nro. 13
Wojtyla, huracán sobre Cuba

Frei Betto

Al anochecer del domingo 25 de enero Juan Pablo II partió de La Habana. Al retornar a Roma dejó tras sí inquietudes y preguntas. Su presencia tuvo el impacto de un huracán ideológico que durante cuatro días pasó sobre el único país socialista de la historia de Occidente. Entre el 21 y el 25 de enero el Papa visitó las provincias de Villa Clara, Camagüey, Santiago de Cuba y La Habana. Hizo un total de diez pronunciamientos públicos.

 

BREVES ANTECEDENTES HISTÓRICOS

El viaje fue producto de un proceso iniciado en 1979. En febrero de aquel año, en ocasión de la asistencia de Juan Pablo II a la conferencia episcopal de Puebla (México), Gabriel García Márquez fue portador de una invitación de Fidel Castro a que realizara al menos una escala técnica en Cuba. A partir de esa fecha la realización de la visita quedó abierta como posibilidad.

Estimulada por la participación de los cristianos en la revolución sandinista y por la Teología de la Liberación, la Revolución Cubana se reaproximaba, en aquellos tiempos, a los sectores religiosos.

Al incorporar elementos del análisis marxista a su interpretación de la realidad latinoamericana y promover militantes cristianos comprometidos con la lucha social, la Teología de la Liberación hizo que algunos sectores marxistas revisaran sus postulados antirreligiosos. Más allá de los principios dialécticos, la postura adoptada por muchos militantes comunistas favorecía un dogmatismo que reforzaba el ateísmo como atributo revolucionario y reducía el fenómeno religioso a mero «opio del pueblo».

Fidel ya había expresado opiniones positivas en relación con la religión en ocasiones anteriores (Chile, 1971; Jamaica, 1977). En 1980 entabló un diálogo con los cristianos sandinistas. En 1984 acompañó a Jesse Jackson a un culto en una iglesia metodista de La Habana. El año siguiente concedió una entrevista que se publicó en el libro Fidel y la religión (del cual se vendieron más de un millón de ejemplares en Cuba, un país de unos once millones de habitantes).

Esos antecedentes y la repercusión de la entrevista descongelaron las relaciones entre la Iglesia y el Estado en Cuba. Tras dieciséis años de silencio, Fidel y los obispos locales restablecieron el contacto directo.

En 1986 la conferencia episcopal convocó al Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), cuyas conclusiones fueron, en general, calificadas de positivas por el régimen. Los obispos, de modo oficial y colegiado, reconocieron aspectos positivos de la Revolución y rechazaron el bloqueo impuesto a la Isla por el gobierno de los Estados Unidos.

Las relaciones se deterioraron a partir de 1990, cuando durante su viaje a Cuba el cardenal Law, de Boston, indujo al Episcopado a retomar sus críticas al régimen. Bajo el impacto de la caída del muro de Berlín se daba por sentado que el socialismo cubano tenía sus días contados. La Iglesia se atribuía un papel preponderante en una posible fase de transición. Ese cambio de postura, del entendimiento a la confrontación, dificultó los preparativos que en esa época se emprendían en función de la visita papal.

A pesar de las tensiones, el Partido Comunista mantuvo su política de descongelar las relaciones con los sectores religiosos. En 1991, durante el IVª Congreso del PCC el carácter ateo del Partido se eliminó de sus estatutos. Al año siguiente desapareció de la Constitución el carácter ateo del Estado. A los cristianos se les permitió ingresar en el Partido. (Resulta curioso que algunos militantes sintieron entonces la posibilidad de explicitar la fe que nunca habían perdido).

En 1993 los obispos cubanos divulgaron el mensaje El amor todo lo espera, en el cual retomaron las críticas a la Revolución. Era un paso atrás en relación con los avances logrados en la ENEC.

A pesar de las dificultades internas entre la Iglesia y el Estado, Fidel se mantuvo fiel a su propósito de que Juan Pablo II visitara Cuba. Finalmente ésto se concretó en noviembre de 1996 cuando el dirigente cubano se reunió con el Papa en el Vaticano en medio de un evento de la FAO.

 

EFECTOS POSITIVOS DE LA VISITA

La presencia del Papa en Cuba no confirmó las expectativas optimistas de los sectores que esperaban un pontífice menos aguerrido en su cruzada anticomunista y capaz de reconocer los logros de la Revolución cubana, sobre todo si se comparan sus indicadores sociales con los de los demás países de la América Latina.

No obstante, se destacan ciertos aspectos positivos:

1. La condena al bloqueo norteamericano

Desde el propio vuelo hacia La Habana, el Papa les dijo a los periodistas que el bloqueo tiene que «cambiar». Ya en Cuba, en más de un pronunciamiento se refirió, en tono de repudio, al bloqueo impuesto al país por la Casa Blanca y llegó a repetir su deseo de que «Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba». La frase es ambigua, pero su resonancia pública tiende a fortalecer la posición del gobierno cubano.

Ahora Cuba cuenta con un importante aliado en su lucha contra el bloqueo. Wojtyla, al despedirse de Fidel, enfatizó «las medidas económicas restrictivas impuestas desde el exterior del país» como «injustas y éticamente inaceptables».

2. La crítica al "neoliberalismo capitalista"

Esta expresión, enfatizada en la misa del domingo 25 en La Habana, había sido expresada, con otras palabras, en momentos anteriores de la visita. Wojtyla criticó «la atracción por la sociedad de consumo», «el capitalismo que subordina a la persona humana a las fuerzas ciegas del mercado», «las naciones que se enriquecen a costa del empobrecimiento de otras», y resaltó que «los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres». Además, ésta es la primera vez en que dejó a un lado su crítica a los «abusos» del capitalismo para rechazar su carácter actual.

3. La proyección de Cuba en el escenario internacional

Desde la crisis de los misiles, en 1962, la atención mundial nunca se concentró tanto en la Isla. Más de tres mil periodistas cubrieron el viaje del Papa. El orden y la organización de la visita, la acogida popular, las bellezas naturales del país y los logros sociales de la Revolución son factores que tienden a favorecer el turismo, que es hoy la principal fuente de divisas del país, a pesar de los «vicios capitalistas» que introduce junto con los dólares.

No fue sólo la visita la que acaparó la atención de los periodistas, la mayoría de los cuales venía de los Estados Unidos. También la vida cotidiana, los cuidados a la infancia y a la salud, el sistema educativo y otros aspectos de Cuba merecieron destaque en los medios de comunicación de muchos países.

4. La ampliación de los espacios de tolerancia interna

Durante cuatro días toda la población cubana tuvo la oportunidad de ver y oir una voz discordante, recibir el impacto de símbolos que no coinciden con los que reflejan el ideario de la Revolución, presenciar gestos y manifestaciones que introducen un discurso nuevo, que tiene mayor resonancia en el corazón que en la razón.

Revestido de una semántica religiosa, el lenguaje político de la Iglesia se confrontó con la racionalidad de un régimen fundado sobre principios martianos (que le imprimen también un carácter ético y espiritual) y marxista-leninista.

 

EFECTOS NEGATIVOS DE LA VISITA

Pueden resaltarse los siguientes aspectos desfavorables para la Revolución:

1. La cruzada anticomunista de Juan Pablo II

El Papa demostró que continúa obcecado en su anticomunismo, sin que influya en ella una relectura de contextos distintos a los que conoció en Europa Oriental. Hizo reiteradas críticas al socialismo que, opina, divide a las familias, impide la libertad de expresión y asociación, reduce los espacios de acción pastoral de la Iglesia.

2. Indiferencia ante las conquistas sociales de la Revolución

En una sola ocasión, durante su visita al Santuario de San Lázaro, en La Habana, el día 24, Juan Pablo II expresó un reconocimiento sobre un aspecto positivo de la Revolución: «Conozco los grandes esfuerzos que se hacen en Cuba en el campo de la salud, a pesar de las limitaciones económicas que sufre el país».

Por lo demás, silencio ante los logros en los campos de la educación, el deporte y las artes. Al tratar sobre la cultura cubana, en el encuentro celebrado en la Universidad de La Habana con el «mundo de la cultura», el viernes 23, se limitó a citar a Félix Varela y a José Martí, como si no hubiera nada significativo en el siglo XX y mucho menos a partir de 1959.

3. El discurso contrarrevolucionario de monseñor Pedro Meurice el sábado 24 en Santiago de Cuba

Fue el momento más tenso de toda la visita. Valido de su condición de anfitrión, el arzobispo de Santiago de Cuba transformó el saludo al Papa en un libelo contra el régimen cubano. «Nuestro pueblo», dijo, «es respetuoso de la autoridad y gusta del orden, pero tiene que aprender a desmitificar los falsos mesianismos». Se refirió también a «un número creciente de cubanos que confunden la patria con un partido, la nación con el proceso histórico que hemos vivido en las últimas décadas y la cultura con una ideología».

4. La connotación antiecuménica

En una sociedad pluralista desde un punto de vista religioso como la cubana, la visita papal en plena Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, ignoró a las demás iglesias cristianas de Cuba y, sobre todo, a las religiones afrocubanas, predominantes en el país. Se produjo sólo un breve encuentro del visitante en la Nunciatura, con pastores evangélicos y judíos previamente seleccionados por la Iglesias católica. Las religiones afrocubanas fueron excluidas. Y durante el encuentro no hubo diálogo, sino sólo un breve saludo de Juan Pablo II a los invitados y la distribución de un mensaje dirigido a los mismos.

 

ASPECTOS TEOLÓGICOS Y PASTORALES

1. El objetivo principal de la visita de Juan Pablo II fue reforzar la Iglesia local imprimiéndole legitimidad popular y abriéndole más espacio en la sociedad cubana.

Con ese propósito, el Papa se prestó a promover una gran movilización de masas favorecida por el Estado. El propio Fidel fue a la TV a convocar a toda la población a comparecer en los actos públicos, y en las provincias visitadas se decretó feriado el día de la presencia papal.

El carisma de Wojtyla se contrapuso al de Fidel. El obispo de Santa Clara, monseñor Fernando Prego, en su saludo al Papa, llegó a divinizar al visitante al afirmar: «Dios está con nosotros. Dios nos va a hablar».

2. La teología de los pronunciamientos papales refleja una concepción de neocristiandad.

Sin Cristo y sin Iglesia no hay cultura verdadera, ni valores y virtudes, enfatizaron los discursos papales. Se ignoró las conquistas de la modernidad, como la laicidad de las instituciones públicas y el pluralismo cultural, político y religioso. La cosmovisión comunista se opone a la cosmovisión cristiana, y se exalta a la Iglesia como depositaria de la verdad, al tiempo que, contrariamente a lo afirmado en el Concilio Vaticano II, no se reconoce en la autonomía de las esferas sociales y de las mediaciones culturales valores coincidentes con los del Evangelio.

En la óptica papal, la doctrina social de la Iglesia, remedio para todos los males, trasciende las ideologías, como si hubiera algún lenguaje humano capaz de prescindir del contexto cultural, político y económico en el cual se elabora y articula.

En el encuentro con los agentes pastorales, celebrado el domingo en la Catedral de La Habana, Juan Pablo II expresó el ansia de la Iglesia de que resurjan en Cuba las escuelas católicas. No se trata de que abogara por la educación religiosa, sino que se pronunció por el restablecimiento de las instituciones educativas.

Ahora bien, en una sociedad que universalizó el acceso a las escuelas y la enseñanza gratuita, esa propuesta resuena como una amenaza de retorno a las escuelas privadas, pagadas, cuyo acceso es sólo posible para las élites, lo que supone el riesgo de reintroducir en la sociedad las discriminaciones apuntadas por Fidel en su discurso de bienvenida al Papa, a partir de su propia experiencia como ex-alumno de una escuela católica.

La eclesiología manifestada en el viaje se funda en la idea de que la Iglesia «no se identifica con ninguna ideología o sistema». Se la concibe como una institución desencarnada, inculturada, por encima de las demás instituciones de la sociedad, desprovista de manchas y, por lo tanto, en condición de ser la luz que ilumina la vida social y la mediadora que conduce al pueblo de la opresión a la libertad, y que en la actual coyuntura, se siente llamada a ser portavoz, frente al Estado, de la nación «de afuera y de adentro», como dijera monseñor Meurice.

En ningún momento la Iglesia hizo una autocrítica de su complicidad con la colonización genocida de la América Latina, denunciada por Fidel en su discurso de bienvenida al Papa, ni del involucramiento en un momento de obispos y curas en actividades contrarrevolucionarias. Vale resaltar que el régimen cubano también silenció los errores cometidos, en las primeras décadas de la Revolución, en relación con los sectores religiosos.

3. La tentación de apropiación semántica de los símbolos nacionales, y de desplazar el polo del poder del Estado hacia la Iglesia.

El Papa evitó pronunciar la palabra «revolución». Al referirse a las luchas por la independencia de Cuba se limitó a los siglos XVIII y XIX. A la Plaza de la Revolución José Martí la llamó «Plaza José Martí», y la Iglesia tuvo el cuidado de exponer en ella una estampa del Sagrado Corazón de Jesús cuyo tamaño superaba al del perfil de Ernesto Che Guevara.

La Virgen de la Caridad fue coronada y nombrada «Reina de la República de Cuba» al son del Himno Nacional, y su manto fue exaltado como el único símbolo legitimador de las verdaderas luchas por la libertad y la independencia (las de los siglos pasados, cuyos héroes se habrían arrodillado a sus pies).

4. La libertad, como derecho individual en el marco de una concepción burguesa, asumió preponderancia por encima del don de la vida como derecho individual y colectivo.

Teológicamente, la vida es el don mayor de Dios. Y Cuba, según los indicadores de la ONU y de la FAO, es el único país de América Latina que le garantiza a toda su población derechos esenciales a la vida, como la alimentación, la salud y la educación. Mientras que en Brasil mueren 41 de cada mil nacidos vivos, en Cuba mueren nueve.

La palabra «libertad» le dio la tónica al conjunto de los pronunciamientos papales.

 

DESAFÍOS AL SOCIALISMO CUBANO

La visita papal fue un acontecimiento que no puede ser ignorado por la Revolución. Ella deja en el pueblo cubanos huellas profundas, entre las cuales cabe destacar:

1. El despertar del sentimiento religioso como manifestación colectiva

Nunca se había producido algo parecido en la historia del país. Por primera vez los cubanos salieron a las calles a participar masivamente en un evento religioso cuya dirección estaba bajo el control total de la Iglesia católica (medio millón de personas en la misa de La Habana). Todas las homilías se transmitieron por radio y TV.

Es posible que la población no le haya prestado atención a la lógica de los pronunciamientos papales, y mucho menos a sus críticas contra el régimen. De cualquier modo, encontró en los actos litúrgicos un espacio no oficial de expresión de sus ansias y sentimientos, alegrías y esperanzas.

La fuerza simbólica de las liturgias, con sus cánticos y ceremoniales, trasciende la racionalidad y el pragmatismo de las manifestaciones político-ideológicas. Y de este modo, infunde a la subjetividad humana impresiones marcantes, al tiempo que la abre a una polisemia de significados.

2. El fortalecimiento de la Iglesia Católica como poder dentro del poder

Se logró el objetivo papal. Se creó en el país una bipolaridad ideológica, en la cual el Episcopado cubano dispuso de una vasta documentación de apoyo a su actuación pastoral (los pronunciamientos papales) y se vio respaldada ante la población por la legitimidad que le otorgó el éxito de la visita.

No le resultará fácil al gobierno negarle a la Iglesia la ampliación de los espacios pastorales: el acceso a los medios de comunicación, las procesiones y liturgias públicas, la pastoral de la salud, la pastoral de las cárceles, el feriado de Navidad, etc. A partir de ahora cualquier medida restrictiva tendrá repercusiones externas más perjudiciales para la imagen de la Revolución.

¿Sabrá la Iglesia salvaguardar las posibilidades de diálogo con la Revolución amenazadas por los pronunciamientos de monseñor Meurice? Tal vez el tono suave del discurso que pronunciara el domingo monseñor Jaime Ortega, cardenal de La Habana, haya sido una forma de sofocar la llama encendida por el arzobispo de Santiago de Cuba. Meurice expresaría el pensamiento colectivo del episcopado, pero no conviene en plena fiesta hablar mal del anfitrión.

3. La cuestión religiosa pasa a ser un desafío de principio para la Revolución y no una esfera que basta con administrar.

El Papa «desprivatizó» la religión en Cuba. La sacó a la plaza pública. Hizo salir a la superficie un sentimiento que perdura en el pueblo cubano y que lo consuela y alienta.

Al gobierno no le bastará con administrar los derechos de las instituciones religiosas y sus relaciones con las demás esferas de la vida social. La visita hizo que la religiosidad del pueblo desbordara incluso los límites de las propias iglesias.

Se trata, en primer lugar, de evitar dos actitudes frecuentes en el pasado del socialismo europeo: a) la discriminación de los cristianos y las iglesias; b) la tentativa de cooptación.

Tampoco será posible hacer retornar el fenómeno religioso a los límites institucionales, pues perdura, aunque sumergido, en el inconsciente colectivo. Ni se trata de vincular a las iglesias a la política oficial del Estado.

El desafío es cómo mantener una relación que, por un lado, garantice tanto la autonomía del Estado y la de la Iglesia y, por otro, sea capaz de encontrar cada vez más puntos de convergencia entre la propuesta política y los objetivos pastorales.

Eso le exigirá a la Revolución una rectificación también en lo tocante a la religión, como manifestara Fidel años atrás. Esa rectificación implicará una autocrítica de los errores cometidos en el pasado y la definición de una política de relaciones que comporte, en el seno de la Revolución, el pluralismo representado por las creencias religiosas.

Tal vez a partir de ahí la Revolución pueda abrirse al debate interno, sin que ello suponga una amenaza al socialismo. Por el contrario, promover la diferencia y no confundirla con una divergencia es estimular que cada ciudadano se torne sujeto histórico. Y reforzar, de abajo hacia arriba, la construcción del socialismo.

4. El diálogo entre la Revolución y las iglesias se convierte en exigencia de la consolidación de la unidad nacional.

Poco antes de la visita de Juan Pablo II, el cardenal Jaime Ortega declaró que en Cuba, entre la Iglesia y el Estado «no hay diálogo, sino contactos». Su afirmación es una buena descripción de la realidad. No obstante, el Papa sugirió avances en ese sentido. En la Universidad propuso que se incentivarán «el diálogo entre la Iglesia y las instituciones culturales» y la «pastoral del mundo de la cultura».

Mientras más tema el régimen al diálogo con los cristianos y las iglesias, más vulnerables serán las instituciones religiosas a los presupuestos ideológicos neoliberales, que conciben la democracia como libertad individual meramente virtual, sin que se garanticen las condiciones sociales para su realización real y colectiva.

5. Evitar que el Estado se convierta en rehén de una iglesia.

Cuba no es una nación predominantemente católica. A lo largo de la historia de la Revolución, las iglesias evangélicas y las comunidades afrocubanas lograron participar más activamente en la construcción del socialismo que la Iglesia Católica. Para el Estado laico ninguna institución puede ser privilegiada en detrimento de otra. Cómo evitar el riesgo de que la balanza de las relaciones entre el Estado y la Iglesia se incline en favor de la comunidad católica es un desafío que el régimen debe enfrentar.

6. Crear espacios de debate crítico al interior de la Revolución

El Papa abrió en Cuba un espacio crítico. Muchos fueron a su encuentro para expresar sus angustias y dolores, ansias y esperanzas. No se puede esperar unanimidad de sentimientos y visiones en una nación. El desafío es cómo construir la unidad en la diversidad, sin encarar la libertad de expresión como potencial amenaza a la obra revolucionaria.

En ese sentido Juan Pablo II deja como herencia de su visita una interrogación: ¿cuál será ahora el canal de los que sienten la necesidad de expresar sus dudas y discrepancias, opiniones y propuestas? Si la Revolución no trata de abrir ese espacio se corre el riesgo de que el mismo coincida con la institución católica. Eso podría poner en peligro el propio trabajo pastoral de la Iglesia católica. Y también a la Revolución, en la medida en que la crítica no pueda ser tolerada y encarada como un importante factor de consolidación del socialismo.

7. Asumir la espiritualidad como valor revolucionario.

Una de las cuestiones más actuales y complejas para los sectores de izquierda es cómo desarrollar entre sus militantes y en la población los valores de la subjetividad: espíritu de servicio y solidaridad, humildad y amor, verdad y transparencia, autocrítica y fortaleza, fidelidad y ternura (Che Guevara).

No hay revolución sin mística. Y no hay mística sin valores que le impriman a la existencia individual una radicalidad que haga que las personas prefieran la muerte a una quiebra de valores y principios.

Ahora bien, la experiencia religiosa, con su apertura a la trascendencia y su énfasis en el amor como valor predominante, favorece esa «revolución interior» que los cristianos denominan «conversión». Ese es el secreto de la dedicación desinteresada de numerosos religiosos, que consagran sus vidas al servicio de los que sufren, abrazan el celibato y se disponen, de ser preciso, al martirio, sin codiciar poder o riquezas.

Tal vez una de las causas del fracaso del socialismo de Europa Oriental haya residido en el «vacío» del corazón. Para utilizar una expresión de Onelio Jorge Cardoso, un escritor cubano, se sació el hambre de pan, pero no de belleza. Esas son las dos grandes hambres del ser humano. La diferencia radica en que la primera, la de pan, es saciable. La de belleza es insondable.

Ese desafío ético debe impregnar la lucha por la justicia en el proceso político. De la misma manera que no se trata de convertir primero los corazones para después transformar las estructuras, como proponen ciertos obispos, tampoco basta con cambiar las estructuras para obtener, como por encanto, al hombre y a la mujer nuevos. Es preciso sumar las dos dimensiones.

¿Será acaso que el éxito de la visita papal a Cuba refleja el hambre de belleza, de sentido más profundo, del pueblo que concurrió a las plazas? Ésta es una pregunta fundamental para el futuro del socialismo cubano, que cuenta, en sus raíces, con dos fuentes imprescindibles de espiritualidad política: Félix Varela y José Martí.

La obra de justicia de la Revolución corre el riesgo de ver erosionada su piedra angular: el espíritu humano, en el cual cada uno de nosotros, cada día, renueva o no su decisión de proseguir en la lucha por un mundo que sea mejor para todos.

¿Cómo trabajar la subjetividad humana, la mística de la militancia y de la construcción de la nueva sociedad, la concientización participativa de las generaciones más jóvenes, las contradicciones nacidas de la apertura al escenario internacional, la pluralidad de opiniones y cosmovisiones? Todos los anteriores son desafíos cruciales para el futuro de la Revolución Cubana.

La Habana, 25 de enero de 1998

Fiesta de San Pablo Apóstol

Frei Betto es fraile dominico. Escritor, autor, entre otros libros, de Fidel y la religión.

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