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Fernando
Oliete Fernández
1 Ahora de educar
se trata. Y de garantías. Del interés superior del menor. De Normas, Tratados
y Acuerdos Internacionales, de la Convención de Derechos del Niño. De
la Constitución, la Ley de Protección Jurídica del menor y las leyes autonómicas….
Y del Derecho Penal, claro. Habrá que compaginarlo con la pedagogía, relacionar
represión (o amenaza de la misma) con educación. Y no parece muy coherente.
Aún más, diría yo que me parecen esencialmente contradictorios los fundamentos
del derecho penal y de la educación. Bueno, pues se trata de hacerlos
compatibles. Primer problema.
2 Y se trata de educar porque,
recordémoslo, estas Leyes se han de aplicar a personas menores de edad.
La consideración legal entiende que quien tiene 18 años está ya debidamente
formada, lo bastante para entender lo que hace y responder de sus actos.
Por eso, constitucionalmente, los Poderes Públicos
tiene la obligación de proteger y amparar el desarrollo de las personas
menores de edad, de asegurarles educación, salud, vivienda, apoyo a la
familia, asistencia social; en definitiva, su integración plena en la
sociedad de la que forma parte.
Será así, formada esa persona en los valores y convenciones que regulan
la convivencia en el ámbito en que ha de desarrollar su vida, conocedora
de los unos y las otras, se sentirá miembro de ese grupo, interiorizará
y hará suyas sus normas, idealmente no precisará coacción para cumplirlas
y las cumplirá por ello y no por temor al reproche que produzca su incumplimiento.
3 Pero en España hay demasiadas
personas que no crecen “al modo constitucional”. Problemas de familia,
de educación, de salud, sociales, falta de apoyo en alguno de estos aspectos
necesarios para la conformación de la madurez. Y estas carencias devienen
en comportamientos más acordes con ellas que con lo que se ha de esperar
de quien no las padece, como es lógico. Conflictos que habrá que solucionar
con el objetivo de reencontrar a estas personas con esa sociedad de la
que no debió alejarse o ser alejado. Se pretende hacerlo por la vía de
la educación. Y de la disciplina (eso sobre todo) penal…
Convendría pensar que la delincuencia, más que
un problema en sí, es el espejo en el que se reflejan los verdaderos problemas
que no se resuelven o lo hacen mal, en nuestra convivencia diaria.
4 Bueno, pues se hace la
ley. Trabajan durante años innumeros expertos en la materia. Se aprueba,
se promulga y cuando va a entrar en vigor, chist, oye tú, que os habéis
olvidado de Jarrai…, que se nos enfadan el ministro candidato y el marido
de Doña Ana, que a ver qué va a ser esto, a ver quién va a mandar aquí.
Que no, dicen los autores, que lo he mos tenido en cuenta. Será posible,
responde el ministro candidato y asiente Superjose, somos nosotros quienes
decidimos cómo se tienen en cuenta las cosas y vosotros, los demás, quienes
os sometéis a consenso. Y nueva ley, como para los extranjeros que vienen
sin mucha pasta. Además, ni menores ni extranjeros (les) votan.
Lo que permite recordar que hay que distinguir
entre el desasosiego real que genera en un ciudadano, el problema real
del hecho delictivo, y la inquietud social atribuible a las informaciones
que producen los gobernantes o los medios de comunicación.
Y es que lo que suele sobreabundar es el uso tramposo del dolor o la desinformación,
ya por la obtención de rentas electorales, ya por la persecución de cuotas
de audiencia pendientes de lo que se pueda ver-oir-escribir. Algo que
está de más cuando se trata del recurso al uso de la potestad punitiva
del Estado de un modo racional y no apasionado. ¿Acaso todos los menores
asesinan, violan, siembran el terror…? ¿Acaso crean una agobiante y angustiosa
inseguridad?
5 Lo que empieza a moverse
es una ley que ofrece medidas diferentes a las habituales para los afectados:
internamientos de distinta intensidad (ojo, no le llaméis prisión aunque
prive de la libertad de movimientos a los afectados, es de mal gusto),
libertad vigilada ¿por quién?, prestaciones en beneficio de la comunidad
(que bien pocos beneficios les ha prestado hasta que les han detenido),
tareas socioeducativas (ya sabes, nada de formación empresarial, más bien
de taller y peluquería, ya verás), tratamiento terapéutico y ambulatorio
(seguro, seguro, que resolverán las causas de sus problemas). Atención
a la víctima, conciliación, reparación… Un respeto a la víctima: está
por ver en una instancia judicial en este país.
6 Pero antes de hablar de
medios, habrá que ponerse una base: un pacto de estado sobre la Justicia:
si no lo hay y si no se garantiza la independencia de los Jueces, si no
se evita instrumentalizar sus actuaciones para descalificarlas según los
intereses de quienes pueden interferir en las mismas ni se propicia una
Fiscalía sin dependencias gubernamentales, si no se logra efectividad
frente a corporativismos que impiden la exigencia de responsabilidades
al cumplir tamaña función, entre otras muchas cosas, no vamos a ninguna
parte. Y meter a los jóvenes, a los adolescentes y a los menores en este
mundo no puede hacerles sino daño. Luego, hablemos de dinero y de medios,
pero de momento, de lo que se trata es de que la Administración de Justicia
no dependa de decisiones siempre puntuales e interesadas de quienes gobiernan
el país, que no hacen otra cosa que someter el poder judicial a los otros
dos. Y, como esos dos en realidad son uno, el Gobierno se somete a todo.
Y así comprobamos el estado lamentable de las oficinas judiciales, la
falta de dotaciones, de jueces, fiscales, de dedicación, de instrumentos
para el tratamiento adecuado a la víctima, sospechoso, autor y testigos;
se acumulan de los conflictos, se prolongan los procedimientos, los afectados
sufren un desgaste… Y sin embargo, nadie se organiza para exigir una justicia
que sea realmente un poder independiente y un servicio a las personas.
¿Será otra labor para las O.N.Gs?
7 Concluiré
con un ejemplo brutal del daño que a la educación puede hacer esta ley:
dígame alguien qué me impide aconsejar a un
menor que no declare contra sí mismo, es más, que mienta como un derecho
de procedimiento, para salir bien parado del mismo. Y si sale bien, (¿y
por qué no, tal como funciona esto?), en su currículum se reflejará su
exitoso paseo institucional, tras engañar a fiscales, policías, jueces,
psicólogos, educadores, trabajadores sociales…. Un héroe entre los suyos.
Un triunfo de la pedagogía. Absolutamente legal.
Tan legal como sin duda lo será, cuando se produzca, la condena
de un niño inocente, eso sí salvaguardando la conciencia de todos los
intervinientes, la existencia de un sistema de recursos. Como sí tal cosa
no se produjera a diario, sino por la mera incapacidad personal de quienes
intervienen (¿o es que no son humanos?, ¿es que no hay pereza, torpeza,
desgana, maldad, prejuicios, como hay ganas de trabajar, acierto, interés,
bondad?; ¿es que basta estar en una institución así para automáticamente
ser perfecto?) Sí al menos porque con lo que tienen no se puede hacer
más de lo que hacen…
Así como en el caso de los inmigrantes, al impedir todo asomo de consenso,
este gobierno parece haber decidido hacer suyos los votos, presumiblemente
en aumento, de un sector de la población cada día más reaccionario, más
racista, más xenófobo (¿acaso alguien cree que es casual, que no produce
efectos, la miserable programación televisiva?), habida cuenta la forma
en que “apoya” la puesta en práctica de esta ley, cabe preguntarse: ¿con
cuántos votos rentabilizarán este desastre?
Continuará…
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