: a la condena política y teológica de la revolución, le correspondió un tono decididamente agresivo y un rostro constantemente enojado. Por lo tanto, la visita se caracterizó, al interior del país y a nivel internacional, como una confrontación entre el Papa y la Revolución Sandinista; y la iglesia católica local hizo de esa confrontación un arma de su propia guerra fría, tanto a nivel nacional como internacional, en contra de la revolución. En cambio, en cuanto al contenido polémico de los discursos, hubo una continuidad fundamental entre las dos visitas, aunque en Centroamérica la condena de la revolución tuvo como blanco directo la iglesia popular y la teología de la liberación.

Entonces los que como García Márquez, habían previsto que se verificaría en Cuba un «choque de trenes» fueron desmentidos por el clima general, amistoso y sereno, de la visita; pero vieron sus previsiones confirmadas por el contenido de los discursos papales. Los que habían anunciando el inicio de una nueva fase de relaciones vieron sus previsiones confirmadas por el clima de la visita y al mismo tiempo desmentidas por el mensaje doctrinal del Papa.

Por cierto, durante la visita, la atmósfera del país se caracterizó especialmente por su aspecto alegre y festivo, quizás también porque la mayoría de la población no percibía el alcance polémico de los discursos papales, pronunciados siempre con un tono pacato y con un lenguaje abstracto. La gente, pudimos constatar, quedó impresionada sobre todo por esa figura carismática, por esa persona anciana y enferma, pero al mismo tiempo vivaz y comunicativa, que se había expuesto a un viaje largo y cansador para encontrar al pueblo de Cuba. El sentimiento prevaleciente con respecto al Papa fue de viva simpatía. Sólo para una minoría esta simpatía estaba asociada a un cuestionamiento de la revolución. Por supuesto, había favorecido el sentimiento de simpatía también, la convicción de que el Papa condenaría el bloqueo norteamericano, cosa que él hizo en su último discurso, con términos inequívocos.

Por lo tanto al final de la visita, la impresión dominante era que realmente en la actitud del Papa se había producido un cambio significativo y que este encuentro no se podría considerar como un episodio de la guerra fría. Sin embargo parecía difícil, sobre la base de los discursos del Papa, vincular este nuevo clima a una evolución doctrinal y a una nueva evaluación de la revolución marxista.

Al contrario, se podía prever que a largo plazo los discursos polémicos papales adquirirían un relieve prevaleciente: la iglesia local los valoraría, aprovechándolos como bases de su catequesis y de su lucha por la hegemonía. Esta previsión pareció confirmada por la declaración que el Papa, una vez regresado a Roma, hizo el 28 de Enero, hablando a un grupo de peregrinos polacos: «Mi peregrinación a Cuba me hacía pensar en mi primera peregrinación a Polonia en 1979. Les deseo a nuestros hermanos y hermanas que viven en aquella bella isla que esta peregrinación produzca frutos parecidos» . ( L’Osservatore Romano, 29 de Enero de 1998)

Que el derrumbe del comunismo fuera el objetivo a largo plazo de su visita a Cuba, como de todo su pontificado, era evidente desde un principio para los que conocemos su pensamiento. Pero con esa declaración, el Papa revelaba además sus objetivos a mediano plazo, brindando una nueva clave de lectura tanto de la visita en su conjunto como de cada uno de sus discursos. Para él no se trataba solamente de fortalecer la iglesia local, sino de contribuir directamente a la «evolución» del régimen: por supuesto ¡sin meterse en política! Así, la declaración romana nos permitía entender mejor el significado de la «esperanza» a la que hacía referencia la iglesia al anunciar la llegada del Papa como «mensajero de verdad y esperanza».

El interés de un análisis más profundo del conflicto político cultural que ha marcado la visita papal procede justamente de la importancia que muy probablemente él tendrá en la propia Cuba en la lucha ideológica de los próximos meses y años: por las iniciativas pastorales de la iglesia católica y también por los interrogantes que la visita ha abierto en la sicología de muchos cubanos, creyentes y no creyentes. Pero procede también, a mi juicio, de la importancia que, a nivel universal, en la transición al tercer milenio, asume este conflicto entre dos culturas y dos proyectos de sociedad, que han marcado el siglo XX y que pretenden orientar el siglo XXI.

Sin embargo, la profundidad de la contradicción no puede hacer olvidar la autenticidad de las convergencias entre la cultura de la revolución y aspectos significativos del magisterio pontificio, especialmente las nuevas acentuaciones que lo marcaron después del derrumbe del comunismo europeo y frente al nuevo orden mundial unipolar: convergencias que Fidel supo descubrir, valorar y presentar al pueblo, dando así un nuevo paso en la profundización de las relaciones entre la revolución cubana y el cristianismo.

De aquí la necesidad, en el análisis de la visita papal, de valorar al mismo tiempo la contradicción, las convergencias y la articulación dialéctica entre estos dos aspectos. Intentaremos hacerlo, abordando los puntos siguientes: 1) Clave de lectura del conflicto político-cultural: dos opuestas evaluaciones de la conquista-evangelización. 2)La Revolución Cubana frente a la iglesia católica: contradicción y convergencias. 3) La teología de la cristiandad frente a la revolución socialista.

 

I- CLAVE DE LECTURA DEL CONFLICTO: DOS OPUESTAS EVALUACIONES DE LA CONQUISTA-EVANGELIZACIÓN

La contradicción entre las dos culturas que Fidel Castro y Juan Pablo II representaban, estalló desde el primer momento de la visita, en los discursos con los cuales ellos abrieron su histórico encuentro. Lo hicieron formulando dos juicios radicalmente opuestos sobre la conquista-evangelización.

 

El punto de partida de Fidel Castro: la conquista, exterminio y esclavización.

Fidel Castro empezó diciendo: «La tierra que usted acaba de besar se honra con su presencia. No encontrará aquí aquellos pacíficos y bondadosos habitantes naturales que la poblaban cuando los primeros europeos llegaron a esta isla. Los hombres fueron exterminados casi todos por la explotación y el trabajo esclavo que no pudieron resistir; las mujeres convertidas en objeto de placer o esclavas domésticas. Hubo también los que murieron bajo el filo de espadas homicidas o víctimas de enfermedades desconocidas que importaron los conquistadores...

«La conquista y colonización de todo el hemisferio se estima que costó la vida de 70 millones de indios y la esclavización de 12 millones de africanos. Fue mucha la sangre derramada y muchas las injusticias cometidas, gran parte de las cuales, bajo otras formas de dominación y explotación, después de siglos de sacrificios y de luchas aún perduran.»

Así Fidel, asumiendo el punto de vista de los indígenas y africanos rebeldes, denunciaba la conquista y la colonización no sólo en sí mismas, sino como el crimen fundador de la modernidad. Evidenciaba pues no sólo la atrocidad del genocidio sino su prolongación en la historia de Cuba, cuando los colonialistas intentaron ahogar en sangre los anhelos de independencia del pueblo. Evidenciaba sobre todo la continuidad entre el presente y aquel pasado criminal: «Hoy, Santidad, de nuevo se intenta el genocidio, pretendiendo rendir por hambre, enfermedad y asfixia económica total a un pueblo que se niega a someterse a los dictados y al imperio de la más poderosa potencia económica, política y militar de la historia.»

Si por un lado, en la perspectiva de Fidel, las formas actuales de opresión prolongan las de la conquista, por el otro el surgimiento de la nación cubana, su lucha por la independencia y por la soberanía representan un esfuerzo heroico para romper con la lógica de la conquista e instaurar una lógica alternativa. El proceso de liberación del pueblo cubano se convierte así en el criterio fundamental de interpretación y evaluación de la historia.

 

Conquista y evangelización

Y, ¿cómo evalúa el Comandante, a la luz de este criterio, el papel del cristianismo en la historia? Era importante, para que la relación con el Papa se desarrollara en un clima de sinceridad, que esta pregunta recibiera una respuesta clara. El Comandante, evitando refugiarse en el lenguaje diplomático, no se sustrae a esta exigencia, y formula desde el primer momento, su visión dialéctica del cristianismo. Dejando a un lado los esquemas interpretativos del marxismo dogmático que nunca había compartido, sobre la religión como «opio del pueblo», él percibe al interior del cristianismo dos polos antitéticos, el que se identifica con los poderes opresores y el que asume la causa de la liberación de los pueblos. Percibe la encarnación del primer modelo en los colegios católicos, que él mismo ha conocido en su juventud, marcados por la intolerancia religiosa y el racismo: «Me enseñaban entonces que ser protestante, judío, musulmán, hindú, animista o partícipe de otra creencia religiosa, constituía una horrible falta, digna de severo e implacable castigo. Más de una vez incluso, en alguna de aquellas escuelas para ricos y privilegiados entre los que yo me encontraba, se me ocurrió preguntar por qué no había allí niños negros, sin que haya podido todavía olvidar las respuestas nada persuasivas que recibía.»

Fidel descubre las huellas del segundo modelo de cristianismo en los «testimonios desgarradores» de algunos sacerdotes que denunciaron los crímenes de los conquistadores (en el discurso a la Asamblea Nacional del Poder Popular cita explícitamente a Bartolomé de las Casas, defensor de los indios), y valora sus desarrollos recientes en las aperturas del concilio Vaticano II y en las preocupaciones sociales del propio Juan Pablo II.

En su comparecencia televisiva del 2 de febrero, el Comandante siente la necesidad de profundizar este tema, para contestar alguna protesta, procedente especialmente de España. Aclara en primer lugar que denunciar los crímines de los conquistadores, no significa negar los aportes de los españoles a la constitución de la nación cubana, a su cultura, lengua, ciencia, arte, legislación, religión etc. Tampoco significa olvidar que miles de españoles lucharon por la liberación de Cuba.

Pero la aclaración fundamental es la distinción entre condena del pueblo español y condena del sistema: «Nosostros no culpamos a los españoles de aquella época siquiera; a los de ahora, mucho menos. Culpamos y acusamos al sistema colonial; culpamos y acusamos al sistema esclavista, del crimen horroroso de arrancar a millones de africanos y convertirlos aquí en esclavos; el renacer de la esclavitud, después de la edad media, donde prevaleció la servidumbre del feudalismo, no la esclavitud; el renacer de la esclavitud en Occidente. Culpamos a sistemas, no culpamos a los pueblos; denunciamos los crímenes de las conquistas. Es un deber moral insoslayable.»

Otra aclaración importante es que al hablar de conquistadores y colonizadores, no nos referimos sólo a los españoles sino a diversas potencias europeas y a los Estados Unidos: «¿Acaso estoy acusando a los españoles o a España o al colonialismo español o a la conquista española de la muerte de estos 70 millones de indios y de la esclavización de estos 12 millones de africanos? No. Yo hablo de todo el hemisferio, y en la conquista y colonización de todo el hemisferio participaron diversas potencias europeas, en el Norte, en el Caribe, en el Sur; incluso el exterminio de los indios fue más cruel todavía en Estados Unidos, donde fueron prácticamente exterminados por medio de las armas en un proceso de expansión y de conquista. Es decir, no estoy aludiendo a España, estoy hablando de lo que ocurrió en todo el hemisferio con la participación de varias potencias europeas.»

Un aspecto del tema, particularmente importante en el contexto de la visita papal, es el que se refiere a la evangelización. Al respecto, el enfoque de Fidel no es una vez más monolítico, sino dialéctico. Es decir que no reconstruye la historia en blanco y negro, sino evidenciando los aspectos positivos y los negativos del proceso: aunque su identificación con los pueblos oprimidos, indígenas y africanos, le impone acentuar mucho más los aspectos negativos: «Es incuestionable que en el orden espiritual y cultural la evangelización fue un paso considerable de avance; pero eso no justifica el derecho de conquista. En ningún lugar del Evangelio aparece que se deba propagar con la punta de la espada y a través del derecho de conquista, porque todavía hay naciones poderosas en el mundo, grandes naciones que tienen otras religiones, otro pensamiento y me pregunto si por ejemplo, alguien tendría derecho, por poderoso que fuera, de invadir a China para evangelizarla.»

«La evangelización no puede ser justificación de la conquista y de la colonización, porque imaginemos que en este mundo que estamos empezando a descubrir, en este mundo solar al cual pertenece la Tierra, hubiesen existido otros planetas habitados y civilizados, más avanzados tecnológicamente que los habitantes de la tierra, y que hubiesen desembarcado en Europa, donde se producían matanzas, guerras y sacrificios humanos, no voy a decir canibalismo, pero torturas y sacrificios humanos de todo tipo por parte de personas creyentes. Habrían podido utilizar el mismo argumento para conquistar la tierra e imponernos sus creencias religiosas. Es decir que el argumento de la evangelización no justifica las guerras de conquista, la conquista, la colonización.»

Fidel cuestiona entonces la «primera evangelización», por dos razones. Primero, en nombre del derecho de autodeterminación religiosa de todos los pueblos, que excluye la imposición de una religión, sobre todo si es extranjera, «con la punta de la espada». Segundo, en el nombre del mismo evangelio, que no justifica de ningún modo una evangelización violenta y por lo tanto la descalifica como auténtica evangelización.

Este cuestionamiento de la evangelización conquistadora nos permite avanzar en la definición de la teoría dialéctica de la religión que Fidel está elaborando: donde asume un papel fundamental la distinción entre un modelo legitimador de la violencia y uno inspirador del amor y del compromiso liberador; distinción que ilumina particularmente las contradicciones internas del cristianismo.

Esta misma visión dialéctica le permite contestar las quejas de los jesuitas, quienes «se han sentido lastimados» por sus alusiones críticas a la intolerancia religiosa y al racismo de los colegios católicos que había conocido en su juventud. Por un lado, su respuesta confirma los hechos de intolerancia religiosa y discriminación racial que había denunciado y comenta: «es muy injusta y muy indigna de existir una escuela donde no pueda haber un solo niño negro, porque no tuviera dinero para pagar esa escuela, y realmente uno se rebela contra eso».

Con respecto a los jesuitas, Fidel vuelve a aplicar la importante distinción entre las personas y el sistema social: «Me rebelo contra la discriminación y contra el sistema social que la practicaba, no contra aquellos sacerdotes que estaban allí consagrados a la tarea de enseñar, trabajadores. Conocí a muchos y muy buenos de aquellos sacerdotes, hice amistad con ellos; estimulaban mi gusto por los deportes, las excursiones , escalar montañas... Ayudaron a la formación de mi carácter, me ayudaron a adquirir el espíritu de disciplina, capacidad de sacrificio, austeridad.»

Particular importancia asume en la interpretación dialéctica del cristianismo, el testimonio de los jesuitas mártires de El Salvador: «Tengo presentes a los sacerdotes jesuitas que murieron en El Salvador, cruelmente asesinados con las armas que pagaba y suministraba Estados Unidos, en horrendos crímenes, gente estudiosa, muy apegada al pueblo, cuya actitud hacia el pueblo le costó la vida.»

 

El marxismo-leninismo cubano, alternativa a la cultura de la conquista.

Asumiendo desde el primer momento el punto de vista de los pueblos oprimidos rebeldes, el Comandante ubica la historia de la revolución cubana y el sentido de la teoría marxista en la construcción de una alternativa a la lógica de la conquista, y por lo tanto de una lógica liberadora. Es éste el contenido de las «convicciones profundas» del pueblo cubano, de las ideas en las cuales él tiene, a pesar de todo, «absoluta confianza», tanto que «preferiría mil veces la muerte antes que renunciar a ellas».

Estas ideas, son las de un marxismo-leninismo humanista y crítico. Declara el Comandante en su comparecencia televisiva del 16 de Enero: «Yo soy, o me considero, revolucionario y me interesa, por encima de todo, la Revolución. Ese es el punto de vista del cual siempre parto en mis análisis y en mis ideas anticapitalistas; cada hora, cada minuto, cada segundo, me siento más antimperialista y más partidario del socialismo. Me considero, modestamente, un discípulo de Marx, de Engels y de Lenin, que tuvo, además, el privilegio de contar con un maestro como Martí».

Estas ideas, Fidel Castro las reafirma con orgullo en contraposición a la ideología neoliberal, que se ha impuesto a nivel mundial como pensamiento único. Las reafirma con firmeza después del derrumbe del comunismo europeo, reivindicando frente a él la originalidad del marxismo y del comunismo cubanos. Las reafirma con honradez frente a un interlocutor, el Papa polaco, convencido de que el marxismo ha fracasado definitivamente a nivel mundial, porque tenía que fracasar, y que por lo tanto fracasará inevitablemente también en Cuba.

Entonces, el marxismo-leninismo al cual Fidel se refiere es una teoría humanista, crítica y eurística, contrapuesta cada vez más abiertamente a la teoría economicista y dogmática impuesta a los países del este europeo; es una teoría que ha sido sometida a la criba de la rectificación y lo sigue siendo, especialmente en el terreno religioso; una teoría en constante evolución, y por lo tanto sensible al nuevo contexto internacional en el cual se establece la relación con el cristianismo; una teoría caracterizada por una concepción dialéctica y no monolítica de la verdad, que le permite, en su relación con el cristianismo, encontrar reales e importantes convergencias en el terreno ético y social, a pesar de las diferencias filosóficas y religiosas.

Entre las convicciones profundas inspiradas por este marxismo-leninismo, creo fundamental señalar la confianza en el pueblo cubano y en todos los pueblos oprimidos del mundo, en su capacidad de resistencia y alternativa, en su entrega y generosidad, en su inteligencia y creatividad; por lo tanto en la posibilidad de desatar con ellos, en alternativa a la globalización neoliberal, la globalización de la solidaridad.

Otra convicción profunda es que los derechos de Cuba y de todos los pueblos oprimidos, en primer lugar el derecho de autodeterminación, sólo se pueden defender con eficacia luchando contra el imperialismo norteamericano y la organización imperial del mundo: que por lo tanto no hay auténtica opción por los oprimidos que no implique una toma de partido a su lado en las luchas históricas, nacionales e internacionales.

 

El punto de partida de Juan Pablo II: la evangelización, raíz de la nación cubana.

El punto de partida del Papa es idéntico y opuesto al de Fidel: idéntico, porque es el mismo acontecimiento de la conquista-evangelización; opuesto, porque el magisterio que él propondrá a lo largo de su visita (y de todo su pontificado) encuentra sus raíces en aquel acontecimiento y se define por su continuidad con él . «Doy gracias a Dios, Señor de la historia y de nuestro destino -son las primeras palabras pronunciadas por el papa en Cuba-, que me ha pemitido venir hasta esta tierra, calificada por Cristóbal Colón como 'la más hermosa que ojos humanos han visto'». Él saluda «esta isla, donde fue plantada hace más de quinientos años la cruz de Cristo». Elogia a los creyentes cubanos «por su fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al Papa así como por el respeto demostrado hacia las tradiciones religiosas más genuinas, aprendidas de los mayores». Define como objetivo de su visita, el «dar un nuevo impulso a la labor evangelizadora» y por lo tanto a la restauración de la sociedad cristiana.

En la homilía de Santiago de Cuba, vuelve la referencia explícita a la «evangelización fundante»: «Hace más de quinientos años, cuando llegó la luz de Cristo a esta isla y con ella su mensaje salvífico, comenzó un proceso que, alimentado por la fe cristiana, ha ido forjando los rasgos característicos de esta Nación». Y se señalan «muchos hombres y mujeres ilustres que, movidos por su inquebrantable fe en Dios, eligieron la vía de la libertad y la justicia como bases de la dignidad de su pueblo».

La referencia explícita a la primera evangelización vuelve en el encuentro con la conferencia episcopal cubana: «Hace más de cinco siglos la cruz de Cristo fue plantada en estas bellas y fecundas tierras, de modo que su luz, que brilla en medio de las tinieblas, hizo posible que la fe católica y apostólica arraigara en ellas. En efecto esta fe forma realmente parte de la identidad y cultura cubanas».

 

La teología de la cristiandad, continuidad con la teología de la conquista.

Este punto de partida es decisivo para definir la lectura del cristianismo propia de Juan Pablo II, en la línea de la teología de la cristiandad. Quiero recordar aquí algunos de los principios que caracterizan esta teología:

1. Existe una continuidad fundamental entre el modelo de cristianismo impuesto por los conquistadores y el que propone la iglesia de hoy; entre la «evangelización fundante» y la «nueva evangelización».

2. Cristo es la única solución de los problemas de la vida y la sociedad, el único fundamento del valor de la persona humana y de los auténticos valores morales y sociales, particularmente del amor, la solidaridad, la reconciliación, la justicia, la libertad. En este sentido «fuera de la iglesia no hay salvación»: es decir, fuera de la doctrina social de la iglesia no hay solución para los problemas de la sociedad.

3. Según la teología de la cristiandad, la afirmación de Dios y su manifestación en la historia coinciden con la afirmación de la iglesia (católica). La hegemonía de la iglesia en la sociedad es el signo fundamental de la presencia y la hegemonía de Dios en el mundo.

4. Las ideologías que, como la marxista, prescinden de Dios, no pueden fundar ni el valor de la persona ni los valores morales y sociales. Ellas llevan necesariamente al enfrentamiento y la discriminación. Por eso los sistemas sociales inspirados por ellas tienen que fracasar, y la historia reciente lo ha demostrado. Esta ausencia de un fundamento transcendente es la verdadera causa del derrumbe del comunismo europeo.

5. El modelo de sociedad que la evangelización (la nueva como la primera) pretende instaurar o restaurar es el de una sociedad cristiana, ya no en el sentido confesional del término (que reconozca el cristianismo como religión oficial) sino en el sentido ético: es decir una sociedad inspirada por los valores éticos y sociales del cristianismo y por lo tanto dispuesta a reconocer en este terreno la autoridad de la iglesia.

6. El vínculo estrecho que existe entre cristianismo por un lado, valores morales y sociales por el otro, refleja una concepción monolítica de la verdad, según la cual las contraposiciones en el terreno filosófico y religioso excluyen verdaderas convergencias en el terreno moral y social.

Estos principios orientan de un modo o de otro todos los discursos del Papa (y todo su magisterio). Así en la homilía de Camagüey se afirma «que el mundo y el hombre se asfixian si no se abren a Jesucristo» y se habla del desarrollo integral de cada uno «lo cual no puede alcanzarse sin Cristo, al margen de Cristo y mucho menos en contra de Cristo». En el mensaje entregado a los jóvenes, el Papa alaba «la fidelidad de muchos de ellos a la fe recibida de los mayores (subrayado en el texto)(l), tantas veces transmitida en el regazo de las madres y abuelas durante estas últimas décadas en la que la voz de la iglesia parecía sofocada». En el discurso al «mundo de la cultura», el Papa citando al Padre Varela, afirma: «El bien de su patria sigue necesitando de la luz sin ocaso, que es Cristo. Cristo es la vía que guía al hombre a la plenitud de sus dimensiones, el camino que conduce hacia una sociedad más justa, más libre y más solidaria. El amor a Cristo y a Cuba, que iluminó la vida del Padre Varela, está en la raíz más honda de la cultura cubana." Hablando, por fin, al «mundo del dolor» el Papa constata que «el dolor es un misterio, muchas veces inescrutable para la razón. Forma parte del misterio de la persona humana, que sólo se esclarece en Jesucristo, que es quien revela al hombre su propia identidad. Sólo desde Él podremos encontrar el sentido de todo lo humano».

El criterio que orienta a Juan Pablo II en la evaluación tan positiva de la primera evangelización es el de la presencia de la iglesia, que ciertamente en ese entonces tuvo un fortalecimiento y una extensión sin precedentes. Definiendo, en su primer discurso, los objetivos de su viaje apostólico, él asegura que pretende celebrar, con toda la familia cubana, «el misterio del Amor divino y hacerlo presente más profundamente en la vida y en la historia de este noble pueblo, sediento de Dios y de valores espirituales, que la Iglesia, en estos cinco siglos de presencia en la isla, no ha dejado de dispensar».

El drama del eclesiocentrismo es que el punto de vista de la iglesia institucional coincide objetivamente con el de los poderes políticos y económicos con los cuales ella se alía a lo largo de la historia; y cuando se trata, como en el caso de la conquista y la colonización de poderes opresores y destructores, su punto de vista se contrapone al de los pueblos oprimidos rebeldes. Esta contraposición estalló claramente alrededor del ‘92, cuando la iglesia católica institucional, orientada por el pensamiento de Juan Pablo II, se sumó a las celebraciones del centenario promovidas por las potencias del Norte y rechazadas con indignación por los indígenas más concientizados. Ellos pues no pueden admitir que, en estos cinco siglos de presencia en la isla y el continente, la iglesia, aliada de los conquistadores, de los colonizadores, de los esclavistas, de los dictadores, no haya dejado de dispensar valores espirituales y de hacer presente en la historia de Cuba el misterio del Amor divino.

 

II- LA REVOLUCIÓN CUBANA FRENTE A LA IGLESIA CATÓLICA

La preocupación de Fidel en esta profundización de las relaciones entre revolución y religión no es sólo la de disponer al pueblo cubano al encuentro con el Papa, sino también la de aclarar cada vez más ante los pueblos latinoamericanos la postura de la revolución cubana respecto a la religión. «En la lucha contra el imperialismo, en la lucha por la independencia de nuestro país, en esa heroica y grandiosa batalla y en la lucha por los cambios en América Latina, por aquellos años de la invasión de Girón, las guerras sucias contra Cuba, el bloqueo, el aislamiento y todo lo demás, a nosotros nos interesaba mucho transmitir a los pueblos latinoamericanos nuestra posición en relación con las religiones y las creencias religiosas, es decir de respeto.» Evidentemente, la conciencia de la responsabilidad continental de la Revolución Cubana sigue inspirando la reflexión y las declaraciones del Comandante.

En dos amplias intervenciones, la del 13 de diciembre de 1997, ante la Asamblea Nacional del Poder Popular y la del 16 de enero de 1998 en la televisión cubana, él se ha dedicado a sensibilizar al pueblo, particularmente a los no católicos y no creyentes, para que acogieran calurosamente al Papa, como invitado no sólo de los obispos católicos, sino también del gobierno y de todo el país. Estas intervenciones fueron un desmentido contundente a las insinuaciones del legislador estadounidense demócrata de New Jersey Robert Menéndez, que, según un cable de la agencia Notimex de New York, del 10 de diciembre, «en una charla con miembros de la Sociedad de las Américas, indicó que el Gobierno del presidente Fidel Castro utiliza la intimidación a trabajadores y otros métodos para desestimular muestras de apoyo al Papa ... Según Menéndez ... el gobierno no ha publicitado lo suficiente la visita del Papa entre la población y amenaza a algunos trabajadores con dejarlos sin trabajo si van a los eventos masivos».

Fidel contestó éstas y otras análogas insinuaciones comprometiéndose personalmente y comprometiendo al partido y a todas las organizaciones de masas, para que la visita del Papa fuera un éxito popular; y para que este éxito fuera y apareciera como un éxito y no un cuestionamiento de la revolución. Como dice explícitamente en su discurso a la asamblea nacional: «el éxito de la visita del Papa debe ser un éxito del país y un éxito de la revolución».

Para que la acogida popular al Papa por parte de los militantes comunistas fuera fruto de convicciones y no de pura cortesía o de disciplina, era necesario que ellos no lo percibieran como un enemigo, como el «ángel exterminador del comunismo» sino como una persona digna de respeto por sus calidades humanas y por su beligerancia coherente; aún más, como un aliado de la revolución en algunas luchas importantes. Para conseguir este objetivo, el Comandante no se ha limitado a una presentación muy positiva de la personalidad de Karol Wojtyla sino que ha desarrollado también una reflexión teórica y política sobre las relaciones entre revolución y religión y sobre el contenido del magisterio reciente del Papa y de los obispos latinoamericanos.

 

Entre revolución y religión no tiene que haber contradicción, sino colaboración.

Por cierto, la reflexión que el Comandante propone sobre las relaciones entre revolución y religión no es novedosa. Comienza con la evocación de un conjunto de encuentros internacionales de los últimos 27 años con creyentes (Chile, Jamaica, Nicaragua, El Salvador, Brasil, etc.), que han marcado la historia de las relaciones entre marxistas y cristianos. En estos encuentros, Fidel Castro había afirmado y fundamentado su convicción de que entre fe cristiana y compromiso revolucionario no había contradicción; que, al contrario era posible y necesaria entre revolucionarios creyentes y no creyentes una unidad estratégica.

Por lo que se refiere a la situación cubana, el Comandante recuerda su larga entrevista a Frei Betto, de la cual se editaron en el país un millón de ejemplares, despertando un enorme interés; y recuerda en particular que, comentando la frase de Marx sobre la religión como opio del pueblo, había expresado su visión dialéctica de la religión, según la cual, desde el punto de vista revolucionario, la religión podía ser muy positiva o muy negativa. En el caso de Cuba, asegura Fidel, los conflictos que surgieron con la iglesia no nacían de un espíritu antirreligioso de la revolución sino de divergencias políticas.

Sin embargo, el respeto de la Revolución Cubana por las experiencias religiosas se manifestó más abiertamente en el proceso de rectificación, del cual el Comandante recuerda dos momentos cruciales: la reforma de la constitución de 1975, realizada en 1992, que marca la transición de un estado materialista ateo a un estado laico; y el IVª congreso de 1994, que les abre a los creyentes la puertas del partido.

Fidel concluía este recorrido histórico con algunas afirmaciones de carácter general: «Estamos contra todas las discriminaciones, ¿por qué vamos a discriminar a alguien por sus sentimientos religiosos? En ningún libro teórico del socialismo está planteado eso, y nosotros, en nuestras leyes y en nuestra Constitución hemos recogido ese principio de respeto». Por lo que se refiere a la práctica, el Comandante afirma categóricamente: «la Revolución no tiene que reprocharse nada, ni lo más mínimo ... la Revolución ha respetado de manera plena los sentimientos religiosos». Esta misma afirmación vuelve en el discurso de bienvenida al Papa: «Si alguna vez (en las relaciones con la iglesia) han surgido dificultades, no ha sido nunca culpa de la Revolución».

Confieso que estas últimas declaraciones despiertan alguna perplejidad. Sobre todo porque contradicen afirmaciones autocríticas que el propio Fidel había formulado anteriormente, por ejemplo en la conversación con Frei Betto cuando, hablando de la exclusión de los creyentes del partido, reconoce la necesidad de «crear las condiciones para algunos avances en este terreno» y declara: «Te digo que podemos autocriticarnos, tanto nosotros como las iglesias en Cuba, fundamentalmente la iglesia católica, de no haber trabajado en la dirección de crear esas condiciones para que desaparezcan los vestigios, la sombra de lo que en el pasado nos obligó a este rigor en la selección de los militantes del Partido. Además pienso que no puede ser modelo eso; pienso, como político, como revolucionario, que lo que hemos hecho no puede ser modelo y que en América Latina tendrá que ser de otra forma».

La autocrítica se desarrolla luego en términos más generales: «Yo, por principio, no puedo estar de acuerdo con ningún tipo de discriminación. Así. Te lo digo francamente. Si me preguntan si existe cierta forma de discriminación sutil con los cristianos, te digo que sí, honestamente tengo que decirte que sí y que no es una cosa superada todavía por nosotros. No es intencionada, no es deliberada, no es programada. Existe y creo que nosotros tenemos que superar esta fase: hay que crear las condiciones de confianza en una circunstancia en que todavía el imperialismo nos amenaza y en que todavía muchos de los que están allá son los antiguos burgueses, los terratenientes y las clases privilegiadas que convirtieron la religión en una ideología contrarrevolucionaria ...»

En estas declaraciones, la autocrítica conlleva la exigencia de rectificación, entendida no como una corrección formal, sino como un proceso masivo de concientización: «Para que estos problemas puedan resolverse no basta que tú lo pienses o que incluso yo lo piense... Hace falta que lo piense y lo comprenda nuestra militancia, nuestros cuadros y nuestro Comité Central; que lo piense nuestro pueblo y lo piensen también las iglesias cubanas». «Y creo que ustedes pueden ayudar mucho a ésto. Tú puedes ayudar a ésto con las conferencias que estás dando, muchos sacerdotes progresistas de nuestro hemisferio pueden ayudar a esto, la parte de la iglesia que se ha unido a los pobres en América Latina, con el ejemplo que ha estado dando ... lo que hicieron en tu país, lo que hicieron en Nicaragua, lo que hicieron en El Salvador y otros países. Creo que pueden ayudar a que las iglesias cubanas trabajen también en este sentido.»(2) 

En cambio, rechazando cualquier culpa de la revolución en los conflictos con la iglesia, se priva de objeto el proceso de rectificación, que supone el reconocimiento de «errores y tendencias negativas». Ahora, la rectificación es indudablemente uno de los aspectos más significativos del socialismo cubano y de su originalidad; es una de las razones que explican por qué, en el desmoronamiento del campo socialista, el socialismo cubano no se derrumba.

Además, en la relación entre la revolución y la iglesia católica, la rectificación representa una disposición al diálogo de parte de la revolución, que podría estimular a la iglesia a emprender su propia rectificación. En cambio si la Revolución excluye cualquier culpa de su parte, se fortalece en la iglesia la tendencia a considerarse víctima inocente del ateísmo y la persecución marxista-leninista.

De todos modos, el núcleo de esta reflexión es el esbozo de una teoría revolucionaria en elaboración, que afirma la plena coherencia y hasta la convergencia entre el compromiso revolucionario y la fe cristiana. Teoría que encuentra un sólido fundamento en el marxismo cubano, martiano, fidelista y guevarista. Sin embargo, cuando el Comandante rechazando toda forma de discriminación de los creyentes afirma «en ningún libro teórico del socialismo está planteado eso», parece olvidar los manuales de marxismo-leninismo y el «ateísmo científico» que los soviéticos pretendieron imponer a generaciones de militantes comunistas de Cuba y de todo el mundo. Negando la presencia de una teoría marxista-leninista que descalifica la religión y por lo tanto discrimina a los creyentes, Fidel subevalúa, me parece, el papel de la Revolución Cubana y su aporte personal a la corrección, en la teoría y la práctica, de estos errores y tendencias negativas.

 

Karol Wojtyla, ¿ángel exterminador del comunismo?

Sin embargo, la importancia de esta distinción entre el socialismo cubano y el de los países del este europeo, especialmente de Polonia, es objeto de otro capítulo de la reflexión que Fidel le dedica a Karol Wojtyla. Para convencer a los cubanos, particularmente a los comunistas, de que el Papa tenía que ser acogido como un amigo del país, era necesario disipar su imagen de «ángel exterminador del comunismo»; imagen que inspiraba las previsiones de los que anunciaban una visita capaz de poner en crisis el socialismo cubano, como lo había hecho con el socialismo polaco.

Con este objetivo, Fidel propone un análisis penetrante de las causas del derrumbe: según el cual ellas se deben buscar en primer lugar al interior del campo socialista europeo, en los graves errores cometidos por los dirigentes comunistas, y especialmente por Stalin y Gorbachov. «El Papa no era Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética, ni dirigía la Unión Soviética, ni presidía el CAME, ni dirigió el campo socialista.»

Por lo que se refiere al comunismo soviético, el Comandante le achaca especialmente tres graves errores: el pacto Molotov-Ribbentrop, la invasión de Polonia y la invasión de Finlandia. Graves errores no sólo en el terreno político, sino también porque implicaban un divorcio entre política y ética. Graves errores, además, porque obligaban a los partidos comunistas del mundo a justificarlos y por eso mismo a separarse de las masas. «Aquello le costó muy caro al movimiento comunista internacional, a los comunistas de todas partes del mundo, tan disciplinados y tan fieles a la Unión Soviética y a la Internacional Comunista, que cuando decía ‘hay que hacer ésto’, era ésto. Entonces todos los partidos comunistas del mundo explicando y justificando el pacto Molotov- Ribbentrop se aislaban de las masas y tuvieron que pagar un precio político altísimo por aquello.»

En sus análisis de los errores del socialismo, Fidel se concentra especialmente sobre el caso de Polonia, el contexto donde el Papa se formó y donde maduró sus convicciones anticomunistas. Fidel trata de explicar por qué una persona del nivel intelectual, espiritual y moral de Karol Wojtyla, se sintió obligada a combatir el comunismo. Para entenderlo, dijo, tenemos que partir de la verdad histórica. ¿Qué era el comunismo en Polonia? Era un sistema impuesto por las tropas soviéticas de ocupación, hacia las cuales, también por las atrocidades que habían cometido, los polacos tenían fuertes razones de resentimiento; un sistema impuesto por el extranjero a un pueblo profundamente nacionalista y antirruso; a un pueblo católico en un 93%, en el cual la iglesia y la nación nacieron juntas; a un pueblo en el cual las condiciones objetivas y sujetivas para construir el socialismo no existían, y por tanto el estado socialista fue instaurado sobre la base de un marxismo-leninismo dogmático. La rebelión popular a este tipo de socialismo, parecía decir Fidel, era legítima y debida.

Analizando y criticando el comunismo polaco, Fidel explica las razones por las cuales la acción del Papa y la del imperialismo fueron tan eficaces: en otras palabras, él vincula la eficacia de dichas intervenciones a la fragilidad de esos sistemas socialistas que no contaban con un consenso popular. También quiere explicar por qué, cuando tomó la decisión de invitar al Papa y de correr este riesgo, se sentía seguro de que su visita a Cuba no produciría efectos análogos a los producidos en Polonia.

Fidel pensaba además que las mismas intenciones del Papa en su visita a Cuba no podían ser de cuestionar su sistema político. «Yo estoy absolutamente seguro de las buenas intenciones y el espíritu de amistad con que el Papa realiza la visita a nuestro país; y por lo que conozco de sus ideas, busca objetivos que trascienden y los busca porque considera que ese es su deber, que esa es su misión evangelizadora de acuerdo con sus convicciones religiosas.» Sin embargo, las expresiones «buenas intenciones» y «espíritu de amistad» no tienen el mismo sentido para Fidel Castro y para Juan Pablo II: si el marxismo-leninismo es un error grave y nefasto, como piensa el Papa, es una buena intención y una expresión de amistad comprometerse para derrocarlo y liberar al pueblo de su influjo.

La dificultad de comunicación viene de que Karol Wojtyla le aplica a Cuba esquemas de interpretación formados en Polonia, apoyado en esta perspectiva por las informaciones que le proporcionaron los obispos cubanos y sin tener en cuenta ni la diversidad ni la evolución del comunismo cubano, en el proceso de rectificación. La comparación que el Papa hizo en Roma entre su viaje a Cuba y su viaje a Polonia confirma que él no percibió las diferencias entre las dos situaciones.

La contraposición entre el socialismo polaco y el cubano, entre el marxismo dogmático y el marxismo crítico tiene en el pensamiento de Fidel una importancia que rebasa el acontecimiento de la visita del Papa y brinda una clave de interpretación de la historia de los comunismos y de los marxismos. Ayuda también a aclarar el sentido de la rectificación cubana, como cuestionamiento no sólo de algunos «errores y tendencias negativas» sino también de un modelo de socialismo y de marxismo copiados del exterior.

 

El Papa, «uno de los más grandes dolores de cabeza del imperialismo».

La imagen del Papa «ángel exterminador del comunismo» estaba vinculada a la de su alianza histórica con el imperialismo; vínculo que la ortodoxia marxista consideraba como estructural y por lo tanto definitivo. Una vez más Fidel Castro, pensando a partir de la praxis revolucionaria y del nuevo contexto histórico, abre nuevas pistas a la reflexión teórica sobre la religión.

Su punto de partida es el hecho mismo de la visita del Papa, considerada y valorada como testimonio evidente de su independencia con respecto al imperialismo: «El Papa no es un hombre que se pueda manejar, no es un hombre al que se le puedan dar órdenes. No ocurrirá jamás con este Papa lo que ocurre con muchos líderes políticos en este mundo, que han querido venir a Cuba, que han hablado de venir a Cuba, y cuando los yankis se han enterado se lo han prohibido de manera total, y no han venido. Ellos habrían querido prohibirle la visita al Papa, si pudieran.»

Pero según el análisis de Fidel, el Papa manifiesta su autonomía, aún más su hostilidad hacia el imperialismo, con toda la nueva orientación de su magisterio, después del desmoronamiento del comunismo europeo: «Este Papa, finalizada la guerra fría y conciente del desastre que ha provocado en todos los países el capitalismo, los problemas de corrupción, despilfarro, caos económico y otros muchos que conocemos, a partir de lo que observa sobre las realidades que vinieron después, ha centrado sus esfuerzos en otra dirección. Partiendo de las ideas del Concilio Vaticano II, ha estado realizando las críticas más duras que en los últimos años se han hecho sobre los problemas sociales y económicos». «Una vez que se acabó la guerra fría y una vez que aquel proceso histórico y aquellas circunstancias dejaron de existir, este Papa es posiblemente uno de los más grandes dolores de cabeza que tenga hoy el imperialismo.»

Para fundamentar esta interpretación de la nueva orientación de la iglesia católica, Fidel señala una serie de temas muy importantes sobre los cuales se verifica hoy una impresionante convergencia entre las preocupaciones de la revolución y las del magisterio pontificio y episcopal latinoamericano en el terreno social.

 

Convergencias entre el pensamiento revolucionario y el magisterio social del Papa y de los obispos latinoamericanos.

La interpretación dialéctica del fenómeno religioso le había permitido a Fidel Castro afirmar constantemente ciertas convergencias entre comunistas y cristianos. Esta convicción, la manifestó desde los primeros años después del triunfo, como recuerda él mismo en el discurso a la asamblea nacional: «Recuerdo que cuando surgieron los primeros conflictos de clases en nuestra sociedad, planteé que traicionar a la Revolución era traicionar a Cristo.»

Sin embargo, estas afirmaciones no se referían a las instituciones eclesiásticas en general, sino a determinadas categorías de cristianos. Se referían a los cristianos de los primeros siglos, condenados a la clandestinidad, perseguidos y martirizados como lo serán los militantes comunistas de nuestros días; no se referían a las jerarquías eclesiásticas que se aliaron con el imperio romano y que de perseguidas se convirtieron en perseguidoras: «Como aquellos cristianos atrozmente calumniados para justificar los crímenes, nosotros, tan calumniados como ellos, preferiremos mil veces la muerte antes que renunciar a nuestras convicciones. Igual que la Iglesia, la revolución tiene también muchos mártires». (Discurso de bienvenida). En la época de las conquistas y colonizaciones, se refiere a los sacerdotes que, como Bartolomé de Las Casas, tomaron la defensa de los indígenas y no a la institución que legitimó su sometimiento y exterminio. Hablando del siglo XX, y de la posibilidad de colaboración revolucionaria entre marxistas y cristianos se refiere a los cristianos que en varios países de América Latina ( Chile, Brasil, Nicaragua, El Salvador, Jamaica, etc.) se inspiran en la teología de la liberación y no a la jerarquía que los desautoriza.

Ahora, la novedad de la reflexión que la visita papal le inspira al Comandante es la que concierne el magisterio del propio Romano Pontífice: concierne, paradójicamente al mismo magisterio que condena categóricamente el marxismo y la teología de la liberación. De lo que se trata evidentemente aquí es de convergencias parciales, consideradas compatibles con una divergencia global en el marco de una concepción dialéctica de la verdad: «Como hay muchas cosas de orden social, entre las que el Papa plantea, que son coincidentes con nuestros puntos de vista como revolucionarios, no nos incumben los puntos de vista religiosos o filosóficos de donde partan sus ideas». Asimismo en su discurso de bienvenida, Fidel le dirá al Papa: «Santidad, pensamos igual que Usted en muchas importantes cuestiones del mundo de hoy y ello nos satisface grandemente; en otras nuestras opiniones difieren, pero rendimos culto respetuoso a la convicción profunda con que usted defiende sus ideas».

Para fundamentar estas afirmaciones, el Comandante multiplica los ejemplos concretos, recabados de largas y atentas lecturas de los documentos eclesiásticos. «Es muy difícil, afirma, encontrar algún problema social de los que están azotando a América Latina, al África y a los países del Tercer Mundo, que no haya sido abordado por el Papa. El Papa se ha constituído en permanente crítico de la globalización neoliberal e implacable adversario del neoliberalismo en este momento.» El Papa denuncia concretamente la globalización neoliberal por engendrar miseria, desempleo, hambre, desnutrición, enfermedad, analfabetismo; por excavar un abismo entre una minoría excesivamente rica y multitudes miserables. Condena la carrera armamentista, las guerras de agresión, las armas nucleares, la deuda externa. «¿Cuáles son -pregunta el Comandante- los estadistas europeos que están diciendo esto? ¿En Francia, en Alemania, en Inglaterra, en Estados Unidos, dónde?». Sobre muchos de estos temas las únicas voces críticas que se levantan hoy son las del Papa y la de Cuba, como se pudo apreciar, por ejemplo en la conferencia cumbre sobre alimentación, organizada por la FAO en Roma, donde «casi se podría decir que los dos discursos más parecidos ... fueron el del Papa y el mío».

El Comandante concluye su reseña valorando fuertemente el Sínodo episcopal de las Américas, celebrado en Roma del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997, a propósito del cual llega a decir. «En realidad, las banderas de la teología de la liberación, que surgen como consecuencia del Concilio Vaticano II y en parte influídas por la Revolución Cubana, son prácticamente las mismas que está enarbolando este sínodo.» Y saca otra conclusión bastante sorpresiva: «de modo que el ángel exterminador no apunta hacia Cuba. Apunta hacia el imperialismo, que es lo que debe realmente preocuparles».

Sinceramente, creo que sin dejar de admirar este intento de diálogo realizado por Fidel, no serán muchos los teólogos de la liberación dispuestos a compartir conclusiones tan optimistas. ¿Cómo explicar que el Papa y el sínodo episcopal enarbolen la bandera de la teología de la liberación, y al mismo tiempo sigan marginando y condenando a los teólogos de la liberación? ¿Cómo pensar que el magisterio papal y episcopal no apunte hoy contra Cuba, sino contra el imperialismo, cuando las críticas del capitalismo se refieren a sus excesos y las del marxismo a su misma esencia ? ¿Cuando el marxismo, por ser ateo, sigue siendo considerado intrínsecamente perverso y el capitalismo se considera perverso sólo en sus desviaciones? ¿Cómo explica el Comandante que a sus nobles esfuerzos para valorar las convergencias entre el pensamiento revolucionario y el magisterio eclesiástico no corresponda, de parte del Papa, ningún reconocimiento de tales convergencias?

Por lo que se refiere en particular al Sínodo de las Américas, el Comandante valora pronunciamientos de algunos participantes, que son indudablemente signos de una nueva conciencia. Sin embargo, para evaluar la orientación del Sínodo como tal , hay que esperar el documento final, que está siendo elaborado por una comisión romana y que será proclamado por el propio Papa en su próxima visita a América Latina. Por ahora, el instrumento de trabajo que preparó el Sínodo no autoriza previsiones muy optimistas sobre las conclusiones que lograrán superar la censura romana. Esta precisión no le quita validez al método practicado por Fidel, cuando escoge, al interior de una experiencia contradictoria, los signos de liberación; pero quizás le ponga ciertos límites al alcance de sus conclusiones.

De todos modos, es con la afirmación de esta convergencia en una visión utópica del futuro, con la que el Comandante se despide del Papa y saca la conclusión de la visita: «Me conmueve el esfuerzo que Su Santitad realiza por un mundo más justo. Los estados desaparecerán, los pueblos llegarán a constituir una sola familia humana. Si la globalización de la solidaridad que usted proclama se extiende por toda la tierra y los abundantes bienes que el hombre puede producir con su talento y su trabajo se reparten equitativamente entre todos los seres humanos que hoy habitan el planeta, podría crearse realmente un mundo para ellos, sin hambre ni pobreza; sin opresión ni explotación; sin humillaciones ni desprecios, sin injusticias ni desigualdades, donde vivir con plena dignidad moral y material, en verdadera libertad, ¡ese sería el mundo más justo!» Difícil no ver un nexo entre entre esta despedida y las palabras de bienvenida: «¿Qué podemos ofrecerle en Cuba, Santitad? Un pueblo con menos desigualdades, menos ciudadanos sin amparo alguno, menos niños sin escuelas, menos enfermos sin hospitales, más maestros y más médicos por habitante que cualquier otro país del mundo que Su Santidad haya visitado ... No habrá ningún país mejor preparado para comprender su feliz idea, tal como nosotros la entendemos y tan parecida a la que nosotros predicamos, de que la distribución equitativa de las riquezas y la solidaridad entre los hombres y los pueblos deben ser globalizadas». En otras palabras: el ideal que el Papa persigue a nivel mundial, en Cuba, más que en cualquier otro país del mundo, se está empezando fatigosamente a realizar. ¿Por qué es tan difícil reconocerlo? ¿No será que a los cristianos nos cuesta reconocer que en nombre de una ideología laica y atea se han alcanzado objetivos que sociedades oficialmente cristianas fueron incapaces de alcanzar y hasta de perseguir?

 

III- LA TEOLOGÍA DE LA CRISTIANDAD FRENTE A LA REVOLUCIÓN CUBANA.

En su mensaje al pueblo cubano, el Papa no se limita a afirmar la centralidad de Cristo y de la Iglesia, sino que subraya en cada discurso la contraposición entre este anuncio y «la ideología», que es el eufemismo con el cual él designa la teoría marxista-leninista. Entonces el mensaje fundamental de su viaje es que el cristianismo y no la «ideología» tiene que ser considerado protagonista de la historia de Cuba: de su pasado, de su futuro y de su cultura; tiene que ser reconocido como la solución auténtica de todos los problemas que angustian al pueblo. Esta es la «verdad» y la «esperanza» de la cual el pontífice romano se considera mensajero; él mismo lo anuncia sintéticamente en el avión, cuando, hablando con los periodistas, le contrapone a la revolución de Marx, de Lenin y de Castro, que implica odio, venganza, víctimas, la revolución de Cristo, inspirada por el amor.

 

Contraposición entre fe e «ideología» (marxista)

En la homilía pronunciada en Santa Clara sobre el tema de la familia, después de señalar algunos problemas que ella atraviesa, el Papa proclama: «El camino para vencer estos males no es otro que Jesucristo, su doctrina y su ejemplo de amor total que nos salva. Ninguna ideología puede sustituir su infinita sabiduría y poder. Por eso es necesario recuperar los valores religiosos en el ámbito familiar y social, fomentando la práctica de las virtudes que conformaron los orígenes de la Nación cubana».

La contraposición entre la ideología y los valores religiosos conlleva una idealización del pasado cristiano que se pretende rescatar, respecto al presente, marcado por el abandono de aquellos valores: «La institución familiar en Cuba es depositaria del rico patrimonio de virtudes que distinguieron a las familias criollas de tiempos pasados, cuyos miembros se empeñaron tanto en los diversos campos de la vida social y forjaron el país sin reparar en sacrificios y adversidades. Aquellas familias, fundadas sólidamente en los principios cristianos, así como en su sentido de solidaridad familiar y respeto por la vida, fueron verdaderas comunidades de cariño mutuo, de gozo y fiesta, de confianza y seguridad, de serena reconciliación».

El motivo vuelve en el mensaje a los jóvenes, pronunciado durante la misa en Camagüey. «¿Cómo podrá el joven llevar una vida limpia? ¡Viviendo de acuerdo con tu palabra!" ( Sal. 119,9). El Salmo nos da la respuesta al interrogante que todo joven se ha de plantear si desea llevar una existencia digna y decorosa, propia de su condición. «Para ello, el único camino es Jesús.". «¿Qué es llevar una vida limpia? Es vivir la propia existencia según las normas morales del evangelio, propuestas por la Iglesia... El mundo y el hombre se asfixian si no se abren a Jesucristo... Los jóvenes son el futuro de la iglesia y de la patria: Un futuro que comienza ya en el presente y que será gozoso si está basado en el desarrollo integral de cada uno, lo cual no puede alcanzarse sin Cristo, al margen de Cristo y mucho menos en contra de Cristo.»

Todavía más explícita es la contraposición en la homilía de Santiago de Cuba: «La historia enseña que sin fe desaparece la virtud, los valores morales se oscurecen, no resplandece la verdad, la vida pierde su sentido trascendente y aún el servicio a la nación puede dejar de ser alentado por las motivaciones más profundas. A este respecto Antonio Maceo, el gran patriota oriental decía: 'Quien no ama a Dios, no ama a la patria'» .

En el encuentro con sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos, el Papa así concluye: «Queridos hermanos: el pueblo cubano los necesita porque necesita a Dios, que es la razón fundamental de sus vidas. Formando parte de este pueblo, manifiéstenle que sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida, que sólo Él tiene palabras de vida eterna».

Durante la misa celebrada en la plaza de la Revolución, el Papa después de proclamar «el mensaje de amor y solidaridad que Jesucristo ofrece a los hombres de todos los tiempos», lo contrapone a los sistemas ideológicos, económicos y políticos: «Los sistemas ideológicos y económicos que se han ido sucediendo en los dos últimos siglos con frecuencia han potenciado el enfrentamiento como método, ya que contenían en sus programas los gérmenes de la oposición y de la desunión... Algunos de esos sistemas han pretendido también reducir la religión a la esfera meramente individual, despojándola de todo influjo o relevancia social. En este sentido, cabe recordar que un Estado moderno no puede hacer del ateísmo o de la religión uno de sus ordenamientos políticos (Subrayado en el texto).

El Papa fundamenta esta contraposición también en la autoridad de José Martí : «Pura, desinteresada, perseguida, martirizada, poética y sencilla, la religión del Nazareno sedujo a todos los hombres honrados... Todo pueblo necesita ser religioso (Subrayado en el texto). No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo...Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él garantiza la virtud."

 

El cristianismo, protagonista de la historia de Cuba: de su pasado y de su futuro.

En la perspectiva de Juan Pablo II, el cristianismo no pertenece sólo a las raíces de la nación cubana, sino que ejerce un papel protagónico en su historia, en su crecimiento y particularmente en su proceso de liberación. Este enfoque del pasado fundamenta las perspectivas de futuro, que el Papa auspicia para Cuba: el rescate de los valores que conformaron los orígenes de la nación y por tanto la restauración de la sociedad cristiana.

Esta relación entre el pasado y el futuro se expresa muy claramente en la homilía de Santa Clara, que ya hemos citado, dedicada al tema de la familia: «La institución familiar en Cuba es depositaria del rico patrimonio de virtudes que distinguieron a las familias criollas de tiempos pasados, cuyos miembros se empeñaron tanto en los diversos campos de la vida social y forjaron el país sin reparar en sacrificios y adversidades. Aquellas familias, fundadas sólidamente en los principios cristianos, así como en su sentido de solidaridad familiar y respeto por la vida, fueron verdaderas comunidades de cariño mutuo, de gozo y fiesta, de confianza y seguridad, de serena reconciliación. Se caracterizaron también -como muchos hogares de hoy- por la unidad, el profundo respeto a los mayores, el alto sentido de responsabilidad, el acatamiento sincero de la autoridad paterna y materna, la alegría y el optimismo, tanto en la pobreza como en la riqueza, los deseos de luchar por un mundo mejor y, por encima de todo, por la gran fe y confianza en Dios.» En la ausencia de documentos que comprueben una imagen tan ideal de los tiempos pasados, es fuerte la tentación de pensar que ella sea el fruto de un razonamiento ideológico (conciente o inconciente): era una sociedad cristiana, entonces su nivel moral era superior.

Sigue una evaluación mucho más negativa de la familia actual, una descripción de la crisis que atraviesa y una orientación para superarla: «El camino para vencer estos males no es otro que Jesucristo, su doctrina y su ejemplo de amor total que nos salva. Ninguna ideología puede sustituir su infinita sabiduría y poder. Por eso es necesario recuperar los valores religiosos en el ámbito familiar y social, fomentando la práctica de las virtudes que conformaron los orígenes de la Nación cubana.»

En la plaza Ignacio Agramonte de Camagüey, hablando de los jóvenes, el Papa observa: «Este lugar, que lleva el nombre de Ignacio Agramonte, 'El Bayardo' nos recuerda a un héroe querido por todos, el cual, movido por su fe cristiana, encarnó los hombres y mujeres de bien: la honradez, la veracidad, la fidelidad, el amor a la justicia. Él fue buen esposo y padre de familia, buen amigo, defensor de la dignidad humana frente a la esclavitud.»

En Santiago de Cuba, la homilía dedicada al tema de la patria se abre con una exaltación del papel del cristianismo en la historia de Cuba: «Hace más de quinientos años, cuando llegó la cruz de Cristo a esta isla y con ella su mensaje salvífico, comenzó un proceso que, alimentado por la fe cristiana, ha ido forjando los rasgos característicos de esta Nación. En la serie de sus hombres ilustres están: aquel soldado que fue el primer catequista y misionero de Macaca; también el primer maestro cubano que fue el Padre Miguel de Velázquez; el sacerdote Esteban Salas, padre de la música cubana; el insigne bayamés Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, el cual, postrado a los pies de la Virgen de la Caridad, inició su lucha por la libertad y la independencia de Cuba; Antonio de la Caridad Maceo y Grajales, cuya estatua preside la plaza que hoy acoge nuestra celebración, al cual su madre pidió delante del crucifijo que se entregara hasta el extremo por la libertad de Cuba. Además de éstos, hay muchos hombres y mujeres ilustres, que, movidos por su inquebrantable fe en Dios, eligieron la vía de la libertad y la justicia como base de la dignidad de su pueblo.»

Más adelante, el Papa se refiere a la Virgen de la Caridad del Cobre, que iba a proclamar Reina de la República Cubana, y afirma: «La historia cubana está jalonada de maravillosas muestras de amor a su patrona, a cuyos pies las figuras de los humildes nativos, dos indios y un moreno, simbolizan la rica pluralidad de este pueblo. El Cobre, donde está su santuario, fue el primer lugar de Cuba donde se conquistó la libertad para los esclavos... Con el dosel del altar familiar, Céspedes confeccionó la bandera cubana y fue a postrarse a los pies de la Virgen antes de iniciar la lucha por la libertad. Los valientes soldados cubanos, los mambises, llevaban sobre su pecho la medalla y la «medida» de su bendita imagen. El primer acto de Cuba libre tuvo lugar cuando en 1898 las tropas del general Calixto García se postraron a los pies de la Virgen de la Caridad en una solemne misa para la «Declaración mambisa de la Independencia del pueblo cubano.»

Esta reconstrucción cristianocéntrica del pasado representa, en la perspectiva del Papa, la premisa de un proyecto para el futuro. Si el cristianismo es el único fundamento sólido de los valores morales y sociales, como lo demuestran al mismo tiempo la teología y la historia, una civilización del amor y de la justicia, sólo será posible sobre este fundamento, es decir restaurando la sociedad cristiana.

Concluyendo en Camagüey su homilía dirigida especialmente a los jóvenes, el Papa habla de «un futuro que comienza ya en el presente y que será gozoso si está basado en el desarrollo integral de cada uno, lo cual no puede alcanzarse sin Cristo, al margen de Cristo, o mucho menos en contra de Cristo».

En la homilía pronunciada el último día, en la Plaza de la Revolución, el Papa concluye con esta visión: «Esta es la hora de emprender los nuevos caminos que exigen los tiempos de renovación que vivimos, al acercarse el tercer milenio de la era cristiana!» Después de indicar el gran objetivo, la civilización del amor y la justicia, indica el único camino para conseguirlo: «Quiero repetir mi llamado a dejarse iluminar por Jesucristo, a aceptar sin reservas el esplendor de su verdad, para que todos puedan emprender el camino de la unidad por medio del amor y la solidaridad, evitando la exclusión el aislamiento, el enfrentamiento, que son contrarios a la voluntad del Dios-Amor.»

 

El cristianismo, protagonista de la cultura cubana.

Uno de los aportes fundamentales del cristianismo a la historia de la nación cubana, hay que buscarlo, asegura el Papa, en el terreno de la cultura. Para evaluar este aporte, él asume como criterio la definición religiosa y cristiana de la cultura que ya hemos recordado. Este criterio lo lleva a valorar a las personalidades cristianas de la cultura cubana y a descuidar completamente las otras. «Es de justicia recordar la influencia que el Seminario de San Carlos ha tenido en el desarrollo de la cultura nacional bajo el influjo de figuras como José Agustín Caballero, llamado por Martí 'padre de los pobres y de nuestra filosofía', y el sacerdote Félix Varela, verdadero padre de la cultura cubana... considerado por muchos como piedra fundacional de la nación cubana».

«El bien de su Patria sigue necesitando de la luz sin ocaso que es Cristo. Cristo es la vía que guía al hombre a la plenitud de sus dimensiones, el camino que conduce hacia una sociedad más justa, más libre, más humana y más solidaria. El amor a Cristo y a Cuba, que iluminó la vida del padre Varela, está en la raíz más honda de la cultura cubana.»

Otro importante testigo de la presencia determinante del cristianismo en la cultura cubana es José Martí: «La antorcha que, encendida por el Padre Varela, había de iluminar la historia del pueblo cubano fue recogida, poco después de su muerte, por esa personalidad relevante de la nación que es José Martí... Él fue, sobre todo, un hombre de luz, coherente con sus valores éticos y animado por una espiritualidad de raíz eminentemente cristiana. Es considerado como un continuador del padre Varela, a quien llamó 'el santo cubano'».

La definición cristianocéntrica de la cultura conlleva una descalificación explícita o implícita del pensamiento anticlerical, laico y ateo. Descalificación formulada en términos generales con una exhortación del Padre Varela a sus discípulos: «Díles que ellos, los jóvenes, son la dulce esperanza de la Patria, y que no hay Patria sin virtud ni virtud con impiedad.» Más explícito todavía el juicio sobre el «anticlericalismo» de la época de Varela: «La superficialidad o el anticlericalismo de algunos sectores en aquella época no son verdaderamente representativos de lo que ha sido la verdadera idiosincrasia de este pueblo, que en su historia ha visto la fe católica como fuente de los ricos valores de la cubanía que, junto a las expresiones típicas, canciones populares, controversias campesinas y refranero popular, tiene una honda matriz cristiana, lo cual es hoy una riqueza y una realidad constitutiva de la Nación.»

La perspectiva cristianocéntrica conlleva también una subevaluación del aporte cultural y religioso de África. Entre las influencias que intervinieron en la formación de la nación, el Papa cita, además de «la hispánica, que trajo el catolicismo», la africana «cuya religiosidad fue permeada por el cristianismo». Con esta formulación, se valora el aporte africano no tanto por su especificidad cuanto por el cristianismo que lo permeó: ninguna alusión se hace ni aquí ni en otro momento al carácter violento de aquella penetración cristiana.

Particularmente duro es el juicio que el Papa formula sobre las religiones de origen africano, cuando, hablando a la Conferencia Episcopal, afirma: «Algunas concepciones reduccionistas intentan situar a la Iglesia católica al mismo nivel de ciertas manifestaciones culturales de religiosidad, al modo de los cultos sincretistas que, aunque merecedores de respeto, no pueden ser consideradas como una religión propiamente dicha sino como un conjunto de tradiciones y creencias». Sería interesante saber bajo qué condiciones una expresión de religiosidad puede, en la perspectiva del Papa, ser considerada como «una religión propiamente dicha»: es probable que sea determinante para él la referencia a una institución o a un templo. Criterio filosófica y teológicamente muy discutible, inclusive a la luz de la palabra de Jesús a la samaritana: «Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte (Garizim) ni en Jerusalém adoraréis al Padre... Llega la hora, ya estamos en ella, en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad.» (Juan 4, 21-23). Además, con este criterio se excluye posiblemente de una «religión propiamente dicha» a la mayoría de los creyentes cubanos, que, según encuestas fidedignas, no se reconocen en ninguna institución. Se puede además preguntarse, si ésta no es la actitud de la mayoría de los creyentes del mundo.

Además de estas descalificaciones explícitas, el criterio cristianocéntrico engendra unas descalificaciones implícitas, que consisten en el silencio: silencio que encubre los últimos cuarenta años de cultura cubana, marcados por varias corrientes de pensamiento marxista, que ejercieron y ejercen un papel determinante en la liberación del país.

En la conclusión de este discurso el Papa parece abrir alguna perspectiva nueva, cuando exhorta a todos los cubanos, y particularmente a la iglesia, al diálogo. «En Cuba se puede hablar de un diálogo cultural fecundo, que es garantía de un crecimiento más armónico y de un incremento de iniciativas y de creatividad en la sociedad civil. En este país, la mayor parte de los artífices de la cultura -católicos y no católicos, creyentes y no creyentes- son hombres de diálogo, capaces de proponer y de escuchar. Los animo a proseguir en sus esfuerzos por encontrar una síntesis con la que todos los cubanos puedan identificarse; a buscar el modo de consolidar una identidad cubana armónica que pueda integrar en su seno sus múltiples tradiciones nacionales.»

Este proyecto sería de extraordinario interés para el futuro de Cuba, si la iglesia y la revolución se comprometieran a crear sus condiciones, que son el reconocimiento mutuo de valores fundamentales y la capacidad de autocrítica. La Revolución Cubana, con su proceso de rectificación y con el esfuerzo cultural y pedagógico realizado por Fidel Castro en la preparación de la visita papal, camina, entre muchas contradicciones, en esta dirección. ¿ Se puede decir lo mismo de la iglesia de Juan Pablo II? Su definición cristianocéntrica de la cultura, ¿no excluye el reconocimiento de culturas laicas, ateas, anticlericales? Cuando el Papa proclama «que la cultura cubana, si está abierta a la Verdad -(con mayúscula)-, afianzará su identidad nacional y la hará crecer en humanidad» no sugiere que el diálogo auspiciado por él tenga que realizarse entre la Verdad y el error? ¿Acaso no sugiere esta definición del diálogo la cita de Félix Varela que concluye el discurso? «Díles que ellos (los jóvenes) son la dulce esperanza de la patria y que no hay patria sin virtud ni virtud con impiedad».

Esta interpretación de la historia de Cuba documenta como Juan Pablo II, convencido luchador contra todas las ideologías en el nombre de la fe, se mueve en realidad él mismo a la luz, o mejor dicho a la sombra, de una ideología, el cristianocentrismo, que oculta y tergiversa aspectos importantes de la realidad.

 

¿Viraje en el magisterio de Juan Pablo II?

Tenemos ahora los elementos para contestar la pregunta que nos planteamos desde un principio. ¿Es posible, a pesar de esta contraposición cultural, percibir en el viaje a Cuba un viraje en el magisterio de Juan Pablo II, provocado por el nuevo contexto internacional? ¿Se puede ver en este viaje una señal de que, desde el punto de vista del Vaticano, la guerra fría se ha acabado y la crítica del neoliberalismo ha asumido un papel central? Es ésta, como acabamos de ver, la interpretación propuesta por Fidel Castro, que ha orientado su preparación de la visita, y que él puede considerar confirmada, de alguna manera, por el éxito de su estrategia.

Ya hemos reconocido y valorado el nuevo clima afectivo, de evidente simpatía, en el cual se ha desarrollado el encuentro del Papa con el pueblo cubano y, en particular, con el propio Fidel Castro. Hemos reconocido y valorado además el tono pacato con el cual el Papa ha pronunciado todos sus discursos, inclusive los pasos que tenían un contenido fuertemente polémico. Hemos señalado las invitaciones al diálogo que marcaron la visita, particularmente el encuentro con el mundo de la cultura. ¿A qué se debe este cambio de actitud, con respecto, por ejemplo, a la visita a Nicaragua?

Contribuyó indudablemente a propiciarlo la ausencia en Cuba de una disidencia católica, representada por una «iglesia popular», e inspirada por la teología de la liberación, que había sido el blanco principal de los ataques en la visita a Nicaragua y Centroamérica. Contribuyó también el compromiso de Fidel Castro en la preparación del pueblo cubano al encuentro con el Papa y particularmente su invitación a escucharlo respetuosamente, inclusive si hubiera dicho cosas desagradables.

Pero la pregunta que nos planteamos ahora es la siguiente: ¿en qué medida el cambio de clima y de tono refleja una evolución doctrinal, provocada por el nuevo orden mundial unipolar, es decir un abandono del anticomunismo y una toma de partido antiliberal? Para contestar este interrogante, tenemos que analizar: 1. El reconocimiento, si es que lo hay, de parte del Papa, de los valores de la Revolución Cubana, y a un nivel más general, de la teoría marxista; y por tanto de convergencias entre ésta y la doctrina social cristiana; 2. El sentido de su crítica del neoliberalismo.

Ahora, son muy pocas y muy tímidas las expresiones que en la visita del Papa se pueden considerar reconocimientos de la Revolución Cubana y de sus conquistas. Hablando al «mundo del dolor» afirma: «Conozco los grandes esfuerzos que se hacen en Cuba en el campo de la salud, a pesar de las limitaciones económicas que sufre el país»; reconoce entonces los esfuerzos, no los resultados, que permitirían hablar de «conquistas de la revolución».

Por lo que se refiere a la educación, en el mensaje entregado a los jóvenes, el Papa, después de señalar la «escalofriante crisis de valores» comenta: «Frente a ello, las estructuras públicas para la educación, la creación artística, literaria y humanística y la investigación científica y tecnológica, así como la proliferación de escuelas y maestros, han tratado de contribuir a despertar una notable preocupación por buscar la verdad, por defender la belleza y por salvar la bondad; pero han suscitado también las preguntas de muchos de Ustedes: ¿Por qué la abundancia de medios e instituciones no llega a corresponder plenamente con el fin deseado? La respuesta no hay que buscarla solamente en las estructuras, en los medios e instituciones, en el sistema político o en los embargos económicos, que son siempre condenables por lesionar a los más necesitados. Estas causas son sólo parte de la respuesta, pero no tocan el fondo del problema». Esta presentación de las conquistas de la revolución en el campo de la educación parece más preocupada por señalar sus límites que por valorar los avances que representa. La insistencia sobre los límites y los problemas que quedan abiertos prepara el camino al ofrecimiento de la solución representada por «la fuerza de Cristo Resucitado»: «¡Afronten con fortaleza y templanza, con justicia y prudencia los grandes desafíos del momento presente; vuelvan a las raíces cubanas y cristianas...para construir un futuro cada vez más digno y más libre!» concientes de que «llevan consigo una tradición rica y grande cuyos orígenes están en el cristianismo».

Pero quizás el reconocimiento más explícito y significativo del marxismo se encuentre en otro viaje, en el discurso entregado al Rector de la Universidad de Riga, Lituania, durante el encuentro con el mundo académico y de la cultura, el 9 de septiembre de 1993: «Las exigencias a las cuales el sistema de poder socialista había pretendido históricamente contestar eran reales y graves. La situación de explotación a la que un capitalismo inhumano había sometido al proletariado desde el principio de la sociedad industrial representaba realmente una iniquidad que también la doctrina social de la Iglesia condenaba abiertamente. Éste era, en último término, el alma de verdad del marxismo, gracias a la cual ha podido presentarse como atractivo en las mismas sociedades occidentales. Sin embargo, la solución que él proponía tenía que fracasar. Cuando a la persona se le quita la referencia trascendente, ella llega a ser casi una gota en un océano y su dignidad, a pesar de que se la reconozca y proclame sinceramente, pierde su garantía más sólida. Por eso pudo ocurrir que, en nombre de la «clase» o de un supuesto bien de la sociedad, las personas individuales fueran oprimidas y hasta suprimidas... La negación de Dios priva a la persona humana de sus raíces, y por consiguiente, lleva a reorganizar el orden social prescindiendo de la dignidad y la responsabilidad de la persona humana (Centesimus annus, 13)»

Este documento, que por un lado reconoce el «alma de verdad» del marxismo, denuncia por el otro lado su límite fundamental, la negación de Dios, que priva de fundamento, y por lo tanto de solidez, los valores que él pretende afirmar y condena inevitablemente el sistema al fracaso. Se entiende así por qué le es tan difícil al Papa reconocer positivamente las conquistas de la Revolución Cubana; y sobre todo admitir alguna convergencia entre ellas y las exigencias evangélicas. Se entiende entonces por qué, bajo este punto de vista, no se puede hablar de una evolución doctrinal de su parte.

Sin embargo, un signo de evolución podría ser la actitud abiertamente crítica asumida frente al liberalismo y al capitalismo y su postura «equidistante» entre el socialismo y el capitalismo. A este respecto, el Papa declara en su última homilía cubana: «Resurge en varios lugares una forma de neoliberalismo capitalista que subordina la persona humana y condiciona el desarrollo de los pueblos a las fuerzas ciegas del mercado gravando desde sus centros de poder a los países menos favorecidos con cargas insoportables. Así en ocasiones se impone como condiciones para recibir nuevas ayudas, programas económicos insostenibles. De este modo se asiste en el concierto de las naciones al enriquecimiento exagerado de unos pocos a costa del empobrecimiento de muchos, de forma que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres.»

Con esta declaración, el Papa completa su crítica de los «sistemas ideológicos y políticos que se han ido sucediendo en los dos últimos siglos», distanciándose a la vez del liberalismo y del marxismo, para presentar como alternativa la «cultura del amor y de la vida», propuesta por la iglesia como «maestra en humanidad» y asegurando «éste es el gran cambio que la sociedad necesita y espera».

¿Es legítimo pensar entonces que después del desmoronamiento del campo socialista, el análisis de los estragos del neoliberalismo en el mundo esté llevando al magisterio pontificio a cuestionar el capitalismo con la misma severidad con la que cuestionó y cuestiona el socialismo marxista? El documento clave para contestar la pregunta es la encíclica Centesimus annus, promulgada en 1991, en la cual el Papa polaco reflexiona sobre el sentido de los acontecimientos de los cuales fue protagonista, y traza las líneas para la construcción de un nuevo orden mundial. Ahora, es notoria la clara diferencia de actitudes que, en este nuevo contexto, él mantiene frente al comunismo por un lado y al capitalismo por el otro: confirma pues la condena radical del marxismo y propugna una fundamentación católica del capitalismo.

Por lo que concierne al marxismo, el fundamento ateo del sistema explica por qué, en la óptica del Papa, se tenga que considerarlo intrínsecamente perverso y por qué su fracaso histórico era (y es) inevitable. Con respecto al capitalismo, la actitud es mucho más matizada. El Papa plantea al respecto una pregunta crucial: «¿Se puede decir quizás que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo y que hacia él estén dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizás éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?». «La respuesta -contesta el Papa- es compleja. Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva... Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa».

Las críticas que hace la encíclica al sistema capitalista son numerosas y graves, pero no tocan al sistema como tal, su lógica, su estructuras, sino algunas de sus realizaciones, que deben y pueden corregirse. Ella distingue un capitalismo regulado, justo, democrático, igualitario, eficiente, de uno salvaje, injusto, totalitario, excluyente, ineficiente. Distingue el capitalismo en cuanto a instrumento técnico del sistema ético-cultural en el que se inspiran sus realizaciones particulares. Entonces, el modelo de sociedad propuesto por el Papa como alternativa al marxismo es el de una democracia occidental que reconoce sus raíces cristianas y, por consiguiente, el valor normativo del cristianismo y de su doctrina social; es en otras palabras, el de un capitalismo con rostro humano y cristiano.

En conclusión, en el magisterio del Papa se puede indudablemente hablar, después del derrumbe del comunismo europeo, de un desplazamiento de la atención hacia el impacto del liberalismo sobre la vida de los pue-blos; desplazamiento que, sin embargo, no implica una evolución doctrinal ni en el sentido de una reevaluación del marxismo ni de la condena del liberalismo como tal. La guerra fría contra el comunismo ha dejado de estar en el centro de las preocupaciones, pero no se ha concluido, sino que sigue con métodos distintos. Su prolongación más significativa está en la represión de la teología de la liberación, considerada por el magisterio como una versión disfrazada del marxismo.

 

CONCLUSIÓN: MARXISMO Y CRISTIANISMO EN EL UMBRAL DEL TERCER MILENIO.

Es una experiencia bastante dramática para un creyente, al final de esta comparación entre el pensamiento del laico Fidel Castro y del católico Karol Wojtyla, constatar que se reconoce a menudo más profundamente en el primero que en el segundo. Experiencia dramática y cargada de interrogantes, que atraviesan e inquietan nuestra vida, estimulan nuestra búsqueda y marcan nuestro compromiso; interrogantes que conciernen el sentido mismo del ser cristiano, en el umbral del tercer milenio.

Con Karol Wojtyla pensamos que la noticia del Amor de Dios, anunciada al mundo por Jesús de Nazareth, encarnada en su testimonio y en su mensaje liberador, puede y tiene que inspirar los procesos de liberación integral de los hombres y los pueblos; que puede animar un proyecto de nueva civilización y alumbrar el tercer milenio.

Pero nos negamos, como los indígenas concientizados y como Fidel Castro, a reconocer la buena noticia de la liberación en la que Karol Wojtyla llama «primera evangelización»: ésta pues no fue un llamado de los pueblos originarios a la movilización y la rebelión, como el del Éxodo, sino a la resignación y al sometimiento. Como los indígenas y como Fidel Castro, tenemos que condenar, movidos por nuestra fe en Jesús de Nazareth, el genocidio perpetrado por los conquistadores de ayer y de hoy; tenemos que denunciar la complicidad del cristianismo con ellos; tenemos que cuestionar radicalmente la continuidad entre la cruz plantada por los capellanes del imperio y la cruz sobre la cual murió, condenado por el imperio romano, el subversivo de Nazareth.

Como Fidel Castro, sentimos que las aspiraciones profundas de la revolución cubana convergen con las de la comunidad cristiana primitiva; que existe una fuerte afinidad entre los mártires cristianos y los mártires comunistas; que por lo tanto es cierto que «quien condena la revolución condena a Cristo». El drama del cristianismo, es que muchas veces en su historia, es Cristo el que condena a Cristo.

Si, en la perspectiva de Juan Pablo II, el derrumbe del comunismo europeo fue, como afirma la Centesimus annus un triunfo de Dios, la visita a Cuba pretendía completar ese derrumbe y ese triunfo, creando así las condiciones para la plena afirmación en el tercer milenio de la hegemonía de Dios y de la iglesia que lo representa.

Con esta interpretación de la revolución de Cristo, el Papa prolongaba la celebración del Vª centenario de la primera evangelización y caracterizaba el jubileo del año 2000. Sin embargo, el centenario de la evangelización coincide con el de la conquista; celebrarlo es entonces, asumir conciente o inconcientemente el punto de vista de los conquistadores de ayer y de hoy.

Esta visita fue entonces para Juan Pablo II una extraordinaria oportunidad para proponer a Cuba y al mundo el rescate de los valores cristianos como única respuesta válida a los problemas que plantea la transición al tercer milenio; para proponer este proyecto de civilización como alternativa radical al secularismo y al ateísmo de la civilización occidental. Sin embargo, su ideología cristianocéntrica no le permitió aprovechar plenamente esta oportunidad, llevándolo a presentar ese proyecto como restauración del cristianismo introducido a Cuba y a todo el continente por los europeos; en otras palabras como restauración de la sociedad cristiana

Fidel Castro, asumiendo desde el primer momento el punto de vista de los pueblos oprimidos rebeldes, particularmente de los indígenas y los africanos esclavizados, cuestionaba no sólo la conquista, sino también la evangelización que pretendió legitimarla. Paradójicamente, un revolucionario laico cuestionaba la evangelización en nombre del propio evangelio de Jesús; y presentaba el proceso revolucionario cubano como un intento más auténtico que esa evangelización, de encarnar en la historia los valores originarios del cristianismo.

¿Cómo se ubica entonces la visita del Papa a Cuba en la historia del enfrentamiento entre marxismo y cristianismo que ha marcado el siglo XX? El cristianismo que se opuso y se opone frontalmente al marxismo y al socialismo no es en realidad el mensaje originario de Jesús, sino una doctrina y una institución transformadas y deformadas por su alianza con el imperio romano y posteriormente con los imperios de Europa y Norteamérica. Por el otro lado, la alianza con el imperio soviético y el campo socialista ha jugado en relación con el socialismo un papel análogo, de transformación y deformación, al que jugó, con respecto al cristianismo de los orígenes, la alianza con el imperio romano.

El sentido del proceso de rectificación desatado por Fidel Castro, está, si lo entiendo bien, en la ruptura de aquella alianza y en el rescate del marxismo originario, martiano, fidelista y guevarista. Criticando la época demasiado larga de la «copiadera», Fidel ha reconocido esa dependencia y su impacto deformante sobre el proyecto socialista originario. Su crítica del socialismo europeo y del marxismo dogmático en la preparación de la visita papal es una importante profundización de aquel proceso. Y no es casual que el proceso de rectificación coincida con un redescubrimiento del Che Guevara como pensador revolucionario, crítico severo del marxismo dogmático y defensor riguroso del proyecto cubano en su originalidad. Por el otro lado, los cristianos comprometidos en el rescate de la inspiración originaria del evangelio y que expresan su búsqueda en la teología de la liberación, sienten la necesidad de romper definitivamente las alianzas del cristianismo con los imperios de ayer y de hoy.

Entonces, las afinidades entre la historia del marxismo y la del cristianismo no coinciernen sólo a su deformación por la alianza que establecieron con los imperios, sino tambien a su renovación en el esfuerzo de quebrar esos vínculos, liberándose de aquellas dependencias y rescatando sus proyectos originarios. En el corazón de estos proyectos está, para el marxismo como para el cristianismo, la identificación con los oprimidos y la toma de partido militante a su lado. Rescatar su inspiración originaria significa entonces, para el marxismo como para el cristianismo, abatir el muro que los ha separado históricamente, descubrir su convergencia fundamental y comprometerse juntos, al lado de los pueblos oprimidos de todo el mundo, en la construcción de la nueva historia.


NOTAS

1. Estas reflexiones se fundan en los discursos pronunciados por Juan Pablo II y por Fidel Castro durante la visita del papa. Se fundan también en las tres largas intervenciones que el Comandante le ha dedicado a la visita, antes y después de su desarrollo: I - La intervención del día 13 de diciembre de 1997, en la clausura de la Asamblea Nacional del Poder Popular; II- La comparecencia ante la televisión cubana y las ondas internacionales de radio Habana Cuba, el día 16 de Enero de 1998; III - La comparecencia ante la televisión cubana, la cadena nacional de radio Rebelde y las ondas internacionales de radio Habana Cuba, el día 2 de febrero de 1998. Mis citas se refieren para el discurso I al texto policopiado difundido por la embajada de Cuba ante la Santa Sede; para el IIª al texto publicado por Trabajadores el 19 de Enero de 1998; para el IIIª al texto publicado por Granma el 5 de Febrero de 1998.

 2. Fidel y la religión. Conversaciones con Frei Betto, La Habana, Editorial Pueblo y Educación, 1986, pp.248-250

Giulio Girardi es teólogo de la liberación; italiano.

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