De Inginio a Mandigo.

Toda la gente del barrio lo escuchó. No había escapatoria, Aquellos días que Inginio se sentía contento, compartía esa alegría con los habitantes de Marín.

Inginio Sanz, natural de Barlovento, de un caserío llamado Las Martínez, nos trasmitía con la fuerza de su equipo de sonido, el cual funcionaba como una especie de "radio local" o quizás como un "hilo musical" para todo el barrio, sus nuevas y viejas adquisiciones musicales. Loco por la música de la Sonora Matancera, Rafael Cortijo, Olimpo Cárdenas, Julio Jaramillo, Daniel Santos, Los Corraleros del Majagual, La Billos Caracas Boys, y los Melódicos;

Inginio tenia una ubicación estratégica. Su casa estaba casi en la punta del cerro, a escasos metros de la cima, y en un punto que permitía audicionar lo que allí colocaba en la absoluta extensión territorial de Marín.

Ser el padre de una familia númerosa no le impedía contagiar con su alegría a los vecinos. Alegría desbordada en el barrio a través de su aparato de sonido con esas cornetas cónicas de metal que estuvieron de moda a finales de la década de los 50, alimentadas por una planta "RCA Víctor" y un tocadiscos de ocasión que le acompañaba en todas sus acciones de comando como la premonición de los DJ del futuro.

Quienes para ese entonces no tenían un tocadiscos o pik-up, sacaban unas sillas para la calle y a veces hasta la mesa y un dominó, si había ron, bueno, si no la música era digerida embebida en las rubias o morenas cervezas media jarra.

Cuando alguien quería realizar una fiesta respetable, le bastaba invitar a Inginio el cual aparecía con todos sus pertrechos festivos, amplificadores, cornetas, tocadiscos y sus acetatos de 33, 45 y 78 revoluciones por minuto, para la dicha de los que habrían de "echar un pie".

De todas maneras en casa, Inginio siempre se estaba de fiesta, bastaba el menor motivo. Entonces ordenaba a Taty su hijo mayor que colocara las dos cornetas, una en la ventana y la otra afuera en la calle, apuntando para el otro cerro y ese sonido maravilloso, Cortijo y su Combo, Mon Rivera, o la Sonora Matancera invadían el ámbito.

Los más jóvenes atraídos por la música, se acercaban desde todas los rincones, bien fuera de La Ceiba, La Hong Kong, o La Fila para llegar a los alrededores de los Sanz y disfrutar de la esencia que emanaba de su tocadiscos.

Más abajo otros intentaban en oportunidades, tener el mismo auditórium, de Inginio y a veces, se congestionaban las ondas del eter por las transmisiones que se convertían en un horrible barullo donde nada se entendía. Entonces Inginio aumentaba el volumen y los contendores quedaban a la saga de nuestro héroe.

Por esa época, en la cuadra de Inginio vivía Felipe Mandingo, quizás de allí le vino esa obsesión de compartir con tirios y troyanos, el sonido de su aparato de sonido.

Lo cierto es que calmado Inginio Sanz, años después, con un equipo más potente y moderno, Felipe Mandigo llenaría de alegría las noches y los días de los habitantes de Marín.

Entonces ya se había diversificado la oferta y por allí paseaba desde guaracha, jazz, bosa nova, rock, bomba, candombe, y guaguancó, pasando por funky, reaggue, merengue, joropo, culo'e puya y bachata. En plena calle nos encontrábamos a los Beatles y Papo Lucas, Jetro Tull, Eddy Palmiery y Un Solo Pueblo, Luis Perico Ortiz, Mandril y Dizzy Gillespy, Jaco Pastorius y Los Tres Perros Nocturnos de la mano de Celia Cruz, Mickel Jackson disfrazado de muerto vivo, Chico Buarque cantándole Balsiña a Nina Haguen, El Gran Combo, un hippie fugado de Woostock o la Isla de White interpretando "Con una pequeña ayuda de sus amigos", La Dimensión Latina, Grand Funk y Pancho Prim. Un verdadero derroche de música.

Las parrandas de Mandingo se hicieron famosas en todo el país, y desde los viernes hasta el domingo había un ambiente de feria en su calle que se multiplicaba a todo el barrio. Sus amigos, que iban desde los sectores más acomodados, pasando por los de mediana clase, hasta llegar a los vecinos del barrio, se confundían en esas fiestas y como señala Serrat, bailaban y se daban la mano sin importarles la facha.

De todos los barrios de Caracas, todos los músicos, de todas las edades, venían a Marín a rumbear con Felipe Mandingo y Migdalia, su mujer, ofreciendo siempre sonrisas y atenciones a los que con ellos venían a departir.

Para poder dar de beber a ese ejército de cosacos, algunas veces se hacían colectas multitudinarias, que llamaban o llaman "vacas". "Hacer una vaca" o "bajarse de la mula", era que cada cual debía registrarse el bolsillo o la cartera y sacar unos cuantos bolívares, para comprar siete botellas de ron, tres o cuatro cajas de cerveza, u cualquier otra bebida, la de moda para ese entonces.

Claro está, algunas veces los vecinos llegaban a quejarse, puesto que no siempre había el mismo animo para enfrentar estas parrandas hasta de tres días, como las agarraba Mandigo. Pero hoy después de varios años que ni Mandingo ni Inginio dejan escuchar su música, la gente los extraña y con no poca tristeza, dicen que hace falta el ambiente de estos alborotadores que tanta buena onda compartieron con los vecinos de Marín.