nro. 11
El Che como nosotros

Manuel Cabieses Donoso

El significado profundo del legado del Che, nos parece, es su llamado a luchar por la justicia social, la igualdad de oportunidades y la solidaridad entre los seres humanos. Por lo tanto su vigencia es algo indiscutible. En tanto se ha convertido en símbolo de esa lucha, el Che estará renaciendo mientras en el mundo existan injusticia, desigualdad y privilegios. Por eso en cuanto la desigualdad y exclusión se han hecho mayores, el espíritu rebelde y combatiente del Che está más vivo que nunca.

¿Habrá que repetir aquí el interminable listado de cifras y porcentajes que demuestran lo mal que anda el mundo? ¿Habrá que reseñar los antecedentes que demuestran que la pobreza, el desempleo, la super explotación del trabajo de adultos y niños, y la marginalidad han crecido a niveles que nunca conoció la humanidad? ¿Habrá que hacer de nuevo el ejercicio de ordenar un cúmulo de antecedentes para demostrar que el capitalismo lleva a su destrucción al planeta y al género humano? ¿Será necesario reiterar la conclusión -por sí misma evidente- que la lucha anticapitalista, por un nuevo orden más justo que rescate al hombre del caos, no es un asunto puramente ideológico sino una cuestión de vida o muerte?

Argumentar en ese sentido en forma indefinida puede llevarnos a la inacción. O sea al asesinato de un Che que nos llama a luchar por cambiar esta realidad. Probar mil veces los horrores del capitalismo neoliberal, demostrando lo necesario de la lucha revolucionaria, es sólo dar un primer paso. Pero que es insuficiente. Con ello se hace honor a los que antecedieron al Che y a los que continuaron luchando por la justicia social después de su caída. Pero lo realmente significativo en la herencia del Che es su capacidad de unir la coherencia del pensamiento con la palabra y la acción. Son eslabones que no se pueden romper sin traicionarlo.

El Che analizó el mundo que le tocó vivir y sacó sus conclusiones. En lo fundamental se encuentran en su Mensaje a la Tricontinental (1967), aunque el conjunto mucho más amplio de su pensamiento está repartido en numerosos escritos y en discursos como el de Argel. Junto con exponer un diagnóstico de su tiempo, identificando al imperialismo como el enemigo principal, el Che concluyó que un método de lucha pasaba a ser fundamental: la lucha armada . La guerrilla pondría en marcha el gran motor de la lucha revolucionaria de masas. En Vietnam se probaba la justeza de ese método. Dos, tres, muchos Vietnam podrían derrotar al imperio. A ese objetivo volcó el Che la generosidad de su esfuerzo y puso su vida como fianza de su palabra.

La realidad del mundo que lo llevó a pasar de la reflexión a la lucha revolucionaria, se ha agravado a niveles intolerables para la dignidad humana. El imperialismo, agigantado y prepotente, campea sin rival en el mundo. Pero a la vez la lucha se ha hecho más compleja y es más difícil de resolver en términos de métodos de lucha. Una lectura mecánica del Che, tal como antes hicimos con otros pensadores revolucionarios, trasladando a nuestro tiempo conclusiones planteadas para otros contextos, no sólo significaría repetir el error monumental que tan caro nos ha costado. Sería también desdeñar una importante lección del Che: la capacidad crítica para emplear la teoría revolucionaria en las condiciones concretas que nos proponemos transformar.

El Che vivió tiempos de dogmas pétreos. Parecían inconmovibles y eternos. Tenían además sumos sacerdotes que velaban por su pureza. A los herejes se les marcaba a fuego con una excomunión urbi et orbi que perseguía a sus víctimas hasta el último rincón de la tierra. El Che, que vivió al filo de esa excomunión, desafió alegre y burlón muchas veces, rabioso y apostrofando otras, como en su Diario de Campaña en Bolivia, el poder de los dogmáticos.

Producto genuino de la Revolución Cubana en su esfuerzo por entregar a América Latina las herramientas para crear su propia teoría revolucionaria, el Che nos legó también un ejemplar coraje intelectual. Sometió a una crítica sin concesiones las «verdades» que aparecían incontrovertibles en la teoría y práctica revolucionarias de su tiempo. Es importante por eso, si queremos que el Che siga viviendo en nuestras luchas, desarrollar ese espíritu crítico, creativo y antidogmático.

Un bagaje de nuevos conocimientos y experiencias se han incorporado a nuestro análisis. Sobre todo los cambios ocurridos en los últimos treinta años y en particular las lecciones que dejó la desaparición, sin pena ni gloria, del campo socialista -cuyas grietas alcanzó a descubrir y criticar el Che-. Todo eso nos lleva a reelaborar un sistema de ideas revolucionarias que acopiará antiguos éxitos y fracasos propios y ajenos, aciertos y errores -incluyendo los del Che-, para tomar del pasado sólo lo que continúa siendo válido. Hoy tenemos el deber de formular propuestas de acción concretas.

En tal sentido, la sacralización del Che que intenta validar en cualquier tiempo, lugar y circunstancia su apuesta a una forma principal de lucha , constituye una ofensa a la creatividad del guevarismo como método de construcción de la fuerza revolucionaria. Se confunde el deber de la acción revolucionaria sin tregua - «el deber de todo revolucionario es hacer la revolución»- con la forma más eficaz que debe asumir la lucha en determinadas condiciones concretas.

Aquello es tan dañino como la conversión del Che en un mito, un «ícono sagrado» inalcanzable como ejemplo para el común de los mortales.

Mucho se ha hablado del valor del mito positivo que encarna el Che. No discutimos eso. El mito popular que se levanta y recorre el mundo como símbolo de rebeldía, encuentra legitimidad por el sólo hecho de haber nacido en el corazón del pueblo. Crece y se desarrolla porque interpreta aspiraciones multitudinarias de justicia y de rechazo al autoritarismo elitista que niega la partipación democrática del pueblo. A parejas con ese fenómeno auténticamente popular, sin embargo, corre la maniobra embozada de convertir al Che en un mito ideológico y político. Reconoce -porque nadie podría negarlo- el coraje, la honradez y consecuencia del Che. Pero sobre ese reconocimiento se levanta una apologética que cae en lo grotesco. Se procura así distanciar al Che de los hombres y mujeres de carne y hueso de este tiempo, con temores y gestos de valor, capaces de generosidad y nobleza pero también víctimas cotidianas del egoísmo y de la erosión espiritual que produce el individualismo.

Al convertir al Che en un ejemplar humano excepcional e infalible -casi inhumano-, se tiende a cortar su vínculo con los seres reales que quisieran imitarlo pero que se sienten de antemano incapaces de alcanzar las alturas de su entrega revolucionaria.

Seguir el camino del Che aparece así como algo fuera de toda posibilidad para el hombre o mujer de nuestro tiempo. El mito se superpone a la realidad y el personaje se convierte en un poster. Su destino es un muro junto a otros íconos y no el de una fuerza inspiradora de acción revolucionaria, verdadero rol histórico del Che.

Existe entonces la necesidad de desmitificarlo para que no pierda su filo y pueda seguir luchando. Si su legado esencial nos lleva a no tolerar la injusticia -incluso aquella que se comete con otros-; si el Che es un grito que llama a luchar uniendo en la acción razón y sentimiento, todos los que hoy se deciden a luchar por el cambio social se convierten en cierto modo en el Che. En otros términos: todos podemos ser como el Che. Está a nuestro alcance lograrlo, tal como el hombre verdadero, Ernesto Guevara de la Serna, llegó a ser el Che en las circunstancias concretas que le tocó vivir y enfrentando los desafíos que caracterizaban su época, no tan diferentes si hacemos bien las cuentas- que aquellos que nos toca enfrentar a nosotros.

Manuel Cabieses es director del periódico chileno PuntoFinal

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