nro. 13
A Manuel, combatiente de todas las causas justas

Marta Harnecker

Se fue una noche para volver muy pronto y no regresó. El viaje era por pocos días, la despedida fue corta. Manuel tenía todavía que leer algunos papeles antes de partir al IIª Frente Oriental «Frank País» para conmemorar el 40ª aniversario de su creación y yo tenía que recuperar energías para continuar un trabajo urgente al día siguiente. Le preparé su maletín y me despedí. «Prepárame libros tuyos para algunos compañeros», me dijo . (Se refería a mi libro: «Haciendo posible lo imposible: La izquierda en el umbral del siglo XXI» ). Era gran propagandista y divulgador de mi obra. Yo tenía conciencia de cuánto él valoraba mi trabajo y eso era muy importante para mí. Como tenía que levantarse a las cinco de la mañana y no quería despertarme durmió algo más de una hora en la hamaca de la terraza y partió silenciosamente. Esa noche fue la última vez que lo vi sentado en la cocina comedor de nuestra casa, donde solía trabajar por las madrugadas leyendo papeles y mirando simultáneamente videos. Para un fumador empedernido como él ese era uno de sus espacios. Habíamos llegado al acuerdo de que desde el pasillo que queda próximo a la cocina y hacia el interior de la casa no se podía fumar.

Tres días antes de cumplir sesenta y cinco años, un lamentable accidente terminó con su vida, una vida completamente dedicada a apoyar las luchas por construir un mundo mejor, más justo y solidario. Cuando llegué a la clínica con nuestra hija, Camila, estaba seminconsciente y en menos de una hora inesperadamente murió. Por ello no pudimos despedirnos, pero nos queda el consuelo de saber que al menos no sufrió.

Muchos de los que habían compartido con él en la Embajada de México poco antes, no podían creer la noticia. «Se veía tan vital, tan contento, de tan buen humor» -me decían. Yo sabía que no era para consolarme, él me había hablado por teléfono al llegar de Santiago de Cuba. Regresaba emocionado y feliz de ese encuentro con tantos compañeros de lucha. Revivir recuerdos, escuchar y contar anécdotas que el tiempo no había podido borrar de su memoria, admirarse del trayecto recorrido y de los cambios sufridos por aquella zona de combate debido a las transformaciones revolucionarias, sentirse cerca de todos esos hombres y mujeres que, con su entrega y espíritu de lucha, hicieron posible el triunfo de enero del '59, había llenado su alma de cálidas sensaciones que se expresaban a través de su rostro y de sus gestos.

La noche anterior lo habíamos visto en el noticiero de la televisión cubana irradiando simpatía y alegría, y planteando, con el humor que lo caracterizaba: «Ahora, el peligro que corremos todos estos veteranos es que cuando empecemos a hacernos cuentos de la historia veamos, hasta donde mantenemos una buena memoria e inconcientemente no exageremos los hechos en que todos hemos participado».

Lo había conocido en Cuba en 1972, en la celebración de un 26 de julio. Fue un amor a primera vista. Soy una de las pocas personas a las que el golpe militar contra Salvador Allende en Chile favoreció en su vida personal. Lo que en ese verano cubano parecía una relación imposible, se transformó muy pronto en una posibilidad real. El exilio me condujo al lado de aquel hombre que era capaz de planificar las más audaces y arriesgadas empresas y al mismo tiempo tener una gran sensibilidad para las cosas pequeñas. Recuerdo sus diarias llamadas en el momento mismo en que el sol se comenzaba a esconder en el horizonte. Parecía quererme decir: se va la luz, pero quedo yo que soy tu luz.

Poco a poco tuve que aprender a convivir con un hombre cuya vida personal estaba completamente subordinada a los intereses de la revolución. Son incontables las veces en que nuestros planes fueron derrumbados por inesperados acontecimientos que obligaban a modificarlos. Yo, una mujer organizada, tuve que adaptarme a esa constante incertidumbre y confieso que nunca llegué a lograrlo totalmente. Debí aprender a controlar los celos que sentía por tantos compañeros que me robaban el escaso tiempo que teníamos para estar juntos. Noches y fines de semana entraba y salía gente de nuestra casa. Eran compañeros cubanos, latinoamericanos o de otras latitudes, que venían a buscar consejos y orientaciones, mientras él satisfacía su avidez de información acerca de sus países. Manuel sabía darse tiempo para escucharlos con atención y nunca olvidaba preguntarles por sus asunto personales: la familia, el hijo enfermo, el problema íntimo. El envío de libros y periódicos era una demanda constante al despedirse.

No conozco a nadie que haya sido su subordinado en alguna de las distintas etapas de su vida que no guarde de él los mejores recuerdos: mientras él fue jefe, jamás un funcionario amonestado o sancionado dejó de contar con su especial atención. La mayor parte de ellos, pasada la sanción, continuaron siendo sus fieles colaboradores. Lo vi apoyar a muchos compañeros cuando consideraba que habían sido tratados injustamente, sin tener en cuenta las consecuencias que de ello se podrían derivar.

Durante muchos años trabajó muy cerca de Fidel y siempre fue su más fiel defensor. Si alguna vez tuvo opiniones discrepantes, nunca lo manifestó públicamente. Su lealtad a la revolución no tenía límites. Tanto empeño puso en colaborar con el movimiento guerrillero latinoamericano, en momentos en que la dirección de la Revolución estimaba que ese era el camino a seguir tanto por la situación explosiva del área, como por la misma necesidad de consolidar la solitaria revolución caribeña, como en convocar a empresarios de la región a invertir en Cuba, dada la nueva situación económica creada por la caída del bloque soviético.

Era una persona que jamás buscaba protagonismo y que nunca reivindicó para sí los éxitos que inspiraba. Mantuvo su anonimato hasta unos meses atrás, cuando dio su primera entrevista sobre el Che en la revista Tricontinental. Desde entonces sufrió el asedio de periodistas de todas partes del mundo. Manuel trabajaba duramente pero también gozaba intensamente en los pocos momentos que le quedaban libres. Una comida sencilla pero sabrosa, una siesta en la hamaca en medio de una agradable brisa, unas horas en la playa, una buena película, los bellos atardeceres tropicales, no le eran indiferentes. Bailaba maravillosamente bien, con ese ritmo caribeño que no es fácil de seguir por nosotros, los del sur del continente.

Su fino sentido del humor era una de sus rasgos más destacados. No había reunión social en la que él no fuera centro de un animado grupo que celebrara sus inesperadas salidas con fuertes carcajadas. En la casa, por el contrario, era muy poco comunicativo. Jamás permitió que aflorara ninguna de sus preocupaciones o sufrimientos. Su radical optimismo le llevaba a ver salidas aún a las mayores dificultades. Su creatividad era asombrosa. Quien venía a consultarle una o dos ideas salía cargado de un fardo de nuevas ideas. Si algo le molestaba era la inercia de algunos compañeros que reaccionaban demasiado lentamente ante las cambiantes situaciones.

Sentía una especial inclinación por los niños pequeños, lograba establecer con ellos un diálogo extraordinariamente fértil; para muchos de estos niños el tío de la barba era el tío preferido. Fue eso lo que me decidió a tener hijos con él, aunque mi decisión inicial era no tenerlos. Supe que no había podido gozar de los primeros momentos de la vida de Manolito, su primer hijo con Lorna, debido a sus responsabilidades guerrilleras. Luego su primera mujer se accidentó y no pudo tener más hijos. Manuel guardaba esa frustración en el corazón y yo decidí subsanarla. Fue la determinación más importante de mi existencia. Camila llenó nuestras vidas de ternura y alegría. Los escasos pero intensos momentos que él podía dedicarle convirtieron su existencia en algo más pleno. Eramos una familia feliz, la pequeña familia que constituimos con Camila, la familia mayor en la que incluíamos a Manolito, su esposa Liliana, su hijita Gabriela y su primera esposa, Lorna, que llegó a ser una gran amiga para mí, y la gran familia de todos los fieles compañeros y amigos que se extendía hasta tierras lejanas del planeta.

Para todos nosotros, como para todos los compañeros que lo conocieron y aprendieron a respetarlo, admirarlo y quererlo como a un hermano y amigo, él no ha muerto, él vive y vivirá para siempre porque sus combates serán nuestros combates y sus sueños serán nuestro sueños.

Gracias, Manuel, por el ejemplo de tu vida. Ya nadie te podrá separar jamás de nuestras esperanzas.

La Habana, 14 marzo 1998

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