La construcción
mediática de género en los libros de estilo
Pilar
López Díez
Según un cómputo que calculó
el ABC, este periódico diariamente procesa o imprime una
media de ciento cincuenta mil palabras; en los domingos el caudal
puede llegar al doble, es decir, trescientas mil palabras. Este
es uno de los motivos por los que la mayor parte de los medios de
difusión, tanto españoles como extranjeros, dedican
cada vez más atención a la correcta utilización
de la lengua y publican sus manuales de cómo usarla de la
mejor forma posible. Las normas contenidas en los libros de estilo
son de obligado cumplimiento para los y las profesionales que trabajan
en cada medio y hoy, en España, se puede contabilizar casi
setenta medios de difusión que disponen ya de sus propias
recomendaciones en forma de libro de estilo.
Aunque los libros de estilo se refieren, también,
a la mejor forma de presentar sus materiales, sin embargo, en España
los medios de difusión prestan, en general, muy poca atención
a las normas deontológicas que debe guiar la práctica
del periodismo en lo que se refiere a un tema actual, candente y
sensible para un amplio segmento de la población usuaria
de los medios, nos referimos a la perspectiva de género.
Los medios de difusión están permanentemente
construyendo y reproduciendo el lenguaje y lo utilizan para tratar
de transmitir la realidad que acontece en cualquier parte del mundo.
La lengua usada por los medios, tanto hablada como escrita, como
transmitida a través de signos icónicos, se constituye
de esta forma como elemento fundamental de socialización
y tiene un papel significativo a la hora de construir representaciones
de la realidad que sirven a la audiencia para entender el mundo.
Y si entender el mundo significa situar y encarar adecuadamente
los problemas que afectan a su población, única manera
de empezar a resolverlos, es sensato y pertinente reconocer que
a comienzos del siglo XXI uno de los más importantes, son
las relaciones de género. Las actuales relaciones de género
hay que contemplarlas desde lo que se viene llamando perspectiva
de género, que entendemos con Lagarde (1996: 13) exige que,
desde ya, las relaciones entre mujeres y hombres sean diferentes
de como han sido, con el objetivo de que ambos géneros sean
reconocidos en la diversidad y poder vivir en la democracia genérica.
No es posible, ya, cerrar los ojos a lo obvio y la sociedad más
diversa y democrática exige a la ciudadanía modificar
creencias, valores y principios que parecen naturales, añade
la antropóloga mejicana. Tan naturales como que han sido
fijados a través de la historia de la humanidad pero que
no ha hecho justicia a una parte mayoritaria y sustancial de ella,
a las mujeres.
Con arreglo a las declaraciones contenidas en la
presentación de la mayoría de los libros de estilo,
estos instrumentos son herramientas que afectan a un objeto tan
complejo, rico y cambiante como es la lengua, y por tanto, suscriben
la necesidad inexcusable de mejorarlos continuamente para mejor
servir a su audiencia; el catedrático Sánchez Bravo
señala (Beaumont , 1987: 40) que el idioma cambia y un manual
de estilo tiene que adaptarse a ese cambio, y añade que como
norma aproximada, ningún libro de estilo estará completo
si no se renueva cada doce meses. Muy a menudo la prensa informa
de la presentación de nuevas reimpresiones, y no de las nuevas
ediciones revisadas, corregidas y aumentadas como parece que exigiría
la continua y rápida realidad cambiante.
El trabajo que presentamos recoge las aportaciones
que desde dos de los principales periódicos españoles
se han hecho a los libros de estilo en lo que se refiere al tratamiento
y cobertura de los temas relacionados con el género, también
se ha dedicado especial atención a difundir las normas de
obligado cumplimiento que los y las profesionales del periodismo
deben observar en un medio, que en la profesión periodística
goza de reconocido prestigio internacional, como es la BBC británica.
Además de las referencias que sobre alguno de los puntos
tratados se pueden consultar en Internet, y que afectan al influyente
The Economist.
Las dos formas de
entender los libros de estilo
En Beaumont (1987: 40) se recoge la definición
de varios profesores universitarios acerca de los libros de estilo;
para Sánchez Bravo es, ante todo, “un compendio de
las formas de expresión más adecuadas para transmitir
información periodística”; esta herramienta
sirve para elaborar el estilo de cada medio, entendiendo el estilo
como la utilización de un determinado léxico, cómo
se construye sintácticamente la información, además
de otros muchos aspectos que hacen referencia a la utilización
de determinadas expresiones, siglas, tratamientos y demás.
Para el profesor Martínez Albertos el libro de estilo es
“un conjunto de normas internas de cada periódico que
establece un modelo genérico de cómo debe escribirse
en particular para ese medio informativo” (Beaumont, 1987:
38)
En nuestro país el primer libro de estilo
de un periódico lo tuvo El País en 1977, a los pocos
meses de salir el periódico. La orientación que entonces
tenía el libro de estilo, se recoge en la siguiente cita
de quien había sido su primer director, Juan Luis Cebrián
: “Un libro de estilo periodístico no garantiza la
belleza del idioma ni es un manual para aprender a escribir. Sus
reglas se refieren más bien a la pureza y corrección
gramatical del lenguaje empleado, a la manera de utilizar los diversos
tratamientos (yo, usted...), según las ocasiones; al modo
de escribir las cifras (en letras o guarismos), al significado o
empleo de las siglas, a la traducción de palabras o nombres
extranjeros y cosas de este tipo. En algunos países donde
no existen academias de la lengua es frecuente que los medios de
comunicación más solventes y prestigiosos diluciden
las dudas sobre la pronunciación de algunas palabras o problemas
gramaticales. Es el caso de la BBC británica”
Esta herramienta, sin embargo, es vista desde otro
punto de vista más específico y a la vez más
amplio en la presentación que escribe el director general
de la BBC, John Birt, en 1993, en el libro de estilo de la BBC.
Allí se señala que el Producers’ Guidelines
capacita a las y los profesionales, y al público igualmente,
para ver los principios editoriales y éticos que sigue la
BBC. Se especifica que es el más completo y coherente de
los códigos éticos en medios audiovisuales, y que
es el resultado de 70 años de experiencia; y añade:
“Y, lo más importante, (las recomendaciones) buscan
reflejar los valores morales que la audiencia de la BBC espera de
su canal público”. Si hay un aspecto a destacar en
el libro de estilo de la cadena pública británica,
es la atención que prestan, y la importancia que tiene para
ellos la audiencia; en él se hacen muchas referencias a las
necesidades de la audiencia, y no solamente se dirigen, a la audiencia
generalista, sino que, como servicio público que es, la BBC
tiene en cuenta reiteradamente a las minorías significativas
de la sociedad y a las mayorías cualificadas. Pero no sólo
esto, en la medida en que la cadena pública británica
considera que su función es formar, informar y entretener
(y sólo en este orden), su libro de estilo está entreverado
de un interés específico por formar a su audiencia
en valores actuales y progresistas que, en lo referido al tema que
analizamos, sostiene la perspectiva de género.
Y así, podemos leer (www.bbc.co.uk/info/editorial/prodg1/08.htm):
“Mujeres: constituyen la mayoría de la población
en Gran Bretaña (51.6%, censo de 1991). A pesar de las leyes
y de las actitudes cambiantes, las mujeres todavía están
discriminadas en algunos aspectos y a menudo están infrarrepresentadas
en los programas. El uso de un lenguaje no sexista es una manera
de evitar perpetuar la impresión de que ciertas actividades
son el ámbito exclusivo de sólo un sexo. Para muchas
palabras que se refieren al tiempo cuando a las mujeres se las mantenía
alejadas de muchas profesiones (conductor de autobuses, policías,
recaudadores de impuestos, etc.) hay alternativas adecuadas que
no son sexistas (como persona que conduce el autobús, oficial
de policía, persona que recauda impuestos, etc. )...”
La perspectiva de
género y el lenguaje en los libros de estilo
El sociólogo Anthony Giddens (Sociología,
1997: 133) señala: “Es preciso hacer una distinción
fundamental entre SEXO y GÉNERO. Mientras que sexo hace relación
a las diferencias físicas, género alude a las de tipo
psicológico, social y cultural entre hombres y mujeres. La
distinción entre sexo y género es fundamental, ya
que muchas diferencias entre (comportamientos, valores, conductas)
no tienen un origen biológico”. Mientras, el Libro
de Estilo de El Mundo, cuya primera edición es de 1996, en
el apartado “Léxico de dudas y confusiones habituales”
para la voz sexo recoge: ver género/sexo y en ésta
aclara: “Género/sexo. Se está produciendo esta
confusión por influencia del feminismo norteamericano. En
castellano tienen sexo las personas, los animales y ciertas plantas,
género lo tienen algunas palabras” Si en la tradición
feminista norteamericana la diferenciación género/sexo
ya se empezó a utilizar desde 1968 , en nuestro país,
en español, este concepto empezó a ser conocido y
utilizado a partir de 1983 , efectivamente por parte de un sector,
el de las mujeres comprometidas con la transformación de
las relaciones de género. Más de quince años
después, comprobamos cómo los medios no adecuan su
discurso a las nuevas aportaciones y tendencias de grupos significativos
de la sociedad, preocupación que dicen compartir en la introducción
casi todos los libros de estilo analizados. En la medida en que
el significado, el concepto, y su asociación con el signo
influye en nuestra percepción de la realidad, partir de la
perspectiva de género exige re-presentar adecuadamente la
realidad, exige revisar las recomendaciones y normas de la herramienta
fundamental con la que se trabaja en la profesión.
“Prácticamente todos los libros de
estilo hacen referencia en la parte inicial de presentación
de sus objetivos a la condición de obra abierta e inacabada,
precisamente porque pretenden establecer normas generalmente sobre
el tratamiento o del lenguaje, una materia tan cambiante como lo
es la sociedad que utiliza dicho lenguaje. Algunos de estos libros,
incluso, llegan a señalar plazos en los que deben cambiarse
las normas o, al menos, revisarse las convenciones estilísticas
en función de la mayor actualidad. Algunos libros de estilo
solicitan para ello la aportación de los redactores, especialistas
e, incluso, la de los lectores” (Beaumont, 1987: 50)
Y, tal como defienden los propios manuales, el
lenguaje que utilizan, y en concreto el léxico, sección
a la que dedican los libros de estilo españoles el mayor
número de páginas, debería adaptarse a la que,
al menos desde hace más de treinta años, es la “nueva”
aportación teórica a la realidad en lo que respecta
a las relaciones de género. De cualquier forma esta demanda
del movimiento de conciencia de género es una práctica
que no debería extrañar a los medios, ya que se puede
comprobar cómo la llevan a cabo cuando se trata de otros
asuntos políticos y sociales. Esta práctica de re-nombrar
es habitual cuando así lo consideran necesario, tanto los
medios de difusión como las fuentes de las que se nutren.
Como denunciaba el periodista de The Independent, Robert Fisk ,
cuando escribía que los periodistas empleaban eufemismos
que servían para embellecer las acciones de una determinada
parte en un conflicto, y se refería a la guerra de Yugoslavia,
“Ni siquiera se ha puesto en duda el lenguaje de la OTAN,
que exhumó aquella vieja expresión de la guerra del
Golfo, daños colaterales, y nadie se ha opuesto al uso de
campañas aéreas para hablar de los bombardeos de la
OTAN. Como si cientos de MIG-29 estuvieran atacando a nuestros valientes
pilotos de bombarderos”. Y en otro momento añadía:
“Ha habido excepciones; pero casi todos (los periodistas)
se han dejado utilizar como portavoces del Ejército, han
sido borregos que emitían los balidos correspondientes cada
vez que la OTAN presumía de los bombardeos y transmitían
las debidas excusas cuando esas bombas mataban a civiles”
¿Están más legitimados para utilizar, y así
lograr difundir un determinado vocablo o expresión, los militares
y los mandos de la OTAN que el movimiento de las mujeres? Como señala
Graber (1984: 73) “Los medios explícitamente no abogan
por un determinado sistema social, sea el existente u otro totalmente
diferente. Implícitamente, al aceptar los supuestos sobre
los que se basa el sistema existente, y a través del silencio
de la mayoría de las alternativas, sin embargo, apoyan al
sistema”. La teoría saussuriana del lenguaje al defender
la arbitrariedad del signo, la importancia del contexto en el establecimiento
de los conceptos o significados del lenguaje, tiene importantes
consecuencias, una de ellas, el papel de éstos en determinar
la forma en que pensamos, debido al vínculo indivisible entre
nuestros conceptos sobre la realidad y el lenguaje que usamos para
representarlos. Y la nueva realidad exige introducir términos
utilizados por una minoría significativa, la de las mujeres
con conciencia , para describir una realidad de la que, hasta ese
momento, la mayoría del resto de la sociedad, no era consciente.
Sin embargo, a pesar de que suelen colarse en los medios, generalmente
por la vía de los artículos de opinión (en
los que las normas de los libros de estilo son recomendables, pero
no obligatorias) se detectan resistencias numantinas a la utilización
de formas más diversas de representación en lo que
afecta a determinado léxico.
Nos referimos a la polémica que suscitó
un artículo de la diputada Cristina Alberdi en El País
, en donde defendía la utilización del concepto género
en el sentido que vienen utilizando cada vez más determinados
sectores sociales, es decir, la construcción socio-cultural
(‘masculinidad’ y ‘feminidad’) que la diferencia
de las diferencias biológicas sexuales (‘macho’
y ‘hembra’). El Defensor del Lector tituló, de
manera frívola, Sexo, sólo sexo, su artículo
del 7 de marzo, en donde escribía: “Lo cierto es que,
por muy consolidada que pudiese estar la expresión “violencia
de género”, el Defensor, piensa que chirría
en español”. Además recogía las manifestaciones
de un licenciado en Filología Francesa, quien señalaba
la pertinencia del concepto género en inglés y francés
no sólo en un sentido gramatical, sino también en
un sentido sexista (sic), pero añadía que en español,
esta palabra sólo tiene un carácter estrictamente
gramatical. Se añadían también las palabras
del responsable de la edición del Libro de estilo de El País,
Alex Grijelmo quien también hacía una defensa cerrada
del estricto sentido gramatical que hay que dar a la palabra género
en español, y de esta forma señalaba “no puede
haber violencia de género, como no puede haber violencia
de subjuntivo”. Desde las páginas de opinión,
el Defensor de El País también citaba una frase del
fundador del periódico, Juan Luis Cebrián que hacía
referencia a la inevitabilidad de la extensión del inglés
como lengua franca, y por tanto, podría deducirse, a la influencia
que expresiones como “violencia de género” iba
a tener sobre otros idiomas, entre ellos, el español.
El artículo de El Defensor del Lector del
domingo siguiente , volvía sobre el tema, y daba cuenta de
la protesta, a través de doce cartas al Director, de otras
tantas personas con las aclaraciones lingüísticas pertinentes
a propósito de la nueva y correcta acepción de la
palabra género. El revuelo al que había dado lugar
la polémica indica la creciente importancia que estos asuntos
tiene para una, al menos, minoría significativa que lee este
periódico, y que este no parece valorar. De esta segunda
entrega se podía interpretar que el Defensor mantenía
una posición, cuando menos más moderada y discreta
y escribía que el uso de dicha expresión podía
hacerla imparable, aunque afirmaba que fuera de algunos ámbitos
restringidos no parecía haberse difundido. Para defender
la posición que sobre el tema parece mantener el periódico,
que no algunas de sus periodistas, añadía como argumento
en contra de la expresión violencia de género, la
expresa prohibición que en la agencia EFE habían hecho
los responsables del Libro de estilo, mediante la distribución
de una nota a todas las redacciones de la agencia, advirtiendo de
que en las noticias de la agencia “debe evitarse a toda costa
esta imposición artificial” del lenguaje.
Artificialidad que había surgido tras la
Conferencia Mundial sobre la Mujer de 1995, en Pekín, en
donde se empleaba con total naturalidad una expresión ampliamente
recogida en la literatura de género.
¿Cuándo, sin embargo, se convierten
tanto las tematizaciones como el léxico empleado en desarrollarlas,
en rutinas productivas en las redacciones? Cuando las fuentes jerarquizadas
las imponen a través de sus informes, comunicados de prensa,
y declaraciones. Sin embargo, se observa una resistencia en los
medios, que desde 1975 ha dado lugar a que numerosas reuniones,
informes y conferencias mundiales de la Comisión sobre el
Situación de las Mujeres de la ONU vengan reiterando que
en todas partes los medios pueden, potencialmente, hacer una mayor
contribución para el avance de las mujeres en la sociedad,
y añadía: “la perpetuación en los medios
de las imágenes estereotipadas, en particular la glorificación
de los papeles tradicionales masculinos y femeninos, retrasan el
avance de las mujeres provocando la justificación de un desigual
status quo”. Incluso la resolución 1990/15 del Consejo
Económico y Social en la 14ª Sesión de la Commission
on the Status of Women dejaba clara su posición cuando valoraba
la “Eliminación de los estereotipos de las mujeres
en los medios” como el tema prioritario bajo la rúbrica
“Igualdad” para su Sesión 14ª. El informe
del Secretario General insistía en que “los gobiernos
deberían, conjuntamente con los grupos de mujeres, emprender
acciones para reducir la estereotipación de las mujeres en
los medios de difusión, bien a través de la política
interna de los propios medios o por otros métodos”
. Y los libros de estilo podrían ser los instrumentos adecuados
para introducir la perspectiva de género en las prácticas
periodísticas, desde el punto de vista de la diversidad,
como se viene manteniendo desde hace un tiempo. No se trata, ya,
de hablar de imágenes positivas ni negativas sobre las mujeres,
sino que en la medida en que la prensa y los medios electrónicos
en la mayoría de los países no elabora unas representaciones
equilibradas de las diversas formas de vivir de las mujeres y de
su contribución a la sociedad en un mundo cambiante, la Plataforma
de Pekín para la Acción anima a los medios a “la
utilización de imágenes de las mujeres no estereotipadas,
equilibradas y diversas”.
Sin embargo, a pesar de las resistencias, algunas
incisiones se han logrado llevar a cabo y episodios como el de las
recomendaciones que hacían los responsables del Libro de
Estilo de EFE para prohibir la utilización del término
violencia de género, en 1995, van a tener que ser revisadas.
Porque, por ejemplo, la propia agencia EFE contempla en su Manual
de Español urgente desde 1985 : “Conviene generalizar
el femenino a los nombres de profesiones o cargos cuando estos son
desempeñados por mujeres: la abogada, la catedrática,
la médica, la ministra, la diputada”. Y conviene recordar,
que, no fue hasta 1995 cuando en España se adoptó
oficialmente la decisión de aceptar la feminizacion de las
profesiones, como señalaba el periodista de El País
, “Una mujer que hasta el pasado martes era médico
especialista es ya médica especialista. Una técnico
deportivo superior pasa a ser técnica deportiva superior.
Una ingeniero, ingeniera. Una arquitecto, arquitecta. (...) Así
hasta 21 títulos, según orden del Ministerio de Educación:
es el fruto de una iniciativa tomada por Asuntos Sociales en la
que han intervenido la Real Academia Española y el Instituto
de la Mujer”. Ironía del destino: Cristina Alberdi,
era a la sazón, ministra de Asuntos Sociales. Mientras fue
ministra tuvo el poder suficiente para legitimar, y por tanto ayudar
de forma definitiva a consolidar el uso de la feminización
de las profesiones; cuando dejó de ser ministra y pasó
a ser diputada, e intentó bajo el mismo presupuesto teórico
defender la acepción de la palabra género, no se le
permitió. En todo caso, llega el momento en que, indefectiblemente,
los usos de una determinada expresión o palabra se legitiman
y los medios tienen que aceptarlo , incluyéndola y utilizándola
con total normalidad, como le ocurrió al New York Times,
quien se oponía obstinadamente al término Ms. que
el movimiento feminista de EE.UU. había inventado para erradicar
definitivamente la connotación sexista y diferenciadora de
los términos Mrs. y Miss con los que se designaba a las mujeres
en función de su estatus marital; en 1986, como señala
Benedict (1992: 259) “Incluso el New York Times al final aceptó
el uso de Ms. en vez de Miss o Mrs.”; no sólo respetándolo
en los artículos de opinión, sino en artículos
y reportajes informativos .
La Real Academia
Española no impone usos, sino que los registra
Aunque la situación de las libertades políticas
en nuestro país, durante la Dictadura, es conocida, conviene
recordar la ausencia de libertad que se impuso a los medios de difusión
a partir del término de la Guerra civil. Es preciso no olvidar
que los medios hasta sólo hace veintitrés años
escribían al dictado, y aunque sabían utilizar adecuadamente
el lenguaje permitido por la dictadura, en lo que hacía referencia
a las mujeres, no cabía ninguna duda sobre el papel que se
les quería asignar en la sociedad, y que se limitaba al de
madre y esposa; de esta forma se construía la realidad social
de las mujeres desde los medios de difusión. Solamente es
a partir de finales de la década de los setenta cuando la
profesión periodística puede dedicarse a informar
de lo que ocurría en España de manera más libre.
Pero la herencia que recibieron los profesionales de la información
en lo que hace referencia al lenguaje, fue unas formas y maneras
de entender la realidad tamizadas por el punto de vista tradicional,
masculino, excluyente y desigual que venía elaborando contenidos
estereotipados y trivializados sobre las mujeres. Aunque desde 1975
el movimiento feminista estaba en la calle, y se estudiaba y desarrollaba
la teoría de género, y por tanto, desde un principio
prestó especial atención a los medios de difusión
y sus prácticas, éstos no se dieron por aludidos respecto
de una cuestión que, parecía, sólo debía
interesar a las mujeres, y en esa medida, no lograba permear los
contenidos construidos por sus profesionales. Pero la realidad es
terca, y la actividad política que ejercieron los activos
grupos de mujeres especialmente durante la llamada transición,
y la mundialización de la información hicieron que
“la cuestión que no tiene nombre” , se empezase
a nombrar, y que el problema de la mujer, pasase a ser el problema
de la sociedad en general. Cuando ya las instituciones legitimadoras
(primero internacionales, como la ONU, la Comisión de las
Comunidades Europeas o la UNESCO, y posteriormente los organismos
públicos españoles encargados de las políticas
de igualdad de oportunidades) empezaron a nombrar desde otra perspectiva
las desigualdades construidas artificialmente, la realidad se impuso
y los medios de difusión progresivamente han ido teniendo
que asumir que el llamado problema de la mujer no es un problema
de las mujeres, sino de la sociedad en su conjunto, y por tanto,
también de los hombres; y esta es, precisamente, la concepción
que se defiende desde la perspectiva de género.
La democracia en nuestro país tiene una
cuenta pendiente con el problema de género, y los medios
de difusión más aún, aunque la cuenta, a veces
parece que empieza a ser saldada, así se puso de manifiesto
cuando, desde los últimos meses de 1997 muchos periódicos
tuvieron que abrir su primera página con la violencia de
género o violencia masculina, denominada eufemísticamente
violencia doméstica, aunque el tratamiento de dicha información,
en muchas ocasiones, sigue reflejando estereotipos y posiciones
discriminatorias en contra de las mujeres.
Las dos tipologías
de libros de estilo: la tradición británica y la norteamericana
Hemos venido hablando de dos tipos de libros de
estilo, el que dedica la mayor parte de sus páginas a recoger
las normas sobre cómo escribir sintáctica, fonética
y morfológicamente, y en donde el diccionario de dudas ocupa
una parte fundamental del espacio, y el que se ocupa preferentemente
de las normas deontológicas que deben guiar la acción
de los periodistas. Del primer tipo analizaremos lo que desde la
perspectiva de género incluyen dos libros de estilo españoles,
los de El Mundo y El País, y del segundo, del Producers’
Guidelines de la BBC británica.
El Libro de Estilo de EL MUNDO consta de 390 páginas
divididas en cuatro secciones: Normas generales de Estilo, Normas
de edición, normas de práctica y de ética del
periodismo, y por último, Léxico y anexos. A pesar
de que la primera edición, y hasta el momento, única,
es reciente –diciembre de 1996- e incluye el capítulo
8 sobre la Deontología profesional, en donde habla de la
moralidad y la democracia, de la protección de la infancia
y de los problemas del “buen gusto” entre otros, no
hay alusión alguna a cómo cubrir los temas de género.
En el epígrafe VII. Problemas del “buen gusto”,
recoge el punto VIII que titulan Expresiones racistas o de supremacía
étnica, social o religiosa de esta forma: Las expresiones
despectivas sobre etnias, religiones o grupos determinados están
prohibidas, y deben vigilarse de cerca aquellos casos en los que
aparentemente una mención no es racista, pero en el contexto
resulta serlo: por ejemplo, la mención de detenidos “gitanos”
o “marroquíes” en sucesos en los que el origen
de los implicados es tan irrelevante como si fuesen aragoneses,
rubios o adventistas (pp. 111). Y pone como ejemplo las tres expresiones
despectivas que deben evitarse absolutamente: “le engañaron
como a un chino”, “una merienda de negros” o “fue
una judiada”, que son los ejemplos que se recogen también
bajo el epígrafe Expresiones malsonantes en el Libro de Estilo
de El País (pp. 21) De la misma forma que veremos en el caso
de este último periódico, El Mundo tampoco regula
las posibles frases despectivas y sexistas que se pueden deslizar
en su publicación respecto a las mujeres, ni respecto a la
opción sexual, la edad, la clase social de las personas,
etc.
Como Apéndices de la Parte III incorpora
un documento titulado CIEN PROPUESTAS PARA LA REGENERACIÓN
DE ESPAÑA, publicado en el periódico el 29 de febrero
de 1996; son cien propuestas para regenerar España pero ninguna
hace referencia a la violencia sexual, ni al maltrato, ni a infrarrepresentación
de las mujeres en la toma de decisiones, ni a ningún tipo
de problema relacionado con la desigualdad de género. Sí
hay propuestas para los menores y aunque habla de “igualdad
de oportunidades”... la propuesta se refiere a las campañas
electorales y para todos los partidos. La propuesta 61 se dedica
a la lucha contra el paro y se habla de la reducción de la
jornada laboral, de la contratación a tiempo parcial, y de
la jubilación anticipada, pero ninguna mención al
paro femenino, que en 1995, un año antes de la publicación
de las CIEN PROPUESTAS, alcanzaba al 30,6% de las mujeres, y 12
puntos menos a los hombres.
La PARTE IV: LÉXICOS Y ANEXOS (pp. 163-390)
recoge la feminización de las profesiones o cargos: candidata,
catedrática, concejala, ingeniera, médica y reportera.
Aparece también la entrada cover girl: Plural, cover girls.
Modelo femenina que aparece en portadas de revistas. Se puede emplear
en cursiva. Encontramos vedette: “En cursiva, se puede utilizar
en lugar de “artista de variedades”. No puede emplearse
en ningún otro sentido”. También recoge la voz
Hombre: “En los medios informativos suelen prodigarse las
menciones de “jóvenes”, a veces de más
de 30 años. A partir de los 18 años, mayoría
de edad en España. Debe escribirse siempre “hombre”
en las referencias a un varón” (con lo cual no acepta
el término hombre como genérico para referirse a hombres
y mujeres), posición que corrobora con la voz Humanidad:
“Se escribe con mayúscula inicial cuando se utiliza
esta palabra en sentido amplio, el de “el género humano”.
Pero para la redacción del Libro de Estilo
de EL MUNDO sólo utilizan el genérico masculino singular
y plural: en El Mundo hay redactores, pero no redactoras, desplazan
a enviados especiales, y están los corresponsales y cronistas
especializados; allí trabajan los fotógrafos, los
infógrafos y los redactores literarios. También hay
jefes de sección o redactores jefe de área . Pero
no sólo parece que únicamente trabajen hombres en
el periódico, (en el sentido que recoge su LÉXICO
GENERAL, es decir, varones) sino que no tiene ninguna lectora, porque
quieren acercarse a “todos sus lectores”.
En las NORMAS DE EDICIÓN, en la sección
C. ILUSTRACIONES Y “BUEN GUSTO” (pp. 91) recoge: “El
Mundo no publicará fotografías de evidente contenido
o intención sexista. En nuestro país subsiste una
cierta tradición de tolerancia de ese tipo de fotografías,
carentes de otro valor que no sea el de la perpetuación de
pruritos y estereotipos reprobables en una sociedad avanzada”.
En el LÉXICO DE DUDAS Y CONFUSIONES HABITUALES
en género/sexo dice: “Se está produciendo esta
confusión por influencia del feminismo norteamericano. En
castellano tienen sexo las personas, los animales y ciertas plantas;
género lo tienen algunas palabras”.
Por último, en el LÉXICO GENERAL,
la entrada machismo recoge: La actitud de prepotencia, en usos y
leyes, del hombre sobre la mujer que provocan una discriminación
de ésta. Machista es, o un partidario del machismo, o quien
incurre en actitudes de este género, aunque no teorice sobre
ellas. Ver sexismo” Imposible, no se encuentra la entrada
sexismo, pero sí se encuentran “sex appeal”,
“sex symbol” y “sexy”; de las tres palabras,
sólo autorizan el empleo de la última.
El Libro de Estilo de EL MUNDO no recoge en español,
por ejemplo, la voz “empoderamiento” ni otras en inglés
que pueden inducir a duda o confusión entre sus periodistas,
tanto por su significado como en la forma en que se escriben, y
que hoy se utilizan para hablar de temas relacionados con la situación
de las mujeres en frecuentes artículos académicos,
libros e incluso artículos de periódicos anglosajones.
Las siguientes palabras podemos encontrarlas en cualquier fecha
en la sección diaria “Women” en The Guardian:
“gender”, “gender stereotypes” “affidamento”,
“backlash”, “compulsory heterosexuality”,
“consciousness-raising”, “empowerment”,
“genealogy” , “sex-gender system”, “sexual
contract”, y otras.
El Libro de Estilo de EL PAÍS : Consta de
528 páginas de las cuales 273 las ocupa el diccionario de
palabras, y otras 80, el de siglas. Las primeras 123 páginas
bajo el título de MANUAL recoge 13 epígrafes que se
refieren, mayoritariamente, a las normas de redacción: gramaticales,
ortográficas, tratamiento y protocolo, a los géneros
periodísticos, cómo titular, la tipografía
adecuada, nombres, abreviaciones, etc. Este tipo de libro de estilo
se encuadra entre los que se considera que siguen el modelo norteamericano,
que son básicamente simples diccionarios de términos
dispuestos para su consulta directa por los redactores (es el ejemplo
de The New York Times). Aunque hay excepciones, como en el caso
del prestigioso Washington Post: “El libro de estilo es, a
la vez, una ocasión para comprobar hasta qué punto
se produce una continua renovación en el lenguaje y, en menor
medida, en las técnicas de tratamiento de la información.
Nuevas frases y nuevas palabras son incorporadas” (Beaumont,
1987: 83)
El País señala que la primera edición
de su libro de estilo se publicó en noviembre de 1977, y
la segunda (corregida y aumentada), en marzo de 1980. La tercera
edición, también corregida y aumentada, tuvo lugar
en abril de 1990 –aunque se preveía que fuera en 1987-
(Beaumont, 1987: 156) A partir de esta fecha, hasta hoy, se han
publicado varias reimpresiones de la última, hasta llegar
a la 15ª en 1999. Está pendiente, creemos, una nueva
edición necesaria en la medida en que han pasado diez años
desde la última. En la segunda edición el entonces
director del periódico, Juan Luis Cebrián, ya decía
que de ninguna manera creían que el texto fuera definitivo.
El Libro de Estilo de El País, en lo que
respecta al objeto de nuestro análisis, no lo tiene en cuenta.
Las referencias que se encuentran, situándonos en la época,
1990, resultaban, ya para entonces, muy escasas. En esta edición,
como en la anterior de 1980, se recoge la feminización de
las profesiones: “... se escribirá la doctora, la ingeniera,
la diputada, la jefa o la primera ministra cuando tales condiciones
se refieran a una mujer” (pp. 123) o la incorrección
de incorporar el artículo “la” cuando se hable
de mujeres: “La Thatcher...”, hábito, dicen,
en muchos periódicos todavía.
En esta primera parte, reservan 8 páginas
bajo el epígrafe PRINCIPIOS en donde se habla de la política
editorial, de su independencia y apuesta por la democracia... en
el punto 1.4, manifestando gran sensibilidad hacia este deporte
violento, señala que el periódico no publica informaciones
sobre competiciones de boxeo, porque: “La línea editorial
del periódico es contraria al fomento del boxeo, y por ello
renuncia a recoger noticias que puedan contribuir a su difusión”.
Se hace referencia también a la política de información
sobre suicidios, y se dedican varios puntos a las fuentes y su tratamiento;
al tratamiento de la publicidad también se le dedican cinco
puntos aunque no se hace mención alguna al tratamiento a
dar a la posible publicidad sexista. En ninguno de los tres puntos
en que se regula la utilización de fotografías, se
hace mención a la actuación ante la posible utilización
estereotipada de fotografías o ilustraciones de mujeres y
otros colectivos. También en los PRINCIPIOS (pp. 16) en el
punto 1.7. señala que en los casos de violación, el
nombre de la víctima se omitirá, y solamente podrán
utilizarse las iniciales o datos genéricos (edad, profesión,
nacionalidad), siempre que no la identifiquen. Y que también
se emplearán iniciales cuando los detenidos por la policía
o los acusados formalmente de un delito sean menores de edad, es
decir, de 18 años.
El apartado termina con las expresiones malsonantes,
cuyo último punto, el 1.41 (pp. 21) recoge: “Nunca
deben utilizarse palabras o frases que resulten ofensivas para una
comunidad. Por ejemplo, ‘le hizo una judiada’, ‘le
engañó como a un chino’, ‘eso es una gitanería’.
También El País perdió la ocasión de
regular la utilización de frases denigrantes, ofensivas y
discriminatorias, no sólo en función de la raza o
la etnia, que sí que les preocupa, sino del sexo/género,
la edad, clase social, opción sexual, religión o minusvalía,
como veremos posteriormente en el caso de la BBC, que las contempla
ampliamente. La redacción del Libro de Estilo de 1990 muestra
la preocupación por la xenofobia y el racismo, pero no por
el sexismo, aunque se valora el avance conseguido desde la 2ª
edición, la de 1980, en la cual no figuran ni las ocho páginas
dedicadas a los PRINCIPIOS en esta última edición.
Tampoco figuraba en la 2ª edición la aclaración
que sobre el uso del término mujer se recoge en la tercera:
“mujer, ha de evitarse el uso de esta palabra como sinónimo
de esposa. Debe escribirse ‘su esposa’ y no ‘su
mujer” (pp. 312)
No sabemos si la entrega de algunas recomendaciones
a la redacción, por parte del Defensor del Lector, con sugerencias
de las personas que leen el periódico, contemplan la modificación
del tratamiento de las cuestiones de género, aunque mucho
nos tememos –la lectura diaria del mismo nos permite afirmarlo-
que la cuestión de género va a seguir, todavía,
entendida en El País como un término estrictamente
gramatical, siguiendo la estela al prestigioso y conservador The
Economist que, recalcitrante, no acepta todavía el vocablo
Gender (Género): “Es una palabra para ser aplicada
a la Gramática, no a la gente. Si alguien es hembra, ese
es su sexo, no su género” (www.economist.com/editorial).
El Producer’s Guidelines de la BBC británica.
El libro de estilo de la radio y televisión públicas
británicas, la British Broadcasting Corporation (BBC) que
vamos a utilizar básicamente es la 2ª edición
de 1993 , aunque se puede consultar la tercera y última,
de 1996, en la siguiente dirección de Internet (www.bbc.co.uk/info/editorial/prodgl/contents.htm).
El libro de recomendaciones recoge en la segunda página la
presentación del entonces director general, en donde se enfoca
la aportación del libro como un medio para que la audiencia
pueda juzgar los contenidos de la radio y televisión británicas.
El libro, de 276 páginas, se divide en 46 capítulos,
seis de los cuales están relacionados con las leyes y el
derecho. Los capítulos tienen títulos tan sugerentes
como la violencia en los programas de televisión; el comportamiento
imitativo y antisocial; el gusto y la decencia; representación;
política y políticos; las encuestas de opinión;
la emisión durante las elecciones; la emisión de temas
religiosos; programas sobre consumo; conflictos de interés;
publicidad; relaciones con la audiencia; relaciones con la prensa,
y así hasta 46, todos relacionados con los principios deontológicos
que deben guiar la acción de las y los profesionales de la
información.
En cada uno de estos capítulos se trata
de manera exhaustiva el tema objeto de recomendación, y,
a su vez, se divide en varios puntos, que en el caso del de la violencia
en los programas de televisión, el capítulo 10, hace
referencia tanto a cuestiones generales, como a los avisos y señales
que recomiendan para avisar a la audiencia cuando ciertos programas
incluyan escenas violentas; contempla la violencia en las noticias
y en los programas de ficción o las producciones de fuera
de la BBC, y empieza diciendo que la investigación sobre
si existe relación entre la violencia en televisión
y en la sociedad es un asunto confuso y no concluyente, pero que
sin embargo es evidente que las escenas de violencia preocupan a
algunas personas y que, en exceso, se puede acusar a la violencia
en televisión de desensibilizar a la audiencia, y que la
BBC tiene en cuenta estas consideraciones a la hora de incluir material
violento en sus programas. Además de contemplar la violencia
en las noticias o en los programas basados en hechos y en la reconstrucción
de delitos o la violencia en la que estén involucrados animales,
cuando entra en el punto 4, en la violencia en la ficción
(1993: 77), recomienda que las personas responsables del programa
deberían considerar si el contexto anima a aprobar la violencia
y si la persona violenta parece que disfrute con ella (la violencia
nunca debería mostrarse para explotar tendencias sádicas).
Añade que la violencia no siempre es física, y que
la agresión verbal puede inquietar profundamente, en particular
cuando las palabras que se usan tienen poder sexual.
Recomienda tener cuidado para asegurar que la hora
de emisión es la adecuada, particularmente si hay posibilidad
de que entre la audiencia haya niños y niñas. Y añade
un apartado específico dedicado a la violencia contra las
mujeres, en donde se recoge: “La violencia contra las mujeres
en la ficción no debe fomentar la idea de que las mujeres
están para ser explotadas o degradadas a través de
la violencia o que son víctimas complacientes de la violencia,
si no es de manera excepcional. Algunas veces la violencia contra
las mujeres se representa como erótica. Tenemos que evitarlo.
La violación no es otra cosa que una tragedia para las víctimas
y sería un error sugerir otra cosa. Idéntica sensibilidad
debemos mostrar hacia la violencia contra la infancia (1993: 79)
En el capítulo 11, que hace mención
al comportamiento imitativo y antisocial, empieza diciendo que mucha
gente cree que la televisión y la radio pueden causar comportamientos
indebidos en aquellas personas que miran la televisión o
escuchan la radio, y que aunque no se ha probado la relación
causa-efecto, es importante estar alerta ante la posibilidad de
que parte de la audiencia pueda ser susceptible de copiar el comportamiento
representado en los programas de la BBC.
El capítulo 13, sobre la representación,
en el apartado general, el Producers’ Guidelines declara que
la BBC tiene la responsabilidad de servir a cada sector social y
que los programas de ámbito nacional deberían lograr
reflejar y representar fielmente la composición de la nación.
Añade que las y los productores de programas deben ser siempre
conscientes de la sensibilidad de aquellos grupos que hay en la
sociedad que se sienten injustamente tratados y discriminados. Señalan
explícitamente que deben tener cuidado de que, en conjunto,
los programas de la BBC no perpetúen mitos, refuercen estereotipos
u ofendan, sin necesidad, a las minorías o a los grupos sociales.
Las personas que se sientan mal representadas o desatendidas por
la sociedad en general, añade el libro de estilo de la BBC,
deben sentir que son tratadas y representadas justa y fielmente
por la cadena pública británica (1993: 92) Y añade
que la empresa dispone de programas especializados, de departamentos
de programas y una amplia base de datos sobre igualdad de oportunidades
que pueden usarse para lograr ampliar el campo de las representaciones.
Conclusiones
Determinados sectores sociales, entre los cuales
las mujeres constituyen un núcleo concienciado, vienen argumentando
la necesidad de que los medios de difusión construyan representaciones
más diversas e integradoras de todos los grupos sociales
en general, y del de las mujeres en particular. Además, organismos
internacionales encargados de impulsar los principios de igualdad
entre los géneros, aconsejan implementar políticas
específicas tanto desde dentro de los propios medios de comunicación,
como, si fuera necesario, a través de políticas desarrolladas
por los gobiernos.
La importancia de las recomendaciones o normas
recogidas en los libros de estilo se ha demostrado eficaz a la hora
de elaborar contenidos más diversos, integradores y no excluyentes
de cualquier colectivo social, especialmente del de las mujeres.
La sociedad española, sin tradición en la práctica
de la libertad de prensa de los medios, ni tampoco en la reivindicación
del derecho a la información por parte del público,
ha adolecido de marginar determinadas prácticas y rutinas
profesionales que son contempladas con rigor y seriedad, y se llevan
a cabo en países con larga tradición democrática,
como es el caso de Gran Bretaña. La política informativa
desarrollada desde la BBC, en este país, es reconocida, internacionalmente,
como referente de calidad entre la profesión periodística
y la audiencia más culta e interesada. Su libro de estilo,
norma de obligado cumplimiento para quienes trabajan en la BBC,
se manifiesta como referente, también, para la elaboración
y revisión de otros libros de estilo, entre los que se encuentran
los de los medios españoles.
Bibliografía
complementaria
Cameron, Deborah: The Feminist Critique of Languaje.
1990. Londres: Routledge.
Feminism & Linguistic Theory. 2ª ed. 1992.
Londres: Macmillan Press Ltd.
Gallego, Joana et. al: El sexe de la noticia. Reflexions
sobre el gènere a la informació i recomanacions d’estil.
1999. Barcelona: Diputación de Barcelona.
Kramarae, Cheris y Treichler, Paula A.: A Feminist
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Humm, Maggie: The Dictionary of Feminist Theory.
2ª ed. 1995. Londres: Prentice Hall.
Lledó, Eulalia: Cómo tratar bien
a los malos tratos. Manual de Estilo para los medios de comunicación.
1999. Sevilla: Instituto Andaluz de la Mujer.
Media Studies Journal: The Media and Women Without
Apology. Winter/Spring 1993. Nueva York: Columbia University.
Sau, Victoria: Diccionario ideológico feminista.
2ª ed. 1989. Barcelona: Icaria.
Valle, Norma, Hiriart, Bertha y Amado, Ana María:
el abc de un periodismo no sexista. 1996. Santiago de Chile: fempress