Las Cruz de Mayo y San Juan en la memoria.

Para finales de la década del 50, la comunidad de Barlovento y en general de mirandinos, es cada vez más númerosa en el barrio, de manera que se podía observar como algo común, en los períodos comprendidos entre mayo y junio, manifestaciones de la religiosidad, un tanto diferentes a la liturgia a la que la iglesia católica acostumbraba realizar.

Era una promesa decía el ahijado de doña Santiaga, el cual era fusilado a preguntas sobre el, extraño rito que en su casa se preparaba.

Las señoras de los hogares vecinos, vestían una cruz hecha de madera, con papel de seda de muchos colores, no faltaban las gamás de rojos, amarillos, rosa, verdes, azules y hasta plateados y dorados, porque cada cruz debía ser mucho más linda que las de las otras.

Ya el día 3 de mayo cada año, a tempranas horas, comenzaba a construirse un altar en el que se colocaban todas las cruces traídas a la casa donde habría de realizarse el rito del "velorio de cruz de mayo" , y que tendría efecto los viernes y sábados de mayo.

El altar debía semejar el cielo, por lo que se construía colocando taburetes sillas o cajas de cartón, cerca de una pared de la sala de la vivienda teniendo diferentes niveles, a manera de repisas y se cubría con sábanas de colores preferiblemente blanco o azul muy claro, en estos niveles habrían de colocarse las distintas cruces traídas por los vecinos para ser adoradas.

Así continuaban los preparativos, viendo que no faltara de comer y tomar para los invitados, De comer lo más usual era hacer un consomé de gallina, bollitos de maíz, y trocitos de queso blanco; de tomar a parte de caf,, para poder permanecer en vela, aguardiente de caña, ron y cerveza, para alegrar a los tamboreros, decimistas e invitados en general.

A eso de las 8 de la noche, alguno de la casa podía iniciar el velorio haciendo un rezo y explicando las razones del pago de la promesa para la cruz, y a continuación podía rezarse un rosario y proceder entonces a solicitar a los músicos el comienzo de su labor, del canto y toque de la fulía, con las palabras:

"Tambor y canto", que por momentos se alternará con las décimás.

La fulía, es un genero musical ejecutado con cuatro, tambores, maracas y un plato de peltre percutido con una cuchara metálica, en la que coro y solistas se turnan para expresar en sus letras distintos temás que pasan de lo humano a lo divino, según el animo del velorio, al igual que la décima la cual se dice para transformar un poco la tónica de la música y también permitir el descanso de los músicos.

Como la mejor enseñanza es el ejemplo, vamos a colocar aquí una muestra de algunas de ellas:

Ya que mis saludos di
al público con cariño
voy a tomar el camino
que me condujo hasta aquí
mientras viva tendré en mí
recuerdos halagadores
la ruta he de retomar
mil gracias por sus favores
y ahora para terminar
abrazo a todos señores

Es una décima con la cual podía despedirse un decimista que debía partir. Otra podía ser, para hablar de la efímera belleza física, que con los años se convierte en su contrario, se recitaba:

Goza mujer tu eres bella
tu edad está floreciente
mientras mañana tu frente
no brillara como estrella
no escucharás más querellas
tu ilusión terminará
no habrá quien te diga nada
y esa cabellera ondeada
mañana blanca será

Igualmente podían versar, sobre la Pasión de Cristo, la desconfianza para con los compradores del producto del trabajo en el conuco, agradecimiento a los santos por los favores recibidos, las hazañas de Simón Bolívar, o cualquier otro pasaje de la Independencia, etc.

Ellos se colocaban frente al altar y cuando paraba el toque, recitaban sus poesías que podían ser improvisadas o aprendidas, para cualquier caso.

la cruz de mayo del valle del tuyEn estos eventos, era usual la controversia entre dos o varios decimistas así como entre los cantantes que se intercalaban y solían discutir, en versos por diversos motivos, bien porque el contrario no tenía buena pronunciación, bien porque, estaba desafinado, o bien porque al expresar un punto de vista en la décima o el canto, según su contendor, había errado.

Los tamboreros, el cuatrista, y el que tocaba el plato de peltre se colocaban en forma de arco frente al altar y los cantadores a su lado, pasándose en algunos casos una flor, para turnarse en el uso de la copla a cantar.

A partir del viernes esta actividad continuaba indetenible hasta bien entrado el sábado siguiente, unos podían partir por la mañana pero otros quedaban cantando bebiendo y diciendo décimás, hasta que la dueña de casa, o cualquier allegado, solicitaba un reposo para recobrar las fuerzas, comer, dormir un poco y comenzar nuevamente en la noche del sábado hasta la tarde del día domingo.

En el interín, en los alrededores, se protagonizaban todo tipo de situaciones, las cuales iban desde hombres borrachos dormidos en la calle, hasta pleitos por celos sobre circunstancias acaecidas en medio del velorio de cruz, pero que por respeto a la celebración, debían ventilarse fuera.

Jamás falto una botella quebrada, una amenaza altanera, y hasta unas cuantas trompadas. Hay que decirlo, siempre hubo alcohol, pero nunca frente al altar, por que frente al altar no se podía beber, ni decir malas palabras.

Por eso las diferencias suscitadas en medio de la controversia de las coplas de la fulía o los versos de las décimás, se resolvían fuera del establecimiento.

Terminando mayo y comenzando junio, se anunciaban las fiestas de San Juan, por que ya el ambiente estaba preparado para seguir en el ánimo festivo.

San Juan es un santo parrandero que adora la cañandonga, el baile y la algarabía en general. También esta celebración, aunque es común en todas las poblaciones de ascendencia africana en Venezuela, se asume en el barrio de manera barloventeña.

Hoy día se han creado sociedades que preparan cada año la celebración, donde se han mezclado las tradiciones del centro y occidente con las de oriente (Yaracuy, Carabobo, Aragua y Miranda), pero en aquel entonces, eran la señora Santiaga y el señor Juan Chiquito quienes hacían todas las diligencias para que esta actividad estuviese cada año a la altura.

Antes en el barrio no se hacía como en los pueblos de San José y Curiepe, que sacaban al santo en procesión a golpes de tambor y como hacen ahora, los jóvenes que han asumido la guardia y custodia de la continuidad. No, para esta fiesta se contentaban entonces, con sacar a la calle los tambores Culo e'puya, El mina y La Curbata, desplegarse en rueda alrededor de los cantadores y tocadores y hacer gala del don que tienen los negros (y sobre todo las negras) para mover sus cuerpos al frenético compás del "tiquiquitaqui sobre La Mina"

La Mina o El Mina es un tambor construido sobre el tronco de un árbol de guayaba, que puede medir hasta más de dos metros, es quemado por dentro para que su corteza pueda ser excavada con mayor facilidad, sobre uno de sus bordes se coloca el cuero por donde se ha de percutir al igual que en el cuerpo mismo del tronco; se coloca para sostenerlo a la altura del tocador, sobre una horqueta, especie de bípode, que conjuntamente con la parte no forrada del tambor descansará sobre la superficie, permitiendo esto la estabilidad para poder ser tocado, Al lado del Mina, también del mismo material estará la Curbata, más pequeña y con la estabilidad para permanecer vertical mientras es tocada, con un ritmo regular, mientras que El Mina va adornando, jugando, dibujando y los laures (son especies de baquetas, trozos pequeños de madera) tocados por varios músicos sobre el cuerpo del tronco, también acompañan.

Los bailadores se dispondrán a bailar juntos de tres o cuatro, en líneas sostenidos pasando los brazos por encima del hombro del compañero, no importando mucho la disposición en la que se ubiquen.

Luego la celebración en desarrollo demandaría cambiar el Mina por los "tambores redondo", por los Culo e'puya, tres tambores tubulares de un diámetro variable entre 15 y 18 centímetros, de una altura de un metro, un metro veinte centímetros aproximado, construido en una madera llamada Lano, muy liviana, forrados con cuero por ambos extremos para percutirse solo por uno de los parches. En el toque canto y baile del Culo e'puya hay una evocación directa a los ancestros africanos, la belleza de esta manifestación así como la polirritmia y su manera de bailarse, nos hacen pensar en ritmos que quizás sean primos-hermanos congéneres de Cuba con la acción de "vacunar", y la "ombligada" de Brasil, que han pervivido como un legado en nuestros países de aquellos hombres y mujeres cuya sangre, aun hoy, bate en nuestros corazones mestizos.

Estas fiestas se realizaban cada año en Marín, de lo que nos quedó la admiración y la estima por estos elementos culturales que poblaron nuestra formación, y que luego, veríamos reivindicados por un puñado de jóvenes (de quienes hablaremos más adelante) que se constituyeron en una vanguardia de la negritud en Venezuela y América:
El Grupo Madera.