nro. 10
Balance y recreación del socialismo

Fernando Martínez Heredia

Esta Mesa pretende demasiado: que entre cinco personas traigamos la experiencia del socialismo en el siglo XX, y todo en media sesión. Empiezo por lo que estaba pensando al inicio, que a mí me ha tocado la suerte de pasar la vida entera en una revolución de tipo anticapitalista, y toda la vida de adulto, toda, en la aventura maravillosa y angustiosa de un poder socialista. Sin embargo, vengo a cumplir con el objetivo de este tipo de actividades, que son de estudio, de análisis y de debate de ideas. Quiero entonces ir agregando elementos a lo que Manuel Monereo decía al inicio: "que sea de debate".

Ante todo, una afirmación: tenemos una tremenda cultura acumulada de socialismo, y no podemos admitir que nos hagan creer que no la tenemos. Pero para comenzar por el principio, me hace falta hablar de colonialismo, neocolonialismo, de liberación nacional, de nación, Y eso no es posible. Tendría que haber otro tema, otra Mesa, y entonces se consumaría un error, que es la división entre lucha contra el colonialismo y el neocolonialismo, lucha de la nación, y lucha de clases por el socialismo, lucha del socialismo. Al parecer necesitaríamos una Mesa muy grande, por la que puedan discurrir juntos los problemas que existen combinados en el mundo. Quiero al menos decir esto: no se puede hablar de socialismo en el siglo XX si no se habla de las luchas de liberación nacional, si no se habla del sistema mundial del capitalismo. De cómo maduró el capitalismo desde el colonialismo al neocolonialismo, y de cómo en todo éste último medio siglo, todas las revoluciones contra el capitalismo sucedieron en el mal llamado "tercer mundo".

Esas cuestiones están en el centro de toda reflexión seria acerca de las experiencias -y las teorías- del socialismo en el siglo XX. (1). Incluso muchos analistas buscaron una explicación a los problemas soviéticos a partir de postular que los bolcheviques habían hecho una revolución en Europa, pero en la parte atrasada de Europa. Si atendemos a las realidades del mundo del siglo XX, afirmo que sin las ideas y la revolución de Lenin no se entiende el socialismo del siglo XX, y sin comprender en qué se convirtió la URSS no se entenderán los desencuentros y los quebrantos tan profundos de los socialistas del siglo XX. De la misma forma que el capitalismo se extendió desde Europa por el mundo, al socialismo le pasó la desgracia de imitarlo en cuanto al europeocentrismo, al seguidismo, a la creación de colonialismo mental, en este caso mentalidad de izquierda, pero siempre mentalidad colonizada del que lo padece. El colonialismo de la mente y los sentimientos es mucho más eficaz que el impuesto a la fuerza.

Me limito a presentar estos temas, tan fundamentales y complejos. Los que dominan procuran hacernos olvidar, y por eso quiero insistir en el problema de la recuperación de la historia de las revoluciones, de las ideas revolucionarias. Una recuperación que no consiste en aplaudir sino en estudiar y discutir, incluso en criticar; para que valga más la sangre de los que murieron hay que criticar, desde dentro. Apoderarnos de la historia del socialismo en el siglo XX, de la historia de las prácticas y las ideas que tuvo cada uno de los que de verdad lucharon y se enfrentaron a la hegemonía de la burguesía de su país y de la burguesía mundial sobre el espectro del medio en que vivieron y de las ideas de su tiempo. Sería criminal privarnos de esa acumulación cultural extraordinaria.

Si el XIX fue el siglo clásico del capitalismo, el XX ha resultado otro siglo más de capitalismo, a pesar de que tantos creyeron -como la joven Marie Langer- que la propiedad privada y la creencia en Dios se acabarían antes que él. Sea que le llamemos siglo corto, o de extremos, miren como estamos en 1996. El siglo que termina ha sido sin embargo de profundos retos y angustias para el capitalismo. Por qué no están organizando el gran jubileo del año 2000, que sería una oportunidad maravillosa de celebrar en triunfo un nuevo siglo y milenio? Es que el triunfalismo de los primeros años 90 ya se ha agotado, y nadie se atreve a hacer promesas. Pero vuelvo a nuestro tema, que es el socialismo.

En el clásico siglo XIX se produjo nada menos que la profundización del proyecto, de las ideas, de una sociedad que fuera anticapitalista, y tan diferente al mundo burgués como la asociación de productores libres concebida por Marx. El mayor logro intelectual fue el de Marx, con su teoría del capitalismo, de la revolución, de un poder para la transición al comunismo, pero él no fue el único que aportó: otros produjeron también prefiguraciones y plantearon ideas que guiaron las luchas en aquel siglo. El XX, pese a ser otro siglo de capitalismo, ha sido de inmensas experiencias, de prácticas revolucionarias anticapitalistas trascendentales. Profundas revoluciones políticas cambiaron las relaciones económicas y sociales en sus países en buena parte del mundo, en grados y de modos diferentes. El éxito obtenido por el capitalismo frente a ellas provino de que tanto sus presiones como su peso y atracción culturales resultaron superiores, a mediano o largo plazo. Pero eso fue posible porque el curso general de la evolución de aquellas revoluciones ha sido la reducción progresiva de su alcance, que las constriñó a poderes estatales en manos de grupos dominantes, a la consolidación de la desigualdad mediante jerarquías y privilegios, y al predominio de la geopolítica en la dimensión internacional de su actividad.

En el siglo XX se organizaron y desarrollaron economías diferentes a la del capitalismo, basadas en satisfacer las necesidades humanas y la justicia social, que obtuvieron logros muy notables. La URSS partió de un gigantesco espacio económico propio, durante décadas realizó esfuerzos descomunales y se vendió a sí misma la mayor parte de sus productos y servicios. Otros países en transición socialista han confrontado la desgracia de partir de la situación sumamente desventajosa -en condiciones y grados diversos- en que los dejó la expansión depredadora y colonialista del capitalismo mundial. En las últimas décadas las economías de Europa Oriental, y las de países liberados del Tercer Mundo, han sido duramente afectadas por las tendencias recientes del capitalismo imperialista, centralizadoras, parasitarias, trasnacionalizantes. Y en el marco del freno, desnaturalización y decadencia de los procesos de transición socialista, esas economías cada vez más buscaron objetivos análogos a las economías capitalistas.

Por otra parte, tampoco pudo evitar el capitalismo que se produjeran mejores o nuevos autorreconocimientos -y luchas- nacionales, clasistas, étnicas, de comunidades, de género. El orden que combinaría el colonialismo feroz con libertades ciudadanas, la misión civilizadora del hombre blanco con el racismo y con la miseria de las mayorías, no pudo reinar en paz. Las naciones, los explotados y oprimidos, las mujeres, los negros, los indios, los marginados y excluidos, las comunidades y otras diversidades sociales existen tozudamente, se reconocen y son activas. Ellas se enfrentan parcialmente al capitalismo, o al menos lo niegan o lo desafían, e influyen en los reclamos humanos actuales, constituidos por un amplio arco que va desde la lucha contra las consecuencias de las políticas vigentes, hasta la defensa del medio ambiente. Se ha acumulado una inmensa cultura como resultado de las revoluciones, de las grandes experiencias políticas y de las identidades y movimientos sociales.

La victoria del capitalismo ha estado hasta ahora en lograr subsumir los movimientos y las ideas de rebeldía en su corriente principal. Las experiencias de proyección socialista se han ido deslizando hacia el interior de la cultura del capitalismo. Y las ideas revolucionarias han sufrido un retroceso descomunal, no sólo por las represiones sufridas bajo los poderes capitalista, sino también por ser sujetas y manipuladas en los poderes socialistas, en vez de ser una avanzada de prefiguración, protesta, proyecto y profecía.

La imposibilidad de ir más allá del condicionamiento que le imponían sus medios ha recortado las victorias revolucionarias; la incapacidad de ir más allá de las condiciones de reproducción "normales" de la vida social la ha recortado a las ideas. Las palabras mismas con que se vistió la legitimidad del socialismo -la historia, el progreso y la ciencia- se convirtieron en adornos o camisas de fuerza. Resultó que no eran nuestras sino de ellos; pasó con ellas como con la llamada burguesía nacional. A pesar de enormes logros en materia de participación popular, hay una historia de desventuras entre el socialismo y la democracia; lugar de declaraciones vacuas, de adornos, de dolores de cabeza, de "división del trabajo", de fracasos. (2) El silencio de la teoría y la ideología ante el problema de la dominación en el socialismo, privó a este de una fuerza y un planeamiento que están vedados al capitalismo. Una gama de problemas que iba desde la extrema confusión entre los fines y los medios, la despersonalización y la intolerancia, hasta el ateísmo, no se trataban o eran muy mal tratados.

Confío en que aquellos que actúen en el siglo XXI puedan llamar "socialismo primitivo" al conjunto de las experiencias socialistas del siglo XX. En vez del supuesto inicio de la historia humana que aparecía en los manuales, un socialismo primitivo que ocupó la primera etapa, que fue la prehistoria del socialismo que vendrá.

Lo dramático es que aún así las experiencias socialistas han sido superiores a todo el capitalismo del siglo XX. En sí mismas, y en su capacidad de desnudar lo que ha hecho el capitalismo contra las personas en el siglo XX, y mostrar a todos que es posible que la vida de la gente sea más humana. Es cierto que la promesa socialista no fue cumplida, pero el capitalismo de fin de siglo ni siquiera hace promesas. La naturaleza de su sistema concuerda con la exacerbación del lucro y el egoísmo más despiadados, y hace inevitable el aumento de las desigualdades, de la explotación, el desempleo, las marginaciones y la exclusión de multitudes, del grave riesgo en que ya está el propio planeta en que vivimos. Son comprensibles la inquietud y el miedo que aconsejan a los que dominan hoy silenciar toda evidencia y todo recuerdo.

En este siglo han habido dos grandes ondas o fases expansivas de la "izquierda" o, para ser más precisos, de anticapitalismo: la primera se plasma en 1917 y llega a los años 30, y la segunda nace en la postguerra y tiene su centro en los años 60. La primera es impulsada por la gran revolución bolchevique y por ideas muy radicales, que pretendieron proyectar y realizar el cambio de las sociedades y de los individuos a partir del ejercicio de un poder revolucionario que marche hacia el comunismo. Es una onda básicamente europea que influyó el mundo. Vuelvo a mencionar a Lenin, porque él fue capaz de entender al inicio del siglo la relación imprescindible entre la lucha anticolonial y el socialismo, mucho mejor que tantos en el resto del siglo, entre ellos una buena parte de los que se llamaron leninistas. Después, el capitalismo se facistiza, y la URSS se staliniza.

La segunda fase se identifica sobre todo con los años 60. A diferencia de la primera, tuvo su centro fuera de Europa: revoluciones de China, Corea, Vietnam, Argelia, Cuba, movimientos revolucionarios en América Latina. Ella conmovió a los centros del capitalismo mundial: el tercermundismo, la lucha armada de liberación, la revolución cubana, el maoísmo, la Guerra de Vietnam, influyeron fuertemente a los movimientos y al pensamiento en el Primer Mundo. La perspectiva dominante acerca del mundo cambió, de la creencia en una relación atraso-civilización, en que la situación de los países "atrasados" sería resuelta por la modernización capitalista, a una nueva comprensión expresada por la relación subdesarrollo-desarrollo, que implicaba la existencia de un sistema mundial basado en la explotación y la desigualdad, cuyo cambio era ineludible. Para muchos sólo eran subdesarrollados unos porque eran desarrollados otros, y la cuestión debía ser resuelta luchando contra el capitalismo. Por cierto, ¿cuándo habrá una tercera onda? ¿cómo será?

Retorno enseguida al tema de las experiencias. El problema de confundir al socialismo con el desarrollo ha sido un gravísimo desacierto histórico, y ha estado en la base de confundir al socialismo con el desarrollo económico. La economía se convierte para este socialismo, en el territorio ideológico por excelencia. De ahí que se llegara a convocar a la población de un Estado enorme a "alcanzar y superar" a otro país, y a afirmar que se estaba "construyendo el comunismo", o que se haya medido con afán la "construcción de las bases materiales" del socialismo. Esos escenarios aludían sin embargo -y eso agrava todo- a un problema gravísimo y real: la revolución de los desposeídos y miserables del mundo tiene el deber de abolir la miseria y encontrar los modos de que las mayorías actúen en busca de satisfacer sus necesidades y deseos. Desdichadamente, ya no hay tiempo para tratar la cuestión aquí. Agrego que a base de ese tipo de cuentas es que se llegó a la conclusión de que el socialismo fue el derrotado por las fuerzas productivas del capitalismo. En realidad el socialismo que se reclamaba de las fuerzas productivas, fue derrotado no sólo por las fuerzas productivas, sino por la capacidad dominadora, reproductiva de sí misma y hegemónica del capitalismo mundial.

Quisiera al menos rescatar la existencia de minorías que han visto y ven de otra manera el socialismo. La transición socialista como una etapa prolongada pero continuada de cambios profundos y sucesivos de las relaciones e instituciones sociales, y de los seres humanos, que se van cambiando a sí mismos, mientras se van haciendo dueños de las relaciones sociales. En la búsqueda de las causas de las insuficiencias del socialismo hay que partir de analizar sus prácticas. Las transiciones socialistas han surgido inspiradas en las ansias y las ideas de justicia social. Han confluido en ellas, como en todas las revoluciones, un movimiento de tipo libertario y un poder político. En el curso de las revoluciones el primero suele ser ahogado de una u otra forma por el segundo, que se queda con los trofeos simbólicos de aquel, si puede, y ejerce el poder. Las revoluciones socialistas no han logrado conservar un contenido radicalmente diferente a todas las anteriores. Hay que observar en qué y cómo se ha parecido el socialismo que ha existido al capitalismo.

La cuestión del poder se fue volviendo central en las transiciones socialistas. Fíjense que se llaman así, "poderes socialistas", los que le llamamos transiciones socialistas estamos en minoría. El problema del poder no nace de la maldad de nadie, nace de las razones aducidas por Marx al reclamar una revolución proletaria mundial. Y el sueño anarquista de lograr la libertad a toda costa, y pronto, no está nada mal. El problema es que lo viable ha sido establecer poderes revolucionarios en determinados países, frente a un capitalismo mundial que expresa su poder y su atracción de mil maneras. Ese poder es imprescindible. Negarlo es, en el mejor de los casos, absurdo. Lo perverso ha sido la absolutización del poder frente al proyecto, que ha resultado gravísima en muchos casos, y en otros mortal para el socialismo, porque lo usual es la formación de un grupo que pretende que su poder sea permanente, y después pretende que su poder de grupo sea legítimo.

Combinar civilización y liberación, con predominio de ésta última, no permanecer en una etapa "intermedia" indefinida "de construcción", son lecciones de las experiencias socialistas del siglo. Pero la situación actual, tan difícil para las rebeldías prácticas contra el sistema, es de una importancia central compartir, recobrar, y orientar los sentimientos de las mayorías, y desarrollar fundamentos teóricos y una estrategia intelectual anticapitalista. Recrear y crear el concepto de socialismo es otro elemento fundamental para nosotros, de cara al siglo XXI. No lo podemos crear sólo a partir de nuestros sueños, pero no podremos crearlo sin nuestros sueños. Topamos de inmediato con el uso actual de la palabra utopía. Alrededor de ella se mueven desconfianzas diversas y necesidades inaplazables. Para unos, aceptar el término es abandonar la teoría marxista y las explicaciones científicas de la sociedad, es visto incluso como una infiltración de ideología religiosa. Para otros, "utopía" alude a una fe y una voluntad opuestos a resignarse al dominio capitalista, capaz de enfrentar a sus inmensos recursos, su hegemonía, su triunfalismo y hasta al sentido común que hoy parece burgués.

Opino que sólo aceptando la legitimidad de una dimensión utópica podrá elaborarse el campo intelectual que se necesita. Con utopía quiero nombrar a un más allá posible, mediante la creencia que es alcanzable y mediante la praxis revolucionaria. Más allá del mezquino rasero del determinismo económico y los ejercicios de costo-beneficio que reinan hoy, y de la moral sin trascendencia, la utopía rescata la movilidad de lo posible, la propensión humana a levantarse sobre sus condiciones de existencia y su capacidad de prefigurar un mundo mejor. La creencia en que ese mundo es alcanzable ha movido a todas las grandes empresas mediante las cuales las personas han cambiado la historia. Y la praxis revolucionaria es la actuación que permite plantearse los cambios individuales y sociales imprescindibles para avanzar hacia la liberación de todas las dominaciones, y trabajar por ellos. La utopía de la liberación humana operaría como guía más general para la producción de pensamiento social.

A fines del siglo XX el capitalismo parece vencedor, pero su triunfo le ha costado demasiado caro. Un mundo sin valores, sin ideales, sin grandes relatos, sin comunidad, sin futuros que conquistar ni esperanzas, adolece de motivaciones, de atractivos y de reservas morales para el mantenimiento del orden en caso de crisis del sistema, carencias muy peligrosas. El fascismo es una opción, pero muy difícil: también se gastó ese recurso en este siglo. Ante las dificultades en renovar la hegemonía capitalista, puede reaparecer la petición de ayuda a la izquierda para lograrlo, como ha sido costumbre. Se necesita un nuevo reformismo, dicen ciertos anuncios pagados, en este tiempo de desempleo estructural. Una nueva campaña de centroizquierda contra el neoliberalismo, en la que la izquierda parezca centro y el centro parezca izquierda puede ayudar al ansiado paso de la gobernabilidad a la hegemonía (3). Esto es de los peligros y molestias de la represión y de las escisiones, a la alternancia consentida entre las políticas del sistema.

Saquémosle sin temor provecho a nuestras desgracias: no nos salvará el refugio suicida en lo que es indefendible del pasado, ni creernos fuerte en el ejercicio de las formas de mandar y obedecer que nos son conocidas, ni la roña dogmática de los clérigos sobrevivientes. El proyecto de socialismo para el siglo XXI, tendrá que ser mucho más radical y ambicioso que los que han existido. Un socialismo de las personas y para las personas, de los grupos sociales y para ellos. Pero, ¿cómo será factible ese socialismo? Sin organización no llegaremos jamás a parte alguna. Entonces se trata de no crear monstruos y llamarle organizaciones, y reverenciarlas como ídolos. Crear instrumentos para que caminen, piensen, y sientan el hombre y la mujer que quieran ser libres. La libertad y el socialismo tienen que ser muy amigos, y si es posible deben tener amores. Luchar por hacer realidad el proyecto socialista, y no por menos, es a mi juicio imprescindible. Para eso siempre será necesario osar construir un poder de transición socialista, y defenderlo. Tendrán que marchar unidos el poder y el proyecto. No se trata de que uno niegue al otro, pero el primero tiene que estar al servicio del segundo.

Sin política socialista no habrá futuro socialista. Pero no se trata de que las organizaciones y el poder socialistas logren evitar las debilidades y los peligros que le aportan el ejercicio del albedrío y los sentimientos de las personas, y el diverso entramado y las inclinaciones de los grupos sociales. Se trata de que las organizaciones socialistas y el poder de los socialistas consideren al albedrío, a los sentimientos, a la diversidad, a las inclinaciones de sus personas, de su gente, como lo que en potencia son: la fuerza suya, el vehículo suyo para la liberación. Y necesidad suprema suya, porque sin esa comprensión no habrá proyecto factible, no habrá organización imbatible, no habrá socialismo. Y aun así, habrá que ser creadores, y esta vez no serán dos o tres iluminados creadores, ni siquiera una pequeña falange heroica de creadores, sino miles o millones de creadores, porque sólo así habrá y se mantendrá, esto es, se reformará y se cambiará a sí mismo una y otra vez el socialismo, y se dará un contenido que apenas podemos entrever o soñar hoy.


NOTAS *

1. Que aquí examinaré sólo en sus aspectos más generales, haciendo abstracción de lo específico de cada experiencia, excepto algunas referencias a la URSS. Recurso lícito sólo a condición de no olvidar que la materia concreta de cada caso, en su extraordinaria riqueza, es imprescindible para pasar a cualquier otro nivel del análisis. Mi país, por ejemplo, es el laboratorio por excelencia de la transición socialista en América Latina y el único que sostiene un régimen de ese tipo en la actualidad en occidente.

2. He tratado el tema, entre otros lugares, "movimientos sociales, política y proyectos socialistas", en Cuadernos de Nuestra América, núm.22, julio/dic. de 1994.

3. A estos problemas básicos desde hace más de una década en América Latina me he referido en "Dominación capitalista y proyectos populares en América Latina" en América Libre, núm.1, Bs.As., enero/marzo de 1993.

* Estas notas son agregadas por el autor, en la revisión del texto.
Fernando Martínez Heredia es sociólogo cubano, miembro del Consejo de Redacción de América Libre

Enviar noticia