Mujeres, desarrollo
y medios de comunicación
Eileen Mahoney - Traducción:
Mar Hernández de Felipe
Rebelión - 19 de febrero del 2004
Los esfuerzos, logros y fracasos conseguidos en los años
70 para mejorar el estatus de la mujer sirven de base para el alcance
y la prospectiva de la década actual. Como premisa, los medios
de comunicación resultan extraordinariamente poderosos y
trascendentales para esta lucha.
INTRODUCCIÓN
En un mundo protagonizado por la guerra, la muerte
y la confusión, la pobreza, la enfermedad y la malnutrición,
la desigualdad y el abuso sexual, ¿por qué las mujeres,
que sufren la mayor parte de esta carga, se han preocupado y se
preocupan de los medios de comunicación?
¿No son los temas relacionados con la sanidad,
el bienestar socioeconómico, por no decir la independecia
económica, la autonomía cultural, el derecho a la
reproducción, la protección legal, el desarrollo educativo
y otros asuntos semejantes mucho más acuciantes?
¿Existe una posible elección entre
trabajar para remediar tales problemas, es decir, aquellos que realmente
importan, y ocuparse de los medios de comunicación?
La respuesta, si uno tiene que aceptar las acciones
realizadas por las mujeres en todo el mundo (y, por supuesto, a
través de la historia si consideramos un amplio abanico de
expresiones culturales), como adecuado testimonio de sus puntos
de vista, es no.
La causa de esto nos la ofrece Beatrice Forbes-Robertson
Hale en su relación de 1914, titulada What Women Want (Lo
que quieren las mujeres):
Frecuentemente se ha reprochado a las mujeres su
carencia de facultades creativas y de razonamiento. Sin embargo,
hasta nuestra época presente, el número de mujeres
que han disfrutado de oportunidades para desarrollarse en estos
campos ha sido tan inferior con respecto a los hombres que la comparación
resultaría insidiosa. Tan sólo ahora las facultades
de las mujeres están saliendo de la oscuridad. A través
de todos los tiempos, la mujer como clase social se ha mantenido
silenciosa; ahora una determinada proporción ha comenzado
a expresarse. Durante los años de silencio, el Hombre Narrador
ha hablado de ellas, vistiéndolas con los ropajes de su propia
fantasía. Y tan bien ha funcionado la imagen creada, que
a veces las mujeres han creído en ella como en un hecho,
aunque frecuentemente su consentimiento ha sido superficial. El
hombre olvida, también, que su fantasía viste a una
criatura -la mujer, una quimera de su propia mente, y que lo que
está presenciando es el surgir de las mujeres-, de forma
individual y colectiva, una infinita variedad de personas conscientes,
unidas todas ellas por la única necesidad de desarrollarse.
Cuando tantas mujeres como hombres puedan expresarse por sí
mismas, sólo quedará una gran lucha en el mundo, la
lucha de todos los desposeídos, hombres y mujeres, por su
herencia. (Hale, 1914: 6-7).
Recientes investigaciones feministas han sacado
a la luz los estudios culturales de las mujeres y han mostrado que,
aunque marginadas, las mujeres han conseguido ser, histórica
y contemporáneamente, creadoras de cultura. (Ver Douglas,
1977; Rakov, 1986). Su silencio refleja así las condiciones
sociales que restringen su acceso a los medios de comunicación
(1) (Hull y Smith, 1982). Sin embargo, el punto fundamental de Hale
está claro: la lucha de las mujeres por su propio desarrollo
y su autonomía está indisolublemente unido a la necesidad
de "sentirse libres para expresarse".
En las pasadas dos décadas, a las que este
artículo dedica gran parte de su atención, las mujeres
han incorporado los medios de comunicación en otros objetivos
sociales y políticos de mayor envergadura. Este enfoque en
la producción y consumo de cultura ha dado lugar a debates
teóricos y políticos de ámbito internacional,
nacional y local. Una revisión global de los enormes y variados
esfuerzos de las mujeres en todo el mundo para avanzar sus posiciones,
para promover la igualdad y para expresar sus puntos de vista no
es posible aquí. Lo que se ofrece, de hecho, es parcial y
sufre la carencia de gran parte de los trabajos originales de las
mujeres en las sociedades desarrolladas. Sin embargo, esperamos
poder obtener un resultado positivo.
Por lo tanto, en las páginas que siguen,
el debate se centrará en tres aspectos de la lucha; es decir,
organizaciones internacionales, concretamente las Naciones Unidas,
la universidad (facultades occidentales de estudios sobre los medios),
y organizaciones de medios de comunicación. La consideración
de los asuntos de la mujer, los medios de comunicación y
el desarrollo es particularmente relevante en la discusión
de los debates políticos llevados a cabo por las organizaciones
internacionales. Sin embargo, aquí no se realizará
una comparación estricta entre los asuntos de la mujer y
los relacionados con el desarrollo nacional. Adicionalmente, se
citarán algunas de las más importantes tendencias
en los medios de comunicación occidentales y en las universidades,
así como el impacto del feminismo. También se destacará
la (¿aparente?) estática relación de hechos
y cifras en relación a la participación de las mujeres
en la corriente principal de los medios de comunicación.
LA MUJER, LOS MEDIOS
DE COMUNICACIÓN, EL DESARROLLO Y EL PODER
Los continuados esfuerzos realizados en el plano
personal, local, nacional e internacional, para mejorar la posición
social y el estatus de las mujeres, permiten tomar el desarrollo
del movimiento internacional de la mujer en los años 70 como
punto de partida. Una de las manifestaciones de este movimiento
fue su impacto en las organizaciones internacionales, es decir,
en las Naciones Unidas (2).
Desde luego, con la designación de 1975
como el Año Internacional de la Mujer, y de la Década
para la Mujer de las Naciones Unidas (1976-1986), se pretendían
colocar los asuntos de las mujeres "en la agenda internacional
de los años 70 en adelante" (Naciones Unidas, 1975,
p.18.)
Igualdad, Desarrollo y Paz eran los temas establecidos
y los objetivos del año 1975, y la década que siguió
añadió Empleo, Salud y Educación a la agenda.
Una serie de conferencias -México, 1975; Copenhague, 1980;
Nairobi, 1985- se dedicaron a los temas de la mujer y se iniciaron
y revisaron planes de acción a nivel regional, nacional y
mundial. La investigación estaba dirigida a obtener una visión
más completa de la mujer en el mundo.
El panorama multifacético que surgió
situaba a las mujeres dentro de una economía política
mundial sobre la que ejercían poca o ninguna influencia.
Un importante elemento que secundaba este hecho era la falta de
control de las mujeres, por no decir su imposible acceso a los medios
de comunicación. Así, a pesar de las significativas
diferencias en las vidas y necesidades de las mujeres de todo el
mundo, Margaret Gallagher señalaba:
(Todavía) de forma sorprendente, algunos
aspectos de la relación entre los medios de comunicación
de masas y la mujer, en términos tanto de representación
y de empleo, trascienden las fronteras culturales y de clase. El
mismo conjunto limitado de caracterizaciones sobre las mujeres,
los mismos empobrecidos patrones de la participación femenina
en los medios pueden encontrarse, bien enraizados, en estructuras
de medios bien establecidas, y emergentes en los nuevos sistemas.
Esto es en sí mismo altamente indicativo y señala
al contexto mundial en el que se desarrollan los sistemas de comunicación
y se crean los contenidos de los medios. El contexto es fundamentalmente
económico. (Gallagher, 1981: 28-29)
Las imágenes dominantes de las mujeres en
los medios de comunicación de masas son irrelevantes e inaceptables
para los objetivos del movimiento de las mujeres (ver Unesco, 1989:
209, 218-221). Sin embargo, el reconocimiento de la necesidad de
representaciones más equilibradas y realistas y de una mayor
participación de las mujeres en los medios y en la comunicación
no condujo a la esperada acción dentro del marco de las Naciones
Unidas.
Gallagher, en su informe correspondiente a la mitad
de la década, Unequal Opportunities, ofrece un eficaz ejemplo.
Aunque "los hechos que conducen a la Conferencia Mundial de
la Década de las Mujeres en las Naciones Unidas, llevada
a cabo en Copenhague en julio de 1980, sugería que el tema
de la comunicación podría tratarse en las discusiones
de la conferencia [...] se produjeron escasos o nulos debates sobre
comunicación en la Conferencia". (Gallagher, 1981:159).
La razón principal (probablemente determinante
en la organización del programa de la conferencia, que también
se cita como problemático) según señala Gallagher
es que "en 1980 el tema de la comunicación se había
convertido en un asunto muy controvertido en el debate internacional".
El informe de la Comisión Internacional para el Estudio de
los Problemas de la Comunicación (la Comisión MacBride)
se publicó en 1980, y se había convertido, junto con
el llamamiento para un Nuevo Orden Internacional de la Información-NOII
(New International Information Order, NIIO), en el centro de un
intenso debate en la Unesco. Según la visión de Gallagher,
los intentos por fortalecer "las propuestas relativas a la
comunicación en el Borrador del Programa de Acción
cayeron por los suelos a causa de la reticencia gubernamental a
verse enredado en tal cuestión" (3) (Ibíd:160).
La cuestión que bloqueaba, en parte, la
discusión de los asuntos de la comunicación en la(s)
conferencia(s) de las mujeres en las Naciones Unidas, se centraba
en la propuesta de las naciones en desarrollo de un NOII (posteriormente
rebautizado como Nuevo Orden Mundial de la Información y
la Comunicación, NOMIC -New World Information and Communication
Order-, NWICO). A lo largo de la década de los 70, los miembros
de la comunidad de países en vías de desarrollo llamaron
la atención sobre las imágenes distorsionadas que
los medios ofrecían de las gentes y las realidades del Tercer
Mundo, y sobre el desequilibrado flujo internacional de información
y productos de los medios de comunicación. En efecto, la
lucha por el Nuevo Orden en la Unesco exigía correcciones
similares a las que las mujeres ya habían detectado: más
representaciones realistas y equilibradas y mayor participación
y autonomía en las noticias y la producción de cultura
(4).
Aunque muchos asuntos citados por las mujeres en
las Naciones Unidas se solapaban con las preocupaciones del Nuevo
Orden Mundial de la Información y la Comunicación,
los esfuerzos para reconocerlos e incorporarlos fueron escasos.
Desde luego, el informe de la Comisión MacBride -Many Voices,
One World- ofrecía una atención limitada a los asuntos
de las mujeres e incluía sólo una recomendación
relevante. Estos esfuerzos para trabajar dentro de las organizaciones
internacionales encaminados a reformar los medios de comunicación
de masas "permanecieron en paralelo, continuamente equidistantes"
(Gallagher, 1986; ver también Roach, 1990).
Con toda seguridad, esta falta de coordinación
y de apoyo debilitaba estas iniciativas, especialmente al Nuevo
Orden Mundial de la Información y la Comunicación.
Sin embargo, el reconocimiento de las mujeres y de los miembros
de los países en vías desarrollo del poder de los
medios fue confirmado en su respuesta a las iniciativas de los intereses
de Occidente en medios de comunicación y de los gobiernos
occidentales (sobre todo los Estados Unidos). Merecen especial atención
tres aspectos en la reacción general, puesto que configuran
el entorno de los medios en el que hoy nos encontramos.
El gobierno de los Estados Unidos atacó
cualquier sugerencia de que el libre flujo de información,
su política a lo largo del período de posguerra, necesitaba
ser modificado por su antagonismo con la democracia y la libertad.
Equilibrando el flujo internacional de noticias, cuestionando el
contenido de la publicidad o de los productos de los medios (como
en el caso del movimiento de las mujeres), o proponiendo una planificación
de métodos para el uso de los recursos. Todo ello representaba
un intolerable abuso del principio de la libertad de empresa defendido
por la política de EE.UU., y manifestado en la transnacionalización
de las actividades económicas y culturales/de comunicación
norteamericanas (Schiller, 1976, 1981).
En breve, la respuesta de EE.UU., apoyada por poderosas
organizaciones de medios y representantes del gobierno, contaba
con tres elementos básicos: la cobertura parcial de los medios
del debate sobre el NOMIC y de la Unesco y Naciones Unidas (ver
Giffard, 1989; Herman, 1989); un ataque al multilateralismo (ver
Massing, 1984; Hugues, 1985-1986; Coate, 1988); y la promoción
de la desregulación y la privatización de los recursos
de la comunicación y la información (Roach, 1987;
Mahoney, 1988) (5).
Al final, la reacción occidental a los retos
que avanzaban dentro de las organizaciones internacionales, especialmente
el NOMIC, acabó con la retirada de EE.UU. y de Gran Bretaña
de la Unesco (Ver Journal of Communication, 1984). Esta respuesta
política y, más aún, la desregulación
y la privatización de los medios y de las facilidades y servicios
de la comunicación han debilitado a los organismos internacionales
(ver Mahoney: Media Development, 1990). Las políticas de
desregulación alejan, de forma efectiva, la esfera de la
producción y distribución informativa y cultural de
la supervisión reguladora. El resultado ha sido la construcción
casi sin restricciones de conglomerados de medios con un alcance
mundial poco apropiado (Smith, 1991; Bagdikian, 1989; Schiller,
1989).
Mientras los protagonistas de las fusiones de medios
de comunicación de masas continúan concentrando la
producción y la distribución cultural en cada vez
menos manos (predominantemente hombres blancos), las realidades
político-económicas del mundo siguen debilitando a
muchos países en vías de desarrollo, así como
la posición de las mujeres en estas sociedades. Por lo tanto,
el informe de Naciones Unidas de la reunión de Nairobi en
1985 mantuvo que las difíciles condiciones económicas
en los países en desarrollo, incluyendo la crisis de la deuda
y la profunda recesión de los primeros años 80, frenarían
los esfuerzos para mejorar la vida de las mujeres:
"Ninguna recuperación duradera puede
conseguirse sin rectificar los desequilibrios estructurales en el
contexto de la crítica situación económica
internacional y sin continuados esfuerzos hacia el establecimiento
de un Nuevo Orden Económico Internacional. La situación
presente tiene claramente serias repercusiones para el estatus de
la mujer, particularmente el de las mujeres no privilegiadas, y
para el desarrollo de los recursos humanos" (Naciones Unidas,
1986:11).
Las valoraciones de la Década de las Naciones
Unidas y su impacto en los medios en relación a las mujeres
africanas incluyen también las privaciones económicas
como causa fundamental de la falta de mejoras (Ver Boateng, 1989;
Ismail, 1984; The Minority Right Group, Informe n.77).
Sin embargo, las actividades de las Naciones Unidas
siguieron incluyendo en su agenda el tema de la igualdad y el bienestar
de las mujeres. Las iniciativas de las mujeres y el desarrollo de
su proyecto sigue recibiendo cierto apoyo de la Naciones Unidas
y de la Unesco (Unesco, 1989). Pero, la economía política
de ayuda que acompaña a la privatización frecuentemente
se centra en objetivos (por ejemplo, formación de profesionales
de los medios) que más o menos cuadran con los modelos dominantes
en comunicación (ver Media Development, 1990; Golding, 1977).
Además, existen iniciativas de acción
positiva que progresan dentro de la Comisión de la Comunidad
Europea (CE) (6). Y Gallagher señala que existe algún
espacio dentro de esa organización regional para trabajar
en favor de la igualdad de oportunidades y mejorar la representación
de la mujer en los organismos europeos de medios de comunicación.
Sin embargo, el panorama "no es de color de rosa" (entrevista
telefónica con Gallagher el 23 de abril de 1991).
Aunque es importante que los asuntos de las mujeres
se hayan mantenido en la agenda durante un período conflictivo,
el cada vez más comercializado entorno de los medios puede
muy bien frenar los logros obtenidos por los (anteriores) servicios
públicos de radiodifusión en Europa.
Una mayor confianza en las producciones independientes
como resultado de la privatización, por ejemplo, amenaza
la seguridad laboral, la maternidad y las políticas dirigidas
al cuidado infantil (Gallagher, entrevista telefónica del
23 de abril de 1991; ver también Haslem en la Unión
Europea de Radiodifusión, 1991). Y el tratamiento comercial
sobre ella en los medios de comunicación, tanto histórica
como actualmente, continúa sin ser corregido (D'Ancona, 1991).
Sin embargo, Gallagher y otras mujeres de la radiodifusión
continúan sus esfuerzos para utilizar los recursos y las
influencias que la CE puede proporcionar para fomentar la representación
igualitaria y no sexista de la mujer en la radiodifusión
europea (ver Unión Europea de Radiodifusión, 1991;
Gallagher, 1990; Women of Europe Newsletter, 1990).
No obstante, en sentido general, las capacidades
de las mujeres para utilizar los organismos internacionales, concretamente,
las Naciones Unidas, y sus organizaciones afiliadas, para progresar
en las medidas de reforma de los medios de comunicación,
se enfrentan hoy en día con unas realidades político-económicas
distintas. El marco político de regulación ha cambiado
totalmente, erosionando cualquier influencia que las instituciones
internacionales pudieran haber tenido previamente.
De hecho, la economía política mundial
sobre las comunicaciones es tal que las empresas privadas de medios
actúan sin apenas restricciones. Estas empresas, apoyadas
por sofisticadas tecnologías de la comunicación, crean
espectáculos mundiales (por ejemplo, deportes, publicidad,
reportajes de guerra, películas) con poca supervisión
legislativa nacional o internacional.
Mientras las mujeres continúan elevando
a los organismos internacionales, regionales y nacionales sus preocupaciones
y necesidades, y el impacto de los medios de comunicación
en sus asuntos, las organizaciones internacionales, el sistema de
las Naciones Unidas en particular, se enfrenta con un futuro político
y económico muy incierto.
LA UNIVERSIDAD: LOS
MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y LOS ESTUDIOS CULTURALES
Otro campo de batalla de las mujeres en su lucha
por una representación más adecuada y una mayor autonomía
en la producción y el consumo de cultura, es la universidad.
Aquí, sólo podré revisar algunos de los logros
más significativos. Mientras se han producido algunas victorias
difíciles de obtener, como el desarrollo de los departamentos
de estudios sobre la mujer en los últimos ciclos del sistema
educativo, el panorama general debe reconocerse como variado. Comenzamos
con una paradoja que de nuevo llama la atención sobre cuestiones
de desarrollo, así como sobre aquéllas que se refieren
a las mujeres.
En los estudios de comunicación (norteamericanos)
encontramos dos tendencias muy diferentes en relación a la
influencia de los medios. Dentro de los EE.UU., se dice que los
medios ejercen poca, si no ninguna, influencia. Esta postura es
el resultado de la investigación sobre medios de comunicación
convencionales basada en otra anterior de Lazarsfeld en torno a
descubrimientos de la "audiencia activa". La tesis central
que secunda esta orientación, aunque incluida en varias metodologías
de investigación desarrolladas a lo largo de los años,
es el paradigma dominante de los efectos limitados (ver Katz, 1987).
Esta perspectiva mantiene que los medios tienen poca influencia
en la vida de la gente.
En este enfoque, las audiencias obtienen una multiplicidad
de significados de la programación (Fiske, 1987; Rapping,
1987). En consecuencia, esta postura de la soberanía de la
audiencia, similar a la soberanía del consumidor, afirma
que la gente (consumidores) obtiene lo que desea de los medios de
comunicación; no lo que las industrias de los medios pretenden
con sus mensajes (los productos de los medios norteamericanos también
son considerados de efectos limitados en Europa, así como
en aquellos lugares en los que se buscan nuevos mercados privatizados)
(7) Más allá de las economías de mercado occidentales,
es decir, en la enorme parte del globo a la que se denomina conjunto
de países en vías de desarrollo o Tercer Mundo, a
los productos de los medios de comunicación norteamericanos
y a los acuerdos institucionales se les confiere un tremendo poder
(este punto de vista se extendería ahora a los que antes
se denominaban países socialistas). Los estudios y políticas
de las Comunicaciones Internacionales de EE.UU. y su énfasis
en el desarrollo, representados por el trabajo de los contemporáneos
de Lazarsfeld: Lerner, Schramm, Pye y otros, mantenían que
las inversiones en medios de comunicación de Occidente podían
ayudar a la modernización del mundo en vías de desarrollo.
De los productos de los medios occidentales, las audiencias aprenderían
nuevos valores, normas, conductas y objetivos que así transformarían
sus sociedades tradicionales en otras más modernas (ver Schramm,
1964; Lerner, 1977 y Stevenson, 1988, para una revisión más
actualizada).
La inmensa diferencia entre estas dos afirmaciones
del poder de los medios en la corriente principal de la investigación
norteamericana ha sido objeto de examen sólo últimamente
(8) (ver Schiller, 1989; Luther, 1985). Lo relevante aquí
es que a aquellos que no tienen poder sobre los medios (así
como sobre otros recursos, incluyendo su propio trabajo) se les
ha contado que las imágenes, aunque distorsionadas, ejercen
por lo menos una influencia benigna, por no decir extraordinariamente
útil. Más aún, a aquellas mujeres o miembros
de los países en desarrollo que buscan su propia mejora,
se les ha dicho que sus aspiraciones son puras quimeras; en muchos
casos similares a las de aquéllos (hombres blancos occidentales)
que ostentan el poder. Los medios (el Narrador) han creado fantasías
de liberación -para las mujeres, en el dormitorio, en la
cocina e incluso en traje de chaqueta; y en caso del desarrollo,
de altos niveles de consumo- que están lejos de ser fácilmente
realizables o ni tan siquiera posibles objetivos (ver sobre las
mujeres, Tuchman y otros, 1978; Haskell, 1987; Wolf, 1990; FAIR,
1991).
EL FEMINISMO Y EL
ESTUDIO DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
En contraste, el feminismo ha retado a las imágenes
dominantes de las mujeres, tanto en un nivel teórico como
práctico. Las feministas entienden la cultura popular como
una variedad de disciplinas y posiciones políticas (9). Revisaré
brevemente seis áreas básicas: teoría social;
análisis de las imágenes; respuesta de audiencias;
recuperación y apreciación del trabajo femenino; las
mujeres en las industrias de los medios; y la política económica
del trabajo de la mujer.
Uno de los puntos claves en el debate entre el
feminismo y los estudios de medios/cultura se centra en la teoría
social. Es decir, la sociedad como esencialmente patriarcal o patriarcal
capitalista es uno de los puntos básicos del argumento. Los
modelos de producción y reproducción cultural que
siguen pueden desembocar en una variedad de campos, incluyendo el
marxismo, el psicoanálisis, la teoría crítica,
los estudios culturales, el estructuralismo, el post- estructuralismo,
el posmodernismo, la deconstrucción, la semiótica,
el racismo y la historia y teoría del feminismo (10). Todavía,
la raza, la clase, el patriarca y la sexualidad son temas que permanecen
vivos en el análisis y la producción cultural del
feminismo (11). Dentro y entre estos debates, existe la preocupación
de que la teoría ilumina, no ofusca las relaciones de poder
(ver Franklin y otros, 1991; Segal, 1991, para artículos
recientes).
El análisis de la imagen de las mujeres
en el cine, la publicidad, las telenovelas, los programas de entretenimiento,
los diarios, etcétera es un área de continua investigación.
La elaboración de la sexualidad y el papel asignado a las
mujeres en los medios es objeto de estudio (Willismson, 1978). La
documentación y el examen de los clichés sexuales,
apoyados por el análisis de contenidos de varios productos
de los medios, continúa secundando el criticismo de las imágenes
(ver Journal of Communication, 1974; Janus, 1977 y Tuchman, Daniels
y Benet, 1978; Women in Europe, 1978 como ejemplos recientes). El
periódico Communication, 1986; World Communication Report
de la Unesco, 1989; Wolf, 1990; Extra de FAIR, 1991 y el informe
de la conferencia incluida en Gender and Mass Media Newsletter,
marzo de 1991, evidencian pocos cambios.
Existe, sin embargo, un importante énfasis
en rechazar el papel pasivo de las audiencias femeninas. Las audiencias
activas que pueden resistir los mensajes dominantes y las dobles
lecturas de los medios son importantísimas para los estudios
culturales dirigidos por muchas feministas (ver dentro de una extensa
bibliografía: Mattelart, 1982; Brown, 1990; McRobbie, 1991).
Además, la recuperación y el reconocimiento
de los estudios culturales de las mujeres forman parte de los estudios
históricos, teóricos y contemporáneos (ver
Douglas, 1977; Radway, 1984; Rakow, 1986). Los esfuerzos por la
recuperación se han centrado en algunas de las más
marginadas y con menos poder, es decir, las mujeres (o la gente
en general) de color. Los clichés y las "omisiones significativas"
de mujeres de color, asiáticas, chicanas e indias norteamericanas
en los medios de comunicación de masas y en los estudios
de feminismo y comunicación han sido objeto de extensa bibliografía
(ver Hooks, 1982; Lewis y Joseph, 1981; Moraga y Anzaldua, 1981;
Carby, 1982; Hull y Smith, 1982; Lorde, 1984; Walker, 1984). Estos
primeros trabajos, así como algunos de los estudios recuperados,
subrayan la estructura de poder que funciona en la producción
cultural (incluyendo al feminismo occidental). En un nivel práctico,
estas barreras han dado lugar a la creación de editoriales
alternativas como Long Haul Press y Kitchen Table Books (Nueva York).
Además otros autores que investigan dentro
de los medios, por ejemplo la industria de la televisión,
encuentran que las mujeres están frecuentemente acorraladas
por intereses y actitudes (sexistas) circunscritas en los estándares
profesionales y en la producción de programas de las organizaciones
de medios (Baehr, 1980; Baehry Dyer, 1987; Gallagher, 1988; Channels,
1990; Gallagher, 1990; European Bradcasting Union (EBU), 1991).
En los EE.UU., Creedon señala que actualmente
un 60 por ciento de los estudiantes de periodismo y de comunicación
son mujeres, y destaca problemas similares en relación no
sólo a las prácticas de la industria sino también
en la educación que reciben los estudiantes. Tanto la industria
como la universidad están fracasando estrepitosamente en
su forma de tener en cuenta a las mujeres (Creedon, 1989; ver también
Wolf, 1991a).
Por último, el trabajo de la mujeres en
la oficina, en casa o en una fábrica se está transformando
por las nuevas tecnologías de la información (ordenadores,
satélites, redes de fibra óptica y similares). Estas
nuevas tecnologías de la información también
ayudan a la economía de empresas transnacionales que producen
y distribuyen los productos de los medios a escala mundial. Sin
embargo, poca atención se presta al impacto de la revolución
de la información en las mujeres (12).
Una ponencia recientemente presentada en la conferencia
del Programa sobre Tecnologías de la Información y
la Comunicación en Gran Bretaña señala, por
ejemplo, que el tema del género es "en su mayor parte
olvidado" en la investigación sobre las tecnologías
de la información llevada a cabo por el Economic and Social
Research Council (Liff, 1991). Omisiones similares pueden encontrarse
en la investigación (de comunicación y medios), en
las políticas educativas y en las iniciativas industriales
en decenas de países.
Tampoco se puede decir que no se haya conseguido
nada. Existen personas y grupos que hacen lo que pueden por producir,
recuperar e incorporar material relativo a la lucha de las mujeres
y de los miembros del mundo en vías de desarrollo sobre su
autodeterminación en el trabajo, en la aulas o en la literatura
científica. Sin embargo, la cuestión fundamental del
poder, establecida clara o ambiguamente, requiere una atención
continuada y, por supuesto, resultados.
LAS ORGANIZACIONES
DE MEDIOS DE COMUNICACIÓN
En términos de organizaciones de medios,
las mujeres han adoptado diversas tácticas; a saber: representación
supervisada y asociacionismo para presentaciones más realistas
de la mujer; presiones a los medios de comunicación tradicionales
para que aumenten el empleo femenino; y creación de medios
de comunicación alternativos de mujeres. Aunque éste
último es de importancia vital, no puede ser tratado en el
espacio que nos queda (13). Aquí, nos centraremos en la representación
de las mujeres y en el empleo femenino en los medios de comunicación
más importantes.
"El panorama general que surge de la variedad
de estudios recientes señala pocas mejoras en estas áreas.
En relación a la representación de las mujeres, los
informes de la Unesco de 1981 y 1985 mantienen que:
En el cine, la prensa y en los medios de radiodifusión,
las actividades y los intereses de las mujeres no van más
allá de los confines de la casa y la familia. Caracterizadas
como esencialmente dependientes y románticas, las mujeres
son raramente representadas como racionales, activas o aptas para
tomar decisiones [...] Los nuevos valores predominantes definen
a la mayoría de las mujeres y a la mayoría de sus
problemas como si no merecieran la pena [..] Como el cebo a través
del cual los productos se publicitan, las mujeres son explotadas
en términos de su sexualidad y de su apariencia física"
(citado en la Unesco, 1989: 209).
En informes más recientes no se advierten
"diferencias mayores" (Ibíd). Y, un reciente estudio
sobre Women and Television in Europe, también llama la atención
sobre la "persistencia de clichés inquietantes"
en la producción de los medios de comunicación (Gallagher,
1988: 4).
En los EE.UU. la investigación ofrece datos
consistentes de los pasados diez años sobre la ratio comparativa
entre roles de hombres y mujeres en la televisión: dos a
uno. Las mujeres adultas constituyen una minoría de los papeles
femeninos visibles, mientras el 70 por ciento de los hombres son
adultos. Dos de cada cinco mujeres son presentadas como trabajadoras,
mientras que en los hombres son dos de cada tres. En cuanto a la
representación de razas, las chicanas y las asiáticas
casi nunca se ven. Las mujeres de color ascienden a un 12 por ciento
de los caracteres femeninos, pero se encuentran confinadas a las
comedias (Unesco, 1989: 221; ver Hooks, 1981, y Lewis y Joseph,
1981).
Aunque la presencia de mujeres periodistas en la
radiodifusión es cada vez más importante, el factor
de la Cosmo girl se considera como determinante en el periodismo
televisivo (Stilson, 1990). Según Marlene Sanders, quien
cree que con 35 años de experiencia no podría encontrar
trabajo en los informativos diarios de la televisión, "las
cadenas explotan el glamour" de sus periodistas femeninas y
dejan las noticias más fuertes para los hombres. La periodista
de televisión Sheilah Kast señala que a las mujeres
reporteras les suelen decir que su "destreza para escribir"
responde a sus características de cuello para abajo. Sin
embargo, para otros, sencillamente, pasa desapercibido que, como
media, los hombres lleguen a presentar telediarios con veinte años
más que las periodistas de televisión (Ibíd:
22-24).
Un número reciente de la publicación
Extra, de Fairness and Accuracy in Reporting's (FAIR), señala
que incluso en aquellos puntos o temas relacionados directamente
con las mujeres, como el aborto, la violación, la salud y
otros similares, las mujeres no suelen ser las autoras, ni se las
suele entrevistar, ni siquiera se las cita (FAIR, 1991).
Tiffany Devitt señala, por ejemplo, que
"de acuerdo al National Newspaper Index (una base de datos
que incluye los artículos de los periódicos más
grandes del mundo), existen más artículos sobre cómo
el tema del aborto ha afectado a varios candidatos políticos,
razas (electorales) y partidos (políticos), que artículos
sobre cómo las mujeres con embarazos no deseados se ven afectadas
por las cada vez mayores restricciones en las ayudas económicas
y la asistencia (en el aborto)". Y continúa: "aunque
el anterior gobernador, Bob Martínez, de Florida nunca tendría
un aborto, un titular del Washington Post (1 de agosto de 1989)
declaraba: 'Governor at Risk on Abortion Issue' (algo así
como, 'Gobernador en peligro por aborto')" (Ibíd: 5).
En un análisis de las revistas femeninas
para adolescentes se destaca que aunque las imágenes de chicas
(generalmente blancas) provocativas sexualmente llenan las páginas
de estas publicaciones, pocos son los artículos que hablan
sobre sexualidad, control de la natalidad o enfermedades de transmisión
sexual, por no decir ninguno. "Una de cada diez mujeres en
los EE.UU. se quedan embarazadas en sus años de adolescencia",
y el SIDA está considerado actualmente como la causa más
frecuente de muerte entre las jóvenes de color (Ibíd:
11).
Otro análisis subraya el crédito
que poseen los medios de comunicación en las compañías
tabacaleras tal y como se evidencia en las campañas publicitarias,
cuyo target principal son las mujeres. Desgraciadamente, las estadísticas
de mujeres fumadoras, desde edad temprana, justifican los presupuestos
de publicidad de las tabacaleras (Ibíd: 7).
Y si uno lee sencillamente The New York Times cualquier
día, encontrará que pocas mujeres escriben en él
o son citadas, pocas historias conciernen directamente a las mujeres,
y no se incluyen editoriales o artículos deportivos de interés
para la mujer (Ibíd: 8-9). Con algunas variaciones, creo
que esto no se aleja mucho de la realidad en muchos medios de comunicación.
Con las nuevas tecnologías de la comunicación,
la desregulación, la privatización y la transnacionalización
de las industrias de medios de comunicación,¿van a
cambiar las cosas? En uno de los mayores encuentros de mujeres de
la radiodifusión, el pasado noviembre, la ministra holandesa
de Asuntos del Bienestar, Sanidad y Cultura, Hedy d'Ancona, señaló
lo siguiente:
"En 1989, noventa y un canales de televisión
se recibían en doce países de la Comunidad Europea
y en seis países de la Asociación Europea de Libre
Comercio. Cuarenta y siete de ellos eran comerciales, es decir,
de los que obtienen ingresos y televidentes fuera de los servicios
de radiodifusión públicos [...] Los programas que
se ofrecían por la mayoría de estos canales comerciales
eran más o menos los mismos que los de los gigantes de la
industria de los medios: juegos, concursos, telenovelas -el balón
para él y el horno microondas para ella-." (Publicada
en la Unión Europea de Radiodifusión, 1991: 10).
Incluso esta apreciación, aunque formula
cuestiones básicas, no va más allá. Como señala
Wolf, en los últimos tiempos el regreso al mito de la belleza
ha sido acompañado por la violencia erótica en los
vídeos y en el cine. Estos mensajes recorren el mundo a través
de nuevos servicios comerciales de televisión, así
como a través de las redes principales de distribución
de películas. Las mujeres son representadas de forma creciente
como las víctimas de una increíble violencia en los
medios de comunicación contemporáneos (Wolf, 1991a).
¿Cambiaría esto si hubiera más
mujeres trabajando en los medios? Un estudio reciente de la American
National Commission on Working Women concluyó: "Para
que las mujeres tengan un impacto mensurable, su número debe
ser superior al que alcanzan en estos momentos" (FAIR, 1991,
el subrayado es mío). Existe un debate sobre si las mujeres
como profesionales de los medios defienden los intereses de la mujer
en sus propias carreras (Gallagher, 1988; Tuchman, 1978). Sin embargo,
lo importante es que en ningún país del mundo, de
acuerdo con los estudios que yo he revisado, las mujeres alcanzan
el 50 por ciento (ni siquiera el 40 por ciento) de las plantillas
de empleados en los medios de comunicación. Tampoco disfrutan
de puestos comparables a los de los hombres en las jerarquías
de estas organizaciones (Linne, 1987).
Estudios sobre casos en Canadá, Ecuador,
Egipto, India y Nigeria señalaban, a pesar de grandes diferencias,
que "lo relevante es que en cada caso la situación de
las empleadas sigue un patrón similar". Generalmente,
las mujeres están poco representadas en los medios, y ocupan
puestos inferiores a nivel administrativo. En términos de
producción o de actividades en la pantalla, las mujeres,
como sujetos de "una especie de segregación por el cliché
sexual", se ven desplazadas a programas educativos o infantiles
(ver Unesco, 1987 y Unesco, 1989).
Margaret Gallagher encuentra un perfil similar
en su investigación de 1990 sobre la radiodifusión
europea. Las mujeres alcanzan el 36 por ciento del personal empleado,
con más participación en la radio que en la televisión.
Más mujeres están empleadas en puestos de media jornada
o temporales que los hombres. Más de la mitad de las mujeres
que trabajan la jornada completa ocupan puestos administrativos,
comparado con el 13 por ciento de hombres en puestos semejantes.
Dentro de todas las categorías profesionales analizadas (directores,
productores, cámaras, operadores, etc.), "la participación
de las mujeres en estos trabajos es mayor en las capas bajas de
la jerarquía y menor en las altas". Los salarios muestran
la misma diferenciación, con los hombres en los puestos mejor
remunerados en todas las categorías profesionales (Gallagher,
1990). Stilson ofrece datos comparativos sobre las organizaciones
de redes de televisión norteamericanas (en los diarios) (Stilson,
1990).
Estos ejemplos no son aberraciones o casos aislados.
Ni tampoco son los medios de comunicación la única
industria en la que la mujer se ve discriminada, siempre con coartadas
como el problema del tampax o la obsesión de ser mamá
(ver el informe de Cosmopolitan, "Men on Top", de abril
de 1991 para el ejemplo británico). Las situaciones políticas
prevalecientes, y las condiciones económicas en muchos países
del mundo de hoy, sugieren que las mujeres tendrán que continuar
su lucha contra la desigualdad y la violencia en los medios de comunicación
y en la sociedad.
PERSPECTIVAS
Este artículo indica que la batalla de las
mujeres por la igualdad está lejos de haber sido ganada.
De hecho, todavía parece que hay poco por lo que felicitarse
y mucho por hacer. Creo que la lección más importante
surgida de todos los esfuerzos de aquellos que nos han precedido
y de los que continuarán luchando, es que los medios de comunicación
son extremadamente poderosos. Y que deberán ser tenidos en
cuenta en cualquier confrontación por la igualdad o la autodeterminación
de las mujeres, así como por el desarrollo y la paz. Cómo
deben ser libradas estas batallas sólo puede ser decidido
dentro de las condiciones específicas que se presenten. Sin
embargo, existen ciertas realidades.
Internacionalmente, el poder de los intereses transnacionales
de tipo político y económico no puede ser olvidado.
En la universidad, los debates teóricos deben basarse en
realidades sociales e ir acompañados de esfuerzos para reformular
los currículos y forjar más oportunidades de empleo
para la mujer. Las organizaciones de medios de comunicación
deben ser consideradas por lo que son; es decir, negocios cada vez
más privatizados y movidos por los beneficios, con lazos
estrechos e intereses comunes con las estructuras de poder que funcionan
a nivel internacional y nacional.
Para cambiar las estructuras sociales y las relaciones
en una forma que ofrezca a las mujeres, a los hombres y a los países
en vías de desarrollo una mejor oportunidad para su evolución,
habrá que retar y transformar al Hombre Narrador.
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Notas
(1) Hull y Smith subrayan la experiencia histórica
y contemporánea de las escritoras de color: "Como principal
resultado de las realidades históricas que nos han hecho
seres libres en este continente (Norteamérica), nos hemos
mantenido separadas de todas las formas posibles del reconocimiento
al trabajo intelectual. La herencia que nos consideraba como bienes
muebles, esclavas sexuales y trabajadoras forzadas, podría
explicar de manera adecuada por qué la mayoría de
las mujeres de color están, hoy en día, muy lejos
de los centros de poder académico y por qué sus estudios
han emergido en los últimos años de la década
de los 70. Nuestra opresión, extendida a múltiples
capas, no explica cuáles son las formas en las que hemos
creado y mantenido nuestras propias tradiciones intelectuales como
mujeres de color, sin el reconocimiento o el apoyo de la sociedad
del hombre blanco". (Hull y Smith, 1982: xviii).
(2) Debe advertirse que las mujeres han defendido
sus derechos en organismos internacionales a lo largo de toda la
centuria. Y los esfuerzos de las mujeres no se circunscriben a las
actividades discutidas más adelante. El examen y el análisis
de las convenciones internacionales, los informes de la Liga de
Naciones y de las Naciones Unidas ofrecen un amplio material en
su apoyo. Sin embargo, la Década de las Mujeres de las Naciones
Unidas debe ser entendida como el reconocimiento de estos esfuerzos;
y, por lo tanto, me centraré en su relación con los
asuntos de los medios de comunicación.
(3) Gallagher también critica la influencia
de las preocupaciones gubernamentales sobre la participación
actual de las mujeres en ésta y otras reuniones.
(4) El movimiento para un Nuevo Orden Internacional
de la Comunicación, que siguió al llamamiento inicial
para un Nuevo Orden Económico Internacional, y la posterior
iniciativa política, llevada a cabo en otros foros -por ejemplo,
planificación de métodos de distribución de
recursos (frecuencias de radio) y el uso en la Unión Internacional
de las Telecomunicaciones, la Década para el Desarrollo de
la Naciones Unidas y el derecho al "consentimiento preferente"
relativo a la emisión por satélite-, representaba
un grado de concienciación mayor de la importancia de la
comunicación en el desarrollo nacional (Lent y Giffard, 1982).
Estos esfuerzos fueron entendidos como una amplia movilización
del desarrollo de los países e interpretado como ejemplo
del conflicto Norte-Sur -es decir, países del Tercer Mundo
contra Occidente.
(5) La cobertura parcial de los medios de comunicación
del movimiento de las mujeres, de sus asuntos y de ellas mismas
se analiza en Tuchman y otros, 1978, FAIR, 1991 y Wolf, 1991b.
(6) La Comisión de la Comunidad Europea
ha establecido un Comité Directivo para la Igualdad de Oportunidades
en la Radiodifusión. Este Comité Directivo está
apoyado por el Third Action Programme de la CE (1991-1995). El Comité
ha hecho recomendaciones a las organizaciones europeas de radiodifusión
relativas a la política de empleo, la participación
de la mujer en los programas de producción, el análisis
de contenidos y seminarios de sensibilización para productores
y periodistas, y paquetes de formación multi-media para las
universidades, así como para las organizaciones de radiodifusión.
Hedy d'Ancona, la ministra holandesa para Asuntos del Bienestar,
Sanidad y Cultura, ha hecho recientemente un llamamiento a la European
Broadcasting Union para que establezca un equipo de trabajo semejante
(ver D'Ancona, 1991 y European Broadcasting Union, 1991).
(7) Una afirmación reciente de la popular
posición del gobierno y los empresarios de los EE.UU. en
relación al tema de la política nacional de cultura
y comunicaciones nos la ofrece Hon Janice Obuchowski, director del
National Telecommunications and Information Agency, Department of
Commerce, del Gobierno de los EE.UU.: "Por último, no
hace falta decir que nuestros productores de vídeo tienen
éxito en el extranjero y podrían hacerlo mejor si
determinados gobiernos no estuvieran tan preocupados por la influencia
cultural. Yo diría que [..] me sorprende que una cultura
tan rica como la francesa se sienta amenazada por la figura de Micky
Mouse. Pero así están las cosas" (Obuchowski,
1990). Es obvio que Francia no es el único país que
podría citarse.
(8) No me dedico a la investigación crítica
sobre la comunicación en EE.UU. en este artículo porque
no sufre las limitaciones en las que me gustaría centrarme.
Para un trabajo crítico relevante, ver The Critical Communication
Review, editada por Mosco y Wasko, el Intitute of Media Analysis
in New York City (NYC), el National Lawyers Guild's Media Monopoly
Committee, Fairness and Accuracy in Reporting (NYC), Paper Tiger
Television (NYC), Women make movies (NYC), algunos miembros del
National Public Radio (equipo en la sombra en NYC) y el trabajo
de la Union for Democratic Commmunication, entre otras.
(9) En la bibliografía, Rakov identifica
dos supuestos compartidos. Es decir, 1) las mujeres son consideradas/reconocidas/identificadas
como las principales consumidoras de productos culturales, importantes
objetos/sujetos en los medios/cultura, y a veces, creadoras significativas
de cultura; y 2) una vez entendido cómo funciona la cultura
para las mujeres y la sociedad patriarcal, el cambio de mitologías
sociales y el manifiesto de relaciones sociales en la opresión
de las mujeres es fundamental (Rakow, 1986:23).
(10) Existe una vasta bibliografía en este
debate que aquí se ha comprimido. Los dos artículos
más recientes citados presentan un buen recorrido a lo largo
de toda la bibliografía.
(11) En los EE.UU., por ejemplo, Treichler y Wartella
piden una mayor integración de las feministas y las agendas
de investigación de los medios de comunicación. (El
objetivo de crear unos estudios sobre cultura feminista se basa
en "un movimiento general en EE.UU. hacia un estudio de la
cultura crítico e interpretativo" (Treicher y Wartella,
1986: 13)).
(12) Notables excepciones incluyen a: Ehrenreich
y Fuentes, 1981; Nash y Fernández-Kelly, 1983; Gregory y
Nussbaum, 1982; Mosco, 1982; Cockburn,1985; Marshall y Gregory,
1985; Reinecke, 1986; Steeves, 1989; Marsden, 1990; Redclift y Sinclair,
1991. La agenda de investigación realizada por Franklin y
otros se extiende a la ciencia y la tecnología así
como a la representación y al "Tatcherismo y cultura
empresarial" (Franklin y otros, 1991).
(13) El World Communication Report de la Unesco
(1989) incluye una lista de varias organizaciones y grupos en todo
el mundo.