nro. 19
"Sólo digo compañeros"

Entrevista a Daniel Viglietti

Realizada por Claudia Korol

¿Daniel, qué razones te llevaron a participar en el homenaje al Che convocado por la revista América Libre?

Si tuviera que explicar las razones por las que participo en actividades relacionadas con el Che, me sentiría como explicando por qué cuando tengo sed tomo agua. Es algo tan natural como apoyar la guitarra en la pierna izquierda. Eso no quiere decir que uno esté «a priori» de acuerdo con todo lo que se haga o diga en relación al Che. Él es una bandera y todo depende de quiénes tomen, y con qué miras, esa bandera entre las manos. Para este acto que se hizo en Buenos Aires las figuras participantes me resultaron confiables y decidí estar. Con tanta confianza en el ser humano como la que tratamos de tener hemos ido aprendiendo a des/confiar - partiendo así la palabra - de lo que a veces se hace en contra de lo humano, sosteniendo un símbolo rojo en la mano izquierda. Recuerdo que en los primeros tiempos de mi exilio en Europa, fui invitado a participar en un festival de la canción que se realizaba anualmente en la República Democrática Alemana, país socialista. Era el Festival de la Canción Roja, en Berlín Oriental. Pues allí se intentó censurarme pretendiendo saber de antemano qué era lo que iba a cantar y/o sugiriéndome los temas que creían más oportunos para el evento. Ante mi desacuerdo con esos procedimientos se planteó una reunión con un cuadro dirigente del sector cultural. Hubieron más sorpresas. En un momento del diálogo el burócrata de turno me dijo tener informaciones de que yo era guevarista (sic). Creí estar soñando. Cosas así pasaban en el lado izquierdo de la vida cuando ya no era izquierdo. Yo no me sitúo en ningún ismo y por lo tanto no me definiría como guevarista, pero frente a aquel funcionario puedo asegurar que me sentí guevarista hasta los huesos.

¿Qué significa para vos actualmente la imagen del Che?

El Che fue la imagen que llegó a ser ejemplo de transparencia y coherencia, revolucionando a una izquierda atada a viejos esquemas, una izquierda dependiente que no había asumido su huella digital propia. A treinta años de esa muerte en el abandono, su figura se engrandece. No hay que hacerlo un dios, eso lo molestaría mucho a ese rosarino tan exigente con su Quijote interior. Hay muchos ángulos desde los cuales mirar al Che humanamente y eso se encuentra en algunas canciones: el «Hasta siempre» del cubano Carlos Puebla, escrita cuando Guevara parte hacia «otras tierras del mundo». Otra hermosa canción es la de Vicente Feliú, «Al Che, no in memorian». O la más reciente del también cubano Frank Delgado, «Con la adarga al brazo», que cantó en el acto de Buenos Aires.

¿Qué significó el Che en su momento para tu generación?

Las ideas del Che fueron un duro golpe contra la ortodoxia que maniataba iniciativas de lucha en América Latina. El Che desenmascaró al ser humano nuevo que habrá que seguir buscando. El sabía mejor que nadie de lo móvil e inalcanzable de ese símbolo, pero nos dio el ejemplo de arriesgar la vida en esa búsqueda. He pensado una y mil veces en su final, casi solo, luchando hasta las últimas consecuencias. Creo que fue su modo de abrazarnos, él que fue tan hondamente solidario y que debió terminar tan solitario en la peripecia de su propio cuerpo asesinado. Porque su alma muy acompañada ha andado en todos los que soñamos que no hay muerte posible para un ser tan frágil y fuerte como él.

¿Cuáles son, a tu entender, los desafíos que tienen los revolucionarios en el presente de América Latina?

El principal desafío es lograr superar el egoísmo y el miedo. Que no nos lleven a la quiebra de un pensamiento, de un modo de concebir el cambio. El egoísmo y el miedo son como reflejos primitivos agazapados dentro de cada uno de nosotros. Hay que reconocerlos y modelarlos, hasta que en sus vacíos nos crezca la valentía. Hay ejemplo de coraje repartido en la madres de desaparecidos, sea en Argentina, en Chile, en Uruguay, en Guatemala. Es bien cierto que los filamentos del horror fascista siguen actuando sobre la siquis colectiva, con el mensaje invisible del «no te olvides de que si te metés te va a pasar esto». Cuando le hace falta, el sistema agita el espantacorajes de un ruido de botas, de una amenaza más o menos velada. Pero también es cierto que es en las pequeñas cosas cotidianas donde están los almácigos de esas flores que buscamos. Tener conciencia, tener solidaridad, tener memoria, todo eso ayuda a no tener miedo, a no tener egoísmo, creo.

¿Qué balance podés hacer, desde tu experiencia, sobre el aporte del arte a los procesos revolucionarios?

Desde mi experiencia personal, considero que la canción es un aporte modesto pero imprescindible. Modesto porque ninguna canción desarma a un ejército, ninguna canción puede expropiar la riqueza y distribuirla entre la pobreza. Pero me parece a la vez imprescindible, porque lo cultural le abre poros a la piel de lo político. Si no hay acción cultural, los procesos políticos se esclerosan, se ahogan mirándose en el espejo. Una canción como «A desalambrar» no logra repartir la tierra ni logra que los latifundistas se arrepientan de sus enormes estancias. Pero cuando oigo versiones de esa milonga que escribí a mediados de los sesenta, en guaraní, en Paraguay; en danés en Dinamarca; en Suecia; en Alemania, hasta en Filipinas, ahí siento que la canción pasa fronteras y difunde sus ideas mejor que el más activo embajador. Y cuando recorriendo la Nicaragua sandinista en los ochenta, los campesinos la coreaban conmigo sin saber de quién era o de dónde venía, bueno, esa es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida.

¿Cómo definirías tus canciones? ¿Cuáles de ellas son las que más te conmueven, y en qué circunstancias las creaste?

Mucho más que mis propias canciones me emocionan las canciones de otros. De la formidable Violeta Parra, de Yupanqui, de Chico Buarque, del irrepetible portugués José Alfonso, del inolvidable Jorge Lazaroff. Lo mío me conmueve mientras lo voy cantando, no así cuando lo oigo . Cuando escuché ahora «Canciones para el hombre nuevo» (1968) que ha sido reeditado en CD, sin embargo me emocioné al oír mi versión sobre el poema «Pedro Rojas», del peruano César Vallejo. Aunque también pensé que hoy no la cantaría así, con tantas intenciones «mayúsculas». También van a cumplirse treinta años de todo eso -el disco lo grabé en La Habana en 1967. Cuánto tiempo, caramba, o cáspita para emplear una palabra esdrújula, que tanto me gustan.

¿Qué exigencias tiene hoy el creador popular?

Quizá la de mantener un difícil equilibrio entre lo profesional y lo solidario. Desconfío de la «profesiona-lidad» exhibida casi como manifiesto. Desde siempre he sido exigente con lo que hago y lo he desarrollado con el mejor nivel posible. Pero hay que subrayar la palabra posible. Cuando no son posibles las condiciones técnicas óptimas y hay una audiencia esperando en un barrio carente de recursos, yo igual voy y canto. Hace casi cuarenta años que hago eso. Debo decir que es una práctica, la de un canto solidario, en franca crisis de existencia.

¿Cómo ves, retrospectivamente, la experiencia de los años 70?

No sé específicamente a qué experiencia de los 70 se refiere: si se refiere a la llegada de Allende al gobierno de Chile y su posterior derrocamiento, si se refiere al ajusticiamiento de Dan Mitrione, agente norteamericano que fue supervisor de métodos de represión y tortura en América Latina. O si se refiere al derrocamiento del tirano Somoza por los sandinistas en Nicaragua, o a los golpes de estado en Uruguay, Chile, etc. La pregunta es muy amplia. Sí puedo afirmar que no me arrepiento de nada de lo dicho y cantado en esa década. Mi repertorio va variando, claro, pero no sólo por la aparición de lo nuevo, sino también por lo que voy eligiendo de lo viejo, sin abandonar nunca una canción, sin renunciar a temas que sí, cuando los canto, los recontextualizo, claro... No quiero ser parte de los cantantes «aggiornados » ni pretendo tampoco señalar lo que hay que hacer. Me hago cargo -y no es fácil- de lo que no pienso hacer. No pienso ponerme al día encapuchando mi memoria.

¿Cuál es la canción que sentís que más llega a las nuevas generaciones, y a qué se debe ese acercamiento?

No hay una canción, ni en otras etapas tampoco fue una. No soy un cantante de los llamados «de éxito». De mi último trabajo publicado que se llama «Esdrújulo» y ya existe en Argentina, hay canciones que han tenido muy buena comunicación y que sin embargo son algunas de las que más se diferencian de las anteriores ( Nocturna, Las agujas de un reloj, el mismo Esdrújulo, por citar algún ejemplo). Es muy interesante que en un recital donde te reclaman tantas canciones diurnas (A desalambrar, El Chueco Maciel, Sólo digo compañeros, etc), algunos jóvenes pidan Nocturna o Las agujas.

¿Qué canción quisieras crear?

Pienso que uno crea una larga canción compuesta de muchas pequeñas canciones. Cuando sienta que he concluído esa larga canción, me callaré o me seguiré expresando por otros medios, si me nace y tengo la sensación de que a alguien le puede servir de algo. No concibo la canción como un ente aislado de los demás.

¿Cuáles son tus utopías?

Cuando de jóvenes usábamos la palabra utopía - ahora en boga ante la dificultad de pronunciar la palabra revolución o de hacerla- siempre la decíamos en tono de descarte: eso es una utopía, no es posible. Sigo creyendo que el reino de este mundo, sin tiranos, ni reyes, ni coronas, ni comisarios políticos, es posible. Ha sido posible en franjas de tiempos revolucionarios cuyas crisis o estancamientos no desmienten lo que de revolucionario han contenido y han logrado introducir en buena parte de la gente. La experiencia zapatista me parece un nuevo modo de ir transformando la realidad mientras se van fundando conductas de cambio aún dentro de la propia izquierda en su conjunto: desacralizando, aireando, limpiando telarañas, aprendiendo que también la tolerancia y la imaginación son municiones válidas en la guerra contra los poderes injustos. Estoy de acuerdo, quizá los compañeros de Chiapas no quieran tomar simplemente el poder, quizá quieran tomar el poder ser , tras los cinco siglos de negación y castigo. El encuentro con esa nueva realidad en la zona llamada La Realidad, en Chiapas, fue para mí la emoción de un aprendizaje que se abraza con otros abrazos de otros tiempos: Cuba (donde estuve hace unos meses cantando en Casa de las Américas y reencontrando trovadores y descubriendo otros), Chile, Angola, Nicaragua. Nada ha sido inútil.

¿Qué posibilidades y qué dificultades de realización le ves al ideal bolivariano de independencia y de unidad latinoamericana?

Creo que son innumerables ambas cosas. Dificultades frente a un sistema de dominio que se reformula en medio de su crisis para seguir ejerciendo el poder. El proyecto de gobiernos tipo Fujimori quizá sirve como ejemplo de la nuevas caras del poder. Pero posibilidades, intensas posibilidades en el tejido popular que se renueva para seguir luchando: los citados zapatistas, las Madres y Abuelas a las que se suman ahora los Hijos en el esfuerzo colectivo por no perder la memoria. Son ideales que siguen avanzando y a lo bolivariano le suman lo martiano, lo artiguista, lo guevarista, sin olvidar el pensamiento emergente de Emiliano Zapata, sin olvidar al padre Camilo Torres, al capitán Lamarca, a Miguel Enríquez, a Mariátegui, a Sandino, a Farabundo, a Raúl Sendic, en el crisol de tanta gente hermosa y pensante y luchadora que nos ha dado vida e ideas. Son tantos los nombre que no es por casualidad que aquella canción del ‘69 la titulé «Sólo digo compañeros».

Enviar noticia