nro. 13
Capitalismo, imperialismo, mundialización

Samir Amin

1. El discurso dominante impuso, desde hace dos décadas, el uso del término mundialización (a veces escrito en «franglés» «globalización») para designar de manera general a los fenómenos de interdependencia en escala mundial de las sociedades contemporáneas. Nunca se pone en relación el término con las lógicas de expansión del capitalismo, aún menos con las dimensiones imperialistas de su despliegue. Esa ausencia de precisión permite sobrentender que se trata aquí de una barrera infranqueable, independiente de la naturaleza de los sistemas sociales. La mundialización se impondría de la misma manera a todos los países, más allá de su opción inicial (capitalista o socialista) que funciona como una ley de la naturaleza, resultado del estrechamiento del espacio planetario. Me propongo demostrar que se trata aquí de un discurso ideológico que se destina a legitimar las estrategias del capital imperialista dominante en la fase actual, y por lo tanto que se pueden tomar en consideración constantes objetivas de la mundialización en la perspectiva de políticas distintas de las que se presentan como sin alternativa posible, cuyos contenidos y efectos sociales serían entonces ellos mismos completamente diferentes.

La forma de la mundialización depende entonces, en definitiva, como (todo ) el resto, de la lucha de clases. De hecho, la mundialización no es un fenómeno nuevo, y no cabe duda que la interacción de las sociedades es tan antigua como la historia de la humanidad. Por lo menos desde hace dos milenios las «rutas de la seda» vehiculizaron no sólo mercancías sino también favorecieron transferencias de conocimientos científicos, técnicos y de creencias religiosas, las cuales transformaron por lo menos en parte la evolución de todas las áreas del mundo antiguo, asiático, africano y europeo. Sin embargo, los mecanismos de estas interacciones y su meta eran muy distintos de lo que fueron después en los tiempos modernos es decir los del capitalismo. No se puede separar la mundialización de la lógica de los sistemas que sostienen el despliegue. Los sistemas sociales anteriores al capitalismo, que nombré en otros escritos como 'tributarios', se basaban en lógicas de sumisión de la vida económica a los imperativos de reproducción del orden político-ideológico, en oposición a la lógica del capitalismo que invirtió los términos (mientras en los sistemas antiguos el poder es fuente de riqueza, en el capitalismo la riqueza funda el poder, mencioné con respecto a este tema). Esta caracterización del contraste entre los sistemas sociales antiguos y modernos provoca una gran diferencia entre los mecanismos y los efectos de la mundialización en los tiempos antiguos y los caracterizados al capitalismo.

La mundialización de los tiempos antiguos ofrecía realmente oportunidades para las regiones menos avanzadas de alcanzar a las demás. Según los casos, estas oportunidades fueron aprovechadas o no. Pero eso dependía exclusivamente de las determinaciones internas de esas mismas sociedades, en particular de las reacciones de sus sistemas políticos, ideológicos y culturales, ante los desalojos que representaban las regiones más avanzadas. La historia de Europa, área periférica y atrasada hasta muy tarde en la Edad Media, en comparación a los centros del sistema tributario (China, India y el mundo islámico), es el ejemplo más característico del éxito sobresaliente de este orden. Sin embargo, Europa recupera el atraso en un tiempo muy corto, entre los años 1200 y 1500, afirmándose a partir del Renacimiento como un centro de nuevo tipo, con potencialidad de ser más poderoso y más generador de nuevas evoluciones decisivas que todos sus antecesores. Consideré que esa ventaja provenía de una flexibilidad muy grande del sistema feudal europeo, en particular porque constituía una forma periférica del mundo tributario.

2. Por el contrario, la mundialización de los tiempos modernos, asociada al capitalismo, es polarizante por naturaleza. Con eso quiero decir que la lógica de expansión mundial del capitalismo produce en sí misma una desigualdad creciente entre los socios del sistema. Significa que esta forma de mundialización no deja siquiera la oportunidad de despegue, que hubiera podido ser aprovechada o no en función de las condiciones internas de las mismos socios. Los retrasos implican siempre la aplicación de políticas voluntaristas. Éstas entran en conflicto con las lógicas unilaterales de la expansión del capitalismo, y de esa manera las podemos calificar como políticas antisistémicas de desconexión. Este término que propuse no es sinónimo de autarquía y de intentos absurdos de «salir de la historia». Desconectar es adaptar las relaciones con el exterior a las exigencias prioritarias de su propio desarrollo interno. Entonces este concepto es antinómico al otro pregonado que pide «ajustarse» a las tendencias dominantes a nivel mundial, porque para los más débiles resulta de este ajuste un agravamiento de su periferización. Desconectar significa transformarse en un agente activo que contribuye a modelar la mundialización, forzándola a ajustarse a las exigencias del desarrollo propio de su sociedad.

3. La polarización que resulta de la mundialización, se presentó con formas asociadas a las características principales de las fases de la expansión capitalista, que se expresan en formas adecuadas a la ley del valor mundializado. Son por una parte, la articulación de las leyes del mercado truncado (debido a la persistencia de la fragmentación del mercado del trabajo), y por otra parte, las políticas de Estado dominantes, que se asignan la tarea de organizar el mercado truncado con reglas adaptadas que producen esas mismas formas. Separar lo político de lo económico no tiene sentido en este caso. No existe capitalismo sin Estado capitalista excepto en la imaginación de los ideólogos de la economía burguesa. Esas formas políticas adecuadas, vinculan los modos de dominación social internos, específicos a las sociedades del sistema, con los modos de inserción en el sistema mundial, o como formaciones dominantes (centros) o como formaciones dominadas (periféricas).

Durante la fase mercantilista (1500-1800) que precede a la revolución industrial -y que por esta razón se puede considerar como una transición del feudalismo hacia el capitalismo acabado-, la monarquía absolutista del Antiguo Régimen, estuvo basada en el compromiso social feudalismo/burguesía mercantilista y en políticas de establecimiento de las primeras formas de polarización: la protección militar y naval de los monopolios del gran mercado, la conquista de las Américas y su conformación en periferias del sistema de la época (que se especializan en producciones particulares útiles para la acumulación del capital mercantil) y el trato negrero que la acompaña. Una segunda fase de la mundialización capitalista basada en el contraste centros industrializados/periferias, a quienes se rehusa la industrialización, se desarrolla desde la revolución industrial hasta el fin de la segunda guerra mundial (1800-1950). Este contraste que presenta una nueva forma de la ley del valor mundializado, no es el resultado natural de las «ventajas comparativas» invocadas por la economía burguesa. Está aplicado sistemáticamente a recursos que abarcan tanto dimensiones económicas (el «libre comercio» impuesto a los socios de la nueva periferia en formación), como dimensiones políticas (las alianzas con las clases dominantes tradicionales de la nueva periferia, su inserción en los sistemas de «compradores», la intervención de las cañoneras y luego la conquista colonial). Esas formas de mundialización se articulan con sistemas políticos específicos de los centros industriales, que provienen o de las revoluciones burguesas (Inglaterra, Francia, Estados Unidos), o de las unificaciones nacionales que juegan el mismo papel en la constitución de los mercados nacionales adaptados (Alemania, Italia), o también de las modernizaciones de los «déspotas iluminados» (Rusia, Austria, Hungría, Japón). La diversidad de las alianzas sociales hegemónicas específicas a esas formas no han de esconder su denominador común: todas esas formas tienen el objetivo de aislar a la clase obrera. También determinan las formas y los límites de la democracia burguesa de esa época.

Este sistema complejo marca una evolución, destacada ante todo por el paso hacia la dominación de los monopolios en la economía industrial y financiera de los centros -a partir del fin del siglo XIX -y a partir de 1917, por la desconexión de la URSS-. la acentuación de los conflictos intercentros (interimperialistas) y la aceleración de la colonización de las periferias -una de las apuestas más importantes de esa competencia reforzada- caracterizan la de aquel entonces. En paralelo a esta evolución, aparecen nuevas formas políticas que asocian al sistema- por lo menos en parte -a los representantes políticos de la clase obrera de los centros, aunque estos sistemas de «socialimperialismo» se quedan en estado de embrión en ese momento. Hasta el New Deal de Roosevelt y el Frente Popular francés, a final de los años 1930, los bloques hegemónicos siempre fueron antiobreros.

La segunda guerra mundial trastocó las condiciones que encabezan la expansión capitalista polarizante de este siglo y medio de historia moderna. La caída del fascismo modificaba radicalmente las correlaciones sociales de fuerzas, en favor de las clases obreras, que consiguieron posiciones en los centros que nunca antes conocieron en el capitalismo; en favor de los pueblos de la periferia cuyos movimientos de liberación reconquistaron la independencia política de su nación, y en favor del modelo soviético del socialismo, nombrado como realmente existente, que aparece como la manera más eficaz del proyecto de desconexión y de aceleramiento. Al mismo tiempo, la afirmación de la prepotencia de los Estados Unidos sobre todos los centros capitalistas modificaba las condiciones de competencia inter-imperialista.

En otro momento propuse una lectura del medio siglo de la postguerra (1945-1990) basada en esa articulación nueva entre, por una parte, los sistemas político-sociales de las tres entidades que forman el mundo de aquel entonces y por otra parte de las formas de mundialización que la acompañan. A nivel de la organización interna de las sociedades concernientes se destaca: 1. el gran consenso social capital-trabajo que caracteriza los centros antiguos (el Welfare State, las políticas keynesianas, etc.); 2. los modelos nacionalistas populistas modernizantes del Tercer Mundo ; 3. el modelo soviético del socialismo (prefiero decir «del capitalismo sin capitalistas»). Por lo tanto, la mundialización característica de esta tercera fase de la historia moderna es negociada (por los Estados), delimitada y controlada por los consensos que esas negociaciones garantizan. Ya no es el capital de los centros dominantes que dictan de modo unilateral las condiciones de la mundialización, como ocurre en las fases anteriores. Es lo que explica por qué el discurso del «desarrollo» y las prácticas de desconexión antisistémicas más o menos radicales que se enfrentan con las lógicas unilaterales de despliegue capitalista, dominantes en esta fase.

Ahora esta misma fase terminó con la erosión y el derrumbe de los tres modelos de sociedad que la fundaban (las grietas del Welfare State en el Occidente, la desaparición de los sistemas soviéticos, la recompradorización de las periferias del Sur), y la vuelta a las correlaciones de fuerza favorables para el capital dominante. Volveré más tarde sobre las nuevas formas de alternativas a la mundialización que aparecen en este contexto y los conflictos que surgen de ellas.

En este análisis, el acento que pongo sobre la polarización resultante de la expansión mundial del capitalismo es de primer orden. Sin embargo, esta característica permanente de la mundialización es completamente ignorada por la ideología burguesa dominante, que sigue afirmando todavía que la mundialización da una «chance», que las sociedades pueden o no aprovechar, en función de factores que les conciernen a ellos mismos. Pero lo que aparece más grave a mi juicio es que el pensamiento socialista (incluyendo el del marxismo histórico) participó, por lo menos en parte, de la ilusión del progreso posible en el marco del capitalismo. La teoría de la mundialización capitalista que propongo, cuyos ejes principales son presentados anteriormente, la planteo como sinónimo de imperialismo. El imperialismo no es entonces una etapa, ni siquiera suprema del capitalismo; constituye una característica permanente de él.

4. Los discursos de la ideología dominante de las últimas fases del capitalismo, formulan sus propios conceptos de mundialización. El término mundialización reemplaza en este caso a la palabra imperialismo, prohibida en esos discursos. De 1880 a 1945, este discurso es liberal, nacional, e imperialista. (En el sentido leninista de la palabra). Liberal, en el sentido que se basa en la afirmación de antemano, de que los mercados son autoreguladores, aunque de hecho, las políticas de Estado controlen su funcionamiento para ponerlos a disposición de las alianzas sociales dominantes (protegiendo la agricultura de los pequeños campesinos para asegurarse su apoyo electoral en contra de la clase obrera, por ejemplo). Nacional, en el sentido que la reproducción del mercado nacional autocentrado, se convierte en el centro de las políticas de Estado, en su dimensión interior y exterior. Imperialista, en el sentido que en la época de los monopolios transformados en dominantes, esas políticas sufren la competencia internacional que las convierte en conflictos violentos entre Estados.

Sin embargo, si el discurso dominante admite muy bien esas dos primeras características que legitima al asociarlas a la democracia parlamentaria, no reconoce por otra parte su característica imperialista nunca mencionada. Por otro lado, el mismo término mundialización, es desconocido, o más bien sumido en el oprobio como «cosmopolitismo antipatriótico». Este discurso comporta un nacionalismo chauvinista que tiene la función de solidarizar a la mayor parte para no decir la totalidad de los ciudadanos, con el Estado de los monopolios. Entonces, la mundialización, cuyos términos de hecho fueron determinados por la colonización y el desprecio de los países no europeos, es la que domina el escenario. Pero nadie habla de eso, sino muy poco. La ruptura provocada en 1917 con la proclamación de un objetivo de sociedad socialista es rechazada: se trata de una aberración irracional y salvaje.

En la post Segunda Guerra Mundial el discurso dominante se transforma radicalmente; se califica como social y nacional, que actúa en una mundialización controlada. Utiliza social en el sentido que está construido específicamente en la base de consensos sociales históricos que «integran» (o que se proponen integrar- lo que logran en buena parte) a las clases obreras en el centro, a las clases populares en el este y en el sur. Social no es sinónimo de socialista, aunque se use el calificativo en este sentido varias veces para nombrar los proyectos societarios ya mencionados. Nacional, en el sentido que los compromisos son definidos en el marco de los Estados políticos y aplicados por políticas sistemáticas de los poderes públicos nacionales. El término mundialización se inserta en las formas de este discurso, aunque sea la exclusividad del «mundo libre», excluyendo a los países comunistas proclamados como «totalitarios». Se legitima esta mundialización con consideraciones casi naturales muy cerca de las que se encuentran en el discurso contemporáneo: el estrechamiento del planeta. Sin embargo, su aspecto imperialista se aparta de la forma colonial anterior, que fue derrotada por las victorias del movimiento de liberación de los pueblos de la periferia. Desaparece también el conflicto entre los imperialistas. Se acepta e incluso se reivindica el alineamiento detrás de los EE.UU. -convertido en un tipo de super imperialismo- en nombre de la defensa común contra el comunismo. Hasta la unidad europea no pone en tela de juicio esta jerarquía mundial; acepta articular con la OTAN. El capitalismo mundializado de la posguerra mundial se distingue de dos maneras. La primera, porque está funcionando sobre la base de correlaciones sociales, lo que da un espacio al trabajo que no tiene que ver con la lógica propia del capitalismo, sino al contrario; expresa un compromiso entre esta lógica y las lógicas populares y nacionales antisistémicas. El crecimiento de los salarios en paralelo al aumento de la productividad, el pleno empleo, la seguridad social, el cargo de la industrialización por el estado, la redistribución del ingreso por los impuestos, sin hablar de las grandes reformas agrarias o las colectivizaciones, no se relacionan con la lógica del máximo beneficio que ordena el modo de producción capitalista, sino que expresan las ambiciones de proyectos societarios populares y nacionales. Este compromiso entre lógicas societarias conflictivas obliga al capital a adaptarse a las reivindicaciones de los trabajadores y de los pueblos. Paradójicamente, fue eso lo que permitió a esa fase tener un crecimiento fuerte, sin comparación, en escala mundial. El modelo está en el extremo del que está propuesto e impuesto hoy en día. Este último se basa en la lógica exclusiva del capital, y en la pretensión de que los trabajadores y los pueblos son quienes tienen que ajustarse, lo que en última consecuencia encierra a la economía en el estancamiento.

Como complemento lógico de estos compromisos, sociales, la mundialización que acompaña este modelo queda bajo el control de los Estados que lo garantizan. Entonces, el período se presenta como una disminución de los efectos polarizantes de la lógica unilateral de la expansión capitalista; disminución que revelan los ritmos elevados de la industrialización de los países del este y del sur. Los modelos societarios que habían impuesto los mismos compromisos alcanzaron sus límites históricos por el hecho de su propio éxito. Perdieron el aliento sin haber creado las condiciones que hubieran permitido a las fuerzas populares y democráticas dar un paso más adelante. Aunque los temas fundaban su legitimidad (el Welfare State y el progreso material permanente, la construcción del socialismo, la afirmación de las naciones modernizadas del Tercer Mundo); aparecieron como unas ilusiones. Por lo tanto existían condiciones para permitir una nueva ofensiva masiva del capital que tratara de imponer su lógica unilateral. Después del rechazo del proyecto del «nuevo orden económico internacional» que proponían los países del tercer mundo en 1975 (un proyecto de rejuvenecimiento de la mundialización controlada que hubiera permitido salir con el crecimiento general) por los países del OCDE, se plantea la recompradorización del Tercer Mundo. Se detecta en los programas de «ajuste estructural», que son en realidad programas de desmantelamiento de las conquistas del nacionalismo populista de las décadas anteriores. Una vez que Thatcher y Reagan proclamaron su deseo de desmantelar el Welfare State a partir de 1980, seguido poco después por los países del OCDE, el neoliberalismo se convirtió en la ideología dominante. Y para cerrar, la caída de los sistemas soviéticos de Europa y de la URSS al fin de la década del ‘80 abrió el espacio para la reconquista de esas sociedades por un capitalismo salvaje, muy de moda hoy en día.

5. La lógica unilateral del capital, reestablecida, encuentra su expresión en la aplicación de políticas idénticas por todas partes: tasas de interés altas, reducción de los gastos públicos, desmantelamiento de las políticas de pleno empleo, y prosecución sistemática de un objetivo de restablecimiento del desempleo, alivio fiscal en favor de los ricos, desregulamiento, privatizaciones, etc. Este conjunto de medidas es el reflejo del retorno de los bloques hegemónicos antiobreros, antipopulares. Esta lógica sirve sólo para el beneficio del capital dominante y en particular de sus segmentos más poderosos -que son los mundializados también-, el capital financiero. La «financierización» constituye una de las características más importantes del sistema actual, tanto en sus dimensiones nacionales como en sus dimensión mundial. Ahí, esta lógica exclusiva del capital significa la supresión de los controles de transferencia de todo tipo, que sean para la inversión o para acumulación especulativa, y la adopción del principio de cambio libre y fluctuante.

El restablecimiento de la ley unilateral del capital no abre una nueva fase de expansión. Al contrario, encierra en un espiral de estancamiento la búsqueda de la máxima ganancia. si no tropieza con obstáculos sociales potentes, provoca casi de manera fatal el agravamiento de las desigualdades en la distribución del ingreso (es la ley de pauperización de Marx). Ésta se observa realmente en todos los países asociados del sistema actual del Oeste, del Este y del Sur, así como en el plano internacional. Esa desigualdad produce a su vez crisis, es decir una superproducción creciente de capitales que no encuentra salidas en la expansión del sistema productivo. Los poderes establecidos se dedican exclusivamente a la administración de esta crisis, incapaces de resolverla. Detrás del discurso neoliberal mundializado, se esconden políticas completamente coherentes de superación de la crisis, que tienen por único objetivo crear salidas financieras a la superproducción de capitales, para evitar lo más temido: la desvalorización masiva. La financierización es la marca de esta administración tanto en el plano nacional como mundial. Las tasas de intereses altas, los cambios fluctuantes y la libertad de cambios especulativos, las privatizaciones, y también el déficit de la balanza de pagos de los Estados Unidos, la deuda externa de los países del Sur tienen esas funciones.

Debemos situar el discurso sobre la mundialización en el marco de la administración de la crisis. Se añaden a las dimensiones económicas estas estrategias políticas complementarias, que califica como medios de gestión de la crisis. El objetivo actual de esas políticas es el desmantelamiento de las capacidades de resistencia que podrían representar los Estados, de tal manera que se haga imposible la constitución de fuerzas sociales populares eficaces. En este sentido se utiliza el etnicismo, para legitimar el estallido de los Estados. Cuantas más Eslovenia y Chechenia posibles, tal es el objetivo desarrollado aquí con mucho cinismo, escondido detrás de un discurso seudo-democrático de reconocimiento de los «¡derechos de los pueblos!» Se movilizan otros recursos que pueden ser el aliento de fundamentalismos religiosos, hasta las múltiples manipulaciones de la opinión. De hecho, constatamos que las intervenciones en favor de la «democracia» y de los derechos humanos están sometidas a los objetivos estratégicos de los poderes imperialistas. «Dos pesos, dos medidas» sirve aquí como regla. De manera general, esas políticas quitan todo el contenido de las aspiraciones democráticas de los pueblos y preparan la administración del caos, a lo que llamo una «democracia de baja intensidad», que se acompaña de intervenciones -incluidas militares de «baja intensidad»- incentivando las guerras civiles.

6. Ni la utopía reaccionaria de la mundialización desbocada y del neoliberalismo generalizado, ni las prácticas de la gestión política del caos (y no de cualquier orden mundial nuevo) que esa utopía arrastra, son sostenibles. Para atenuar los efectos destructores y contener el peligro de expresión violentas, los sistemas de poder intentan entonces ordenar un mínimo el caos. Las regionalizaciones concebidas en este ámbito tienen este objetivo, cuando unen las diferentes regiones de las periferias a cada uno de los tres centros dominantes. El NAFTA somete a todo México (y en perspectiva a toda América Latina) a la locomotora norteamericana; con la asociación ACP-CEE los países africanos se someten igualmente a la Europa Comunitaria y la nueva ASEAN podría facilitar la instalación de una zona de dominación japonesa en Asia del Sureste. La misma unidad europea está en la tormenta de la reorganización neo-imperialista, asociada al despliegue de la utopía neoliberal. La sumisión del proyecto europeo a los imperialistas neoliberales, expresada en el tratado de Maastricht con la prioridad dada a la creación de una moneda común (el euro), cuya gestión justamente se basa en los principios neoliberales, dejando de lado la progresión de un proyecto político y social común progresista, debilita el propio proyecto europeo, y lo debilitará cada vez más, cuando se desarrollen los movimientos sociales de protesta y de rechazo de las políticas neoliberales en práctica. Por lo tanto, las contradicciones del sistema de la mundialización actual son gigantescas, y destinadas a agravarse, tanto por la resistencia de los pueblos -en el centro y en la periferia- como por la acentuación de las diferencias en el bloque imperialista dominante, que el desarrollo de esas resistencias reforzará. Se encuentra la principal contradicción en el contraste destacado que opone a las dos nuevas mitades del sistema mundial. Así constatamos que todo el continente americano, la Europa del Oeste y su anexo africano, los países de Europa Oriental y de la ex-URSS, el Medio Oriente y Japón, padecen todas las crisis que provienen de la aplicación del proyecto neoliberal mundializado. Al contrario, Asia del Este, China, Corea, Taiwan, Asia del Sureste, escapa en gran parte del proceso, justamente porque en realidad los poderes que la gobiernan rehusan someterse a los imperativos de la mundialización desbocada que impuso su marco en otro lado. India se ubica a mitad de camino entre este «oeste» y este «este» nuevos. Esa opción asiática -cuya discusión sobre las raíces históricas nos llevaría fuera de tema- explica el origen del éxito de la región, que tiene una aceleración de su crecimiento económico cuando el resto del mundo se estanca. Estados Unidos desarrolla toda su estrategia con el deseo de romper esa autonomía que Asia del Este conquistó en sus relaciones con el sistema mundial. Por lo tanto se afanan en continuar el proyecto de desmantelar China, que podría ver cristalizarse alrededor de ella paulatinamente la región completa de Asia del Este. Apuestan en este caso a la dependencia de Japón, que necesita el apoyo de Washington para no sólo enfrentar a China, sino también a Corea e incluso a Asia del Sureste. Para lograr este objetivo, proponen reemplazar la regionalización informal de Asia del Este que existe, por una región Asia-Pacífico (el APEC).

Europa se presenta como una segunda región destinada a padecer turbulencias previsibles. La terquedad neoliberal de las clases dirigentes de la Unión Europea y la protesta progresiva previsible de las clases populares amenazan el porvenir de su proyecto. Pero este proyecto también es amenazado por el caos en el Este. Porque la lógica a corto plazo del neoliberalismo llevó a Europa del Este y a los países de la ex-URSS a la solución de «latinoamericanización» de la zona. Pero esta periferización pesa en favor de una evolución global hacia una «Europa alemana». A medio plazo, esta opción favorece la permanencia de la hegemonía americana a nivel mundial; Alemania y Japón deciden por su lado quedarse en el camino de Washington. Pero, a largo plazo, tiene el riesgo de despertar las rivalidades intraeuropeas adormecidas.

En las otras áreas del mundo, la suerte no está echada. En América Latina, el NAFTA coincide, sin que sea un azar, con la rebelión de Chiapas en México. Y el proyecto de extensión del modelo propuesto por el NAFTA a todo el continente, ya se enfrenta a una crítica de la opción en favor de la mundialización desbocada, en las capitales del sur del continente. Aunque en su origen el proyecto MERCOSUR (Brasil, Argentina, Uruguay, extendido a Chile, Paraguay y Bolivia), fue concebido en una perspectiva neoliberal sin crítica, nada nos permite decir que no va a evolucionar hacia una autonomización -aunque relativa- de la región.

Hasta ahora la gestión de las contradicciones de la mundialización dio una nueva oportunidad a la permanencia de la hegemonía americana. El «menos Estado» significa «menos Estado en todas partes, a excepción de Estados Unidos que, con el doble monopolio del dólar y la potencia de la intervención militar, apoyado por Alemania y Japón, que se presentan como los brillantes segundos, conserva su posición hegemónica a nivel general; frente a Asia del Este, a la que Washington trata de privar de alianzas posibles con Europa y Rusia.

7. El porvenir del sistema mundial, así como las formas de la mundialización en las cuales se expresarán las correlaciones de fuerza y las lógicas que determinarán la estabilidad eventual son, en gran parte, desconocidas. En la medida en que todo puede ser imaginado, esa incertidumbre permite -para quien lo quiere- dejarse llevar por el juego gratis de los «guiones». En contraparte, me propongo concluir el análisis de la mundialización expuesta aquí con el examen de unas tendencias de la evolución de acuerdo con la lógica interna del capitalismo y, por último, de los objetivos antisistémicos que las luchas populares podrían darse en las condiciones del mundo contemporáneo. En otros escritos sugerí que las tendencias de la evolución del capitalismo contemporáneo se articulaban con el reforzamiento de lo que llamé los «monopolios», que modelan la mundialización polarizante del imperialismo contemporáneo: 1. el monopolio de las nuevas tecnologías; 2. el monopolio del control del flujo financiero en escala mundial; 3. el control del acceso a los recursos naturales del planeta; 4. el control de los medios de comunicación; 5. el monopolio de las armas de destrucción masiva. De la acción conjunta, complementaria y también a veces conflictiva del gran capital de las multinacionales industriales y financieras y de los Estados a su servicio (lo que explica la importancia de los monopolios de naturaleza no económica citados aquí) surge la actividad de los monopolios. El conjunto de esos monopolios definen nuevas formas de la ley del valor mundializado, que permiten una centralización al beneficio de este gran capital de ganancias y superganancias proviniendo de la explotación de los trabajadores, una explotación diferenciada basada en la segmentación del mercado del trabajo. Esa nueva etapa de despliegue de la ley del valor mundializada no permite entonces el despegue por la industrialización de las periferias dinámicas. Pero crea una nueva división internacional desigual del trabajo en la cual las actividades de producción localizadas en las periferias subalternizadas, tienen la función de subsidiarias del capital dominante (un sistema que recuerda el «putting out» del capitalismo primitivo).

Se puede imaginar sin problemas el cuadro de una mundialización futura, en adecuación a esta forma de la ley del valor. Los centros dominantes tradicionales mantendrían sus ventajas, reproduciendo las jerarquías que ya aparecen: los Estados Unidos conservarían la hegemonía mundial (con sus posiciones dominantes en la investigación-desarrollo, el monopolio del dólar, y el de la gestión militar del sistema), acompañado por los segundos (Japón con su contribución a la investigación-desarrollo, Gran Bretaña como socio financiero, Alemania con su control sobre Europa). Las periferias activas de Asia del Este, de Europa Oriental y de Rusia, India, América Latina constituirían las áreas periféricas principales del sistema, mientras África y los mundos árabe e islámico, marginalizados, serían dejados a sus propias convulsiones, que no amenazan nada más que a ellos mismos. Incluso en los centros, la intensificación de las actividades determinadas por los cinco monopolios citados implicaría la gestión de una sociedad «con dos velocidades» como ya se suele decir. es decir marginalizar partes importantes de la población con la miseria, los subempleos y el paro. Esta mundialización, que se ve a través de las opciones elegidas y que el neoliberalismo intenta legitimar presentándola como «una transición hacia la felicidad universal», no es inevitable. Al contrario, la fragilidad del modelo es obvia. Para garantizar su estabilidad se supone que los pueblos van a aceptar siempre las condiciones inhumanas que se les da, o que sus rebeldías permanecerán esporádicas, aisladas entre ellas, alimentándose de ilusiones (étnicas, religiosas, etc.) y entrando en un callejón sin salida. Por supuesto la gestión política del sistema, reuniendo la movilización de los medios de comunicación, con los recursos militares, intentará perpetuar esa situación, que todavía domina la escena hoy en día. En oposición a eso, las estrategias para contestar de manera eficaz al desafío de esa mundialización imperialista tendrían que poner como objetivo la reducción de la potencia de los cinco monopolios, y definir a partir de eso las nuevas opciones de desconexión. Sin hablar de manera específica de esas estrategias, que sólo pueden ser concretas y basadas en la movilización real de las fuerzas políticas y sociales populares y democráticas, distintas en función de cada país, podemos enumerar los grandes principios que permitirían a las luchas populares antisistémicas organizarse.

La primera exigencia es la constitución de frentes populares y democráticos antimonopolios (antimperialista/anticomprador); sin lo cual ningún cambio sería posible. Revertir las correlaciones de fuerza en favor de las clases trabajadoras y populares constituye la primer condición para derrotar a las estrategias del capital dominante. Los frentes no sólo tienen que definir objetivos económicos y sociales por etapas realistas así como la manera de cumplirlos, sino también considerar la necesidad de poner en tela de juicio las jerarquías en el sistema mundial. No tienen que subestimar la importancia de las dimensiones nacionales. En este sentido se trata de un concepto progresista de la nación y del nacionalismo, lejos de las formulaciones oscurantistas, etnicistas, religiosas fundamentalistas y chauvinistas que se presentan primero y que las estrategias del capital apoyan. Este nacionalismo progresista no subestima la cooperación regional. Por lo contrario podría incitar a la constitución de grandes áreas, como condición para luchar con eficacia contra los cinco monopolios ya mencionados. Se tratará de modelos de regionalización muy diferentes de los que promueven los poderes dominantes. Éstos están concebidos como correas de transmisión de la mundialización imperialista. Al nivel de América Latina, África, del mundo árabe, de Asia del Sureste, junto a los países-continentes (China, India) y también Europa (del Atlántico hasta Vladivostock), la integración que se basada en alianzas sociales populares y democráticas, imponiendo al capital adaptarse a sus exigencias, forma lo que llamo el proyecto de un mundo policéntrico auténtico, otro modo de mundialización. Dentro de este marco, podríamos imaginar las modalidades «técnicas» de organización de las interdependencias intra e interegionales, tanto a nivel de los «mercados» de capitales (cuyos objetivos serían incitar a comprometerse en la expansión de los sistemas productivos) como al nivel de los sistemas monetarios o los acuerdos de comercio. Todos estos programas reemplazarían las ambiciones de democratización de las sociedades nacionales y de la organización mundial. Por lo tanto, desde la perspectiva de la larga transición del capitalismo mundial hacia el socialismo mundial, los considero como una etapa de esa transición.

Samir Ami es economista egipcio, director del Foro del Tercer Mundo, Dakar (Senegal)

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