nro. 19
A mi padre

Camila Piñeiro

Padre, quizás si fueses eso tan sólo para mí, mi dolor hoy no sería tan grande. La pérdida de un padre no es solamente la causa de mis lágrimas, no es lo que me ha hecho entregar corazas de esta manera. Junto con mi dolor de hija tengo el de todos los que te acompañaron día a día en tu quehacer revolucionario, cubanos y de cualquier parte del mundo, planificando y construyendo sueños, en Cuba y fuera de ella, en los buenos momentos en que la oscuridad se quería hacer luz y ya cuando la luz quedó renegada al tiempo -porque más tarde o más temprano confío en que se hará la luz, por ti y por los muchos otros que han dedicado su vida a ello así tendrá que ser.

Recién estaba descubriendo la inmensidad de persona que escondías detrás del padre que nunca estaba; dentro del padre tan tierno y tímido que te mostrabas. ¡Qué increíble modestia la tuya! Todo lo que me contaste de tu obra siempre venía cargado de humor, incluso tus errores de campaña (la vez que le disparaste por error a Camilo, la vez que le escondiste el libro al Che, la vez que te quitaste las botas para dormir y te sorprendió un bombardeo); y muy pocas veces contaste el esfuerzo de la labor diaria que ejecutaste, ni siquiera hablaste de tu papel individual. Me encantaba cuando chica que me contaras «tus cuentos» -como yo te decía-, y tenía que pedírtelo casi siempre aprovechando las ocasiones en que después de comida nos quedábamos hablando en la mesa. ¿A dónde se irán todos «los cuentos» que quedaron sin contar? Siento que te me fuiste de entre las manos, como el agua que se escurre y deja huellas para que la recuerden. Te tuve tan cerca últimamente y no supe aprovechar los últimos momentos que me brindaste. ¿Por qué alguien no me avisó que tu camino en esta vida se estaba acabando? Me da rabia notar que es precisamente en estos momentos cuando me siento más cerca de ti que nunca. Ahora te he abierto mi alma y sólo tú estás en toda ella, desbordándome.

Quizás si me hubieses contado tus hazañas, junto con las anécdotas graciosas, habría encontrado razones de sobra para perdonarte tu presencia intermitente, tu dificultad en asumir las tareas de la casa, tu debilidad con el tabaco, tus vanas promesas de cambiar tu estilo de vida y comenzar a cuidarte. ¿Qué son ahora para mí esos defectos que tanto me molestaban conciente o inconcientemente? Nada. Ahora sólo podrían ser vergüenza por no entenderte, y ganas de que me perdonaras por no haberte hecho más agradable tu estancia a mi lado. Son también las cosas que ante mí hoy te hacen más grande: porque no eras un hombre perfecto, como todos los hombres, pero supiste construirte en cada instante de tu vida con las virtudes humanas que más admiro y, por encima de todo ello, escogiste el empedrado camino de servir a las causas de liberación de los pueblos del mundo.

Por eso, porque ya no se paseará entre nosotros el luchador infatigable de las batallas de los explotados, porque Cuba pierde alguien que apuesta y se juega por su futuro, porque los movimientos de liberación están de luto, porque la gracia y la cubanía nunca se sentirán igual en esta casa, porque es una pérdida colectiva, es que lloro con todas mis fuerzas. Está bien, ahora no te tendré de carne y hueso -y no es porque me conforme con ello-, pero estarás en cada árbol, en cada pájaro, en cada energía palpitante de un amanecer; ahora tu ser no tiene fronteras y te tendré en todo y a toda hora. Ya lo siento.

Quizás lo que más duele es saber lo tanto que tú amabas la vida, sus placeres, sus desafíos, y que aún te habría gustado hacer muchas cosas más. Sí, sé que sigues vivo en el corazón de incontable gente en todo el mundo, que no has muerto y ahora tu vida es un ejemplo para muchos; pero yo te quiero aquí junto a mí sencillamente, al menos un poco más, y prometo que dispuesta a compartirte. Siento que no me diste tiempo de demostrarte todo lo que te admiro, todo, sin que pueda encerrar su real magnitud, todo lo que te quiero y por siempre. Vas a ser mi luz en la adversidad. Como lo es ahora recordar tu sonrisa tan pura e infantil, incluso en estos momentos: los más tristes de mi vida. Los recuerdos felices de mi infancia son ahora todos aquellos intensos momentos de juego que supiste darme en medio de tus tareas. Las sensaciones de tus cosquillas, de la euforia del juego, de tu mirada embobecida de amor paternal, de tu orgullo por tu hija estudiosa -aunque me habría gustado darte otras cosas para admirar-, de tus celos por el novio, son ahora mis mayores tesoros.

Tu ejemplo lo llevaré conmigo para siempre, cada día, porque gran parte de lo que soy hoy te lo debo a ti y te lo deberé por siempre. Porque ahora el deseo de hacerte un padre orgulloso es una meta en mi vida. Porque cada vez que algún compañero me hable de ti sé que te tendré más presente reluciendo entre todas mis estrellas. Porque eres y siempre serás mi padre, mi único padre, mi padre por siempre.

Hoy creo en la eternidad.

La Habana, 12 de marzo de 1998

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