Un poco de Provincia en la Ciudad.

De las profundidades de Venezuela llegaron a la ciudad de Caracas, como a cualquier capital de país en el mundo entero, personas encandiladas por que se decía que en Caracas cualquier cosa daba dinero y se podía obtener casa, trabajo, dinero y la felicidad con toda facilidad.

Por eso muchos señores, de Miranda, Carabobo, Yaracuy, Aragua, Anzoátegui, Monagas y Sucre así como de los Andes, se vinieron a probar suerte a Caracas, llegaban por el Terminal del Nuevo Circo, a escasos minutos a pie de San Agustín y cualquier primo, amigo o conocido de un primo u otro amigo, que ya vivía aquí, le daba un espacio para pasar unos días en su ranchito y luego, y luego bueno, ya a la semana estaban construyendo su ranchito también, comprándose sus pollos para tener gallinas, también su casal de chanchos y criar sus cochinitos.De manera que las costumbres de la provincia más cercanas a la capital se fueron haciendo comunes y amalgamándose las unas con las otras.

Se mataba cochino los sábados, era un gran acontecimiento y un buen entretenimiento para los más pequeños, ver las faenas de darle el palo cochinero al animal, desangrarle y después proceder a quitarle la piel e ir cortando las diferentes partes para la venta a particulares. Otra de las etapas que aglomeraba al público era la preparación del chicharrón y la espera de la venta del mismo.

De allí nos viene ese célebre juego entre los más pequeños de preguntarle al compañero:

- ¿En tu casa mataron cochino?, interrogaba un niño
- Si - Respondía el niño interpelado-
- ¿Tu le tuviste miedo? debía repreguntar el primero
- No - Respondía el otro.

Y acto seguido el primer niño u otro acompañante, batía una fuerte palma y se le quedaba mirando al segundo niño a los ojos, que no debía espabilar, pues entonces demostraba que sí le tenia miedo a mirar matar el cochino o algún otro hecho que pudiera demandar su valentía.

Un recuerdo que no se escapa es el barrio en la madrugada. Cuando ya intentaba despuntar en el este el astro rey y un gallo madrugador emprendía contento el inicio de la jornada, de inmediato uno cercano a éste le ripostaba, y a éste, otro y a ese otro, otro más y de golpe era un estrépito de cantar de gallos en todo el barrio. Que es una imagen o un sonido digno de recordar porque cada vez es más difícil escuchar en plena ciudad un gallo cantando.

Quienes llegaron con una platica o la fueron obteniendo en el transcurso de su vida en el barrio, lograron montar lo que llamaban Bodegas, que era lo que hoy una especie de supermercado, pero en el corazón del barrio, allí en lo alto, allí se podía obtener de todo o casi todo; desde pescado salado pasando por frutas y legumbres, ollas, cazuelas, sartenes, kerosen para las cocinas, pues en aquel entonces no eran a gas, ni eléctricas, carbón para los que no tenían cocinas a kerosen, y cocinaban en anafres o "primus" que marchaban a gasolina; caraotas frijoles, plátanos, papa, yuca, batata, cebollas blancas y moradas, diablitos Under Wood, mortadela, sardinas y atún en latas, refrescos Vidu, A-1, Golden y Dumbo, Koolay (que fue prohibido en el 1er mundo por contener elementos cancerígenos.)

Los que tenían licencia de licores, vendían desde Ponche Crema, Aguardiente de caña "San Tomé" en litro y 1/4 de litro, también llamada "carterita"; anís Garlín, vino Castelgandolfo, la Sagrada Familia, y Sansón, Cervezas 1/2 jarra, tabacos "El Sol", cigarrillos detallados y por cajas, Lido, Lucky stray, Alas, con o sin filtro para los que fumaban "con la candela pa' dentro", Chimó etc; incluso se podía encontrar cuadernos cuadriculados, de una o dos líneas, blook para cartas y de dibujo, bolígrafos, lápices, compases y juegos de geometría, libros Mantilla y Abajo Cadenas, para las primeras lecciones de la escuela; se vendían cirios o velones, velas, para los santos y para aquellas ocasiones en que llovía muy fuerte y "se iba la luz" o para cuando no alcanzaba el salario para pagarla a tiempo y era irremediablemente cortada, también se vendían bombillos de cualquier vatiaje, metras, trompos, barajas o cartas, pabilos, hilos, y cualquier otra clase de cordeles, alpargatas y chinelas, toallas sanitarias cuya marca más comercializada, terminó por atribuírsele a todas con el nombre genérico de "Modess" y que para solicitarlas debido a la moral reinante se pedían con el eufemismo de "una caja de galletas"; así mismo algunas medicinas podían encontrarse en todas, como mentol Vic vaporu, alcanfor, alcohol izo-propílico, agua oxigenada, sal de fruta Eno, All-kazelser, Optalidon, aspirina Bayer, aceite de hígado de bacalao y aceite de palo y ricino, Sal de higuera; igualmente se vendían algunos artículos para la estética como Brilkrem, moroline, polvos faciales "sonrisa", pinturas de uña, acetona, jabones de tocador, medias de nylon , desodorantes, etc.

Estos establecimientos abundaban a lo largo y ancho de la parroquia, pero los más famosos de Marín eran "El abasto La Palma" que alcanzó su esplendor bajo la administración de los portugueses comandados por Faustino y Dionisio, la bodega del Cañón, la de Negro Primero, la de la Ford, la de la señora Facha, la de Modesto, la de Ramón Peña, la del señor Prim, El Nido en la quinta calle, la del señor Angel, también llamada "El Cují", "La Juventud" atendida por dos hermanos morochos , uno blanco y otro negro. (Lucio recuerdo que era el nombre del negro) pero idénticos, lugar de encuentro de los músicos y la que aun funciona, ahora comandada por Victor Gamez (el popular Gamelote).

Las bodegas eran definitivamente un centro alrededor del cual giraba la vida en el barrio, no solo porque abastecía de todo lo que hemos enumerado y de lo que se nos olvida, sino porque era el lugar para comentar los acontecimientos del barrio, la última pelea de Teófila con su marido en la que "se destrozaron encima las ollas y los platos y al parecer, no me crean, pero como que se fue con una prima de ella para Cochecito". Así era el bodeguero, conocía o tenía los elementos para concluir en que casa la cosa no andaba bien, porque cuando no le sacaban "el fiado", se comía mortadela y huevos, o sardinas, que era lo más barato, o si no la doña o el señor de la casa le iba a solicitar un préstamo para una urgencia médica o el reclamo, urgente también, de una deuda anterior impostergable.

Un flagelo del cual no pudieron librarse jamás las bodegas ni sus dueños, fue el "fiado", puesto que invariablemente la relación de amistad, la proximidad con los clientes establecía cierta complicidad que iba más allá del tan en boga dicho, "negocio es negocio".

Para conjurar la eterna demanda del fiado, los dueños y dependientes colocaban sendos carteles, bastante visibles con leyendas alusivas. Entre otras recordamos las siguientes:

-"El que fía no está"
-"Aquí murió el fiar"
-"Hoy no fío. Mañana si".
Y una, más pomposa y cómica, toda una copla, toda una poesía:
"Si fío pierdo lo mío
si doy a la ruina voy
si presto al cobrar molesto
y para evitar todo esto
ni fío ni doy ni presto"


Había también un cuadro muy alusivo, donde se mostraban dos señores, uno gordo y rozagante, con una vestimenta impecable y bien presentada, luciendo también una amplia y envidiable sonrisa, debajo la inscripción que rezaba:

"Yo vendí al contado"

A su lado un señor ampliamente delgado, por no decir hambriento, de traje harapiento, compungido, preocupado, con vestidos raídos y arrugados. Debajo la inscripción:

"Yo vendí a crédito"

Quizás los más timoratos, los menos arrojados, se detenían ante tales avisos, pero los que de verdad verdad, necesitaban llevar algo de alimento al hogar, sin tener el dinero, lograban una promesa de "pronto pago", y se llevaban el fruto de su regateo para dar de comer a sus crios que en casa esperaban hambrientos, la aparición del padre, la madre, o el hermano mayor, con las sardinas, el azúcar, el pan, el café, el arroz, la sal y el kerosen, para la cocina.

En la bodega se conversaba de todo. Igual de política, deporte y cultura, como de sexo, eso si "sin que hubiera menores". La bodega constituía el mentidero fundamental de la calle y a veces hasta de todo el barrio.

En más de una oportunidad, allí se comenzó a formar el núcleo del partido Acción Democrática, o Unión Republicana Democrática,(nadie se confesaba de COPEI, pues era el partido de los ricos) quizás, no se sabe, había algún pulpero (así también se llamaba al bodeguero) comprometido con la guerrilla del "Frente Antonio José de Sucre", o "José Leonardo Chirinos", o con los jóvenes del barrio que se habían ido a las montañas del " Bachiller".

El incremento de la delincuencia fue el principal factor para el declive de este elemento tan fascinante de la vida en el barrio.

Ya eran muy peligrosas las compras al mayor que el bodeguero debía realizar para abastecerse y surtir el negocio, aquellas que antes fueron la fiesta para los chicos que ayudaban a acarrear la mercancía desde la avenida hasta el cerro y que semejaban una película de la selva, pues subían en columnas con las mercancías en hombros, cual "Jim de la selva" remontando el cerro con todos sus "aminobuana" pigmeos detrás y delante con racimos de cambur, patillas gigantescas, sacos de verdura, cebollas, guacales de tomates, ciruelas y mamones, guayaba, etc; Allí los muchachos se ganaban unas cuantas lochas, subiendo las cosas menos pesadas, pues las de mayor peso estaban destinadas a "Juan Tomás", un fornido señor que se quedo siempre niño en su mente y al que todos temían por los berrinches que armaba cuando probaba alcohol, pues sus fuerzas en tales circunstancias asumían el poder destructivo de un temporal.

El Troyero y el Quincallero, vendedores ambulantes que recorrían el barrio repletos de mercancías, el primero con chocolate soluble, Troya (de allí su nombre), dulces y mermeladas de membrillo, guayaba, y mango. El segundo con toda suerte de artefactos de uso doméstico, como ollas, sartenes cacerolas, pocillos y platos de peltre, rayos, juegos de ludo y bingo, que además de traerlos de casa en casa, vendían para pagar por partes (imagínese usted, vender por cuota productos de Bs10,00).

Subía también de vez en cuando un vendedor de ropa interior para damás, el cual al parecer en los días de pírricas ventas se enfurecía y comenzaba a insultar a "estas mujeres del carajo" -que según él- no usaban pantaletas ni sostenes y arrojaba al piso toda su mercancía, para después recogerla y continuar su recorrido resignado.

Guardado también en la memoria esta "Villalobos", un vendedor de lejía que una vez terminada la labor, remontaba el cerro y con un vozarrón atronador estimulado además por una "carterita de ron", eterna acompañante, interpretaba, con afinación, melodía y ritmo, algunas veces a capela y otras servido por la percusión del cajón donde cargaba su mercancía, las guarachas y boleros de otro tiempo.

Los heladeros con sus campanitas, caminando y vendiendo de cerro en cerro, el vendedor de ponche, el amolador de tijeras y cuchillos con sus silbatos tan peculiares, también se marcharon.

Ya los camiones que venían a vender los refrescos, Golden Cup, Dumbo y Grapette y las cervezas, Zulia, Polar y Caracas, desde la Tercera, el Cañón o desde La Fila, no lo hacían con la actitud despreocupada de antaño, puesto que muchas veces debieron entregar el fruto de la venta en manos de quienes se apostaban a preparar la emboscada artera. Incluso últimamente debieron contratar los servicios de algún personal armado para su protección.

Después, jamás volvieron a subir, y ahora para estos menesteres, lo más cerca que se atreven a llegar es hasta la avenida Ruiz Pineda.

Las antiguas bodegas dieron paso a pequeños "sucuchitos", ratoneras, donde sólo hay cigarrillos de una sola marca, cervezas (vendidas sin licencia) y una que otra chuchería para los más chicos.