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EL POLICÍA CHULETA

El episodio que vamos a relatar es tan gráfico -permítasenos decir “tan jugoso”-, que merece ser contado tal cual. Una compañera accedió a la Audiencia Nacional con el fin de cumplimentar alguna diligencia o instruirse de alguna causa. Y ya fuera porque no tenía otro momento, o porque le venía bien, o simplemente porque le dio la gana, la compañera había decidido irse de compras antes de cumplir con sus deberes de letrada, y acudió a la Audiencia con lo que pudiéramos llamar los «presupuestos fácticos de su almuerzo” en el bolso, de forma discreta y limpia, sin llevar ostentosas bolsas de plástico ni el consabido y molesto carrito.

Ya en el interior se topó con el control de seguridad. Y es aquí donde nuestra compañera cometió su primer error. Olvidó que para mucha gente -incluyendo al oficial de Policía de turno aquella mañana- todo lo que no está en las Ordenanzas es simplemente surrealista, de forma tal que quien pretenda plantear una cuestión atípica a un interlocutor uniformado termina por provocarle un cortocircuito.

Eso fue lo que pasó. La cuestión era solicitar que no pasara por el túnel de Rayos X su comida, de evidente naturaleza orgánica, por ser cosa acreditada que la dañina radiación estropea y contamina los alimentos. Según relató al boquiabierto oficial, acababa de adquirir un par de filetes de primera calidad de los que iba a dar cuenta una vez terminara sus gestiones. Pero hay cosas que no se pueden decir a un Policía. El oficial sufrió un sonoro colapso y requirió a la letrada la documentación de los filetes. Se trataba de dos ejemplares (llamémosles filete A y filete B), envueltos en papel de estraza. Y el policía exigió verlos.

Lo más grande se defiende en lo más pequeño. Resulta ineludible recordar una escena cinematográfica. En un tugurio del oeste americano, Lee Marvin derriba de una zancadilla al camarero, James Stewart, que se disponía a servir la comida a unos vaqueros. Una pequeña provocación, pero también estas batallas hay que ganarlas. John Wayne, sentado al fondo del bar, decide encararse con Marvin porque el filete que llevaba el camarero era su comida.

Un duelo por un filete. La confundida letrada debió recordar aquella escena cuando el oficial de Policía le exigió proceder a la apertura del misterioso paquete que sostenía en sus manos sin saber muy bien qué hacer en aquella histriónica situación. La compañera decidió, después de denotar su queja, acceder a los deseos del uniformado. Se colocó de espaldas al público para evitar el sonrojo mientras el oficial, bien fuera por la hora -próxima al almuerzo- o por otra coyuntura, se mordisqueaba el labio inferior mostrando un extraño gesto de inquietud. Superando los límites del rubor, la compañera desabrochó el paquete y ofreció a la mirada ya desviada del oficial su inocente contrabando: dos filetes de solomillo que hasta aquel momento no habían dicho esta boca es mía.
Enseñado el percal, la compañera decidió recogerse de inmediato, volviendo a cerrar los pliegues, pero la voz del oficial la detuvo. Y entonces advirtió con sorpresa que el policía se abalanzaba a tocar sus carnes llevado en su desordenado apetito por la exhibición de aquellas dos buenas, carnosas y sonrosadas piezas. Así, el oficial alargó su mano, con la torpe excusa de que no las había visto bien. La letrada tuvo que pararle los pies de inmediato: «¿qué se ha creído usted que es esto? No se atreverá a poner sus manos...»
Una escena desoladora, en la misma Audiencia Nacional, entre un Policía, una Abogada y un pequeño y disputado paquete de papel que soportaba impávido la mirada de la concurrencia. «¡Me está Vd. tocando los filetes y no se lo consiento!» «Déjeme..» «¡Que Vd. no me los toca.” “¡Que sí!» «¡Que no!».

Segundo error de la compañera. Tras plantearle una duda (cosa nada recomendable), decide llevarle la contraria al uniformado. La contestación demuestra un bloqueo de la razón: «Vd. no pasa»«¿Qué?» «Que con esos filetes Vd. no pasa.» «¿Cómo que no?» «Como que no» «¡Que venga su superior ahora mismo!»

Tercer error de la compañera. Llegó el Jefe, oyó a uno y a otra, y decidió cortar por lo sano. Él, como autoridad superior, y con la finalidad de solventar el problema, tocaría los filetes a la letrada, sin guantes ni nada. Pero nuestra compañera se batía ya en triste retirada, guardando para sí el tan deseado paquete y manifestando su intención de presentar una queja formal por el trato que la Policía les había dispensado, tanto a ella misma como a sus filetes.

Presentó la queja y aquí cometió su cuarto error, pues ésta dio lugar a la contestación de los policías, quienes dieron la versión oficial y correcta de lo acontecido. Aseguran que nunca insinuaron tocar el contenido del paquete «que al parecer eran productos cárnicos», sino que sólo exigieron «la visualización del contenido de los paquetes objeto de la polémica ( sic)» Nótese el admirable tono aséptico que la Policía utiliza en su escrito, al menos más aséptico que las manos con que pretendió manipular el almuerzo de la letrada.

Con todo, es al concluir su alegato cuando el Comisario revela los motivos de su actuación, al afirmar que dicha letrada tiene antecedentes por haber presentado varias quejas “por los motivos más peregrinos”, y que “se resiste a acatar las normas establecidas y que son las mínimas para garantizar la seguridad de esta Sede Judicial, objetivo prioritario de bandas terroristas”.

Advirtamos lo patético de la contestación. No sólo falta a la verdad respecto al número de quejas presentadas, sino que, por deformación profesional, no se resiste a utilizar la madre de todas las excusas del mundo mundial: la amenaza terrorista. Algún lector se preguntará por ese razonamiento oculto y lleno de matices que permite sacar a colación “la amenaza terrorista” hablando de filetes. No es nada fácil. Quizá la Policía haya leído la última novela de Javier Tomeo, “La rebelión de los rábanos”, donde se plantea el peliagudo tema de unas hortalizas que deciden ejercer su derecho a la autodeterminación. Si los rábanos pueden ser nacionalistas, habrá pensado, nada impide a unos filetes ser unos peligrosos terroristas. No podemos olvidar que uno de los más virulentos elementos de la banda decía llamarse nada menos que “Ternera”. Todo tiene relación.

Quede constancia de lo ocurrido demostrando que lo más grande que tiene uno, la dignidad personal, ha de defenderse en las batallas más pequeñas, y que si se pierden éstas se acaba por perder la guerra. No hay que pasar ni una.

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