El Barrio, aspecto lúdico y gregario.
Jugar para estar juntos, o estar juntos para jugar?.
Como en la suma o la multiplicación, no importa el orden, el resultado siempre es compartir. Esa es una de las grandes escuelas de la parroquia. Desde la más temprana edad, había una espontánea predisposición a la asociación.
Niños, jóvenes y adultos, todos sin excepción, en sus ratos de ocio buscaban la compañía de sus iguales para, simplemente, jugar.
Cada sábado o domingo por la tarde, cuando bajaba un poco el sol y se habían terminado los oficios en los hogares, las señoras sacaban el bingo en pleno Negro Primero, o en la 5ta calle de Marín, para divertirse un poco y matar el ocio. Justo, hasta antes de entrar a casa de nuevo a preparar la cena.
De igual forma otros escogían una casa, donde apostando rondas de cerveza, se jugaba dominó, o a las cartas con barajas españolas: "Carga la burra", "Roba pilón", "Agiley", "Truco", "Treinta y uno".
"Bolas criollas", eran también de los juegos preferidos de aquellos tiempos de relativa paz y tranquilidad.
Los niños podían estar en la calle protegidos y a la vez vigilados por el vecino. No había el temor de que un malandro persiguiendo arma en mano a otro fuera a errar la diana y matar impunemente a un crio, como ahora es habitual.
Sería extraordinario hacer una sistematización y síntesis de cada uno de los juegos que en aquel tiempo de la niñez se practicaron, no obstante habremos sólo de enumerarlos y contentarnos con recordarlos juntos.
Quién no jugo a "La eres" en sus múltiples variantes, "El Escondido", ("Cuarenta matas" y el "Escondido ingles" -"Coco pelao quien te pelo, que las orejas na' más te dejo" -), "Policía y ladrón", "La seguidilla", "Con tuy (por decir -todo y -) Municierra", "Vuelta el cacho al perolito", "La cinta", "Cero contra pucero", "En la montaña hay un nido", "La cebollita", "Matarilerileron", "El gato y el ratón", "La prenda", "Tonga", "Paralizado", "Stop", "Fusilado", "Tomatera-tomatera", "La señorita", "La fruta".
En "La fruta" había que adivinar el nombre de esta, mientras se iba describiendo, por uno de los participantes que hacía de "la casa" y sostenía una correa que todos los jugadores también tenían agarrada. En el transcurso de la descripción si alguno la adivinaba por ejemplo, guayaba, la casa dirigiéndose a este, debía decir: "A guayabazos con ellos".
Entonces todos corrían y el que había acertado tomaba la correa y golpeaba con ella a quienes lograba alcanzar. Así por algunos minutos, hasta que la casa gritaba: "Guataco por las orejas". Entonces todos los jugadores venían a prender por las orejas al que les había estado golpeando con la correa. Pero la casa podía decir de nuevo, "guarapo" y volvía el de la correa a perseguir para golpear a los jugadores. Hasta que finalmente en uno de esos gritos de "guataco por las orejas" lo traían hasta "la casa", que preguntaba cómo se llamaba la fruta a quien la había adivinada y si no se acordaba y decía una que no era, lo seguían paseando prendido por las orejas, hasta que se acordaba.
Los juegos en espacios de tierra, terrenos baldíos, como las metras (canicas), en sus diversas acepciones: Rayo, hoyito, la reina o la niña, pepa y palmo, uñita.
Los trompos, con los que se jugaba a la Troya. Si el trompo que era paseado e introducido de nuevo en la Troya se quedaba pegado en la punta del otro que lo castigaba, iba al sacrificio mayor de soltarle una roca de relativo peso para intentar partirlo en dos.
Igual cautivaba a chicos y grandes elevar desde una Picúa, que es una cometa rudimentaria y elemental hasta un papagayo o trompo, construido con varadas o caña amarga y forrado con papeles de colores. Había aquí ya la competencia de una calle contra la otra, pues se le colocaban los llamados cruceros, construidos con hojas de afeitar, amarradas sobre la cola que al pasarlas en pleno vuelo por el cordel del contendor, lo cortaba y entonces el papagayo quedaba "a la yla" ("a bolina" en Cuba), o se diría aislado, sin comando y salía esa tromba de muchachos a capturar el trompo que volaba sin gobierno.
En los meses de marzo y abril, el cielo en el barrio se poblaba de papagayos (cometas) de todos los colores, con sus colas, hechas de telas provenientes de ropas raídas y en desuso, las cuales se rasgaban en cintas y se iban amarrando hasta alcanzar hasta diez metros de largo.
También se combinaba para estos meses dependiendo del período en que caía la Semana Santa, otro juego, deleite de todos, como era el "echar cocos".
Las personas que por el miedo a salir en la Semana Mayor por las estadísticas de accidentes en la carretera, o por que simplemente no poseían la solvencia económica para emprender una semana de vacaciones y se quedaban en "Punto fijo" y "Playa seca" combinaban la visita a las iglesias con este popular entretenimiento.
Los cocos maduros, pelados hasta la cáscara dura que esconde la nuez, se colocaban en el piso, para formar una gran pila, donde cada jugador escogía el que a su criterio era el más resistente.
El juego consistía en romper a golpes de la fruta a la del contrincante. Unas veces golpeando, otras siendo golpeado. Quien recibía debía con ambas manos proteger los lugares más vulnerables estableciendo así el punto del coco donde debía ser golpeado. Dar y recibir era el juego y quien lograba romper el coco del contendor ganaba, quedándose con este como premio por vencer. En oportunidades se podía apostar, dinero o cervezas, siendo esto último lo más usual.
El agua del coco roto, podía ofrecérsele a los niños que observaban el desarrollo de la acción, o cualquier dama que estuviera cerca como una expresión de la cortesía y caballerosidad del ganador.
Con los cocos capturados, el vencedor mandaba a prepara en casa, arroz con coco, majarete o conserva de coco, para deleite de grandes y chicos.
También para el final de la Semana Santa había dos ritos con los que se aprovechaba para pasarla bien: La aleluya, la noche del Sábado de Gloria y el Domingo de Resurrección "la quema de Judas".
El sábado por la noche la muchachada, amarraba cuanta cosa pudiera arrastrarse e hiciera ruido al ser llevado, cargando con ella por las estrechas callecitas de Marín, con el objeto de anunciar que Cristo había resucitado. Esto, seguro muchos de los chiquilines que arrastraban ollas, peroles, calderos y sartenes desvencijados jamás lo supieron, lo más importante para ellos, era hacer el horrible ruido que en tropel producían arrastrando sus fardos.
Para representar a aquel que entregó a Cristo, traicionando una amistad y su creencia, por un puñado de monedas. Con ropas en desuso que se recolectaban en el vecindario y maderas, se construía un muñeco de trapo similar a un adulto promedio en tamaño, dentro podían introducírsele petardos y diversos artificios de pólvora, como silbadores, bengalas y "saltapericos" , el día Sábado de Gloria.
Con él se paseaba por todo el barrio y muchos sectores construían su propio Judas. Así que había una competencia velada por realizar el Judas más vistoso y hacer la mejor quema. La cual se realizaba el Domingo de Resurrección, no sin antes leer el testamento, una sátira donde Judas se burlaba de muchos habitantes de la calle o del país, dejando de herencia hipotéticas pertenencias que servían solo para provocar la risa de los presentes.
Culminada la lectura del manuscrito se procedía a prenderle fuego a la figura de trapo y madera, protagonista de la animación del Domingo de Resurrección.
Otras modalidades como "La vieja", "damás", "Yaquies", "perrito" "El zorro y la gallina", "La pájara pinta", que eran la expresión de los juegos tranquilos de uso cotidiano, se podían improvisar, con maderas, cartones, botones y tapas de refrescos, (llamadas chapas).
También se podía, tanto con botones como con chapas, hacer los llamados "Gurrufios", que consiste en un botón o una chapa aplastada, con un par de pequeñas obertura, se les hace pasar un cordel o pabilo de unos 25 cm y se amarraba; colocando el botón o la chapa aplastada en el centro e introduciendo un dedo de cada mano por las dos extremidades del cordel amarrado y haciéndolo girar, para después estirar por ambos extremos el hilo, obteniendo así el movimiento circular del gurrufío y su particular ronquido al enrrollarse y desenrrollarse.
El yo-yo que es de uso universal, y las perinolas muy corrientes en todo el país.
Con pabilo o cordel amarrado a ambos extremos también se podía jugar a hacer figuras diferentes, sosteniéndolo con cada dedo prendiendo en distintos puntos del mismo: La pata de gallina, la malla 3, la maya 6, juegos de encerrar y hacer salir el antebrazo de cualquiera con quien se jugara, la torre y tantas otras.
El béisbol, que necesitaba un espacio característico y unos instrumentos como bates, guantes, petos, caretas, y pelotas de palding, cuyo costo era muy elevado para el alcance de la muchachada del barrio. El genio popular lo simplificó y abarató, para convertirlo en "Pelotica de goma" y "Chapitas".
El primero consistía, dependiendo del espacio, en dos equipos, no importa el número de jugadores, para cubrir el terreno demarcado como rea de juego mientras los otros bateaban. Todo o casi todo era igual al beisbol verdadero, sólo que aquí se utilizaba una bola de goma completamente elástica, no había picher, y el homepayer era el colectivo de ambos equipos. Por lo que se armaban unas periquearas increíbles, cuando no era tan evidente un out. O cuando una regla poco conocida del beisbol quería ponerse en práctica de manera intespectiva.
Podían haber reglas adecuadas al terreno escogido para el juego, como solo batear rolling y líneas. Los flais se incorporaban al juego en espacios más amplios donde no había el peligro que al batear un faul se fuera a perder la pelota al caer en el techo de una casa a la cual no se podía acceder, recuérdese que la mayoría de las casas tenían techo de zinc y encaramarse sin tener cuidado era peligroso, tanto por el osado que se atrevía como por los goterones que vendrían cuando llegaran las lluvias.
Para la modalidad de "toquecito", la cual se hacía en espacios más pequeños y jugaban hasta tres elementos por equipo, si había picher además un cacher y un primera base. Consistía en envasarse colocando la pelota al batear en un espacio incapturable para el picher y el cacher y así llegar a la primera base, era sumamente importante la rápidez de la carrera del bateador para alcanzar su cometido.
Las chapitas era también la simplificación del béisbol, puesto que solo había un bate, que se sacaba del palo de una escoba o haragán viejo, y una bolsa de tapas de refresco o cervezas de botella.
Con ese bate relativamente delgado, si lo comparamos con un bate normal, había que darle a las chapas, que de una en una eran pichadas por el contendor.
Si eran bateadas, el equipo contrario debía capturarlas antes de que se detuvieran o pescarlas en el aire para hacer el out. Si no, era un hombre en base y cuatro hombres en base era una carrera.
Estos juegos se convirtieron en una verdadera institución cuando la gente del barrio tomo conciencia del ingenio puesto en practica en la síntesis del béisbol.
Se organizaron torneos intersector y se disputaron importantes encuentros para hacer de la "pelotica de goma" y "el juego de chapitas" parte de la cultura de Marín.