nro. 11
El mensaje del Che 30 años después
Fernando Martínez Heredia

1. Treinta años después parece, a primera vista, demasiado lejano a nosotros el Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental. El mundo ha cambiado bastante, y las ideas prevalecientes sugieren o admiten que estos cambios son excepcionales, decisivos para todo futuro pensable, e incluso definitivos. Es cierto que los triunfos visibles del capitalismo en la última década y las derrotas de sus opositores han sido anonadantes para muchos. La guerra cultural que se lleva a cabo, con el fin de que todos creamos que la única forma de vida cotidiana posible es la del capitalismo, se refuerza con las explicaciones que dan a su abandono los arrepentidos de hoy. Con la eficacia que tienen los lugares comunes, se atribuye a los cambios recientes un significado y una fuerza irresistibles, por venir de un período excepcional.

Pero no es tan excepcional. Si usamos el mismo intervalo de treinta años para el siglo en su conjunto podemos advertirlo. En 1907 había terminado la primera revolución rusa, y los imperialistas imponían al mundo su feroz colonialismo y su paz de «bella época» con gran progreso técnico en sus centros. En 1937 aquel viejo mundo era irreconocible: habían sucedido una Gran Guerra arrasadora, la gran revolución bolchevique y la mayor crisis económica capitalista, y el fascismo marchaba hacia una Segunda Guerra Mundial en medio de la Guerra de España y de la represión y la construcción de un potente país en la URSS. Entre 1937 y 1967 el mundo cambió otra vez, con la acumulación de la Segunda Guerra y sus consecuencias, el predominio de los Estados Unidos, las revoluciones china, vietnamita, coreana, argelina y cubana; el imperialismo colonial ejecutó su retirada y el neocolonial estaba siendo combatido desde Viet Nam hasta Guatemala; la renovación de las ideas y las prácticas revolucionarias desafiaba a las concepciones que habían dominado el campo anticapitalista, y en el propio «Primer Mundo» crecían fermentos de rebeldía. El Che, nacido en 1928, vivió en ese intervalo.

Ernesto Guevara maduró en la Revolución cubana, tanto que sólo median diez años entre su enrolamiento en el movimiento en México y la redacción del Mensaje. Una tempestad de acontecimientos cambió su vida, y fue tan destacada su actuación en la guerra revolucionaria que en los días de la victoria emergió ante el mundo como uno de los héroes y los líderes de la gesta encabezada por Fidel. Ya era el Che. En los años febriles que siguieron Cuba cambió a fondo: la vida de la gente, las instituciones, las relaciones sociales e interpersonales cambiaron. La gran revolución implantó el socialismo, la liberación nacional y el gobierno popular. Cuba desafió al imperialismo norteamericano, y se irguió como un ejemplo ante todos los pueblos de América. Sus hechos y sus ideas, su internacionalismo militante y su tremendo atractivo recorrieron el mundo.

En todo ese proceso maravilloso y extremadamente difícil estuvo el Che, siempre junto a Fidel, líder máximo de la revolución, desempeñando responsabilidades políticas y económicas trascendentes. Su antigua vocación teórica se acendró en medio de tareas absorbentes, urgentes o cotidianas. Y emergió el notable pensador de la revolución, junto al comandante, el dirigente estatal y del partido, junto al ejemplo de su abnegación y entrega ilimitada, su rectitud sonriente y su voz pausada, su actuación y su leyenda.

A mediados de los años 60, la Revolución cubana está realizando una titánica labor en muchos campos a la vez, internos e internacionales. Conducida por Fidel, la revolución socialista se profundiza y el país despliega un intenso internacionalismo militante. Este es el ámbito en que el Che escribe su Mensaje; cuando sale a la luz pública, ya está combatiendo en Bolivia la guerrilla internacionalista que él dirige.

El Mensaje no es un texto aislado en la trayectoria del Che. Su vocación internacionalista está asistida, como toda su actuación, por las reflexiones más profundas que puede hacer. Che fue un hombre de ideas, y las ideas guiaron siempre su acción. Si estudiamos algunos de los numerosos escritos y discursos suyos que tratan los temas internacionales, podemos seguir una marcha que combina el apego a principios básicos permanentes con una evolución que lo hace cada vez más capaz y creador. Ese trayecto lo lleva, por ejemplo, de los argumentos de ¿Cuba: excepción histórica o vanguardia de la lucha anticolonialista? -publicada en Verde Olivo en abril de 1961-, el discurso en que revisa La influencia de la Revolución cubana en América Latina, o Táctica y estrategia de la Revolución latinoamericana, en 1962(1) , al famoso discurso de Argel, de febrero de 1965, y al Mensaje, publicado en abril, seis años después del primero.

El Che tiene una concepción teórica, a la que podemos referir su abordaje de las cuestiones internacionales y del internacionalismo. No es el lugar para abundar sobre ella; quiero al menos afirmar que su batalla de ideas en aquellos años es tan importante como sus combates armados. Baste recordar El socialismo y el hombre en Cuba, de marzo de 1965, uno de los textos revolucionarios más relevantes que se han escrito en América, y desde América. El proyecto que el Che presenta allí -desde la Revolución cubana- es el más audaz, grandioso y ambicioso que se ha propuesto en este continente: el fin de toda dominación de unos hombres sobre otros, la liquidación del poder de los imperios y de la esclavitud a que es sometido el trabajador y el ser humano humilde, el cese de la vida mezquina del egoísmo, el individualismo y la lucha de todos contra todos, el despliegue de las capacidades y la sensibilidad del ser humano liberado.

Las ideas del Che sobre el capitalismo y las luchas revolucionarias contra él, y sus ideas sobre la creación de sociedades nuevas, socialistas, están íntimamente articuladas. Lo mismo debe suceder en las prácticas, postula el Che, o no habrá eficacia, ni anticapitalismo, ni socialismo. En estos dos años últimos de su vida en que la lucha armada vuelve a ser el centro de su actuación, los análisis del Che son más abarcadores y están mejor integrados.

El Mensaje realiza una revisión a fondo del mundo de entonces, desde las posiciones, aspiraciones y problemas de los revolucionarios socialistas, y lo hace con claridad expositiva y con tono elevado. Va al centro de las cuestiones y de sus implicaciones y consecuencias, sin temor a exponer deficiencias y debilidades y sin escamotear aquello que no cuadra a sus argumentos y sus convicciones. Un primer recuento muy general del texto podría sintetizarse así:

. la lucha es el comportamiento básico, esencial, aunque no haya seguridad alguna de buenos resultados cercanos;

. la armada es la forma principal de lucha, siempre en busca de la incorporación y el protagonismo de masas;

. el internacionalismo es fundamental frente al imperialismo actual, y para el desarrollo de los revolucionarios;

. el socialismo es el objetivo, sin él no habrá liberación. Pero ve grandes diferencias concretas por países y regiones en la cercanía de ese objetivo;

. los análisis de situaciones tienen que ser honestos, profundos y severos, sea cual sea el resultado;

. audacia intelectual, pensamiento propio, mente abierta, lenguaje fresco.

Sólo a los fines de este comentario, consideramos tres partes en el Mensaje. En la primera contrapone con visión crítica la entonces llamada «lucha por la paz» con dos realidades dominantes: miseria, degradación y explotación cada vez mayor de enormes sectores del mundo; terribles conflictos localizados -como la guerra de Corea- y guerras civiles llenan los 21 años siguientes al fin de la Guerra Mundial. Y entra en el asunto crucial de la actualidad mundial: la Guerra de Viet Nam. El Che expone dos enseñanzas de Viet Nam. Primera, su resistencia heroica convirtió en realidad lo que no parecía posible: obtener su liberación. Por ella, «el imperialismo se empantana en Viet Nam». Segunda, Viet Nam está solo. Las potencias del campo socialista ceden al imperialismo su realidad de poder y de capacidad negociadora: «también son culpables los que en el momento de definición vacilaron en hacer de Viet Nam parte inviolable del territorio socialista». «No se trata de desear éxitos al agredido, sino de correr su misma suerte; acompañarlo a la muerte o a la victoria».

El Che concluye que el papel de los explotados del mundo, que aprenden de Viet Nam -el chantaje imperialista y el valor de la lucha- es «no temer la guerra, es... atacar dura e ininterrumpidamente en cada punto de confrontación.» Y en todas partes, «liberarnos a cualquier precio».

La segunda parte del Mensaje es un amplio análisis de las situaciones de dominación, luchas y perspectivas de liberación existentes en el mundo, por continentes. Escapa al carácter y dimensiones de este comentario exponer el balance que he hecho al contrastar las afirmaciones, previsiones y sugerencias del Che con los eventos y las tendencias de estos 30 años y con el cuadro que ofrece el mundo actual. Hago entonces solamente dos observaciones. Una, resaltar la calidad, ambición y audacia del análisis mundial del Che; su amplitud de miras y demás rasgos positivos generales -que he planteado arriba- pueden verse aquí concretados en un rico retrato en que la síntesis exige palabras precisas y la urgencia política es acompañada por la valoración más trascendente y por la previsión. La otra observación se refiere a la asunción válida del legado del Che, y es insistir en que es vital profundizar en los análisis del mundo de hoy y sus tendencias, y en cada caso particular, y que esos ejercicios se realicen entre muchos, unidos por su militancia anticapitalista y enriquecidos por sus diversidades de criterios y de aproximaciones, para entender lo esencial y la riqueza de los matices, los cursos probables y los pro y contra de las opciones, para guiar en suma las actuaciones.

La última parte del Mensaje trata de cómo será, cómo debe ser la lucha en América Latina. El analista revolucionario completa ahora su función, tornándose estratega y visionario, exigiendo a los hechos su sentido, postulando el papel central que tiene la actuación para construir la situación revolucionaria, reclamando la acción conciente y organizada como creadora de la liberación. Es el marxismo del Che, la posición teórica que relaciona en su interior teoría y práctica, que desde la experiencia de la revolución cubana recupera y amplía el legado de los fundadores y de Lenin(2) . Su corolario es exacto y desafiante: «Para nosotros está clara la solución de esta interrogante: podrá ser o no el momento actual el indicado para iniciar la lucha, pero no podemos hacernos ninguna ilusión, ni tenemos derecho a ello, de lograr la libertad sin combatir».

Su llamado parte de las raíces del continente: «lengua, costumbres, religión, amo común, los unen». Los pueblos latinoamericanos poseen una memoria de luchas y de héroes y mártires compartidos; ahora crearán sus soldados y sus conductores. Con las armas en la mano es que se obtendrá la liberación, y la revolución no podrá triunfar si no se instaura «un gobierno de corte socialista». En suma, y siempre en los términos generales del Mensaje, la liberación real se producirá a través de la lucha armada y se convertirá en una revolución socialista.

La lucha llegará a adquirir dimensiones continentales en su desarrollo, por razones que atañen a sí misma y a sus enemigos. «El imperialismo es un sistema mundial, última etapa del capitalismo, y hay que batirlo en una gran confrontación mundial». Che parte de esa verdad esencial, que estaba siendo negada, disminuida o diferida desde los centros del socialismo de entonces, para sustentar los objetivos y las razones del internacionalismo. Cuba y el Che -que son uno- viven los efectos de la pugna terrible que desgasta y debilita el frente antimperialista y la ideología revolucionaria. A la crítica expresada al hablar de Viet Nam añade aquí tres precisiones: el enemigo golpea y amenaza diariamente, «y esos golpes nos unirán, hoy, mañana o pasado»; «nosotros, los desposeídos, no podemos tomar partido por una u otra forma...»; es ilusorio pretender arreglar esas diferencias mediante palabras: «la historia las irá borrando o dándoles su verdadera explicación».

El imperialismo norteamericano es el gran enemigo del género humano. La lucha por la liberación de los pueblos, «uno a uno o por grupos», llevará al adversario tan poderoso y tan capaz a luchas difíciles en terrenos hostiles, lo empantanará y le irá quitando sus bases de sustentación. El Che insiste en que se tratará de una guerra larga, dificilísima y muy cruel, y la esboza en duros trazos, pero aclara: «es casi la única esperanza de victoria». Las capacidades de las personas crecerán a través de esa lucha -un tema que podemos encontrar en toda su obra-, y las de las colectividades. Y siempre en busca de los protagonistas de las revoluciones, las masas, el centro de su esquema de victorias. Jamás he encontrado al Che «foquista», «vanguardista», de las caricaturas intencionadas, sino al lúcido estratega que aspira a que la gente por sí misma cambie su mundo: «la gran enseñanza de la invencibilidad de la guerrilla prendiendo en las masas de los desposeídos. La galvanización del espíritu nacional, la preparación para tareas más duras...». El Che vislumbra los encuentros cruciales -con las clases oprimidas y con la cultura de rebeldía acumulada- mediante los cuales se plasma la oportunidad de las revoluciones.

Desde esa posición es que puede recuperarse el sentido de las grandes palabras, y rescatarlas de la devaluación a que han sido sometidas. Requerir que se desarrolle un verdadero internacionalismo proletario, «donde la bandera bajo la que se luche sea la causa sagrada de la redención de la humanidad». Un formidable proceso de aprendizaje que también beneficia y desarrolla al que es solidario, y le aporta experiencia para sus propias luchas. Y un requisito básico de las revoluciones, dado el alcance mundial que ya tienen el sistema y la acción imperialista, y la necesidad de defenderse de aquel y de crear sociedades y personas diferentes, superiores al capitalismo.

Una gran densidad emotiva acompaña a las exhortaciones de la página final. «¡Cómo podríamos mirar el futuro de luminoso y cercano si dos, tres, muchos Viet Nam florecieran...!» «Y si todos fuéramos capaces de unirnos...» La dimensión personal de la entrega, jamás olvidada por el Che cuando analiza a los demás, ahora se vuelve sobre sí para dejarnos un testimonio invaluable. Va a cumplir el deber que aplaude, a sacrificar la vida si es preciso sobre cualquier tierra hecha suya con su sangre. Pero no se trata de un capricho irresponsable aunque heroico: «hemos medido el alcance de nuestros actos». Ni individual; «no nos consideramos nada más que elementos en el gran ejército del proletariado». Ni ajeno a Cuba: «nos sentimos orgullosos de haber aprendido de la Revolución cubana y de su gran dirigente máximo la gran lección que emana de su actitud en esta parte del mundo». Y cierra con la convicción más plena del valor del sacrificio y de su ejemplo, que será reivindicado y multiplicado por tantos oídos y manos, y seres humanos, que se dispongan a continuar con sus acciones la acción del Che.

2. ¿Qué queda y qué no es válido de lo afirmado en el Mensaje a los pueblos? ¿De qué nos sirve hoy aquel opúsculo escrito como un arma más, aquella reflexión efusiva que buscó su epígrafe en la palabra de fuego de José Martí? Sólo como un sencillo aporte a la tarea inmensa y urgente de apoderarnos del legado del Che, utilizo su mensaje como estímulo de una breve reflexión sobre los problemas de hoy, y sobre el valor del propio Che en la actualidad y el futuro.

La cuestión central del Mensaje es la liberación. Ese problema parece ser mucho más complejo hoy que entonces, así como el de su par, la dominación. Creo que en realidad siempre lo fueron, lo nuevo es que las experiencias y el salto en la cultura política adquirida nos están dando ahora la capacidad potencial de ver esa complejidad y de plantearla bien. Lo cual es un factor importante a favor de las nuevas luchas y de sus probabilidades de éxito. Capacidad potencial, repito, porque -abstrayéndonos de enemigos y de tránsfugas- la coyuntura es sin embargo de confusiones, y sobre todo de poca confianza en que sea posible avanzar en el camino de la liberación. Miremos de inicio, entonces, al mundo actual.

Se dice con razón que el mundo ha cambiado en los últimos años. Ya no hay dos potencias de mayor poder que las demás, sino una sola. Una tormenta arrasadora, de origen interno, barrió a la otra potencia, y sus voceros abominaron públicamente de los ideales y de todo lo que durante tanto tiempo dijeron defender y ofrecieron al mundo como modelo a imitar. La ola del fin de esos regímenes y el abandono de esos ideales recorrió Europa y el planeta. La llamada caída del socialismo y su consecuencia, la creencia tan difundida en que no es posible el socialismo, es uno de los cambios principales de los últimos años.

El cambio en la correlación de fuerzas afectó profundamente el orden elaborado a partir de la Segunda Guerra Mundial. En un mundo en que el gran dinero, el privilegio de la fuerza y la manipulación de las ideas son decisivos, los Estados Unidos emergen como la mayor potencia, por su poderío financiero, militar y de medios ideológicos. Su soberbia, apenas disimulada, no quiere reconocer límites. La mayoría de los pequeños ha tenido que aceptar que los más poderosos les «ayuden a arreglar sus conflictos regionales», les recorten su soberanía y les impongan la supuesta reorganización de sus economías y las recetas de las grandes instituciones internacionales. Han tenido que ocupar los lugares que les fijan, y aceptar el imperio de un nuevo liberalismo en el que la oferta y la demanda son menos libres que nunca y la libertad más extendida es la de quedar abandonado y en la miseria.

Si vamos más al fondo de los hechos, veremos que el mundo ha venido cambiando en las últimas décadas. Tres procesos resultan decisivos: a) una continua racionalización y centralización mundial del poder económico, que ha tenido algunos momentos visibles en los últimos 20 años, ha producido el predominio de la trasnacionalización y del control de las finanzas internacionales en la economía, y su influencia decisiva en los demás aspectos de la vida social; b) un proceso de conservatización de la política y de las ideologías ha ido revirtiendo gran parte de lo ganado en este siglo por las luchas de los pueblos contra la explotación de los trabajadores, contra el fascismo, el colonialismo y neocolonialismo, el racismo y otras formas de opresión; y c) un dominio creciente de los medios y los mensajes culturales por parte de los más poderosos ha producido un sistema totalitario de información, formación de opinión y sentimientos públicos que goza de alcance universal.

Ese sistema trata de ocultar, o de trivializar, que el orden del capitalismo está acumulando consecuencias cada vez peores. Terminan el siglo y el milenio con la realidad de que la libertad de trabajar se vuelve cada vez más difícil de practicar. El desempleo abierto y el disimulado crecen y se tornan estructurales, porque gran parte de la población mundial resulta sobrante para la economía capitalista; esto incluye también a los países desarrollados. Mientras se discute si ya terminó la modernidad ha resurgido el cólera, y millones de personas siguen muriendo de las enfermedades curables más tradicionales y del flagelo más antiguo de la humanidad, el hambre. El narcotráfico es una próspera rama económica trasnacional que genera fortunas incalculables, pudre por doquier las instituciones, cambia comportamientos sociales en el mundo de los proveedores, destroza la vida de muchos millones de personas en el mundo de los consumidores y es manipulado por los imperialistas contra la soberanía nacional en el Tercer Mundo.

El planeta mismo está enfermo, la lógica del sistema lo agrede de mil maneras, y la promesa más verosímil que el capitalismo puede hacer al siglo XXI es la de frustrar la vida de nuestra especie sobre él. Padece la depredación a la que lo han sometido el industrialismo y el consumismo desenfrenados, guiados solamente por el lucro, la ventaja y el egoísmo. Es tan grave y próximo el riesgo que ya los poderosos de la tierra se preocupan por el medio, esto es, por el lugar en que gozan sus ganancias. Pero crece también una conciencia de otro tipo, una ecología de la gente, que trata de salvar la vida para que la tengan todos. Aunque es cierto que para la masa inmensa de mendigos que vaga buscando leña, o comida, la palabra ecología no existe: si la conocieran, quizás la sentirían como una burla.

Ciertamente el mundo ha cambiado mucho también en cuanto al crecimiento de la conciencia de los pueblos. El fascismo es ampliamente conocido y repudiado, y ya se sabe que miles de personas pueden ser llevadas a abismos de crueldad genocida, de obediencia ciega o de complicidad callada con sistemas criminales, mediante el chovinismo, el racismo, los valores del capitalismo y la ambición de poder. Hoy es legal y natural que todas las naciones tienen derecho a su autodeterminación y soberanía nacionales, y sus poblaciones a vivir decorosamente. Esa conciencia fue ganada a través del sacrificio de millones de personas en las luchas de liberación nacional, y después de las duras prácticas de la llamada descolonización. Y es evidente para todos que la independencia estatal sin economía propia, sin relaciones económicas internacionales justas y sin gobierno del pueblo para defender los intereses del pueblo da lugar a nuevos episodios de la historia secular de la dominación(3) .

Hoy todos sabemos que las formas democráticas son superiores para avanzar hacia la convivencia con justicia en cada sociedad, y que la tolerancia entre los diferentes es el camino que procuraría entendimientos entre todos que permitan vislumbrar la felicidad como objetivo humano. Pero todos percibimos claramente que demasiadas veces se llama democracia a la simple gobernabilidad en cualquiera de sus modalidades, y no al gobierno del pueblo a través de sus representantes, a la capacidad del pueblo para controlar a los poderes, al régimen político de un sistema social que brinde posibilidades a todos. Y vemos como reina la intolerancia, en el renacimiento de formas de opresión y de desprecio que hace treinta años se condenaban en el ámbito internacional, como son la exigencia de sumisión que se hace a muchos pueblos, la xenofobia o el racismo crecientes. Reina la intolerancia en el culto descarado al supuesto éxito privado, que decreta que es natural que las mayorías perezcan o malvivan en el hambre, las enfermedades curables, la miseria, el desvalimiento, la marginalidad o la exclusión, porque, supuestamente, las mayorías no han sabido ser eficaces.

Los poderes de este mundo ya no pueden negar la democracia ni la tolerancia, y eso es un grandioso avance logrado por la resistencia y por las luchas de los pueblos. Por eso esos poderes dedican tantos esfuerzos actualmente a manipular a la democracia y a la tolerancia. Y por otra parte, una gigantesca lección le ha mostrado al mundo entero lo que no es y lo que no debe ser el socialismo, para ser una real alternativa de liberación. Esa lección abre la posibilidad de proyectar y comenzar a realizar ideas y movimientos más radicales y profundos en favor de la liberación de las personas, las comunidades y los países.

Parece un axioma que las revoluciones no son posibles en esta época. En realidad las revoluciones siempre son victorias contra lo posible. Pero, después de tantos quebrantos, del fin de tantas recetas y de los reveses en la ardua búsqueda de la eficacia, es natural que sea muy difícil para los opositores al capitalismo decidir qué estrategias seguir. En los planos más generales -que son siempre los de estos comentarios- podrían apreciarse varias tendencias. A unos les parece posible resistir, y sienten fuerza en abroquelarse en lo conocido y lo vivido; a otros lo que les parece posible es actuar en correspondencia con las necesidades visibles, reales o aparentes, lo que en realidad implica adecuarse de un modo u otro al marco general del dominio capitalista mundial. Trabajar por la liberación desde las condiciones que existen, luchar por el futuro con rigor y lucidez que no teman a los diagnósticos más duros, sin ilusiones pero con la esperanza puesta en un proyecto socialista me parece la opción, difícil en grado sumo, pero la única opción práctica y con posibilidad de éxito.

Es cierto que hoy los temas, los puntos de partida, el lenguaje, son otros. Pero eso no es igual a cederle al capitalismo el derecho a enunciarlos y administrarlos. Es imprescindible recuperarlos, utilizarlos, traer los ausentes y crear los que necesitemos. Las prácticas ayudarán. Hay tareas a la vista, urgentes o mediatas. Debe ser prioritaria la lucha mundial por el respeto a la autodeterminación y la soberanía de todas las naciones, que siempre es igual al derecho del débil ante el fuerte, a la vida del pequeño ante la soberbia del poderoso. Los pueblos del mundo han ganado el derecho a la desaparición efectiva de todas las formas de colonialismo, neocolonialismo, opresión y sometimiento nacionales. Es inadmisible la disminución o decadencia de esas conquistas mediante el uso y la amenaza de la fuerza, cualquiera que sea el argumento que se esgrima. Los instrumentos internacionales sólo son legítimos si defienden la autodeterminación y la soberanía de todas las naciones. No pueden existir categorías de países ante esos derechos, ni dos morales de actuación internacional. El casco azul de la ONU no debe cobijar al policía mundial, ni puede regir al mundo una oligarquía bajo títulos de Consejo supremo.

Siempre hay buenas razones para luchar por la paz, cuya base en cada país y a escala internacional está en que sólo la equidad gobierne las relaciones entre las personas, los grupos sociales y los países. La exclusión de amplios sectores, la falta de oportunidades y la miseria como forma de vida de las mayorías, la explotación de los trabajadores y la inseguridad de sus familias, la opresión y la negación de los derechos humanos y ciudadanos de la población en cada nación, la intolerancia ante la diversidad, no serán nunca la base de una paz verdadera. Las presiones y extorsiones extraeconómicas, las ventajas comerciales unilaterales y el imperio del capital financiero como bases del sistema de relaciones económicas internacionales, no serán nunca la base de una paz verdadera. Luchar porque rija la justicia en todos los órdenes y en todas partes es la única forma de hacer que la paz valga la pena y sea deseada por la humanidad.

Es necesario avanzar hacia un amplio concierto mundial de pueblos para luchar por un uso más razonable de los recursos y una distribución más equitativa de los productos, que vayan conduciendo a una profunda reforma del carácter, las funciones y los objetivos de la actividad económica. Tenemos que lograr que valgan más los presupuestos de la felicidad de las mayorías, que el éxito de unos pocos. Luchar porque la medida decisiva de la eficiencia de las economías sea su capacidad de ofrecer a toda la población igualdad de oportunidades, de ofrecer a los jóvenes y adultos las maneras dignas y viables de ganar la vida con su trabajo, en la medida de sus capacidades y su laboriosidad, de ofrecer a los niños, ancianos y discapacitados una parte del producto social para que puedan vivir como seres humanos.

Es urgente la lucha efectiva por la conservación y el disfrute del medio en que vivimos. No es posible que se multiplique década tras década el conocimiento científico y técnico solamente para que el afán de lucro y el egoísmo más brutales lo utilicen como palancas de enriquecimiento a costa de la naturaleza misma de la que somos parte. La biodiversidad tiene que volverse más valiosa e importante que la bolsa de valores. Habrá que encontrar las formas inmediatas de luchar en cada caso y lugar, hallar los fines más amplios de un ecologismo popular, y unir voluntades organizadas detrás de ambos. Fue la gente la que levantó con sus iniciativas y su actividad todas las formas de vida y de intercambio con el medio que hicieron a la humanidad florecer sobre todo el planeta. Sólo la lucha conciente y organizada de los pueblos sustituirá la soberbia de dominar a la naturaleza por el goce de la dicha de vivir en ella. Todos los días mueren de hambre miles de niños, desaparecen especies y se amplía el agujero de la capa de ozono. Están en riesgo la vida de las personas y la vida en la Tierra. La defensa de los seres humanos y la defensa del medio sólo serán posibles y eficaces si se ligan íntimamente.

Los avances de la conciencia y de las formas sociales alcanzados ya en el mundo por hombres y mujeres no se corresponden con la situación de las mujeres respecto a los hombres. ¿Qué credibilidad tendrían, qué confianza inspirarían los proyectos de sociedad basados en la solidaridad humana y en el fin de la explotación del trabajo, si la mitad de todas las personas siguiera siendo discriminada y subordinada? El capitalismo reclamó nuevas y mayores formas de trabajo de las mujeres, y su presencia en las calles de sus ciudades, pero no eliminó su situación de discriminación y subordinación. Enfrentemos con éxito el inmenso reto de ser superiores al capitalismo, y la razón, la fuerza y el atractivo de nuestras causas se verán multiplicados.

Todas las etnias, todas las razas, todas las comunidades, todas las creencias religiosas, todas las concepciones del mundo, toda la rica diversidad de actitudes y comportamientos de los seres humanos, tienen los mismos derechos a existir y ser respetados, a expresarse de manera viable y segura en las comunidades mayores en que viven, y en todas partes, sin otros límites que los derechos de los demás y el bien común. Es mentirosa la tolerancia hasta cierto punto, es hipócrita la asimilación manipulada de lo que ya es inevitable, y miserable la exhibición como curiosidades de los restos de expresiones culturales que antes fueron aplastadas. La xenofobia, el racismo, el sexismo, la intolerancia religiosa, la homofobia, deben ser aislados y combatidos junto con el fascismo y los antisocialismos. Sólo así llegarán a predominar las formas democráticas de organización social. La convivencia creciente de los diversos es una base fundamental de la unidad futura de la Humanidad liberada.

La sociedad tiene derecho en todas partes a organizarse a partir de las diferentes identidades, reclamos y aspiraciones que alberga en su seno, y tiene derecho a aportar esa riqueza a la democratización de las organizaciones sociales más amplias, como es el Estado, y al control popular de su gestión y de sus fines. El Estado puede tener allí su mayor fuerza, y plasmar su verdadera instancia unitaria en ser canal eficaz de la diversidad social organizada. Ser capaz de contenerla y superarla mediante sus atributos propios, como son hacer aprovechar mejor y equitativamente los recursos y riquezas sociales, defender la soberanía, la autodeterminación y demás derechos nacionales, ofrecer y hacer cumplir una legalidad equitativa, y trabajar por la realización de un proyecto que favorezca a todos y le dé un sentido más trascendente a los esfuerzos particulares. En los países que tenemos que enfrentar la ofensiva general de la dominación trasnacional, ese tipo de unión de la sociedad y el poder estatal es imprescindible para resistir y tener fuerzas para triunfar.

Los tiempos son muy difíciles, pero serán mucho peores si no luchamos. Tenemos la esperanza, la confianza, la convicción de que la Humanidad es capaz de seguir sustentando ideales que la eleven sobre las mezquindades diarias a que es sometida. Que seguirá pugnando por un mundo sin iniquidades, por la vida digna para todos, por cambios liberadores de las sociedades y de las personas.

3. El Mensaje es un momento culminante de las ideas en los años 60. El Che lo firmó con su sangre el mismo año en que se publicó. Aquel texto participó de su apoteosis, y su palabra admonitoria inspiró a miles de luchadores en el mundo. Siguió, latente como su autor, en los años de vicisitudes y luchas que vinieron después. Lo levantaron los combatientes vietnamitas hasta la victoria de 1975. Se abrazaron a él los héroes latinoamericanos que siguieron la senda del Che. Lo hicieron realidad cientos de miles de cubanos en Africa, y también en tantos otros lugares. La palabra del Che alumbró los dolores y las victorias de la Nicaragua sandinista, y los supremos esfuerzos de la revolución salvadoreña. La memoria de los pueblos no debe permitir nunca que se pierda la fuerza inmensa, la acumulación cultural de liberación contenida en la entrega de tantos que en todo el mundo tuvieron manos, mente y corazones receptivos a los mensajes del Che.

Treinta años después, el Che vuelve. Los enemigos de la liberación se dan cuenta que ya es imposible silenciarlo, e intentan mellar su imagen, o absorberlo, buscándole lugares inocuos dentro de la cultura de la dominación. Pero este hombre de virtudes ejemplares es irreductible a los altares, como ha sido rebelde al olvido. Entonces se vuelve teatro de batalla, se convierte en arma y sale a combatir por los suyos. Aporta su vida y su muerte, su ejemplo y sus valores, su ética y sus ideas. La asunción del Che, sin embargo, dependerá en grado determinante de sus receptores. Muy fuertes tensiones están presente entre la enorme atracción que inspira el Che y los formidables escollos que encuentran hoy las representaciones y el pensamiento anticapitalistas. Un curso positivo de esas tensiones será que estimulen nuevos planteos eficaces y atractivos de los problemas centrales de hoy, desde los principios revolucionarios y el pensamiento abierto que encarnó el Che.

Para esas tareas será de excepcional importancia el estudio y revaloración de los escritos del Che. La procedencia actual de su problema central, la riqueza de contenidos y los rasgos generales del Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental es un buen ejemplo de todo lo que puede obtenerse de su obra en la búsqueda de conocimiento social y en el entrenamiento intelectual del compromiso revolucionario. Ayudaremos también así a que a través de muchas voces vuelva a levantar su voz Ernesto Che Guevara, el que en su día volvió a levantar la voz de Martí. Es la hora de los hornos, ya se verá la luz.


NOTAS

1. El primero dirigido a los miembros del Dpto. de Seguridad del Estado, el 18 de mayo; el segundo escrito al pie de la Crisis de Octubre.

 2. La tradición iniciada por Marx hace siglo y medio: «es necesaria una transformación en masa de los hombres, que sólo podrá conseguirse mediante un movimiento práctico, mediante una revolución; ...no sólo es necesaria porque la clase dominante no puede ser derrocada de otro modo, sino también porque únicamente por medio de una revolución logrará la clase que derriba salir del cieno en que se hunde y volverse capaz de fundar la sociedad sobre nuevas bases» (Ideología alemana. La Habana, Ed. Revolucionaria, 1966, p. 78).

3. Siguen estando a la orden del día los males que refirió el Cdte. Fidel Castro en su segundo discurso en la ONU, en 1979.

Fernando Martínez Heredia es sociólogo cubano

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