
La pintura se ha comprobado
como una eficaz terapia para tratar los trastornos psíquicos
En España hay más de 400.000
personas con esquizofrenia, la más extendida e incapacitante
de las enfermedades mentales. Durante siglos han sido considerados
como poseídos o locos. Aún hoy siguen estigmatizados por la
sociedad. Cuando pintan, esa es su única realidad y sus emociones
fluyen a través de sus dibujos. Para algunos, es una necesidad
vital, para todos, un tratamiento distinto contra su enfermedad.
En el año de 1270, el joven
caballero Francesc de Montcada marchó a las cruzadas. Participó
en encarnizados combates, fue encarcelado y torturado. Cuando,
pagado su rescate, regresó a su Cataluña natal algo en su
mente había cambiado, no pudo resistir tanto sufrimiento.
Su familia, que le creía poseído, le recluyó en el monasterio
de Poblet para que le exorcizaran. Como Francesc y tantos
otros a lo largo de la historia, Javier, Manuel, Teófilo y
un sinfín de nombres anónimos sufren, además de su problema
mental, la incomprensión de la sociedad en que viven. Antes
les recluían en manicomios, hoy “sólo” sufren para encontrar
un puesto de trabajo.
La esquizofrenia, el principal
de estos males, es un trastorno del cerebro que hace difícil
distinguir la realidad de la ficción. La persona comienza
a experimentar sensaciones no reales, a oír o ver cosas que
no existen. Como además, los síntomas de la enfermedad suelen
manifestarse en la adolescencia o primera juventud, su vida
académica y laboral se ve gravemente deteriorada, especialmente
cuando el afectado niega que padezca el mal, es decir, no
reconoce que está enfermo. La combinación de fármacos (antipsicóticos
o neurolépticos) y psicoterapia ha sido durante años el único
tratamiento contra la enfermedad. Desde finales del siglo
XIX se venía experimentando con la pintura y otras artes,
pero no fue hasta mediados del siglo pasado cuando se instauró
el Arteterapia como método psicoterapéutico propio. El doctor
Pedro Corrons, médico psiquiatra de profesión y pintor de
vocación, es uno de los pioneros en el desarrollo de este
sistema, en el que el paciente pinta lo que siente para posteriormente
interpretar y discutir lo que plasmó con compañeros y terapeutas,
conociéndose mejor a sí mismo y por tanto, la raíz de su problema.
“Eso sí, hay que ir despacio y conocer al paciente, porque
puede descubrir cosas que no está preparado para asumir, como
cuando sus dibujos simbolizan violencia, por ejemplo”, comenta
el doctor Corrons. El Arte terapia no basta por si sólo, sino
como complemento al tratamiento tradicional. “Sus ventajas
son la mayor veracidad de la pintura, pues es una expresión
pura que no se presta con tanta facilidad al engaño como la
conversación, y su mayor rapidez: un tratamiento de psicoterapia
tradicional requiere un mínimo de dos años, mientras que con
la pintura, algunos pacientes lo han completado en seis meses”,
añade Pedro Corrons. En España, a diferencia de Estados Unidos
y otros países de nuestro entorno, la Arte terapia no se desarrolló
hasta bien avanzada la última década del siglo pasado.
Incluso sin usarse como
un elemento más de la terapia, la pintura como ocio también
mejora la calidad de vida de las personas con problemas mentales,
un colectivo que, en sentido amplio (depresiones, stress,
anorexias, epilepsias...) está compuesto por 450 millones
de personas en todo el mundo, según el Informe sobre salud
en el mundo de 2001 de la Organización Mundial de la Salud
(OMS), que advierte que una de cada cuatro personas se verá
afectada por un trastorno mental en algún momento de su vida.
¿Por qué si es algo tan
común y próximo lo vemos tan oscuro y lejano?. El estigma
que sufre el enfermo mental se remonta a las sociedades primitivas,
en las que toda diferencia en el comportamiento se atribuía
a causas sobrenaturales. Resulta paradójico cómo el Occidente
cristiano empleó todo su saber y civilización en la lucha
contra los “infieles”, cuando el primer manicomio de Occidente,
situado en Valencia (1409), fue construido seis siglos después
del primer hospital psiquiátrico de la historia, elevado en
el esplendoroso Bagdad de los omeyas (792). De posesos a locos
y de locos a verse en la calle. Así se encontraron las personas
con enfermedad mental tras la reforma psiquiátrica de los
últimos años 70 en España. “Se abrieron las puertas de los
psiquiátricos, pero o se morían en las calles o los familiares
los atendían en sus casas. Desde entonces ha habido importantes
logros. Se han creado plazas de psiquiatría en hospitales
generales y hecho centros ocupacionales”, señala el presidente
de la Confederación Española de Agrupaciones de Familiares
y Enfermos Mentales (FEAFES), Francisco Morata, que demanda
“que cualquier enfermo mental de España tenga los mismos derechos
viva en la zona del país que viva, porque existen diferencias
derivadas de la asunción de competencias sanitarias y de servicios
sociales por parte de las Comunidades autónomas”.
Francisco Morata destaca
la importancia fundamental de la familia: “La mayor responsabilidad
es de la familia. Los familiares se van haciendo mayores y
son necesarias más miniresidencias, pisos tutelados y medidas
para cuando falte el pariente o simplemente para que éste
descanse del cuidado continuo. Además, no sólo el enfermo
sufre el estigma, sino la propia familia, a la que en muchos
casos le da vergüenza decir que tiene un enfermo mental en
casa”.
Frente al desconocimiento
social, Josefina Vaca no sen amilanó y creó un taller de pintura
en el seno de la Asociación de Familiares de Enfermos Mentales
de Getafe (AFEM). Josefina, con un hijo que padece esquizofrenia
cree fundamental “que hagan cosas para tener la mente ocupada”.
Hoy unas 12 personas pintan en el taller y muchos más esperan
a que las autoridades les concedan un local más amplio. No
sólo pintan, también se relacionan y hacen amigos.
Mientras Josefina dibuja
la esperanza en su taller, millones de personas en todo el
mundo confían en ver la luz al final del túnel. Las asociaciones
ayudan a la integración del enfermo y su familia. “Que acudan
a ellas”, insiste vehemente Francisco Morata, al tiempo que
sentencia convencido: “Existen caminos para seguir adelante”.
“La pintura es mi vida”
Javier Botella pinta desde
niño. “Es mi vida”, afirma. “Prefiero dibujar a salir de copas”.
Cuando con 16 años empezó a padecer la enfermedad tuvo un
parón artístico, pero luego lo superé pintando: “Mi enfermedad
es como una alucinación de la que surgen formas, líneas y
colores. Disfruto yo y quiero que disfruten los demás, con
mi pintura”. Javier Cañamaro, su nombre artístico (el del
apellido de su madre), ha expuesto en diversas galerías, pero
sus cuadros (muy baratos), no se venden como el quisiera.
Su casa es un mosaico de sus obras, todas de estilo surrealista,
donde, en series de cuadros, plasma su idea del tiempo, del
amor, de los defectos del hombre.... Igual que la pintura
le ayuda a él, ahora Javier le gustaría ser profesor en un
taller para ayudar a los demás a que expresen lo que les ocurre
“Libero mi mente”
Teófilo Caballero tenía
14 años cuando empezó a sufrir diversos trastornos psíquicos.
Antes no salía de casa, pero desde que lleva pintando en el
taller, cerca de seis años, está mucho más relajado y se ha
abierto completamente a las relaciones con otras personas
“Es un experiencia muy positiva. Cuando pinto estoy totalmente
relajado, he hecho amigos”. Teo, que así firma sus cuadros,
no pintaba antes de venir al taller, pero sus copias de paisajes
y bodegones poseen una gran fuerza, la que ha descubierto
con un pincel en la mano.
“El cuadro refleja lo
que soy”
Manuel Plaza lleva 5 años
pintando y hasta que comenzó a pintar como terapia, no había
tenido contacto con el mundo artístico “Estudié delineante
industrial antes de mi enfermedad”, matiza. “Cuando pinto
doy mi imagen de la realidad y eso me relaja. Hago copias,
cambiando y dando mi visión a lo que no me gusta del original”,
comenta. También tiene dos cuadros propios: “El amanecer”
y “Gráfico de la mente”. La enfermedad le sorprendió con veintipocos
años. Ahora ha encontrado una válvula de escape y un lugar
donde conocer gente y hacer amigos.
ENFERMOS DE FAMA
Muchos son los que viven
la enfermedad en silencio, de forma anónima, sin que nadie
nunca se pregunte qué fue de ellos, de sus vidas. Otros, sin
embargo, obtuvieron con su obra artística el reconocimiento
universal. Escritores como Edgar Alan Poe, músicos como Gustav
Mahler o pintores como Vincent Van Gogh tuvieron en común
una existencia atormentada por la enfermedad mental. El genio
del impresionismo padeció una grave psicosis que le llevó
al psiquiátrico, donde pintó varios de sus famosos autorretratos.
Murió en 1890 a consecuencia de un tiro que se disparó a sí
mismo en una de sus crisis nerviosas.
El autor de las “Historias
increíbles” pasó su corta vida (murió con 40 años) enfermo
de cuerpo y mente, lastrado por una psicosis maniaco depresiva
que, unida a su talante melancólico y su afición por el alcohol
y las drogas acabaron por destruirle. Más longevo fue el precoz
compositor austríaco, que, pese al trastorno bipolar que le
afectaba, fue el director artístico de la Ópera de Viena durante
diez años y compuso nueve sinfonías. Los escritores Ernest
Hemingway, Virgina Woolf, Leon Tolstoi (los tres con trastorno
bipolar), los pintores Jackson Pollock, Edvard Munch (ambos
con depresión) o Alonso Cano (paranoia) son sólo algunos ejemplos
más de artistas geniales, tachados de locos por sus contemporáneos.
¿GENIOS O DESEQUILIBRADOS?
“La enfermedad mental no
presupone una creatividad genial. Lo que ocurre es que a veces
coinciden, porque , a menudo, sus manifestaciones provienen
de la misma fuente, como , por ejemplo, la angustia”, señala
el psiquiatra Pedro Corrons. El estudio Genio y Locura de
Lombroso de 1882, uno de los primeros trabajos sobre la relación
entre desórdenes psíquicos y creatividad artística no recoge
que los enfermos pudiesen producir trabajos extraordinarios.
Uno de los precursores del surrealismo, André Breton, afirmaba
que “los mecanismos de creación artística de los enfermos
mentales quedan liberados de toda traba”. Por eso reconocía
la autenticidad de tales obras, pero no su genialidad.
La idea de una posible
conexión entre genialidad y enfermedad viene de la coincidencia
en ciertos artistas famosos de algún tipo de desorden mental.
Este interés se acrecentó con la publicación en 1922 de Expresiones
de la locura, del psiquiatra Hans Prinzhorn, sobre una exposición
de pinturas de enfermos mentales. Prinzhorn no ve ese nexo,
pero señala cómo la creatividad sobrevive a la desintegración
de la personalidad que producen algunas patologías. Como dice
el doctor Corrons: “Mientras la pulsión creadora está actuando,
la esquizofrenia no se manifiesta”.
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