nro. 10
Notas críticas sobre el desarme teórico en la resistencia frente al neoliberalismo

Néstor Kohan

Las palabras están heridas de muerte, pero hacen falta. Los encuentros y seminarios con vocación revolucionaria corren el riesgo de girar sobre sí mismos, pero hacen falta. Los intentos de análisis teóricos carecen muchas veces de público, pero nos hacen falta, nos hacen mucha falta.

Recuperar la iniciativa

Nos han expropiado la teoría revolucionaria. Nos han desarmado. Como resultado de un conjunto muy vasto de estrategias políticas de los sectores de poder hicimos nuestras las palabras, el discurso y los términos del enemigo. Los internalizamos. Los incorporamos a nuestro propio lenguaje. Paradójicamente nos oponemos al neoliberalismo... con los mismos instrumentos y la misma perspectiva del liberalismo. El enemigo impugnó y vilipendió cualquier proyecto revolucionario descalificándolo como una "utopía" y automáticamente nosotros pasamos a denominar a nuestros valores, nuestra tradición y nuestras propuestas como "utopías"...

El horizonte de la revolución, de la acumulación de fuerzas para la toma del poder, y la perspectiva de una salida de liberación nacional anticapitalista para la Argentina es abandonado en el campo de lucha contra el neoliberalismo en aras del paradigma teórico político centrado en "la democracia". Si tuviéramos que resumirlo en el lenguaje brutal de las consignas: la Patria Socialista fue reemplazada por la Patria Democrática.

Al haber despreciado el trabajo teórico y subestimado la batalla ideológica de resistencia a ese desarme, importantes sectores del movimiento revolucionario fueron involuntariamente complacientes con esa operación ideológica de contrainsurgencia.

Nuestro desarme histórico no fue entonces casual o accidental. Fue un producto directo de la derrota -provisoria- en los años setenta del movimiento popular a manos del bloque dominante en la Argentina (la condensada alianza de fracciones de clases sociales que dirigió el accionar de las Fuerzas Armadas en "la batalla contra el enemigo subversivo" y que hoy sigue gobernando el país). Derrota que también marca y atraviesa a importantes sectores de cuadros políticos del movimiento popular y a gran parte de sus intelectuales. Funcionarios especializados del mundo de las ideologías, muchos de éstos últimos fueron desaparecidos, acallados mediante el terror o sutilmente cooptados a través de una variada gama de mecanismos "democráticos".

"La democracia" -así, a secas y en general, sin apellidos ni especificaciones sociales o históricas- fue entonces instalada como el único y excluyente horizonte político de las luchas populares. La retirada ordenada de las dictaduras militares que inauguraron la barbarie neoliberal en toda la región del cono sur y la emergencia de una nueva forma de dominación burguesa: la república parlamentaria, impulsada entusiastamente por el mismo imperialismo norteamericano que armó las dictaduras, descolocó a las fuerzas de izquierda antidictatoriales. Si ya no había dictadura... entonces "la paz" estaba garantizada. Ahora..."a perfeccionar la democracia". ¿Cómo seguir luchando contra las clases sociales que amasaron fortunas incalculables en el período dictatorial si ahora -se nos dice- "todos podemos hablar y canalizar nuestras demandas y reclamos a través de los representantes legalmente constituídos"?

Una primera reacción balbuceada por las descolocadas corrientes de izquierda fue advertir que "la democracia" parida en el barro y la sangre de Videla, Pinochet y compañía era en realidad "restringida" (o también "vigilada", "tutelada", etc,etc). Pero esa caracterización resulta hoy claramente insuficiente.

En las principales ramas de la actividad económica, los grandes pulpos capitalistas oligopólicos crecidos durante las dictaduras, se enriquecieron aun más con el régimen vigente desde 1983 a la fecha (es numerosa la bibliografía económica que lo prueba), fagocitándose durante los últimos años el producto acumulado del trabajo social de varias generaciones argentinas. No queda otra alternativa que asumir que esta forma de régimen político es completamente funcional a los sectores concentrados del gran capital en Argentina. No "funciona mal" porque reina el neoliberalismo. Funciona perfectamente bien...Porque en realidad este régimen constituye una nueva forma política de la dominación burguesa que consolida y reproduce en escala ampliada la "acumulación originaria" producida durante el período anterior.

Llegar a comprender esa funcionalidad estratégica no implica desconocer las contradicciones abiertas o latentes que cotidianamente enfrentan a las clases dominantes con los sectores populares y entre sí, al interior de ellas mismas. Tampoco implica llamar a la inactividad quietista de la izquierda, cruzándose de brazos y postergando todas las demandas para el "gran día después" de la toma del poder.

El ejercicio del poder sociopolítico y sus instituciones de gobierno son funcionales pero están sujetos a la lucha de clases, por lo tanto no están predeterminados de antemano. Comparemos por ejemplo el régimen político argentino -república burguesa constitucional parlamentaria- vigente en los cortos meses de 1973 que duró la presidencia de Cámpora (cuando se quemaron por orden del Estado varios archivos de la inteligencia oficial, los ejércitos guerrilleros eran legales y vendían sus periódicos a la luz del día, no había presos políticos, la universidad estatal era dirigida por un marxista, etc,etc) con el mismo tipo de régimen en tiempos de Isabel-Luder, Alfonsín o Menem...El régimen es en los cuatro casos del mismo carácter (burgués constitucinal parlamentario), sin embargo la correlación de fuerzas de la lucha de clases es completamente diferente. He ahí la clave de tan notorias diferencias. Por lo tanto, el ejercicio del poder a través de las instituciones se va modificando permanentemente al compás de la correlación de fuerzas en el terreno de la confrontación socio clasista.

Reconocer esta verdad elemental (rechazando cualquier definición de tipo funcionalista o fetichista del Estado), presupone sin embargo algo previo: haber identificado claramente el tipo de dominio político que como forma fundamental el enemigo ha elegido para la presente etapa de la lucha de clases. No confundirlo jamás con "el gobierno de las mayorías", "el Estado de todos" y otras mistificaciones ideológicas semejantes (ni siquiera en tiempos progresistas), de gravísimas consecuencias prácticas. Recordemos, para citar también otro ejemplo histórico similar al argentino, la tragedia que experimentó la izquierda chilena en tiempos del heroico y abnegado Salvador Allende, por no haber identificado el tipo de régimen político y social en el cual desarrollaba su lucha por el socialismo. Los tiempos han cambiado mucho, muchísimo, pero las confusiones aun continúan...

Para recuperar la iniciativa estratégica en la lucha contra el neoliberalismo y pasar a niveles más altos en la resistencia se torna necesario, imprescindible, revisar con mirada crítica los ejes principales que hasta ahora el enemigo ha instalado en el campo popular y en "la oposición al modelo", sembrando a largo plazo las semillas de su hegemonía político ideológica.

¿Una oposición al modelo neoliberal en los marcos teóricos y políticos del sistema capitalista?

Si intentamos agrupar esquemáticamente (con las simplificaciones que conlleva todo esquema) las principales críticas, reclamos, propuestas y núcleos ideológicos que han articulado la oposición y el cuestionamiento al neoliberalismo en Argentina, quizás podamos comenzar a rastrear las huellas del desarme que obstaculizan actualmente la recomposición de la resistencia:

a) Crítica de la "corrupción" (coimas, lavado de narcodólares, estafas y robos varios, etc) y reclamo de "una buena administración"...,

b) Crítica de la "justicia cómplice" (corte suprema obsecuente, jueces parciales, etc) y reclamo de una "Justicia independiente"...,

c) Crítica de aquellas privatizaciones que se hicieron "de manera poco transparente"...,

d) Crítica del presidencialismo (gobierno por decretos) y defensa a rajatabla de una "efectiva división de poderes" (ejecutivo, legislativo y judicial) y de la "gobernabilidad"...,

e) Rechazo del dominio político carismático (Menem como caudillo populista del neoliberalismo) y reemplazo por el "libre funcionamiento de las instituciones"...,

f) Rechazo de toda represión clandestina que no respete el curso "normal" de la justicia tribunalicia (centros clandestinos de detención, aparatos clandestinos de inteligencia, desapariciones, etc) y defensa de los derechos humanos entendidos como "la instancia que garantiza que todos los ciudadanos somos, en tanto individuos miembros del Estado-Nación y sin distinción de clase, iguales ante la ley"...,

g) Legitimidad de la represión de cualquier posible tipo de rebelión, pueblada o insurgencia "si se hace con la ley en la mano, a la luz del día y con jueces independientes"...,

h) Rechazo de la discriminación del "otro" como forma fundamental de resistencia cultural al "autoritarismo" y "reivindicación de las diferencias"...,

i) Defensa de las instituciones estatales (parlamento, tribunales, etc) pues "el Estado somos todos los ciudadanos y nos defiende a todos por igual"...,

j) Rechazo de las dictaduras y de toda forma de violencia, "venga de donde venga" -los dos demonios, las Fuerzas Armadas y los revolucionarios armados- y defensa de "la democracia"...

Recorramos por un momento y de un solo vistazo todos los ítems, desde la a) hasta la j). No resultaría demasiado difícil identificar a qué corriente histórica pertenecen desde aquella célebre toma de la Bastilla de 1789 las banderas de "división de poderes", "justicia independiente", "libertad de opinión", "honestidad administrativa", "respeto por las diferencias",etc,etc...

Esa inmensa gama de críticas al neoliberalismo en Argentina y el tipo de banderas y reclamos que se le oponen como alternativa, conforman un universo ideológico político cuyos contornos están perfectamente definidos en la historia: el liberalismo burgués ilustrado (laico, democrático y cultor del "progreso", en el iluminismo del siglo XVIII de Europa y en el sarmientismo de nuestro siglo XIX).

De larga tradición en Chile, Uruguay (el cono sur) y principalmente en Argentina, esta cultura política impregnó históricamente la práctica de grandes sectores de la izquierda reformista (incluyendo en la misma a todas las corrientes que con sus matices fueron sacudidas por la ofensiva revolucionaria a partir de la resistencia peronista y sobre todo a fines de los sesenta y comienzos de los setenta) y también de los sectores sociales de la pequeño burguesía urbanos ligados a y hegemonizados por la burguesía liberal.

Que el reformismo social y las burguesías "liberales" -tan nítidamente representados en los medios de comunicación actuales por el periódico Página 12 y por el "ex" fascista cursillista Mariano Grondona- hayan asentado su oposición al modelo neoliberal en esta larga y sedimentada tradición cultural resulta plenamente comprensible. Lo que sí resulta absolutamente inaudito y escandaloso es que se intente convencer al movimiento popular -hasta ahora el intento ha tenido un éxito no despreciable- de que esas son precisamente las banderas que debe hacer suyas para derrotar al neoliberalismo.

Estamos convencidos que con apenas unas paginitas de crítica al liberalismo no se resuelve nada. Sin embargo, nuestro objetivo apunta a sugerir al lector que si ese inmenso contrabando ideológico que nos quiere hacer comer gato por liebre (liberalismo democrático en lugar de una crítica radical -radicalizada- del neoliberalismo) fue posible es porque el movimiento popular ha sido desarmado.

El enemigo y sus innumerables voceros "progresistas" en las autopistas ideológicas (universidades, suplementos culturales, programas políticos de opinión, periódicos, editoriales, etc,etc) han intentado convencernos -aprovechando la euforia pos Muro de Berlín- de que la teoría revolucionaria ya no sirve, de que no hay otra alternativa al neoliberalismo que el mismo liberalismo...

La teoría crítica del poder en Marx y su cuestionamiento a la forma republicana liberal de dominación burguesa

Hundir el cuchillo en los escritos marxianos quizás resulte hoy una tarea densa. La inmensa carga ideológica que los sepultó es pesada, pegagosa, persistente. Sin embargo vale la pena. Al menos, si pretendemos aportar solidez a la crítica contemporánea del neoliberalismo.

Lejos está de nosotros la izquierda libresca, ilustrada y falsamente erudita, que pretende resolver los dilemas históricos con una dogmática cita de libro. Sin embargo, las transformaciones más grandes que vivió este siglo no se produjeron automáticamente. Implicaron en sus sectores más avanzados un paciente esfuerzo de estudio y elaboración teórica. Allí está Lenin rompiéndose la cabeza para entender la Lógica de Hegel, justo antes de redactar Las tesis de abril y proclamar el poder para los soviets. Allí está Mao Tse Tung estudiando a Clausewitz en medio de la lucha contra los invasores japoneses. Allí está Gramsci estudiando en un calabozo fascista a Croce, para entender la derrota del movimiento obrero italiano. Allí está Mariátegui estudiando a Nietzsche, a Lenin y a Sorel, mientras organizaba la CGT del Perú. Allí está el Che Guevara estudiando los Manuscritos de 1844 el mismo año de la crisis de los misiles, etc,etc,etc. El trabajo teórico -para los revolucionarios- nunca es un artículo de lujo prescindible como un nuevo electrodoméstico o un saco de marca. Es algo imprescindible. Nada más práctico para la vida cotidiana que una buena teoría.

Marx legó a los revolucionarios una teoría crítica del valor -quizás el aspecto más difundido de su obra, aunque no necesariamente comprendido- pero también una teoría crítica del poder y la política. Esta última dimensión probablemente sea la menos trabajada, lo que explicaría los bastardeos y tergiversaciones que en su nombre se hicieron y se hacen...

Existe en Marx una muy sugerente analogía entre su teoría del valor y su teoría del poder y la política. Su teoría crítica del valor está sustentada lógicamente en la teoría crítica del fetichismo, pues ésta última explica el modo en que la praxis específicamente humana se cristaliza y coagula en las cosas, es decir, cómo el trabajo abstracto (trabajo socialmente homologado que se socializa indirectamente después del cambio en el mercado) se expresa cosificadamente como valor de las mercancías. En otras palabras: esta teoría del fetichismo describe y analiza porqué y cómo lo que pertenece a los hombres y a sus relaciones intersubjetivas se expresa en el mercado capitalista de manera reificada e invertida, como si fuera algo perteneciente a las cosas mismas. Partiendo de este descubrimiento, Marx analiza en El Capital el modo en que los aspectos contradictorios internos encerrados en la mercancía (valor de uso y valor) se van desplegando y exteriorizando en contradicciones externas (formas simple, desarrollada y general del valor) hasta autonomizarse completamente cobrando "vida propia" (en el dinero), creciendo y aumentando permanentemente (capital) ä partir de las energías y capacidades que succiona (plusvalor) de las clases explotadas (trabajo asalariado). Un proceso que sólo puede mantenerse (reproducción) si gran parte de ese "plus" succionado se vuelca en un nuevo ciclo de explotación (acumulación).

La gran hipótesis de Marx sostiene que este conjunto de procesos históricos y sociales de enfrentamiento permanente -abierto o latente- que atraviesan y definen cada una de esas relaciones (expresadas en su teoría crítica del valor como categorías: mercancía, valor, dinero, capital, trabajo asalariado,etc, etc) constituyen una totalidad orgánica, organizada en torno a un orden procesual-estructural específicamente histórico: el modo de producción capitalista.

Este modo de producción se torna hegemónico en la historia de la sociedad humana cuando sus relaciones sociales fundamentales (valor, dinero, capital) predominan por sobre y subordinan al resto de las relaciones sociales no capitalistas (trabajo esclavo; trabajo servil; trabajo doméstico al interior del hogar; actividades destinadas a la autosubsistencia y al autoconsumo sin mediación dineraria o salarial,etc,etc). Lo que define entonces al régimen capitalista, según Marx, no es el robo ni el saqueo ni la tortura -ni la "corrupción"- ni ninguna otra forma de violencia también conocida por sociedades precapitalistas. Es la violencia sorda e "invisible" del consumo productivo de la fuerza de trabajo. Esta violencia sorda y muda en la sociedad moderna es legitimada jurídicamente mediante el contrato salarial (en el cual dos propietarios acuerdan intercambiar sus mercancías: el capitalista, dinero, el trabajador asalariado, su capacidad de trabajar) e ideológicamente por los supuestos "derechos humanos" que atribuyen a patrones y obreros, en tanto individuos contratantes (haciendo abstracción de las clases sociales), las garantías de ser completamente "libres" e "iguales".

Aunque el capitalismo siempre conviva con relaciones y actividades no capitalistas -subordinándolas y resignificándolas-, hasta el momento pereciera ser que no puede prescindir de ellas. ¿Acaso el capitalismo argentino no necesitó implementar un plan sistemático de torturas, secuestros y desapariciones, burocráticamente planificado y estratégicamente dirigido a liquidar la resistencia a su adopción de un nuevo patrón de acumulación capitalista?

La barbarie que Marx describía en la burguesía moderna al estudiar la acumulación originaria del capital europeo (expropiación de campesinos, conquista de América y la India,etc) no tiene absolutamente nada que envidiarle a la barbarie en que incurrió e incurre la burguesía argentina al remodelar el tipo de capitalismo imperante en nuestro país. Lo que sucede es que en realidad la "modernidad" capitalista necesita irremediablemente, incluso en su madurez, de los siniestros y perversos andadores y muletas "premodernas" (la tortura, las estafas, la corrupción, la esclavitud,etc).

Aun reconociendo este hecho insoslayable de la modernidad capitalista, la gran apuesta teórica de Marx apunta a demostrar que, a pesar de convivir con estas "impurezas premodernas", la "forma pura" y descarnada del dominio y explotación del capital a través de la extracción de plusvalor recién se alcanza en el modo de producción capitalista. (Por "forma pura" -una metáfora quizás proveniente de la geometría o de las ciencias naturales- entendemos en general la forma más desarrollada, libre de interferencias e imperfecciones, en su máxima abstracción).

Su teoría del valor no es escindible de su teoría del poder. Cada una de las relaciones de producción (el valor, el dinero, el capital, etc) que él estudia, está atravesada por la tensión de un enfrentamiento, por un proceso de poder y resistencia. No hay relación de valor sin el enfrentamiento de dos poseedores de mercancías en el mercado. No hay relación de capital sin el otro polo, el de la fuerza de trabajo. Cada transformación histórica del capital, desde la manufactura hasta la gran industria (y ni hablar del taylorismo, fordismo, toyotismo, etc) presupone una resistencia permanente de los gremios medievales primero, del proletariado moderno después.

Quizás el punto más alto de esa reflexión acerca del poder en su articulación con el mundo de las relaciones sociales de valor se encuentre en su explicación del pasaje histórico de la subsunción formal del trabajo al capital a la subsunción real. Enemigos y apologistas acríticos han atribuído a Marx una teoría de la explotación económica (el famoso "economicismo") pero han negado que alguna vez haya aportado una teoría del poder o de la dominación. Justamente en la explicación de la subsunción real del trabajo en el capital (la específicamente capitalista) Marx conceptualiza de manera explícita no sólo el proceso de explotación sino también las formas del dominio de la subjetividad, el poder y la resistencia que éste genera en los oprimidos por el dominio del capital. No hay pues "economía pura" en Marx. Hay una teoría crítica del valor que implica y presupone una teoría del poder y de la resistencia al poder. Pero su teoría del poder no se reduce a la explicación de las articulaciones y relaciones que caracterizan a la "forma pura" de la explotación capitalista (es decir, la forma históricamente específica de este modo de producción).

Al aportar elementos para una teoría crítica de la política Marx sigue la misma dirección. En este plano también está interesado en demostrar que, lo que podríamos llamar las "formas puras" del dominio político de la burguesía (las históricamente específicas que definen a la política burguesa) no son ni las dictaduras, ni las monarquías ni ningún otro "residuo" premoderno de dominio político.

Estos "residuos y supervivencias premodernas" no desaparecerán jamás del capitalismo maduro. Insistimos: la modernidad capitalista no puede sobrevivir sin ellos. El fascismo, el franquismo y el nazismo en Europa, Videla, Pinochet, Somoza y Batista en América latina, el apartheid en Sudáfrica, etc,etc, son muestras más que suficientes para abandonar la ilusión de un "capitalismo puro, humano y limpio". El capitalismo del siglo XX (¿acaso será diferente el del siglo XXI?) ha elevado la barbarie premoderna a niveles organizativos y burocráticamente planeados nunca antes vistos por la inquisición medieval: desde el Aushwitz de los alemanes y la Hiroshima de los EEUU hasta la ESMA argentina.

Haciendo esta aclaración, puntualicemos que para la teoría revolucionaria que nos aportó Marx la república liberal constitucional parlamentaria, con todos sus "derechos humanos" (entendidos de manera liberal, como pertenecientes a los individuos- ciudadanos-contribuyentes) constituye la forma más alta, la más desarrollada, la más perfecta de dominación burguesa. Y aquí viene la gran utilidad para entender mejor los límites insalvables de la actual oposición liberal al neoliberalismo en Argentina.

En su plan original de investigación, Marx pensaba dedicarle un libro específico -como el de El Capital- al estudio del Estado. Nunca llegó a concretarlo. Pero ya desde su juventud nos dejó un conjunto de escritos que analizan el problema del poder y la política desde el punto de vista filosófico (Crítica de la filosofía del derecho de Hegel y La cuestión judía, por ejemplo) o sociológico histórico (Las luchas de clases en Francia, El 18 brumario de Luis Bonaparte, La guerra civil en Francia, etc,).

En todos ellos sostiene que el punto histórico más alto al que llegó la burguesía en el poder -1793, con los radicalizados jacobinos- o luego de la revolución de febrero de 1848, también en la políticamente avanzada París, es la república liberal constitucional. Esta última, con sus correspondientes instituciones de gobierno (parlamento, ejecutivo y judicial, con plena división de poderes) sus órganos de prensa y sus asociaciones políticas, constituye la forma pura de la dominación burguesa. Una forma de dominación política mucho más elevada que la monarquía del antiguo régimen del siglo XVIII, que las monarquías legitimistas u orleanistas del siglo XIX, o incluso que la dictadura militar de Napoleón Bonaparte -el ejemplo histórico de su teoría sobre el que se explayó largamente-.

Es recién con la república liberal organizada constitucionalmente, sin dictadura, sin monarquía, (sin "impurezas") cuando todas las infinitas fracciones de la burguesía logran desplegar y ejercer de manera cristalina su dominio político de clase unificado, sostiene Marx. Con monarquías, con dictaduras (con fascismo, podríamos agregar nosotros, en el siglo XX) sólo ejerce su poder una fracción burguesa. Con la república constitucional parlamentaria el dominio lo ejerce el conjunto de la burguesía. Por ello el ejercicio del poder alcanza su máximo desarrollo, su mayor grado de abstracción, de manera análoga a como en el modo de producción capitalista el valor y el capital alcanzan su mayor desarrollo subordinando formas antediluvianas y premodernas de dinero y capital.

Al ejercer su poder de manera íntegra, la burguesía generaliza -como sucedía en el valor con el trabajo abstracto de la sociedad mercantil- la forma de su dominio. Pierde particularidad. Las clases sociales "desaparecen" en el cielo nebuloso de la constitución política y todos sus miembros se transforman en ciudadanos del Estado-Nación con sus respectivos "derechos del hombre naturales innatos". Por lo tanto, haber terminado con la dictadura (léase Videla) no implica haber terminado con el dominio político de clase. la república constitucional de 1983 en adelante perfecciona aun más ese dominio, lo hace más general, "más puro y cristalino", liberado de las impurezas de los campos de concentración y el terrorismo militar. La burguesía construye entonces su hegemonía sin los obstáculos de una junta militar que impone el terror de manera descarnada. La forma de dominio predominante se vuelve "democrática".

A este tipo de generalización del dominio de clase burgués en la república liberal constitucional Marx la denominó en su juventud "emancipación puramente política" (La cuestión judía), o sea, separación de la religión y el Estado e implantación de la igualdad puramente jurídica de los ciudadanos ante la ley (nunca plenamente cumplida en Argentina), haciendo abstracción de sus enfrentamientos de clase. En su madurez, refiriéndose a la revolución francesa, la llamó "revolución burguesa" (El Manifiesto, El 18 brumario, etc). A la emancipacón política, a los derechos humanos de los individuos-ciudadanos-contribuyentes y a la revolución burguesa les contrapuso la "emancipación humana" (La cuestión judía) o "revolución socialista-comunista" (El Manifiesto, La guerra civil en Francia).

Los derechos humanos que garantizarían este segundo tipo de revoluciones de carácter social y no sólo jurídico-político ya no harían abstracción de las diferencias de clase ni tampoco se basarían en la típica escisión burguesa entre "ciudadano del estado" (altruísta y patriota) y "burgués del mercado" (ferozmente egoísta e individualista). Su gran apuesta fue precisamente superar ese dualismo propio de la modernidad capitalista. Sigue siendo el desafío pendiente de todas las luchas anticapitalistas contemporáneas y futuras.

Para Marx esa forma pura de dominio burgués -la república liberal constitucional- y sus instituciones jurídicas contractuales que regimentan la circulación y la propiedad en el mundo del mercado capitalista, son un producto histórico, nunca un punto de partida. A diferencia de todos los teóricos del derecho natural (iusnaturalistas: Locke, Hobbes, Spinoza, Kant, Rousseau,etc), quienes postulaban un hipotético contrato social fundacional de lo social y lo político, para Marx el ámbito mercantil del contrato y las instituciones políticas que lo garantizan son un resultado, un punto de llegada. ¿Desde dónde? De la guerra, de la lucha de clases, de las violentas contradicciones entre explotadores y explotados (tal como las analiza en El Capital al estudiar la acumulación originaria). En su teoría política, la "paz natural" es un momento posterior a la guerra, la república constitucional es un resultado de determinada correlación de fuerzas alcanzada en la lucha de clases. Nuestro régimen constitucional -podría aventurarse-, desde 1983 a la fecha, es resultado de la confrontación y de la derrota en las luchas de los años setenta.

No es nuestra pretensión resumir aquí la teoría marxista. Sólo queremos apuntar algunos elementos imprescindibles de la teoría revolucionaria de Marx que constituyen herramientas sumamente útiles para que el movimiento popular retome actualmente la iniciativa y ponga fin a la estrategia de desarme teórico a que lo sometió el enemigo. Si queremos ser serios e ir a fondo en el cuestionamiento del neoliberalismo, debemos asumir de una vez por todas que las editoriales dominicales de Pagina 12 ya no alcanzan como herramienta teórica...

La crítica de fondo que Marx hace tanto a la economía sustentada en el mercado (teoría del valor y el poder) como al régimen político basado en la república liberal constitucional (teoría de la política) aportan elementos valiosísimos para poder analizar e impugnar en la Argentina el tipo de régimen político -pos dictadura- que permitió hasta hace muy poco a las clases dominantes locales implementar el programa de máxima del neoliberalismo sin mayores sobresaltos.

Construir el sujeto de la resistencia, acumulando fuerzas para la toma del poder

Toda resistencia (en este caso al neoliberalismo y a su régimen de dominio sociopolítico) presupone un sujeto que la implemente y desarrolle. He aquí otro de nuestros grandes talones de Aquiles: la teoría del sujeto. Somos débiles al estudiar al enemigo pero también somos débiles al estudiarnos a nosotros mismos.

Como parte de ese mismo desarme teórico que venimos cuestionando, y frente a una crisis visible de los instrumentos organizativos clásicos (el partido revolucionario definido de antemano como "la vanguardia" autoproclamada y en parmanente competencia con otras "vanguardias", igualmente autoproclamadas y recíprocamente excluyentes) muchos de los intelectuales "progres y democráticos" redescubrieron a partir de los años 80 el mundo de los movimientos sociales.

Las mujeres, los estudiantes, los homosexuales y las lesbianas, los consumidores, los defensores de derechos humanos, los ecologistas, los usuarios de Internet, etc,etc, se habrían convertido entonces en sujetos absolutamente autónomos, cuyas demandas no serían pasibles de ser articuladas en un torrente común. Si para la modernidad burguesa clásica la ciudadanía representaba lo general y común a todos los miembros de Estado, ahora la ciudadanía se entremezclaría con el consumo y con las minorías despedazándose en múltiples y fragmentadas ciudadanías plurales: raciales, sexuales, ecológicas ,etc (una para cada movimiento social).

La matriz teórica de ese pasaje sin mediaciones del partido monolítico (poseedor de la ciencia marxista = la vanguardia) a los movimientos sociales completamente autónomos y fragmentarios, carentes de representación ni articulación en un proyecto global, estuvo asentado en el plano de las ideas en el completo abandono de toda perspectiva dialéctica.

Este último método de análisis y transformación -la dialéctica-, bastardeado, vilipendiado y desprestigado hasta el cansancio por la máxima expresión cultural del neoliberalismo -el posmodernismo-, fue paradójicamente también abandonado por algunos intelectuales de izquierda seducidos por la crítica a la dialéctica de Nietzsche, Foucault, Negri, Guattari y otros pensadores análogos.

El desarme teórico avanzó entonces cediendo otra fortaleza del campo popular: no sólo impidió la crítica de la forma actualmente predominante de dominio político neoliberal (la república constitucional parlamentaria) sino que también obstaculizó hasta el momento la imperiosa necesidad de reelaborar una teoría revolucionaria del/os sujeto/s de la resistencia al neoliberalismo. Una tarea aun pendiente.

En los años sesenta y setenta, la máxima expresión teórica del fetichismo organizativo (exceptuando obviamente los incalificables manuales soviéticos), fue el estructuralismo althusseriano: como el partido por definición poseía "la ciencia" (la teoría del materialismo histórico) y las masas -también por definición- estaban sumidas en la ideología precientífica, la organización partidaria debía "llevar la verdad desde afuera" al movimiento popular. Tomando esta teoría de Kautsky (aunque atribuyéndosela a un Lenin recortado y deformado), el partido era concebido por esta corriente como absolutamente externo a los movimientos sociales y su dirección política estaba garantizada por el saber acerca de la totalidad estructural que ésta poseía.

Ante la crisis total de semejante dogmatismo cientificista -insistimos: simplificador de las tesis leninistas- gran parte de la izquierda intelectual contemporánea, al menos la que coquetea con un ademán moderno y asume la pose de "actualizada", abandona definitivamente la dialéctica. Con la dialéctica tira al tacho de la basura la perspectiva de la totalidad, en función de las particularidades, de los fragmentos, de las redes capilares, de los micropoderes, de la autonomía absoluta de los sujetos sociales. Si el modelo dogmático de partido marxista entró en crisis terminal sólo queda -nos dicen- el abandono de cualquier forma de organización general que exceda el micromundo de cada uno de los movimientos reivindicativos "autónomos", de cada una de las ciudadanías particulares. Si ya no hay un poder central sino muchos micropoderes -agregan-, entonces carece de sentido el proyecto de tomar el poder para hacer la revolución. Un desarme total. El enemigo festeja.

Sin embargo, frente a la totalidad abstracta postulada por el estructuralismo (la organización-partido = la ciencia = la vanguardia) y frente a la fragmentación del micromundo autónomo de los movimientos sociales (sumamente atractivos, ricos y variados pero inofensivos y cooptables en tanto no converjan en sus luchas), creemos necesario recuperar la dialéctica revolucionaria de Marx. Ni totalidad estructural ni particularismos irreductibles, ni fetiche de la organización ni corporativismo espontaneísta, ni generalidad abstracta ni micromundo igualmente abstracto. Sólo la articulación de los reclamos particulares y específicos en una perspectiva generalizadora que los unifique (sin negarlos ni reprimirlos) podrá superar el límite de hierro que la hegemonía neoliberal ha impuesto a la izquierda desarmada teóricamente. El gran aporte teórico de los zapatistas en su la lucha contra el neoliberalismo va en este sentido.

El estructuralismo de Althusser (y sus numerosos discípulos latinoamericanos) postulaba la muerte del sujeto en aras de las rígidas estructuras. La contracara de los "movimientos autónomos que enfrentan los micropoderes" hacen estallar también al sujeto y lo dispersan en una proliferación de sujetos recíprocamente excluyentes y mútuamente inarticulables. La gran tesis de la dialéctica revolucionaria de Marx (tan olvidada y poco estudiada incluso por sus seguidores) sostiene que el sujeto nunca preexiste a la totalidad. El sujeto se construye. El sujeto político y social de la resistencia al neoliberalismo, y de la revolución de la liberación nacional anticapitalista se construye. Ese sujeto es plural. Por lo tanto la identidad de la vanguardia revolucionaria cuya construcción sigue pendiente en Argentina también deberá ser plural (ninguna corriente es depositaria exclusiva de "la ciencia" ni de "la verdad").

Como esa articulación de lo particular en lo general puede ser cooptada dentro del sistema por el enemigo (si nuestro desarme se lo permite), el mayor desafío que la izquierda revolucionaria argentina -y latinoamericana- tiene por delante reviste entonces un triple carácter:

a) Crear y construir el sujeto social de la resistencia y la revolución de manera plural, articulando al conjunto de lo más avanzado de los movimientos sociales (sin que éstos se vean obligados a renunciar a sus demandas particulares)

b) Crear una vanguardia política revolucionaria plural, que respete, integre y articule identidades políticas históricamente sedimentadas entre los revolucionarios y los trabajadores, y que recupere en su proyecto de liberación nacional anticapitalista las demandas particulares de la clase obrera, de las mujeres, los estudiantes, los religiosos de liberación,las lesbianas y homosexuales, los campesinos y todos los sectores oprimidos por el capitalismo neoliberal contemporáeo

c) Superar el límite del liberalismo laico, democrático y progresista que reduce la lucha contra el neolibralismo al plano de un "capitalismo democrático, racional y humano", intentando avanzar con la mayor cantidad de aliados posibles hacia un cuestionamiento radical de todo capitalismo (sea neoliberal o incluso keynessiano- estatista).

Buenos Aires, octubre de 1996
(Docente de la UBA y miembro de la revista DIALEKTICA)

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