nro. 13
«El camino al paraíso»

Encuentro con Osvaldo Bayer

Claudia Korol

Nos encontramos en su casa, en la tarde de un sábado frío de junio, en Buenos Aires. Osvaldo Bayer no cesa de trabajar. Asesorando obras de teatro, corrigiendo libros, hablando en actos. Escritor, historiador, luchador por los derechos humanos, consagró toda su vida a la reivindicación de los anónimos combatientes de nuestra historia, desde aquellos primeros anarquistas que fundaron los primeros sindicatos y organizaciones obreras en el país, hasta los actuales perseguidos políticos, por quienes ha venido exigiendo y denunciando en todas las oportunidades.

Me interesaría conocer tus recuerdos sobre el encuentro que tuviste con el Che

Fue una invitación que recibimos al primer aniversario de la Revolución, para estar allá el primero de enero de 1960. Yo en aquel tiempo era secretario general del Sindicato de Prensa. Viajábamos cinco personas de acá, con la madre del Che. Fuimos primero a Chile, donde nos recibió la CUT, la Central Única de Trabajadores chilenos. Estaba Clorario Blest, que fue una figura señera del sindicalismo latinoamericano. Después viajamos por Canadian Pacific hasta México, y de México con Cubana hasta La Habana. Aquella Cuba era una fiesta continua, más por el primer aniversario de la revolución, con toda la gente en la calle.

La delegación estaba integrada por el secretario general de los canillitas, Rubén Queijo, una dirigente textil, que no recuerdo su apellido, la escritora Sara Gallardo, y un miembro del Partido Comunista de Devoto, que tampoco recuerdo su apellido. Ya pasaron 39 años de esto.

Llegamos allá y uno de los hechos fundamentales fue la entrevista con el Che, amén del acto central que se hizo, donde estuvimos en la tribuna con el Che, con Fidel, con todas las delegaciones latinoamericanas. Cuando estábamos en Santa Clara, recibimos la invitación del Che de que nos iba a esperar en el Banco Nacional, donde era el presidente. Tengo de esa entrevista los mejores recuerdos. Recuerdo su lenguaje, que era una mezcla de argentino con cubano, que realmente le quedaba muy bien. Hablaba pausadamente, sin ninguna arrogancia. Fue una larga conversación, porque él nos quería señalar cómo debía hacerse la revolución en la Argentina; cosa que a mí me sorprendió de entrada, porque no tenía ningún tapujo.Hablaba abiertamente, sin ningún temor, aún sin conocernos. Fue una larga conversación, una larga descripción por parte de él con todos los detalles. En resumen era lo siguiente: la guerrilla debía hacerse en las sierras de Córdoba. El lugar debía ser elegido por un grupo de gente joven, de revolucionarios, que recorrieran las sierras de Córdoba, y se quedaran en un lugar que fuera apto para estar muchos meses sin ser descubiertos. Recuerdo que puso el término de seis meses. En esos meses debían aprender a valerse por sus medios, y procurarse comida, sin ser notados por nadie. A los seis meses, me acuerdo que dijo el término, "ya bajan" y toman un pequeño pueblito, sacan las armas a la policía y arengan a la población. Les dicen que van a luchar por la revolución en la Argentina, por el bien del país. Después de hacer esa primer acción regresan. Por supuesto se entera todo el mundo, y se enteran los diarios burgueses que al día siguiente como título de tapa traerán: guerrilleros en Córdoba. La juventud revolucionaria, al leer ese título ya sabe. Busca por su cuenta, entonces ya son trescientos, trescientos cincuenta y cuatrocientos. Bajan de nuevo, conquistan un pueblo más grande. Hacen exactamente el mismo operativo y regresan. Ya son quinientos, seiscientos, setecientos. Por supuesto que yo estoy comprimiendo el relato totalmente. Él señalaba qué era lo que debía hacer cada uno en el campamento, los ejercicios militares, las sesiones de adoctrinamiento, de teoría revolucionaria, de lectura, etc.

Cada vez se atrevían a una localidad más grande, después ya era una ciudad mediana; siempre con esto de tomar las armas y reunir a la gente en las plazas y hablar. Entonces, así siguiendo, ya serán 1200, y 1500 y 2000. Entonces ya bajan los 2000 y conquistan una ciudad grande, de doscientos mil habitantes y allí se atrincheran. Los que van engrosando las filas de la guerrilla son los lugareños, la gente joven del lugar, pero también la gente pobre y la gente con mente revolucionaria. Esos hacen un núcleo muy fuerte. Cuando se atrincheran en esa ciudad, y resisten lo que puede ser el ataque del exterior, resuelven marchar hacia Buenos Aires, para lo cual toman los vehículos correspondientes. Ese es el momento que está esperando la clase trabajadora para ordenar el paro general. Ordenan el paro general y se une la guerrilla con los dirigentes obreros y entonces la revolución es imparable.

Decía todo esto en un idioma épico, más que con un político le parecía a uno estar hablando con un poeta. Y no lo digo como crítica, lo digo con admiración. Lo decía todo con una gran fe, con hermosas figuras idiomáticas, y con un convencimiento total. Cuando termina, nos pregunta si teníamos algún interrogante para hacerle, o algo más que queríamos saber. Estábamos todos con la boca abierta. Pero a mí me dio vergüenza que nadie dijera una sola palabra, y tomé la palabra para profundizar la discusión. Le dije que me parecía que cuando los diarios burgueses informaran que había guerrilleros, inmediatamente quienes tenían el poder, las Fuerzas Armadas, iban a iniciar la represión. Porque en la Argentina, le dije, los órganos represivos no son como los de la Cuba de Batista. Por hacer un ordenamiento, le dije, primero enviarán a la policía de la provincia; si fracasa la policía provincial irá la policía federal, los cuerpos especializados; si tampoco logran ellos nada enviarán al ejército, y si fracasa, enviarán a los gorilas, la infantería de marina, que eran los más preparados. Si no, enviarán a lo más fanático que tienen las fuerzas armadas, el colegio militar, la escuela naval y la escuela de aeronáutica. Esta fuerza de represión hace dudar del éxito de 1000 o 2000 guerrilleros.

Él me siguió con mucha atención, tardó como un minuto en contestarme, me miró con una inmensa tristeza, como para elegir las palabras adecuadas y no herirme tal vez, no sé; y me contestó con tres palabras: "son todos mercenarios", los demás miembros de la delegación me miraron, como diciéndome, «pero claro, imbécil, ¿no te das cuenta que son todos mercenarios?» Yo ni los miré, que hablaran ellos si querían hacer alguna crítica. Pero ahí comprendí, realmente, que yo no era un revolucionario. Que para ser un revolucionario había que ser como el Che, no empezar a medir las cosas que se oponen, sino estar convencidos de lo que se quiere hacer.

Yo llevaba un mate con una bombilla de plata y un kilo de yerba para regalarle en nombre de los periodistas argentinos. Se lo entregué y fue un momento muy lindo. Me abrazó. Él no lo tomó a mal, ni yo tomé a mal sus reflexiones. Pero salí convencido de que tal vez hay que nacer revolucionario, o hay que estar dispuesto a hacer la revolución para hacerla, y no empezar con los peros...

Eso fue mi entrevista con el Che. Era una personalidad atrayente. Terminamos muy tarde. Habíamos empezado a las 22.30 hs. y terminamos como a las dos de la mañana. Yo dormí muy poco y me levanté muy temprano. Cuando fui a tomar el café al bar del hotel, estaban las dos mujeres argentinas jóvenes que habían participado en la entrevista con el Che, Sara Gallardo y la dirigente textil. Las vi muy desgreñadas y con los ojos muy rojos. Les dije: ¿qué les pasa? Una de ellas me dijo: "nos enamoramos del Che, y hemos llorado toda la noche." Claro, yo pensé también ahí: "si a lo mejor yo hubiese sido mujer tal vez me hubiera enamorado del Che", porque tenía un ángel ese hombre...

¿Qué impacto tuvo la muerte del Che entre la intelectualidad argentina?

Cuando muere el Che, yo estaba trabajando en la redacción de Clarín. Ninguno de nosotros quiso creerlo. Me acuerdo cuando vino el cable. Ninguno quiso creerlo. Pensábamos que era algo de la CIA, inventado y el impacto fue tremendo. Todos lamentamos la muerte del Che. La lamentamos como si todo se acababa. Tal vez nuestra esperanza era que la revolución la hiciera el Che. Y ahora faltaba él. Fue muy doloroso. Lamentamos la muerte del héroe. Ninguno se atrevió a hablar contra el Che. Hubo un respeto de toda la intelectualidad. Aún la de derecha se cayó la boca, porque además había algunas indicaciones de que habían estado los EE.UU metidos en su muerte. Fue realmente muy lamentable. Y me acuerdo de mucha juventud de ese momento muy muy triste. Era el reconocimiento de la muerte del héroe. Murió combatiendo. No murió siendo embajador, ni en un accidente, ni porque le agarró un tumor. Eso nos admiró mucho. E inmediatamente pasó a la categoría de mito en todos lados, en estandarte de la juventud estudiantil.

¿A qué atribuís el resurgir de su figura en el 30ª aniversario?

Lo que pasa es que faltan modelos, y entonces, es uno de los pocos... El otro día yo decía en un acto que mis héroes latinoamericanos, los dos indiscutibles siempre fueron Sandino, General del Pequeño Ejército Loco, y Emiliano Zapata. Y realmente hay que agregar al Che Guevara, sin ninguna duda. A pesar de que en Bolivia, es como si los hechos me dieran la razón. Pero él aplicó lo que me dijo. Él iba a vencer a los mercenarios, aún en esos parajes aislados. Yo nunca hubiera pensado que él iba a llevar su teoría al extremo, como la llevó en Bolivia. Tal vez hubiera pensado esto en Córdoba, donde en esa época acá había una juventud revolucionaria muy grande, donde había movimientos políticos, donde habría tenido un apoyo impresionante. Él quiere demostrar que es capaz de hacer la revolución también allí. A mí me pareció un líder anarquista, más bien.

Hablando de anarquistas, se acaba de reeditar tu libro sobre Severino Di Giovanni. ¿Qué significa para vos?

Es la reivindicación de un luchador, es ponerlo en su lugar. Porque había sido difamado no solamente por la prensa de la derecha, por la prensa burguesa, los diarios La Nación y La Prensa de aquel tiempo, que eran los diarios más importantes; también por Crítica, La Razón, por todos los diarios. Severino Di Giovanni es el luchador denigrado por excelencia. Se lo pinta como el gran ogro, el gran verdugo, el enemigo número uno de la sociedad. Y yo empiezo mi investigación sobre el enemigo número uno. Por el uso indiscriminado que parecía que había hecho él de la violencia. Y me encuentro a través de sus múltiples escritos, del relato de sus compañeros y de los que habían sido sus enemigos dentro del anarquismo, de una documentación que encuentro, sus cartas de amor y el juicio que le hace un tribunal anarquista, donde él se defiende, y realmente es notable lo que surge. No se comprueba nada de lo que se sostenía, de que él robaba para su provecho. No es así. Todos los asaltos que hizo fueron para la idea, para la publicación de libros. Él siempre vivió pobremente. Entonces encuentro un personaje que ante todo es un antifascista, no hay que olvidarlo. Y la síntesis histórica es ésta: los miembros del grupo de él, o "banda", como la llamaban los diarios burgueses; los miembros de esa "banda" fueron reconocidos después por los gobiernos democráticos italianos, después de la derrota del fascismo de Mussolini, como héroes del antifascismo, y cobraron pensiones como héroes del antifascismo. Mientras que Severino Di Giovanni fue fusilado por los militares de la dictadura de Uriburu y pasó a nuestra sociedad como un vulgar delincuente, un vulgar asesino. Más aún cuando aquel libro tan leído de Sábato, Sobre héroes y tumbas, lo pone con camisas de seda, saliendo de garitos. Como es un libro tan leído, la gente cree que si un intelectual de la denominada "izquierda democrática" hace ese juicio sobre Di Giovanni, entonces tiene razón. Porque todo lo que dice Ernesto Sábato tiene razón. Yo tuve que luchar contra eso, y contra las pavadas de una escritora que fue una de las más leídas en Argentina, Beatriz Guido, que dice disparates como que Di Giovanni alternaba con la aristocracia argentina, con una hija de los Alcovendas y que guardaba las bombas en un piano de cola. Se necesita un realismo mágico de una perversidad increíble para escribir eso. Pero así pasó. Yo redescubro este personaje, y recompongo toda la década del 20 y la dictadura de Uriburu. Y no dejo de tener mis críticas a Severino Di Giovanni, porque es un luchador que cuando en un atentado contra una embajada fascista muere un inocente, él como defensa dice: "No hay inocentes". Era la defensa de un atentador anarquista francés, que para defenderse frente a un juez dijo: «No hay inocentes, en la sociedad son todos culpables, porque no están en la lucha». A mi entender sí hay inocentes, y entonces cuando Severino Di Giovanni dice: «no hay inocentes», creo que se empaca en la violencia, que siempre fue una violencia rebelde por excelencia. De alguna manera justificable, porque eran atentados contra el fascismo, o para lograr dinero para la lucha contra el fascismo.

Justamente a él lo detienen no al salir de un garito, sino de una imprenta, donde estaba editando las obras de dos anarquistas pacifistas, que querían modificar la sociedad, llevar la dignidad a la sociedad. Entonces es la historia de un luchador. Yo la escribo en la década del 60, y posteriormente ocurrirán todos los hechos argentinos, con tanta juventud sacrificada, que de alguna manera sigue los lineamientos de Severino.

Me da la impresión de que toda tu obra sigue una línea de identificación con la parte maltratada tanto por la historiografía, como por la vida misma...

A mí me gustan los héroes desconocidos, los héroes de la base, los héroes del pueblo, como yo los designo. La gente que pasó al olvido y sin embargo dio toda su vida. Me gusta rescatar esas figuras, no los grandes héroes. Me gustan los poetas del pueblo también. Por eso en mi libro "Rebeldía y Esperanza", en el capítulo "Hijos del Pueblo" lo recuerdo a Raúl González Tuñón, de quien fui muy amigo, un hombre de una humildad y de una profundidad increíbles, que era el gran poeta del pueblo, sin ninguna duda, hoy olvidado. A mí me da muchísima pena. Cuando yo hablo a la juventud, siempre trato de recordar a todos aquellos que no tienen casi recordación y que tanto hicieron. Acá los monumentos están para los Roca, para los generales genocidas, y yo humildemente hago lo que puedo por todos esos luchadores, por todos los que estuvieron en una línea y no renunciaron para llegar a una sociedad mejor. Por eso recuerdo tanto a los anarquistas, que equivocados o no, hicieron un movimiento obrero de muchísima pureza, de muchísima lucha; por supuesto con debates y equivocaciones también. Salieron a la calle haciendo esas grandes manifestaciones que cubrieron las plazas de la ciudad, cuando todo era represión para ellos. Realmente tienen que servirnos como ejemplo en este período tan negro.

Qué opinión tenés sobre la detención de Videla, y las posibles nuevas detenciones de militares genocidas...

Esto se debe a la lucha de los organismos por los derechos humanos, se basa en toda esa lucha que hicieron las madres, las abuelas, los hijos, y todos los que nunca abandonaron la lucha por el esclarecimiento, casi sin prensa. Es algo que se veía venir. Porque la sociedad va cambiando. Y a estos asesinos les va a ir cada vez peor. Entonces, sea una medida tomada por políticos, por esta justicia corrupta, o no lo sea, de cualquier manera, nada hubiera podido pasar si no se hubiera hecho toda esta campaña de esclarecimiento. Yo saludo a los jóvenes con esto del "escrache", porque realmente es de un gran coraje civil y es toda una línea para la juventud. Pero si la lucha no hubiera seguido, después de la obediencia debida y el punto final, después de los indultos, esto no se hubiera podido producir. Porque no hubiera tenido ningún efecto político. Es exactamente lo mismo que pasó en la Alemania post-nazi. Al principio se trató de cubrir todo. Por la guerra fría, la CIA protegió a los nazis y todo lo demás, y después la lucha de los organismos de derechos humanos, y especialmente de la juventud del 68, cuando empezó a preguntar: "¿qué hiciste vos, papá, en los años del nazismo?", fue decisiva.

¿Cuál es tu posición en relación a la lucha por la libertad de los presos políticos?

Es una cuestión ética. Este es el bochorno máximo de nuestra democracia y tal vez los pecados contra la democracia más nefastos del presidente Alfonsín y del presidente Menem. Realmente es puro cinismo lo que hicieron ellos. El señor Alfonsín tomó un helicóptero y fue a parlamentar con ese pequeño milico, el teniente coronel Rico. Fue él personalmente como presidente ante el golpe de los militares. Pero en cambio cuando la izquierda, equivocada o no, hace esa incursión en el cuartel, ahí sí, le manda el Ejército con todas las armas. Quiere demostrar que él de izquierdista no tiene nada. Entonces lo manda a este general de Mar del Plata, Arrillaga, que fue el autor de «la noche de las corbatas», del asesinato de los abogados, y manda las bombas de napalm, y todo eso. Es más, permitió que haya nuevamente desaparecidos. Permitió el asesinato de prisioneros. No lo digo yo, lo acaba de decir el informe de la OEA, que son representantes de todos los países de América Latina, de los cuales ninguno es un país izquierdista. El informe de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA ha llamado la atención porque no ha sido un juicio equitativo el que se ha hecho. Y ante esto Menem, este presidente absolutamente corrupto, con todos sus ministros, se calla la boca, como si nada hubiera pasado. Es una vergüenza para la justicia argentina. Y seguiremos luchando. Están además en la peor cárcel, esa cárcel construida por Videla, sin un rayo de sol hace diez años. Yo lo tomo como una cuestión de ética. Quien me conoce sabe que no estuve de acuerdo con la incursión en La Tablada; pero considero, me siento en un deber ético por esta tremenda injusticia. Todos los asesinos: Menéndez, Suárez Mason, están en libertad, paseando sus perros por los lagos de Palermo. Y esta gente que hizo la incursión, además de haber sido asesinados la mitad de ellos, hace diez años que no ven la luz del día. Entonces es un deber de ciudadano democrático y con ansias de justicia luchar por la libertad de los presos de la Tablada.

¿Cuál es tu sueño hoy?

Mi sueño es demasiado utópico, pero lo sigo sosteniendo. Es que cada vez más el pueblo, la gente que sufre en esta sociedad, vaya ganando la calle y que volviéramos a los años que produjeron por ejemplo el Cordobazo. Y yo, con mis 71 años, estar de nuevo en la calle. Acompañando a los luchadores. Formando las filas y reiniciando lo que yo llamo, el camino al paraíso. Ese paraíso es la lucha de todos por las reivindicaciones, por la dignidad, y principalmente por el futuro en mi caso de mis nietos, y en el caso de tantos por sus hijos. No podemos dejarles esta sociedad. Tenemos la obligación de hacerlo.

26 de julio de 1998

Entrevista realizada por Claudia Korol

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