¿Dónde
están las mujeres en esta guerra?
Por
Natasha Walter, The Independent de Londres,10 de octubre de 2001 -
Traducción: Gabriela Adelstein para RIMA: Red Informativa de
Mujeres de Argentina.
'Hojeando los diarios, podría pensarse que
la guerra es algo de lo que sólo pueden hablar los hombre,
que sólo afecta a los hombres'.
¿A quién no le habría gustado ver ayer la tranquila
sonrisa de Yvonne Ridley en las páginas de su diario? Sin embargo,
ha habido murmullos críticos desde que la capturaron los talibanes.
"¿Y su hija?", he oído preguntar a otr@s periodistas,
sugiriendo que Ridley no debería haber dejado a su hija para
ir a trabajar en una zona de guerra.
Pero Yvonne Ridley no fue la única madre o padre que trabaja
para los medios occidentales en Afganistán o Pakistán,
si bien fue una particularmente desafortunada. Quizás podríamos
preguntar si la hija de Ridley la extraña cuando ella se va
a trabajar, pero sólo si también averiguamos cuántos
periodistas hombres actualmente en Asia Central han dejado niñ@s
en casa, y si preguntamos qué pueden sentir sus hij@s al respecto.
Todo lo que puedo decir es, gracias a Dios que algunas mujeres están
dispuestas a ir a trabajar en la zona de guerra, incluso algunas madres.
Si no fuera por las pocas periodistas mujeres que están en
el campo de batalla, podríamos pensar, al hojear los diarios,
que la guerra es algo de lo que sólo los hombres pueden hablar,
y que sólo afecta a los hombres.
No voy a sostener que las periodistas mujeres siempre aportarán
un particular punto de vista femenino a sus informes. Eso sería
una estupidez. A algunas periodistas mujeres que cubren guerras les
gusta más reportar sobre movimientos de tropas que de refugiados,
así como algunas comentaristas mujeres prefieren el lenguaje
del halcón y no el de la paloma. Igualmente, muchos periodistas
hombres gustosamente informan sobre los hechos desde la óptica
de los refugiados, o hablan sobre maniobras militares como si éstas
tuvieran consecuencias más allá de lo militar.
Pero si el periodismo de guerra ha cambiado durante la última
generación (y yo creo que sí ha cambiado), hasta el
punto en que ahora incluye, más que nunca, las experiencias
de civiles, de refugiados y de gente común afectada por la
acción militar, no es coincidencia que este cambio haya ocurrido
exactamente en el momento en que más mujeres toman parte en
la producción de información.
En esta guerra, quizás más que nunca antes, necesitamos
desesperadamente oír voces de mujeres. Y eso no significa sólo
las voces de mujeres occidentales. Hemos oído, y necesitábamos
oír, las voces de las madres y hermanas e hijas de quienes
murieron en los ataques en Estados Unidos. Y por cierto tenemos algunas
periodistas mujeres occidentales enviando reportes desde Asia Central.
Pero las mujeres cuyas voces están todavía casi totalmente
ausentes son las mujeres que ahora son más afectadas por la
guerra. Si Yvonne Ridley hubiera tenido éxito, en su desafortunada
expedición a Kabul, por lo menos habría ayudado a romper,
por un momento, el silencio de las mujeres afganas atrapadas por la
guerra. Porque son sus voces las que necesitamos oír urgentemente.
En por lo menos un sentido, los fundamentalistas afganos todavía
tienen total éxito. Siguen manteniendo cubiertas a las mujeres.
Ocasionalmente, unas pocas mujeres se han escabullido: hablando ocultas
por un pseudónimo, un velo, una cortina de humo, tratando de
transmitir a un periodista confundido los horrores no sólo
de las últimas semanas, sino de años de opresión
en Afganistán. ¿Pero qué tendrían ahora
para decirnos las mujeres? Sólo podemos imaginar lo que están
sufriendo ahora, en una sociedad que arañaba su existencia
entre la guerra civil y la sequía, y donde ahora las bombas
están destrozando lo que queda de sus ciudades.
En esta guerra, si miramos desapasionadamente la situación
de las mujeres, podemos entender claramente que los ataques militares
no erradicarán los problemas de la región. Cuando los
estadounidenses y los británicos apoyaron a los muyaidines
como los buenos muchachos en la lucha contra la Unión Soviética,
pudieron hacerlo sólo porque ignoraron completamente su comportamiento
hacia las mujeres. Ahora que confían en la Alianza del Norte
como un aliado estratégico que puede sacar del medio a los
talibanes, pueden hacerlo sólo porque están ignorando
completamente su comportamiento hacia las mujeres.
"Los de la Alianza del Norte son los nuevos talibanes,"
dice una mujer afgana que se identifica como Fátima en una
entrevista en Internet. "Los de la Alianza del Norte son hipócritas:
dicen que están a favor de la democracia y de los derechos
humanos, pero no podemos olvidar la negra experiencia que tuvimos
con ellos. Abuelas de setenta años fueron violadas durante
su régimen; miles de jóvenes fueron violadas; miles
fueron asesinadas y torturadas. Fueron el gobierno con el cual empezó
esta tragedia en Afganistán."
Fátima es una vocera de una organización que ha aparecido
por primera vez en las consciencias de mucha gente en las últimas
semanas: la Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán
(RAWA, por su nombre en inglés).
Resultan tan importantes porque nos recuerdan que un país en
el que a las mujeres se les niegan todos sus derechos humanos es un
país en el que los fundamentalistas ya estaban aterrorizando
a su gente, mucho antes de que algunos decidieran aterrorizar a oficinistas
estadounidenses.
"Advertimos muchas veces sobre esto al gobierno de los Estados
Unidos", dice Fátima. "El fundamentalismo es igual
al terrorismo. Dijimos que este germen no estaría solamente
en Afganistán, sino que se extendería a todo el mundo."
Si escuchamos las voces de estas mujeres, podemos también darnos
cuenta de que la lucha contra el terrorismo no será ganada
con las armas. Otra vocera de RAWA fue entrevistada en el programa
Woman's Hour [La Hora de la Mujer] en Radio 4 ayer a la mañana.
Cuando Jenni Murray le preguntó si las mujeres afganas están
dispuestas a tomar las armas, esta mujer dijo que una lucha armada
no conseguiría nada.
En efecto, la guerra contra el terrorismo es una batalla de ideas,
no de armas de fuego. ¿Cómo pueden los ataques a Afganistán
que ahora han comenzado, dejar de reforzar el atractivo de un movimiento
como Al-Qaeda, que está bien lejos de las fronteras de Afganistán?
Cualquier movimiento basado en inflamar a la gente para que muera
contra un enemigo similar a un Goliat será necesariamente reforzado
por las imágenes de bombas que llueven del cielo nocturno.
Si se desea verdaderamente debilitar a un movimiento tal, se debe
cambiar la mentalidad de la gente, y no bombardearla hasta que se
atrinchere todavía más.
Y en esto son centrales las mujeres. Tienen decididamente el potencial
para ser las disidentes más poderosas del fundamentalismo en
toda Asia Central y el Oriente Medio. Las mujeres como las de RAWA
deben ser apoyadas en su larga y desesperada lucha por recuperar algunos
de sus derechos y para combatir los tentáculos del fundamentalismo
en sus países.
Mucha gente en Occidente está reconociendo que una guerra en
la cual las mujeres pueden ser ignoradas por ambos bandos no es una
guerra que traerá estabilidad a la región. Hablar de
intervención humanitaria en Afganistán ha demostrado
ser meramente eso: hablar, ahora que ha comenzado el bombardeo. Aviones
estadounidenses han arrojado algunos miles de paquetes de pan y mantequilla
de maní sobre montañas minadas, como estrategia propagandística,
mientras los convoys de alimentos de la ONU son detenidos y millones
de civiles son abandonados y deben enfrentar el invierno, después
de años de sequía, sin ayuda. Las fronteras de Afganistán
siguen cerradas para las mujeres y los niños que mueren de
hambre, sacrificad@s en esta guerra que, para ell@s, simplemente añade
nuevo terror al terror existente.
Es interesante notar que tanto George Bush como Osama bin Laden han
usado un lenguaje similar para insistir en que ahora debemos tomar
partido. "En este conflicto, no hay terreno neutral", dijo
Bush. "El mundo está dividido en dos campos, el campo
de los fieles, y el campo de los infieles", dijo bin Laden. Pero
muchas mujeres en Afganistán están ahora atrapadas entre
los dos campos, y muchas morirán allí sin haber sido
escuchadas jamás.